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18 min
UN MILAGRO DESESPERADO
Reflexiones |
06.03.13
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Sinopsis

Un hombre, cansado de vivir las injusticias de la sociedad, sintiéndose solo y abandonado, decide tomar el camino más fácil para su liberación... El suicidio. (Este relato, se publicó el año pasado en una antología, donde participo junto a otros autores, publicado por Ediciones Atlantis)

El mirar por la ventana no le soluciona nada, solo siente desesperación. No puede entender cómo ha llegado hasta ese instante, hasta ese endemoniado momento de irritabilidad y soledad. Observa desde esa lejanía, en la distancia, a esos pequeños que juegan en el patio, ingenuos e inocentes, ajenos a la desgracia humana que les rodea. Le hace recordar que tiene dos preciosos hijos a los que no puede ver, porque su ex mujer se los ha arrebatado, porque según ella no le ha pagado la pensión desde hace dos meses. Siempre ha cumplido con su deber, minuciosamente ha llegado siempre a cumplir con los pagos, ahora, ella le falla, porque le debe sólo un par de meses. Se acabó el papi bueno, el papi que pagaba sus caprichos y todas las necesidades de los niños. 
Ha perdido el trabajo y, desesperado, no encuentra nada. No le queda nada del paro, solo el último mes. Todo su sueldo ha ido siempre íntegro a casa de su ex, quedándole tan solo 200 míseros euros para pagar la cochambrosa habitación donde habita. ¿Qué le queda para comer? Nada, aíre. No le queda nada. Hasta su dignidad se ha marchitado.
Allí, en ese pequeño rincón, observa por el cristal de la única ventana que hay y desde esa abrasadora soledad, mira y abriga su corazón de esa lejana inocencia que le hace recordar que alguna vez tuvo dos hijos que le llamaban papá.
Piensa en la multitud de gente que recorre las calles últimamente en desaforada manifestación para quejarse porque le han quitado al sueldo… ¡Unos míseros euros!, que quizás le sirviera para un viaje, o unas entradas de futbol… ¿En qué manifestación sale él? ¿En qué grupo se tiene que quejar? ¿En el de los abandonados? ¿En el que ya no les queda nada, ni para malcomer? 
—¡Maldita sociedad! Solo viven unos pocos, el resto somos solo escoria —murmura mientras mantiene los puños cerrados.
Siente que ya no es ni eso: ni trabajador, ni persona. ¿Dónde manifestarse, si solo convocan huelgas para lo que tienen un puesto fijo, los que tienen sus pagas, los que van de viajecitos? ¿Dónde está esa huelga que se manifieste por los parados? ¿Dónde está el trabajo digno que le pertenece por solo el hecho de existir?
En el desesperado dolor de una intensa soledad, abrazado por el desamor de sus hijos, del no trabajo, de la sociedad ambigua, se sumerge en un infinito y lejano sentimiento que le hace dudar de su existencia…
—¿Para qué vivir si solo soy escoria, si no tengo derecho ni a respirar porque me cobran dinero por ello? Pagar, pagar, pagar… No tengo para cumplir con esta sucia sociedad. No tengo la moneda de cambio que me da el derecho a comer, a estar bajo un techo digno, ni a respirar. No puedo cumplir con las obligaciones de mi casa y la de mis hijos. No puedo mirarles a la cara y decirles que no tengo para sus necesidades y caprichos. Solo me quedan doscientos míseros euros que debo a la pensión… Entonces, ¡qué pinto aquí! Malgastando el aíre que no merezco respirar… —expresa desolado y perdido.
Es una persona creyente, aunque nunca va a misa. No cree en los curas, ni en esas falsas expectativas religiosas. Siente que hasta la religión pierde adeptos. Para él su creencia solo va más allá de un Dios, de un todo que dirige el universo, que maneja las cuerdas de un reloj donde sus agujas crean horas, que pasan y tocan a cada uno de diferente manera. Un ser que dirige los destinos de cada ser viviente, que protege un Cielo donde descansar cuando la vida respire su último aliento.
Sobre una mesita pequeña, un tubo de pastillas es su punto de mira. Una desesperada salida a la que recurrir. El suicidio es lo único que le queda. Como no es hombre de armas y no le gustan, la forma más sencilla que conoce, es con las pastillas. Unas pastillas fuertes, que le hagan dormir para siempre, soñar eternamente, viajar a lugares bellos y ser una persona diferente con una vida emocionante aunque sencilla. Nunca fue hombre de lujos. Ir al cielo, tocar las nubes y sentir ser parte de ese universo, liberarse de esas ataduras del dolor que la vida le ha asignado vivir.
Se aproxima hasta él y lo coge entre sus manos. Le quita el tapón y vierte el contenido sobre la mesa. Las observa, con mirada perdida e inquietante desazón, respirando azaroso y pensando, decidiendo sobre su último aliento.
Sentado frente a la mesita y esas pequeñas pastillas blancas, por unos instantes se pierde entre anhelados recuerdos, cuando era feliz y tenía casa, esposa e hijos y en el trabajo sus jefes le daban palmaditas en la espalda cuando no tenía más remedio que echar horas extras. Ahora que se siente la peor piltrafa humana, comienza a tomar las pastillas de una en una contándolas… Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… y todas las demás de golpe, en un impulso valiente, buscando un milagro desesperado por ser libre de verdad y olvidar que hombre fue y lo inútil que ha podido llegar a ser.
Al ingerirlas todas, bebe agua para acompañar el mal trago mirando sus manos temblorosas y sintiendo el cuerpo poco a poco desvanecer, comenzando a ver todo borroso y sin remedio alguno, cayendo sobre la mesita, quedando inconsciente, con los ojos cerrados y la boca entreabierta…
Un viaje interior se sucede, viendo como camina por un profundo pasillo oscuro e infinito, donde no hay nadie, solo una niebla transparente que le envuelve y mucho silencio. No puede oír sonido alguno, su cuerpo parece efímero y flota al caminar.
Después de avanzar por esa desconocida dimensión, penetra en una repentina luz más clara e intensa, llevándole a caminar por otro pasillo, un largo corredor donde todos los colores parecen ser grises, como si se viese en una película en blanco y negro. A su alrededor comienza a aparecer gente de todas las edades, que se aproximan como salidos de la nada y atravesando ese repentino y ensordecedor silencio, agregándose a esa repentina procesión silenciosa. Un señor de avanzada edad, le ofrece una cordial sonrisa y le habla de pronto…
—Amigo, ¿qué fue lo suyo? Lo mío, ya ves, el corazón se paró de pronto.
Una señora con cara afable y más o menos de la edad del hombre, se le acerca y le mira con esa mirada especial de abuela y también le habla…
—Jovencito… ¿cómo fue lo tuyo? Yo… ¡vaya! La operación no fue muy bien, el hígado… —se encoge de hombros y le acaricia una mano.
Sus ojos están perplejos y observan como salidos de sus órbitas, con mirada expectante y dentro de su cuerpo le bulle una extraña sensación de pánico. Percibe que su alma está herida y le invade una dolorosa angustia de soledad, pero lo peor es cuando se le aproxima una niña pequeña de unos seis años, casi la misma edad que uno de sus hijos y le coge una mano…
—Señor… —le dice— ¿Ha visto a mis papás? Íbamos en el coche cantando, no sé dónde están…
Se le hace el alma picado mientras una punzada se le clava en el corazón, que parece no estar dentro de su cuerpo, aunque siente las ganas de llorar. Pero sus ojos no expulsan lágrimas, permanecen secos, aunque siente como si llorase. Le envuelve una oscura desazón que le hace temblar y sentir un doloroso sufrimiento ajeno, difícil de describir.
Una multitud de gentío avanza a su alrededor en ese interminable proceso de supuesto camino al lugar de descanso que tanto añora. Toda esa gente, todas esas criaturas que han sufrido sus penurias en vida, que dejan atrás lo pasado, a las que les ha llegado la hora de avanzar y se encaminan al exilio de una libertad esperada y que todos tememos alcanzar. Avanzan relajados, sin miedo a encontrarse con esa verdad. Un destino al que todos estamos predestinados, tarde o temprano.
Al final del trayecto, de ese infinito corredor, todos se detienen para enfrentarse a una pared. Se siente como atrapado en una estrecha caja sin retorno. Pero pronto se ve liberado al ver que las personas traspasan como sutiles sombras ese muro sólido, como si fuesen cuerpos etéreos compuestos de una fina tela. Ante sus ojos desaparecen, llegándole el turno a él mientras siente un miedo confuso guiado por la mano del amor inocente de una niña, que viaja sola en ese apesadumbrado viaje.
Al otro lado, la gente se ha detenido de nuevo ante una enorme reja dorada donde un señor de blanco supervisa la entrada. Una sutil niebla blanca les comienza a envolver, mientras todos los que van por delante van traspasando ese umbral. Puede observar que a algunos les es negada la entrada y se disipan de pronto como humareda negra que desaparece. Eso le hace sentir incómodo, pensando que quizás él sea uno de ellos y viaje al confín de los infiernos para pagar su pase a ese destierro infinito por haber tomado el camino rápido de la desesperación.
 Al tocarle a él y a la niña, esta se despide sonriéndole y diciéndole adiós con una manita, después desaparece entre la niebla blanca.
—Usted… —Oye de boca del ser de blanco—. No debe estar aquí… —añade como refunfuñando y enfadado. Después le toca con varios de sus dedos en la frente, sintiendo su tacto cruel y repentinamente se siente caer al vacío, a un infinito descender en ese silencio rotundo y envuelto en oscuridad…
Por unos escasos instantes recorre en su mente en vagas imágenes lo que ha sido su vida. Los sentimientos que han vibrado en el interior del alma, tanto los buenos como los malos. Un repertorio de secuencias que le hace estremecer y soltar alguna lágrima perdida que ni siquiera ha podido sentir en la piel de ese cuerpo etéreo, que flota y desciende por un pozo oscuro al sinfín del ultramundo.
Al tocar el suelo, ha caído de culo en un lugar rocoso. Siente que hace mucho calor y de fondo le llega un extraño sonido que le hace estar intranquilo. Se levanta y camina hacia un corredor donde todo le recuerda a una simple cueva, donde la pared es roca y la luz de antorchas que iluminan con fuego es ardiente y rojiza.
Al terminar el túnel, llega a su final donde hay una inmensa lejanía, un valle infinito donde el fuego y la roca predominan. Un gentío de seres extraños grita y obliga a trabajar a otros hombres y mujeres normales que sudan y sienten cansancio eterno y puede apreciar que algunos, quizás por el tiempo allí pasado, tienen transformada alguna de sus extremidades. Unos tienen cola, otros ya tienen alguna de sus orejas similar a la de los guardianes que les atizan si no cumplen su trabajo. Otros pocos tienen alguna parte de su cuerpo combinada con la de humano: son como engendros que poco a poco se van convirtiendo en uno de ellos. Esos seres que vociferan son como extraños diablillos que llevan una especie de tridente con los que les atizan, pinchándoles en el culo. Imaginarse ser uno de esos monstruos le aterra, le hace sentir escalofríos. Alguna vez hubo imaginado cómo sería el Infierno después de ver tantas películas y series en la tele, además de escuchar las historias de los mayores cuando relataban cómo supuestamente sería ese mundo bajo tierra. Aterrado e intimidado, intenta esconderse para ocultarse de la vista de ellos, aunque no lo consigue, porque sin darse cuenta le han atisbado desde lejos, arriba en un puente de piedra donde vigila el supuesto jefe supremo. Quizás como muy bien se diría, el jefe de obras.
—¡Eh tú! —le grita.
Tembloroso dirige la mirada hacia la aterradora visión que le observa, señalándole con una de sus afiladas uñas. No sabe qué hacer. No puede huir porque no sabe a dónde, le han enviado desde el otro infinito, donde no tuvo cabida.
—¡Acércate! —le grita de nuevo. 
Él se aproxima tímido y sintiendo temblar sus piernas. 
—¡Sube hasta aquí! —le ordena y le indica las escaleras a un lado de esa extraña cantera.
Asciende por los escalones rocosos y llega hasta donde ese ser le espera impaciente. Desde esa distancia puede divisar el eterno valle donde se le pierde la mirada y donde el dolor y el cansancio se respiran en el aire.
—¿Cómo te llamas? —le pregunta, después mira en una especie de bloc donde buscar su nombre. Él se lo dice temblándole la voz que hasta ahora no había podido utilizar. Es como un suspiro débil y sin tono determinado, como si no tuviese cuerdas vocales…
—Soooy… paco —dice.
—No estás en la lista, no encuentro ningún Paco que ingrese hoy —le contesta con grave voz—. No tengo trabajo para ti —añade.
—¡Qué se podía esperar! —exclama defraudado—. Ni siquiera en el infierno puedo trabajar, también está en crisis.
—Este trabajo no está escrito para ti —le confiesa. Él se encoge de hombros y suspira débilmente, relajado, como si ya supiera de ello. El diablo lo mira sorprendido, después le vuelve a hablar—. No mereces esta profesión eterna, no has hecho mérito para ello —añade convencido. 
El pobre hombre baja la mirada cabizbajo con síntoma de aceptación, como acostumbrado a recibir esa negativa. 
—Has llevado una vida muy sana, sin comportamientos negativos. Has sido muy buen padre y nunca has delinquido —le dice como satisfecho de ello.
Por unos instantes siente su alma perdida en una lejana letanía donde ya no tiene regreso. Ni en el infierno pueden aceptar su descanso, aunque tuviese que estar castigado a trabajar la piedra entre un fuego incesante y eterno. Suspira de melancolía, encogiéndose de hombros y sin saber qué decir u hacer, esperando una orden, un nuevo toque de piel que le lleve a otra dimensión desconocida. Pero claro, piensa que solo conoce el cielo u el infierno, y ya ha estado en los dos.
—Mira a todos esos personajes que ahí ves trabajando, sudando, pagando por sus pecados. Son la mayoría asesinos, maltratadores, violadores, ladrones mezquinos que alguna vez han ordenado matar, asaltar, jefes de mafia… —expresa el diablo mostrándole su mundo—. Tú no eres uno de ellos, no perteneces a este grupo de infieles, de pecadores que han elegido esta forma de vida.
Paco le observa ingenuo y desconcertado, sin entender por qué le rechazaron en el abismo celestial y por qué le rechazan en el submundo del infierno.
—Entonces, ¿a dónde pertenezco?
—Has intentado quitarte la vida, eso es también un pecado muy fuerte. Quizás te manden al limbo, donde penarás tu castigo hasta que tu hora llegue. No has muerto porque el destino lo predijese, sino que lo has elegido tú.
Había oído hablar de ello o leído en alguna revista de casos paranormales. 
–El limbo. ¡Vaya! Pasear como alma en pena por ese pasillo oscuro eternamente hasta cumplir la edad próxima al día verdadero de mi muerte… —masculla en su mente, deliberando.
De pronto, siente ser como succionado por el tubo de un aspirador y asciende como por un estrecho ascensor envuelto en un sórdido silencio. Ya no sabe qué pensar sobre ese extraño viaje al limbo. Soñar estar tranquilo en un verde paraje, donde las flores son infinitamente bellas y el cielo siempre azul. Ahora siente que su final ha sido triste, a pesar de no haber tenido un mal comportamiento en su vida pasada tiene que cargar con el castigo de ser un hombre cobarde y sufrir las consecuencias de ello. Pensó que llegar al cielo era más fácil, que el universo no tendría reglas y que todos serían iguales en ese lugar de esperado descanso. Ahora entiende que todos los actos realizados en la tierra son la compra de un pase que lo mismo te lleva a un cielo de cinco estrellas que ha uno de tres.
El ascensor se detiene y se abre una puerta en forma de cortina de humo oscuro. Comienza a caminar y oye lamentos, voces, cadenas que se arrastran por doquier. Pronto siente una desazón que le abruma y le hace sentir muy mal, tanto que no quiere seguir caminando hacia esa locura infernal. Hubiese preferido quedarse abajo y transformarse en un bicho de esos raros que atizan a otros con un tridente.
Repentinamente salido de la nada se le acerca un ser horrendo que, por su apariencia exterior, lleva muchísimos años penando. Un hombre con las ropas harapientas y rasgadas, envuelto como en telarañas que flota y llora desconsolado.
—¡Un nuevo! ¡Un nuevo! —grita con chirriante voz—. ¿Qué hiciste? ¿Cuántos años tienes que estar aquí? —le pregunta. Él se encoge de hombros con cara de espanto—. A mí me quedan unos años más para ir al paraíso —añade, mostrándole una sonrisa donde sus dientes están negros y carcomidos—. ¿Has pasado por la oficina de recepción? —le pregunta de pronto, después de un corto silencio. 
Paco no habla por el shock, solo niega con un débil gesto de cabeza. 
—Sigue por esa ruta, al fondo está la entrada, no hay pérdida…  —le indica, mientras flota a su alrededor y se pierde en la oscuridad oyéndose su lamento.
Camina por el corredor y al llegar se encuentra con un ser vestido de negro que oculta su rostro bajo la capucha de su túnica, entonces parece mirar en un libro lleno de nombres y después le dice…
—Tu nombre. 
Él le contesta y le dice su nombre completo. 
—¿De qué moriste? —le interroga desconfiado.
—Me tomé unas cuantas pastillitas… —contesta tímido.
—Aquí no estás en la lista —declara con voz seca, él no comprende, aunque se siente aliviado—. Le suele pasar a muchos por el afán de morir, creen que han muerto y se despegan muy pronto de su cuerpo. ¿Tan mal te va la vida por el mundo de los vivos que deseas como nada desaparecer?
Paco le mira, aunque no puede verle los ojos, se encoge de hombros sin saber qué decir.
—Mira, hecha una hojeada, observa el lugar a donde quieres ir —le muestra abriendo una ventanita hecha de humo negro que se disipa para mostrar al otro lado de esa ignorancia.
Al asomar la vista, puede comprobar un sinfín de seres que pululan correteando por largos corredores dentro de un extraño laberinto donde van y vienen, llorando, gritando, quejándose de su dolor. Algunos parecen llevar años así, cargando con las cadenas de su martirio. Hay muchos hombres y mujeres, e incluso jóvenes. Ese espanto le hace girar la mirada y echarse para atrás, después la cortina de humo vuelve a ocultar la ventana y desparece el horror.
—Aquí no te puedes quedar —le dice esa sombra parlante—. No puedo dejarte pasar aún.
Su semblante pálido de no muerto se torna azulado, sin comprender nada. Tampoco le quieren en ese otro nivel de la muerte. Solo desea un desesperado milagro que le haga vivir de nuevo.
Repentinamente siente caer de nuevo a un desconocido infinito y al abrir los ojos, oye un pitido extenuante y chirriante que le llega afilado a los oídos… PI, PI, PI… Inquietantes latidos del corazón que se hacen notar a través de la máquina conectada a su cuerpo.
Una enfermera entra apresuradamente y le atiende, mirándole a los ojos y comprobando su nítida visión. Le toma la mano y sorprendida le dice…
—Al fin de vuelta, al mundo de los vivos, ¿verdad? ¿Qué tal por ahí? ¿Descubrió algo que mereciera la pena?
Confirma con un sencillo gesto de cabeza y expresa con suaves palabras, casi complicadas, costosas de pronunciar y con un sabor agridulce en el paladar…
—Sí… que merece la pena… vivir…

 

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