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26 min
Un millón de sapos
Suspense |
17.02.20
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Sinopsis

Un detective privado debe resolver un caso en una extraña y decadente dimensión paralela.

UN MILLÓN DE SAPOS

 

1

No recuerdo cómo llegué a esta ciudad, y ni siquiera sé cuánto tiempo llevo aquí. Pero sé que me gusta pese a sus desagradables características. Es un lugar perfecto para provocar rechazo, incluso miedo. Y, sin embargo, me siento cómodo.  

Intento echar la vista atrás, buscar en mi memoria detalles sobre mi anterior vida, pero no lo consigo. Todos mis recuerdos empiezan y acaban en esta ciudad, aunque sé que no nací aquí. Sé que no pertenezco a este lugar, y no me refiero en concreto a la ciudad, sino a este mundo.  

En mi cabeza no existe rastro de una infancia, amores, familia, trabajo... Es como si algo o alguien me hubiese traído hasta aquí y en el proceso mi cerebro hubiera sufrido una radical amnesia. No tengo recuerdos de nada que no sea esta fría y húmeda ciudad inhumana. Una ciudad anclada en lo que parece ser una perversión de la década de los cuarenta del siglo XX. Reconozco la estética gracias a todo el cine clásico que he tragado, pero algo parece fallar aquí: todo está viejo y sin color, decadente, oxidado. A través de la ventana de mi oficina contemplo una panorámica de la gigantesca urbe de tonos pardos y ocres, triste, melancólica, bajo un perpetuo cielo nublado gris que cada día amenaza lluvia y tormenta.   

Tengo la certeza de estar fuera de mi lugar de origen, porque los habitantes de esta ciudad ni siquiera son humanos. Si tuviese que describirlos, diría que, si un oso grizzly y un sapo pudiesen echar un polvo y engendrar algo, ese algo tendría el aspecto de los tipos con los que comparto ciudad. Visten, comen, hablan y caminan como yo, pero huelen a pantano y pescadería, son bastante tontos y pocos quedan por debajo de los dos metros de estatura. Sus cabezas son como enormes calabazas verdes, y en sus bocas podría caber sin problema un cachorro y medio de labrador.  

Si me preguntáis cuánto echo de menos mi anterior vida, la respuesta es nada. Tal vez fuese un exitoso empresario podrido de dinero y felizmente casado con una voluptuosa pelirroja sumisa, o quizá fuese un pobre currante incapaz de llegar a fin de mes, casado con una mala víbora y rodeado de críos chillones que nunca deseé tener.  

El caso es que en esta cloaca soy detective privado, y ahí está uno de los pocos recuerdos que conservo de mi llegada: esta gente no sabía lo que es un detective privado hasta que mi culo apareció. Era un concepto que jamás se les pasó por la cabeza. ¿Pagar a alguien para investigar si tu esposa se tira al jefe? ¡Qué bobada! La idea de ser detective privado me resultaba muy atractiva, especialmente en este escenario —sería como vivir en una película de Bogart, pensé—, así que, viéndome con la posibilidad de empezar de cero y ofrecer a estos apestosos sapos un negocio cien por cien novedoso, me lancé a la piscina.  

Y no me va nada mal. No me haré rico —¿algún detective privado lo consigue?—, pero las miserias de estos imbéciles y su defectuosa materia gris me dan para pagar el alquiler, comer y comprar café en el mercado negro. Porque el café, olvidaba deciros, es ilegal aquí. Por lo visto, estos cabrones se ponen como locos cuando lo beben; su organismo tolera regular la cafeína, y eso provoca que, si la toman, actúen como histéricos.  
He visto a sapos colocados con café, y lo mejor es no estar cerca. Doy gracias a Dios de que ese producto sea ilegal, aunque yo me quede sin poder tomarlo con tranquilidad —si me pillan con un paquete, voy al trullo—. De todas formas, ya me estoy acostumbrando a ciertas carencias...  El café fue la primera, y después las mujeres. Ni en mil años tocaría a una hembra de sapo, y aquí no hay otra cosa.  

Ya le he puesto nombre a mi mano derecha: Mabel. Tengo asumido que no encontraré nada mejor. 

 

 

2

Es miércoles, estoy retrepado en mi sillón con las piernas sobre el escritorio, revisando algo de papeleo referente a un caso pendiente, cuando suena el interfono.   

—¿Detective Walton Chambers? —pregunta una voz cavernosa y gutural.  

—Correcto —respondo—. ¿En qué le puedo ayudar?  

—Quisiera contratar sus servicios.  

Aprieto el botón del interfono que abre la puerta del edificio.  

En mi despacho se presenta un sapo especialmente gordo y cabezudo, muy bien vestido con un abrigo largo de lana y un sombrero de mascota en el que entrarían tres cabezas mías.  

Nada más estrechar nuestras manos, me percato de que no es un sapo cualquiera. Se trata de Ritchie Hallett, un pez gordo conocido por manejar bastante pasta gracias a negocios turbios. Lo que viene siendo un mafioso. Y mi primer pensamiento es rechazar el trabajo que pretenda proponerme, sea cual sea, porque no me apetece meter el hocico en el mundo del crimen; pero entonces caigo en la cuenta de que me da miedo decir no a su propuesta. El cerebro de estos bichos es bastante primario e impulsivo, de modo que lo más recomendable es estar de buenas con ellos, especialmente si están acostumbrados a usar la violencia para ganarse la vida, como en este caso. Las manos de Ritchie son grandes como un chuletón de buey y fuertes como una prensa hidráulica. No quiero que mi pescuezo acabe ahí dentro.  

Mi posible cliente se acomoda en la silla frente a la mesa, haciendo un importante esfuerzo por encajar su culo. Se quita el sombrero, se relame para humedecer sus gruesos labios de los que sobresalen varios dientes, y dice: 

—Walton, necesito que encuentre a un socio que desapareció hace dos semanas.  

Saco la pitillera de un cajón, le ofrezco un cigarro —que rechaza—, y me enciendo uno para mí. Tras una calada innecesariamente reflexiva, porque me gusta y puedo hacerme el interesante en esta ciudad, delante de estos tipos, le hablo acerca de mis honorarios, subrayando que no son baratos. Nunca lo son, y mucho menos si eres el único detective privado de la ciudad. Y si, para colmo, eres la única persona con capacidad cerebral para desempeñar este trabajo, entonces puedes permitirte poner sobre la mesa la cifra que quieras. Ventajas de no tener competencia. 

Como sospechaba, a Ritchie no le preocupa el dinero. Es entonces cuando de verdad me intereso por su caso, aunque no necesito sumergirme en una investigación profunda para imaginar lo que ha ocurrido con su socio, quien seguramente estaría tan involucrado en el mundillo del hampa como el propio Hallett. Me apuesto los meñiques a que le han clavado dos balazos en el cráneo o lo han atado con cadenas y arrojado         

al mar por una deuda o un sucio asunto de faldas.  
No ando desencaminado, lo sé. Al momento, Ritchie me lo confirma.  

—Verá —continúa—, el pobre desgraciado contrajo una importante deuda económica conmigo, y sospecho que esa es la razón por la que ha huido. Sepa usted que en ningún momento he pensado en hacerle daño, pero bueno, ya sabe... Es mucho dinero. Si hago la vista gorda con él, pronto todos querrán que pase las deudas por alto. Dejarán de respetarme.  

Lo sabía, aunque no imaginaba que era al propio Ritchie a quien le debía pasta.  

—Señor Hallett, no necesito saber nada más. Sus asuntos son sus asuntos, y cuanto menos sepa de ellos, mejor para ambos. Aquí se trata de encontrar a su socio, nada más.  

Ritchie Hallett abre la enorme boca, que parece la apertura de un contenedor, y se ríe a carcajadas, mostrando sus numerosos y grandes dientes brillantes por la baba que los cubre.  

—Tiene toda la razón, Walton. Esos detalles no importan. Basta con que me llame cuando sepa dónde se ha escondido.   

El sapo rebusca algo en el bolsillo interior de su abrigo. Cuando saca la mano, ésta sostiene una fotografía. La pone sobre la mesa y, con su dedo índice, gordo como una salchicha alemana, la arrastra por la caoba hasta situarla frente a mí. Al retirar el dedo, que prácticamente tapa toda la foto, veo algo que me provoca un escalofrío para el que no estoy preparado.  

Lo creáis o no, el puñetero socio moroso de Ritchie Hallett... es tan humano como yo. Eso significa muchas cosas, y todas me van a dar dolor de cabeza.  

Sostengo la foto con los dedos índice y corazón, y disimulo la sorpresa mirándola con falsa indiferencia y calma. No es fácil. 

—¿Sabe algo que pueda serme de ayuda?  

Hallett vuelve a relamerse los labios con su enorme y verrugosa lengua púrpura, y tuerce los ojos hacia atrás, buscando en su memoria algo útil.  

—Le conozco desde hace poco. No puedo decirle gran cosa. 

—Al menos sabrá cómo se llama —digo.   

—Chester Mulligan. La dirección está escrita detrás de la foto.  

Giro la foto, y me cuesta entender la letra del jodido Hallett, pero tras unos segundos consigo descifrar el enigma.  

—¿Vive alguien más en esta dirección? —pregunto, al tiempo que machaco la colilla de mi cigarro en el cenicero.  

—Chester vive solo, así que no, no hay nadie en casa.  

Asiento y pienso en mi juego de ganzúas. Estoy seguro de que existe un modo más formal de acceder a un apartamento vacío, pero no me apetece pasar por esos trámites.  

Pido a Hallett un teléfono de contacto y me levanto de mi silla para, de forma indirecta, invitarle a marcharse. No aguanto más su olor a pecera sucia.  

—Llámeme cuando sepa algo. Un placer conocerle, señor Chambers.  

Cuando por fin se ha ido, enciendo una barrita de incienso para tapar la peste.  

Abro el cajón de mi escritorio donde guardo el revólver, y me lo llevo conmigo en mi viaje en coche hasta el apartamento de Chester. No quiero usarlo, y me sorprendería mucho tener que hacerlo, pero estando la mafia metida en este asunto, prefiero ir en su misma sintonía.  

 

 

3

Mientras conduzco, miro las calles ocres y apagadas a través del parabrisas y las gotitas de lluvia que lo recubren como un estampado.  Es una ciudad horrible y descuidada que parece estar siempre a punto de desquebrajarse. Las fachadas de los edificios no han visto una capa de pintura desde hace años, las calles están inundadas de basura y vapores procedentes del alcantarillado, y es fácil hacer dibujos pasando el dedo sobre el polvo que cubre los coches. Es como si a nadie le importase nada. Tanto es así, que ni siquiera se molestaron en ponerle un nombre a la ciudad.  

Pero yo estoy bien aquí. No me importa el deterioro, no me importa que el sol no pueda atravesar la perpetua masa de nubes que nos sobrevuela, no me importa que los nativos sean repugnantes y tontos. Ni siquiera me importa no saber dónde estoy.  

Lo que sí me importa y sé es que aquí soy la mente más desarrollada. Yo soy quien engaña, quien explica, quien maneja, quien razona, quien manipula.  

Dicen que si eres la persona más inteligente de la habitación, estás en la habitación equivocada. Menuda estupidez. Si se da esa circunstancia, aprovéchate y saca tajada. 

Aparco junto al edificio de apartamentos y me apeo del coche. Me subo el cuello del abrigo y me encajo hasta las cejas el sombrero. Hace un frío cortante y húmedo, como siempre.  

Nada más entrar al edificio, me asalta el pánico —recuerdo que no soy detective. Soy un intruso cometiendo una intrusión que a nadie le importa. Simplemente me aprovecho de la situación, pero eso no quita que la realidad esté ahí: no soy detective—. Y ese pánico me dice “déjate de ganzúas y pídele con amabilidad al casero que te abra la puerta. Deja de jugar a ser Marlowe”.  

Llamo a un par de puertas —en la primera no contesta nadie— y averiguo dónde vive el casero. Éste me recibe en bata y oliendo a anís y fritanga, que mezclado con su olor natural a pantano da como resultado un tufo más nauseabundo de lo habitual. Es un viejo arrugado y algo más delgado de lo que suelen ser estos bichos, pero aun así me saca dos cabezas.  

—¿Cómo pretende que le abra la puerta de un inquilino? ¿Se imagina la que me puede caer encima, cagonlaputa? —me responde gritando. No logro esquivar las gotas de saliva espesa que salen propulsadas de su bocaza.   

—Soy detective privado, señor. El detective privado, en realidad —en una situación normal, ahora sacaría mi tarjeta de identificación, pero no dispongo de ella. No existe. 

El sapo se ajusta el monóculo, que es grande como un posavasos, y me mira de cerca. Los efluvios de su boca van a mi cara.  

—He escuchado hablar de usted, el detective. Ha dado con un buen oficio, ¿eh? Buscar y hacer preguntas... ¡Ja! Eso lo hacen todas las madres, y sin cobrar —sus labios tiemblan al hablar, y uno de sus ojos, el que no lleva monóculo, guiña sin control.  

Llegados a este punto, soy consciente de que tendré que soltar algo de pasta para comprar al puñetero carcamal. Sonrío y asiento mientras saco la cartera de mi abrigo y extraigo dos billetes. Se los entrego, y entonces el bicho dibuja en su cara una sonrisa grande como una pitón. Agarra el dinero con su mano hinchada, lo arruga y se lo guarda en un bolsillo de la bata.  

—Bah... No era necesario —me dice el impresentable, como si no hubiese aceptado el soborno sin dudar.  

Me lleva hasta la puerta de Chester, selecciona la llave de entre las veinte que cuelgan de un aro metálico, y abre.  

—No se quede mucho tiempo, amigo —me pide.  

Yo le respondo que me deje solo, y que por la pasta que le he dado podría quedarme a dormir si se me antoja. El viejales se marcha gruñendo y encorvado, dejando tras de sí una hilera de gotas de baba en el parqué.  

Palpo la pared en busca del interruptor de la luz. Cuando el apartamento está iluminado, paseo de aquí para allá, sin revolver las cosas ni armar un escándalo. Primero ojearé, y luego procederé a abrir cajones y poner patas arriba lo que crea oportuno.  

El lugar huele a cerrado, y las bombillas de baja intensidad crean un aura íntima y triste. Por lo demás, todo está bien ordenado y moderadamente cubierto de polvo. No es llamativo ni por limpio ni por sucio. En realidad, no hay nada llamativo, excepto un olor desagradable que, deduzco, proviene del interior de la nevera. Lo que haya ahí dentro, se habrá echado ya a perder.  

En los cajones del mueble de la tele encuentro un folleto de una pizzería, facturas, aspirinas, cartuchos de tinta para pluma estilográfica, unos guantes y un mini calendario publicitario correspondiente a un pub llamado Cuatro Chimeneas.  

Considero que el pub es un hilo del que tirar más productivo que la pizzería. Nadie hace vida social en una pizzería. En un pub se bebe, se ríe y se habla, y si se habla, me interesa.  

Antes de marcharme del apartamento, paso al dormitorio. La cama está hecha, la ropa doblada sobre una silla... Y entonces veo algo que me llama la atención: unas bragas colgando del respaldo. Las elevo sujetándolas con un dedo hasta la altura de mi cara. Son unas bragas enormes, no aptas para un ser humano, lo cual descarta que el bueno de Chester tenga tendencias travestis. ¿Es posible, pues, que este desgraciado se esté tirando a un sapo hembra?  

Cristo bendito, espero que estas bragas estén aquí por otro motivo. De lo contrario, tendré que añadir otra razón a mi lista de razones por las que pierdo el sueño.   

 

 

4

Al día siguiente, tras una noche algo revuelta —nada nuevo últimamente—, me dirijo a Cuatro Chimeneas, que es el típico pub de por aquí: mucha madera, taburetes forrados de terciopelo falso rojo, lámparas que alumbran poco, jazz en el aire y olor a whisky, tabaco y barniz. 

A estas horas de la tarde está vacío, y salvo por el camarero, que se limita a secar con insistencia un vaso tras la barra, no hay nadie más.   

Me siento, dejo mi sombrero en el taburete de al lado y pongo la cara más agradable que sé. 

El sapo infla su membranosa papada mediante un suspiro antipático, deja de pulir el dichoso vaso y me pregunta qué quiero. Le respondo que un expreso —no es café, sino un sucedáneo que no quiero saber de dónde sacan— sin azúcar, y en seguida me lo sirve junto a un sobrecito de azúcar en el que puede leerse la frase “cuando el cordero llora en la noche, lo oye su madre... o el lobo”. 

No recordaba que los azucarillos fuesen tan siniestros.  

Mientras espero a que la bebida deje de abrasar, saco la fotografía de Chester y la pongo sobre la barra. La vuelvo hacia el camarero y se la acerco sin despegarla de la madera.  

—¿Le suena? —pregunto—. Soy detective.  

El camarero sorbe una buena ración de mocos a través de esos dos agujeritos que tiene por nariz, se relame y, con mucha desgana, coge la foto y la examina. No tarda en identificar al tipo sonriente que aparece en ella, y es en ese momento cuando pone cara de asco.  

—Vaya, este mequetrefe suele venir por aquí, ¿sabe?  

—¿Dónde puedo encontrarlo? Hace una semana que no aparece por casa. Se llama Chester. 

—Se habrá fugado con Megan.  

Megan. Ese nombre es nuevo. Saco el bloc y comienzo a tomar notas.   

—¿Quién es Megan?  

—Una cliente solitaria. Cada noche venía por aquí en busca de, ya sabe, amigos.  Nunca la vi pagar una sola copa. Siempre había tipos babeando tras ella y dispuestos a pagarle la priva, y eso que la jodida está forrada. Heredó no sé cuántos millones de su marido.  

Entonces me viene la cabeza la imagen de las bragas gigantes en el dormitorio de Chester. No hace falta atar muchos cabos para saber quién se metía en ellas.  

—Y el bueno de Chester consiguió llevársela al huerto, ¿correcto? —doy el primer sorbo a mi taza, y el sabor es tan nauseabundo como siempre. Hasta el peor café del mundo es mejor que esta cosa marrón.   

—Es asqueroso —dice el camarero—. No se ofenda, pero no entiendo cómo una mujer como ella pudo dejarse seducir por un... un... usted.  

—Un humano —aclaro—.  

—Ya, bueno, lo que sea. El caso es que la última noche que vi a Megan y al tal Chester, organizamos unas apuestas en el sótano. La cosa iba de ver quién tenía más aguante bebiendo café, y ese cabrón de Chester nos fundió a todos. Llevaba ocho entre pecho y espalda sin inmutarse, mientras que a otros participantes hubo que noquearlos con un bate antes de que le arrancaran la cara a alguien.  

Sonrío sin dejar de tomar notas, y entonces el sapo me pone una manaza en el hombro. No sé qué quiere, pero cuando levanto la vista del bloc descubro que su actitud es amenazadora.  

—No dirá nada a la poli sobre las apuestas con café, ¿verdad?  

—Claro que no. Yo cuido a mis informantes, majo.  Bien, ¿qué pasó después de los ocho cafés?  

—Que a Megan se le incendiaron las bragas ante el despliegue de resistencia de Chester. Hasta yo me sorprendí... No sabía que alguien pudiera beber tanto café sin caerse muerto.  

—Y se marcharon juntos —concluyo.  

—Les faltó tiempo, y desde entonces no se les ve el pelo.  

—¿Podría decirme dónde vive la chica?  

El sapo abre sus saltones ojos de pupila horizontal, escandalizado por mi pregunta. Igual que el casero de hace un rato.  

—Imposible, señor. ¿Se imagina la que me podría caer encima?  

Preferiría que se dejase de rodeos y me dijera claramente que quiere un soborno.  

Busco un billete mediano en mi cartera y lo estampo contra la barra.  

 

 

 

 

5

La tal Megan vive en una urbanización de clase alta, en una casa grande, con jardín, palmeras, piscina, columnas de estilo grecorromano y hamacas. Si no fuese porque aquí no existe el cine, juraría que la tía ha sido o es una actriz bien cotizada.  

Llamo con los nudillos a la enorme puerta de madera, y tras unos segundos asoma Megan, dentro de un camisón que, para los estándares de estos bichos, debe de ser sexy que te cagas. Para mí es tan asqueroso como unos calzoncillos sucios pegados a una pared.    

Me hubiese gustado ser recibido por una Faye Dunaway o Isabel Adjani en sus buenos tiempos. En lugar de eso, hay un sapo de dos metros en camisón y con melena. Una melena cuidadísima y bonita que no compensa todo lo demás.  

—Walton Chambers, detective privado.  

La señora con aires de diva me pega un repaso de arriba abajo. Quiero pensar que no me está comiendo con la mirada, pero es lo que parece. Traga saliva, se muerde el labio inferior y se soba el pelo. Todo muy exagerado, pero es que esta gente es así. Estoy acostumbrado.  

—¿En qué le puedo ayudar?   

—¿Conoce a Chester...? 

—Sí, por supuesto —responde sin dejarme acabar la pregunta. Por su tono altanero, diría que no le ha hecho gracia que le saquen el tema, y por ende deduzco que su historia con Chester fue regular. Algo me dice que va a responder a mis preguntas sin rechistar si eso significa hacerle la puñeta a su ex amante. 

—¿Sabe dónde podría encontrarle? Un amigo lo está buscando. Hace días que no aparece por casa.  

—Cuando ese cerdo me llevó a su piso con la única intención de sacarme la pasta, me habló de una cabaña a la que pensaba escaparse unos días porque debía dinero o algo así... No sé, se notaba que estaba metido en algo feo.  Mire, señor Chambers, yo estoy acostumbrada a relacionarme con tipos turbios, pero lo que no soporto es que pretendan sacarme dinero, y él pensó que por proporcionarme un orgasmo moderadamente agradable, yo accedería a sus peticiones.  

La tía ha cantado como una metralleta, lo cual me ahorra tiempo. Dios bendiga a los despechados. 

—Oiga, no le he invitado a pasar —añade ella, muy sonriente, tras la explosión de verborrea. Acto seguido me dice al oído, en confidencia y voz baja, que tiene algo de café en la cocina.   

Yo me limito a sacar mi bloc y declinar con educación su propuesta. Lo único que necesito de ella es que me dé la dirección de esa cabaña.   

 

 

6

La cabaña de Chester está en una zona boscosa de aspecto otoñal en las afueras de la ciudad.  

Detengo el coche para terminar el trayecto a pie, y mientras me encamino hacia la cabaña caigo en la cuenta de algo que he tenido todo el rato delante de mis narices, pero que no me había parado a pensar con detenimiento y seriedad. Chester es un igual a mí. Otro humano. Quizá el último de mi especie, al menos en este mundo. Y yo voy a delatar su ubicación para que un mafioso lo torture y le pegue dos tiros. A cada paso que doy hacia la cabaña, peor me siento conmigo mismo y menos claro tengo que vaya a dar el chivatazo. Siempre me he considerado un hombre de pocos escrúpulos, y mucho menos habiendo dinero de por medio, pero eso era porque jamás me había visto en una situación como esta. Ahora no sé si quiero llegar hasta el final.   

La cabaña de madera aparece ante mí en un claro del bosque. Lo que haría en una situación normal sería esconderme y hacer guardia hasta ver a Chester. Confirmar la información, en resumen. Después daría el aviso a Hallett, cobraría y me desentendería del asunto.  

Pero como sé que hacer eso me estaría quemando las tripas durante más tiempo del que estoy dispuesto soportar, lo que hago es llamar a la puerta del pobre moroso y explicarle la situación, y mientras lo hago pienso en que esto me salpicará a mí también. Hallett querrá vengarse, y con razón, por el mal servicio que le he prestado.  

Al principio, la cara de Chester es la de un hombre preocupado, pero mientras lo pongo al día y le cuento que las cosas son más serias de lo que él imaginaba, pasa a ser un rostro sorprendido, y después aterrorizado.  

Ni siquiera me molesto en preguntar a qué se debe su deuda.  En vez de eso, urdimos un plan para salvar su vida y la mía, porque Hallett tomará represalias. Sin embargo, cuento con el factor sorpresa. Tampoco voy a dejarme asesinar, joder.  

Busco una cabina telefónica y proporciono al mafioso la ubicación de Chester. Me dice que gracias por el trabajo, y que en cuanto hable con él me pagará. Sé que su intención no es hablar, pero eso ahora no me importa.  

Regreso a la cabaña. Chester se oculta en el cuarto de baño y yo me quedo en el salón, a la espera de que llegue la visita.  

Todo ocurre muy rápido a partir del momento en que Hallett aparece cuarenta minutos después de mi llamada. La espera se hace eterna, pero cuando el mafioso derriba la puerta de una patada y se le queda cara de bobo al encontrarse conmigo en vez de con Chester, todo se acelera. Mi revólver estaba desenfundado y preparado para disparar desde el preciso instante en que me senté a esperar. El primer disparo falla vergonzosamente, porque los nervios no son gratis, y Hallett aprovecha, mientras maldice, para abalanzarse sobre mí como un alud de carne. Sus gordas manos rodean mi cuello y aprietan hasta que soy incapaz de tragar una sola gota de aire. Sin embargo, aún tengo el revólver en mi mano —Hallett ni se ha dado cuenta—, y hago el esfuerzo, quizá el mayor de mi vida, de no permitir que se caiga. No sólo eso, sino que elevo el brazo recurriendo al aliento que me queda, coloco el cañón en las costillas de Hallett y disparo. El cabrón se queja, gruñe y me lanza su apestoso aliento, pero es duro y no cae. Y otro esfuerzo más: llevo el cañón hasta su enorme boca abierta, apunto al paladar y disparo dos veces seguidas. Olor a pólvora. Las balas revientan la parte superior de su cabeza, y carne gelatinosa y sangre salpican el techo. Su boca se llena de humo espeso, sus ojos se ponen blancos, de su nariz mana una cascada de sangre espumosa, y al fin afloja sus manos, retrocede unos torpes pasos, manotea en el aire y cae de espaldas, con estrépito, como un árbol centenario.  

Estoy apoyado contra la pared, intentando recobrar el aliento, cuando aparece Chester ahora que el peligro ha pasado, y me da las gracias mil veces.  

Entonces considera oportuno y justo sincerarse. Resulta que Chester no es un cualquiera, sino un científico millonario que, por su cuenta, invirtió millones en crear algo maravilloso.  

Me lleva al sótano de la cabaña y me muestra un traje parecido al de un astronauta, pero que en realidad sirve para algo mucho más complejo: viajar a otros planos dimensionales. Chester me cuenta que él llegó hasta aquí mediante ese traje, pero durante el viaje se estropeó. El dinero que pidió prestado a Hallett era para arreglarlo y marcharse sin pagar —pillín—, pero la avería resultó ser más complicada de lo esperado, y las cosas se retrasaron. A Hellett le entró la prisa por cobrar, Chester se agobió y tomó la asquerosa decisión de meter en su cama a la adinerada Megan con la esperanza de pillar un pellizco, pero eso tampoco funcionó.  

Ahora que las cartas se han destapado y la tormenta parece amainar, nos sentamos en el porche de la cabaña y charlamos como lo que somos: un hombre salvado y su salvador.  

—Si tú has necesitado ese chisme para llegar hasta aquí, ¿cómo lo hice yo? —pregunto.  

—A veces, de forma natural, se dan las condiciones cuánticas que permiten un viaje entre dimensiones. Esa posibilidad es una entre mil, pero que dicho fenómeno se lleve a una persona, eleva la estadística a una entre un millón. Has tenido mala suerte, pero tranquilo, yo te sacaré de aquí. Te lo debo.  

No cuestiono su última frase, pero discrepo en eso de la mala suerte. Para mí es una fortuna vivir aquí, y desde luego no quiero que nadie me saque. Tal vez mi vida en mi dimensión de origen fuese un desastre y un mar de infelicidad, por eso, aunque no me acuerde de nada, mi subconsciente me advierte: «aquí estás mejor, no te muevas».  

—Cuando arregle el traje cuántico, volveré a la Tierra y patentaré el dispositivo —dice—. ¿Te imaginas convertir esta cloaca en un parque de atracciones? El más caro del mundo. Un parque ubicado en otra dimensión.  

Se ríe, pero yo no. Mientras él, con sus delirios de grandeza, sueña despierto, yo digiero lo que acaba de decir y miro al cielo, encapotado como siempre. ¿Convertir esta ciudad, mi extraño retiro, mi santuario, en un extravagante parque de atracciones para ricos? Tal vez debí dejar que Hallett se cargase a este gilipollas.  

Tardé un viaje en coche en decidir que quería salvar su vida, pero no necesito más de diez segundos para saber que no puedo dejarle salir vivo de aquí. Si le obligo a destruir el traje, tarde o temprano construirá otro, porque él sí quiere marcharse. No, no me fío.  

Chester está mirando al frente, visualizando sus planes de futuro, cuando le pongo el cañón del revólver en la sien y disparo. Tan ensimismado está, que no se entera de nada.  

La detonación provoca el vuelo de un grupo de pájaros, y luego, otra vez el silencio, la paz.  

A continuación, prendo fuego a la cabaña con el traje cuántico y los dos cadáveres dentro —me quedo con el dinero que Hallett lleva encima—, monto en mi coche y, contento de volver a estar solo, pongo rumbo a la ciudad que nadie se molestó en bautizar.  

Mi ciudad.

 

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