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5 min
Un día de ira en la vida de Alicia
Humor |
30.08.17
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Sinopsis

Donde se pone en juego el ser y el parecer.

Ceci n'es pas une pipe, René Magritte

Ahora había que borrar todo rastro de lo que realizó en un momento de ira. No era para menos, el lado exterior de la casa mostraba un montón de vidrios rotos, justo debajo de la ventana. La misma que había estado limpiando el día anterior: desde temprano se consagró a esa tarea. Medía un metro por uno ochenta de ancho, con vidrios corredizos, tenía marcos de aluminio y cortina de enrollar de plástico. Una joya de la construcción moderna: jamás se deformaba, no necesitaba que le renovaran la pintura para que la madera no se resecara, no se hinchaba ofreciendo resistencia al querer cerrarla cuando había humedad.
–Es inalterable –le dijo con seducción el vendedor cuando fue a comprarla.
Sí, era casi inalterable; sólo había que frotar sus marcos para que el brillo del aluminio no se opacara cuando –por descuido- quedaban expuestos sin la protección de la cortina de enrollar. Esta última era como un párpado celoso de la pulcritud del interior de la ventana. Resguardaba amorosamente detrás de su blancura el brillo de los marcos y la transparencia de los vidrios. Así, impecable, deseaba que sus parientas encontraran la casa. Conocía la costumbre que tenían:
– ¿Te fijaste el color de pelo que tiene Alicia?
–No le sienta ese color.
– ¡Ni ese ni ningún otro! Porque tiene un pelo horrible, se nota reseco; igualito a paja de escoba
–¿Y qué te parece la limpieza del piso?
–Ni hablar; se ve que ha limpiado todo sin cambiar ni una sola vez el agua del balde.
–Además, esa cocina estaba necesitando una buena mano de pintura.
– ¡Bueno, bueno… eso ya es mucho pedir! Acordate que no tienen dinero. Con lo que gana la madre tienen que costear todo porque el padre es un mantenido. Siempre tiene pretextos para no trabajar.
–Sí, es cierto. ¡No sé cómo pude olvidarlo si es vox populi!
Alicia las conocía bien, porque las había escuchado cuando iba a tomar mates a su casa. Con qué ferocidad criticaban a los parientes. Tenía la certeza de que tarde o temprano, ella también sería objeto de sus comentarios descalificadores. No sólo ella, su madre, su abuela, su hermana, nadie se salvaba de sus lenguas corrosivas. No era gente mala, pero chismear era su entretenimiento preferido y no medían el daño que causaban a las personas. Por eso Alicia, que vivía obsesionada con dar una buena imagen, y sabiendo que ese fin de semana vendrían las dos tías a visitarla, quería evitar cualquier detalle que les sirviera de motivo para que la hicieran trizas con sus charlatanerías. Logró dejar espléndidos los marcos de la ventana, a fuerza de lustrar y lustrar con esponja de acero muy fina, para no rayarlos. Luego los frotó con un paño mojado en vinagre y con otro los secó para que resalte el brillo. Mientras trabajaba, pensaba en voz alta: hoy sí que no van a tener nada para decir. Todo está resplandeciente.
Alicia había mirado el cielo durante cada hora del día y dio gracias por no encontrar ni la más pequeña nube en él. Se informó de las noticias meteorológicas en su total extendido: mañana, tarde y noche. Luego dejó que su ventana brillara sonriéndole al sol y a ese día especial; se encerró para asearse y peinarse con esmero. Cuando dio la última mirada al espejo, se sintió satisfecha con la imagen que éste le devolvió. Puso a calentar el agua para hacer el té; sacó de la alacena los scones aromatizados con la ralladura de cáscara de limón, que había hecho con la receta de su abuela. Los acomodó en una canastita, sobre una pequeña carpeta que ella misma había bordado. Con cuidado distribuyó las tazas de té con sus respectivos platillos que acompañó con una pequeña cuchara. Su rostro expresaba satisfacción: todo limpio y en su lugar. ¡Qué más se podía pedir!
Mientras estaba atareada con los detalles de preparar la mesa para tomar el té, se dio cuenta de que había menos luz en el comedor. Se asomó a la puerta y vio como un tornado venía acercándose por el camino. El cielo se encapotó y gruesas gotas de lluvia mojaron su cara y su pelo; otras se estrellaron contra la ventana. Todo pasó en un santiamén: viento, tierra y lluvia que fue arreciando con rabia contra la casa en general y la ventana en especial. Duró poco y tal como había empezado, así desapareció el fenómeno; apareció el sol, secó el barro pegado a los vidrios. La calma que siguió a esa tormenta fugaz parecía burlarse de todas la expectativas de Alicia. Perdió la serenidad. Con paso firme -obnubilada por completo- fue al galpón, sacó de la caja de herramientas un gran martillo, tomó distancia y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la ventana.

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