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7 min
Un huevo gigante se tragó a mis hijas
Varios |
29.03.20
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Sinopsis

En este relato, una mujer mayor es la única testigo de una situación investigada por la policía; pero que no puede comprobar.

Doña Ramona es una mujer de unos sesenta y pico de años de la zona de la Quiaca, en el norte de la Argentina. No representa la edad que tiene. Vive cerca de unas montañas, en medio de los valles, desde hace una veintena de años atrás. Debido a la encases de dinero y a la posibilidad de hacer allí su vivienda sin que el Estado la molestara, construyó allí su vivienda. Precaria, por cierto. De adobe, piedra y ramas de arbustos de la zona levantó su rancho. Ella va al pueblo más cercano, donde vive su hijo varón, el 10 de mes de cada mes, nunca otro día. Recibe una pensión. Almuerza con sus nietas y recorre, después de las cinco de la tarde, los veinte kilómetros para atrás. Su esposo murió o desapareció en alguna ciudad al sur del país. Ella no lo vio después de que saliera una mañana, treinta años atrás. Lo buscó meses, años y después sólo prefirió encender una vela, siempre el mismo día, el de la fecha en que partió.

Esta mujer vive sola en su rancho; pero diez pasos al norte, sus dos hijas construyeron otra casita para ellas. Consiste en dos habitaciones, un cuarto para guardar cosas y una suerte de cocina comedor. El baño de ellas se comparte con la madre, a veinte pasos de su entrada, en la parte más alejada de la ruta. Viven al costado de la ruta nacional más larga del país. Ellas tienen treinta y cinco y treinta y siete años. El varón, treinta y seis. Un pozo de agua les provee agua para las pocas cosas que allí plantan. Cuentan con un servicio de agua potable que llega por una tubería que conecta al pueblo donde viven su hijo y nietas con una empresa del Estado que está a poco más de cinco kilómetros al oeste, siguiendo la ruta. Las lluvias son escasas y eso se nota en el aspecto del suelo y la ladera de las montañas, en lo ralo de la vegetación. El viento siempre es seco. Las tunas son lo más característico de allí.

Lo más común que ve esta mujer es un día tranquilo, con viento frio y seco, sea otoño o invierno, y cálido e igualmente seco en verano. En la primavera ve florecer los cactus con sus flores de hermosos colores. Eso le alegra un poco. Dice ella que la vida vuelve, en colores de flores. El resto son arbustos generalmente grisáceos que luego se tornan un poco más verdes. Todo se enciende en primavera, pero dura poco. Siempre... dura poco. Ella dice que por eso hay que tener reservas. Ella con sus hijas son tejedoras de lana. Preparan la lana de la vicuña y luego con el telar crean ponchos y mantas que, cada sábado sus hijas llevan al pueblo para la venta. En eso consiste sus rutinas. La corriente eléctrica pasa, por un cable muy alto, pero no baja hasta sus casas. Llega hasta la empresa estatal, pero no baja la corriente hasta sus humildes moradas. Para iluminarse en las noches utilizan unos faroles a mantilla, unos a gas, y otras lámparas a Kerosene.

En una fecha que no era el 10, doña Ramona bajó al pueblo. Llegó en el colectivo que pasa por su casa a las 6 de la tarde. Vino directo a la comisaría. La atendí de inmediato, apenas cruzó el umbral de la oficina, su cara venía desencajada, comenzó su relato, que repetía una y otra vez: “Se llevaron a mis hijas… Se llevaron a mis hijas” -comenzó balbuceando.

– No sé por qué la Pachamama se llevó a mis hijas -continuó.

– ¿Cómo que se llevaron a sus hijas doña Ramona? -le pregunté, con voz pausada, tratando de calmarla.

– Sí, la Pachamama… La ladera del cerro se abrió, un huevo gigante salió de allí y se tragó a mis hijas…

A esa altura pensé que la mujer se había vuelto loca o que realmente a sus hijas las habían raptado y ella narraba eso por efecto de algún tipo de sustancia alucinógena. Pero desconocía que esta mujer utilizara algún tipo de sustancia por su cuenta, a no ser la típica hoja de coca, que es tan común en nuestro norte. Sin embargo, al calmarse brindó detalles de lo que había ocurrido. Las contó unas cinco veces.

Cuando sucedió lo de la desaparición de las hijas de doña Ramona era pleno invierno. Cuando llegó empezaba a declinar la tarde rápidamente. Si regresábamos con ella a su casa, seguramente, no veríamos casi nada. Pero ante su estado de excitación y por lo grave que puede ser una desaparición fuimos. Tomé una gran linterna y me acompañaron dos subalternos. Revisamos la zona de las casas. Todo parecía estar en orden. Pero era imposible determinar si hubo algún tipo de movimiento de tierra. No había huellas de vehículos, ni de caballos, nada. Pero en la noche es difícil percatarse de detalles por eso nos volvimos al pueblo. Doña Ramona pasó la noche en casa de su hijo.

Regresamos a la a la casa de las desaparecidas, temprano en la mañana, del día siguiente. Para nuestra sorpresa, ambas estaban allí. Hablamos con ellas intentando obtener detalles de lo sucedido, pero respondían dando rodeos y sin poder o, quizás, no queriendo, dar explicaciones exactas. Parecían atontadas por alguna cosa, que no era alguna sustancia narcótica, sino quizás por el cansancio que exhibían. Pero no encajaban sus historias. Faltaban demasiados detalles de las últimas 24 horas que decían no recordar. Ellas estaban preocupadas por su madre. Pues no la encontraron en su casa. Le aclaramos que ella habían denunciado su desaparición y que había pasado la noche en casa de su hijo.

Estas mujeres habían desaparecido, no recordaban casi nada de las 24 últimas horas, su madre las vio desaparecer. Era la única testigo. Y debo decir, que en lo que a mí concierne, Doña Ramona es una persona confiable, pues la conozco desde hace años.

La montaña estaba intacta. Revisamos la ladera de cabo a rabo. Tanto de un lado como del otro, el no visible desde la casa de las “presuntas” desaparecidas. Fuimos hasta la cúspide, que no está tan alta, como en su base del lado opuesto. Todo parecía en orden.

El caso de la desaparición de las hermanas, hijas de doña Ramona, quedó sin resolver. No pudimos explicar cómo ocurrió, si es que así fue, su desaparición. No pudimos constatar lo relatado por la madre de las susodichas desaparecidas. La tierra estaba intacta, sin indicios de que algún movimiento, algún derrumbe haya ocurrido. Archivé el acta con el título: <<Posible desaparición no explicada>>. De hecho, el único dato del asunto fue brindado por la testigo, doña Ramona, una ciudadana que fue peritada por el médico del pueblo, quien la encontró cabalmente sana. Sin embargo, cada vez que le preguntamos sobre el caso, aún tiempo después, repitió: “La Pachamama se llevó a mis hijas… La ladera del cerro se abrió… Un huevo gigante se tragó a ms hijas”.

 

Walter H. Rotela

 

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Me considero un escritor pues parte de mis días están dedicados a esa actividad. Crear o recrear situaciones y personajes es un trabajo que disfruto realizar. Firmo, generalmente, bajo el seudónimo de Pedro Buda.

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