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4 min
Un día... normal
Suspense |
02.01.17
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Sinopsis

La curiosidad llega a ser causante de acontecimientos inimaginables.

Era un día de otoño, me encontraba dando un paso por las cercanías de mi hogar.

-Señor Anderson - me hablo un niño de la calle - ¿Qué hace tan temprano paseando por aquí?

-No hago nada interesante, Bill. Simplemente quise sentir el aire tocar mi cuerpo.

-¿No se ha enterado de lo que sucedió?

-No, Bill. ¿Qué ocurrió?

-Sígame.

 

Bill me guiaba por un pequeño bosque cercano a la comunidad. Aquel tenía el aspecto de una cueva solitaria y totalmente oscurecida por los tan altos árboles que constituían su fisionomía.

-¿Qué traes entre manos, Bill? – le cuestione mientras tropezaba por las docenas de ramas que había por doquier.

-Nada que lo pueda asustar… no mucho al menos.-me respondió Bill mientras saltaba por las rocas del bosque.

 

Al llegar a una cueva, Bill se detuvo repentinamente.

-Aquí es, señor Anderson.

-¿Qué ocurrió aquí, Bill?

-Averígüelo usted. Pero hágalo rápido. Antes de que él lo encuentre.

-¿Quién me encontrará?

-¡Solo dese prisa!

-Está bien, Bill. Quédate aquí hasta que regrese.

-De acuerdo.

Me adentre en la cueva. Mis pasos se oían como a 3 km delante de mí. Escuche ruidos extraños y confusos.

-“No creo que nadie sepa de este lugar”- pensé. Nos prohibieron la entrada hace…

-¡Demonios! – maldije. Este lugar estaba prohibido porque aquí asesinaron a los niños de los padres de la comunidad hace 30 años.

-¿Cómo es posible que Bill me haya llevado aquí…?

Hubo un momento en que mi cuerpo se paralizo y recordé.

-Bill murió hace 2 años… Aquí mismo. ¡Debo salir de aquí!

El terror y la oscuridad me absorbían conforme pasan las horas.

-¡Bill! ¿¡Donde estás!?

El silencio dominaba aquella caverna que parecía, no tener salida. Cada momento en ese lugar era un suicidio automático. De repente, escuche los gritos y sollozos de los infantes.

-¿¡Niños!? ¿Están ahí? ¡Respondan!   

-¿¡Señor Anderson!? ¡Estamos aquí! ¡Apresúrese! ¡Se está acercando!

-¿¡Quien se acerca?!

-Yo…

 

Al voltear, miré la cara de lo que era un demonio de carne y hueso. Sus manos tan fuertes como las de un gorila. Sus ojos negros (los note ya que, si eran de otro color, resaltarían en su rostro), parecieron atraparme como cadenas sujetando mi cuerpo por completo. Parecí escuchar un golpe antes de quedar inconsciente. Cuando desperté, estaba rodeado de personas y policías mirándome con enemistad y rabia. No lo pude creer… mate un niño y lo mutile. Sus manos y pies estaban con marcas de mordidas.

Y ahora, me encuentro contándole todo lo que recuerdo, oficial.

 

-¿Eso es todo lo que recuerda?

-Sí, es todo.

-Mire… realmente lo encontramos en la cueva. Usted estaba devorando los cadáveres de los niños ahí mismos.

-¿Qué está diciendo, oficial?

- Ya lo he dicho. Usted es quien mato a los niños, los devoró y los mutiló. Inclusive, mato al señor Anderson.

-No, yo soy el señor Anderson.

-¡Llévenselo!

-¡Soy inocente, oficial! ¡No puede hacer esto!

-Doctor Laurence.

-¿Dígame, oficial?

-¿Ya sabe el número exacto de las víctimas del hombre?

- El número que hasta el momento lleva es de 40 niños. Desde el período de abril de 1980 hasta febrero de 1981. Y va en aumento…

-¿Cómo que en aumento?

-Es muy extraño. Algunos niños con pasaportes falsos han entrado a visitar al hombre, presentándose como hijos de él. Uno murió apenas ayer.

-¡¿Ayer?!

-Sí… pero, ¿por qué esa reacción?

-¿El ultimo niño cuantos años tenía y como se registró?

-Como Jimmy Anderson, con 10 años de edad.

El oficial se derrumbó, y de forma extraña, tomo su pistola y se dio un balazo en la boca.

El doctor, con tranquilidad, llamo al personal de limpieza y dejaron todo impecable.

En ese momento, el director del Hospital Psiquiátrico le preguntó al doctor:

-¿Qué paso?

-Otro oficial suicida.

-Estos oficiales, nunca cambian…  

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