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9 min
UN MOMENTO DE LOCURA
Amor |
12.01.18
  • 5
  • 4
  • 347
Sinopsis

Un poquito de erotismo.

UN MOMENTO DE LOCURA

Ella volvió súper excitada del paseo. Pasaron por una región de valles y montañas, con pequeños poblados de un lado y del otro de la estrecha carretera, que serpenteaba para la derecha y para la izquierda y otra vez para la derecha, llena de curvas, bajadas y subidas. Visitaron una pequeña vinícola, algunas tiendas de productos artesanales, almorzaron en un restaurante con amplios ventanales para el valle, bebieron un vino delicioso,  sacaron fotos y se abrazaron y se besaron mucho.

Él se sentía rejuvenecido con aquella muchacha bella, morena, sensual y un poco loca. Era como si su presencia le quitara algunas décadas del cuerpo y del alma. De repente se sentía joven otra vez.

Regresando para la posada, él condujo el automóvil prácticamente con una mano sola, metiendo la otra debajo del vestido leve de la muchacha, buscando el camino que la excitaba más. Ella lo había provocado durante todo el día, dejando su vestido fino y con complejo de pájaro, mostrar partes escondidas de su cuerpo a todo momento. Reaccionando a las caricias del hombre, ella le abrió el cierre de la bermuda y se dedicó a acariciar de manera íntima y enloquecedora al hombre. Él ya estaba pronto, excitado y perturbado, totalmente rígido y humedecido.

La muchacha ensayó un comienzo de ternura y provocación oral, pero se detuvo al pensar que, en aquella carretera tan complicada, el hombre podría perder el control del vehículo.

Al llegar a la posada, bajaron del automóvil riendo, abrazados, diciéndose cosas bobas, bien bajito, al oído, el vino les estaba haciendo efecto, principalmente en la muchacha. Sabían que estaban prácticamente solos, pues era baja temporada y habían pocas habitaciones ocupadas.  Eso les daba una sensación de mayor intimidad y, al mismo tiempo, de plena libertad. Pasaron por la sala de entrada y notaron que el muchacho, aquel que hacía de todo en el lugar, no estaba allí. Ella, decidida, se metió del otro lado del mostrador, que funcionaba como recepción, y tomó la llave da la habitación. Ella iba adelante, provocando, meneándose toda, plena de belleza y sensualidad. Él, atrás totalmente deslumbrando por los movimientos sensuales de la muchacha. Antes de llegar a la habitación se coló en el cuerpo joven sintiendo su calor, su vibración y su energía.

Entraron a la habitación y él se abalanzó sobre ella, metiendo las manos debajo del vestido blanco, vaporoso y provocante. En un instante ella estaba sin su bombacha, pero todavía de vestido. Ella, sin delicadeza le bajó la bermuda  hasta los tobillos, llevando junto el calzoncillo, que ya mostraba una mancha húmeda. Con dificultad, él caminó hasta una silla que estaba casi en el medio de la habitación, cerca de la cama y de espaldas para la puerta. Se sentó, terminó de sacarse la bermuda, quedando desnudo de la cintura para abajo y dijo:

_ Vení, quiero tu boca, loquita linda.

Ella se arrodilló, obediente, sumisa, sujetó el sexo endurecido con  las dos manos y, con movimientos controlados y muy ensayados, se lo metió en la boca. Marck bajó los párpados y se dejó llevar por aquel momento mágico. Bia era muy buena haciendo aquello, le arrancaba gemidos y lo llenaba de placer con cada movimiento que hacía, utilizando labios, lengua, dientes, manos.

Ella estaba concentrada en su tarea, tan excitada como el hombre o tal vez más. Aún así, en un momento en que abrió los ojos, percibió la puerta entreabierta y el muchacho de la recepción casi entrando en la habitación. Con la mano libre, en un momento de insania, le hizo una señal para que entrara. Él obedeció, temblando, entró y cerró la puerta sin hacer ruido. Recostado en la pared, miraba para la pareja. Sin pensar dos veces, sacó su sexo para fuera y lo fue masajeando lentamente, la mirada prisionera de los movimientos rítmicos y tremendamente excitantes de Bia. Ella, sin parar de darle placer a su hombre, no perdía ningún movimiento del muchacho. Provocante, bajó parte de su vestido y dejó expuesto el seno derecho, redondito, maravilloso, con el pezón totalmente erecto. El joven acusó el golpe, movió la mano con más fuerza y dejó escapar un gemido.

Marck percibió y giró la cabeza un poco, lo suficiente para descubrir al intruso recostado y excitado contra la pared.

- Pero… qué? – exclamó, iniciando el movimiento para levantarse de la silla, enfrentar y expulsar al joven.

- Calma, amor – pidió Bia, sujetándolo por las piernas – Calma, relajá, quedate sentado…

- Pero, Bia… - balbuceó él.

- ¿No me querías ver con otro?

- Pero…

- ¿Entonces? – susurró la muchacha y lo lambió con toda la lujuria posible.

Él tomó su rostro con las dos manos, la miró a los ojos y, lleno de dudas, le preguntó:

- ¿Vos querés?

- Sí, mucho y si vos querés... es nuestra chance – respondió Bia poniendo su mejor cara de pidona.

- Quiero … - musitó Marck y, por dentro, ya se sentía arrepentido.

Él se recostó en el respaldo de la silla y, sin decir más nada, direccionó la boca mágica de la muchacha para su miembro. Ella lo hizo desaparecer y le hizo más una señal al muchacho que entendió y se aproximó venciendo todos los temores y dispuesto a participar de aquella deliciosa aventura. Se arrodilló detrás de ella, le levantó el vestido hasta la cintura y se maravilló con aquella bella visión. Bia llevó una mano para atrás buscando el objeto de su deseo. Él entendió y se dejó llevar. Estaba muy duro y totalmente pronto para la batalla. La muchacha, con mucha práctica, lo colocó en la entrada de su pequeña gruta, totalmente mojada y caliente, haciéndola entrar un poco con un suave movimiento. El muchacho la sujetó por la cintura y se metió firme dentro de ella. El miembro de Marck, totalmente enterrado dentro de la boca femenina ahogó el gemido de la muchacha.

Bia soltó todas las cadenas y cuerdas que la prendían a la cordura, delirando con la inusitada situación, siendo deseada y poseída por dos machos hambrientos, uno joven y el otro bastante más viejo. Se divirtió como nunca en el miembro de su amado, se abrió entera para el muchacho que metía sin piedad, se movía transformada en una profesional, lambia y chupaba con sabiduría, se entregaba totalmente a aquella locura, a aquel momento inimaginable en otros tiempos no tan lejanos.

Marck, estaba un poco perplejo con todo  lo que sucedía, veía como el otro, de rodillas detrás de su amada, la poseía con fuerza, energía y sin mayores cuidados, haciéndola gemir de puro placer. Enloquecido de celos y de deseo, sujetó con las dos manos la cabeza morena y la obligó a recibirlo totalmente dentro de su boca. Literalmente, le hacía el amor a aquella boca. En pocos minutos, gimió alto, gritó alguna palabrota y gozó, obligándola a tragar todo.

Al mismo tiempo, y como si estuviera todo combinado, el joven intruso aumentó el ritmo de la penetración, sudando mucho, enterrándose con todo en el sexo de la muchacha, con movimientos coordinados y perfectos. Gozó también, sujetando firme la cintura femenina, permaneciendo dentro y dejando su rostro caer sobre la delicada y perfumada espalda, la respiración fuerte y entrecortada. Como él permaneció dentro de ella, Bia aprovechó y recostó la cabeza en las piernas peludas de Marck, llevó una mano hasta su sexo, totalmente ocupado por el miembro del muchacho y, en pocos segundos, tocando en los puntos hartamente conocidos por ella, logró sumergirse en un orgasmo enloquecedor, intenso y que la hizo perder la noción del tiempo. Quedó allí, de rodillas, las piernas separadas, totalmente expuesta, sintiendo que corría por sus piernas un líquido viscoso y tibio, la cabeza todavía apoyada en las piernas de su hombre.

Marck la acariciaba y le murmuraba cosas que ella no entendía. Bia deseó, por un instante, quedarse allí para siempre, siendo mimada, después de haber alcanzado la cumbre del placer, después de haber cometido una locura inédita, hasta para ella, que era un poco descabellada.

No permaneció allí. Con la ayuda de Marck se levantó. Percibió que el muchacho ya no estaba en la habitación. ¿Cuándo había salido? ¿Huyó de miedo a la posible reacción de Marck? No sabía, estaba totalmente confundida.

Marck la llevó hasta el baño. Le sacó el vestido, la besó, se desnudó y se metieron debajo de la ducha. Bia no tenía coraje de  enfrentar la mirada del hombre. De espaldas para él, apoyada en los azulejos fríos, dejó el agua correr por su cuerpo. Él, cariñoso, la enjabonó, se detuvo en cada parte del cuerpo amado, principalmente en la parte que el otro había tocado y disfrutado. Lavó con champú los cabellos negros de la muchacha, cuidando  que la espuma no fuera para sus ojos y dejó el agua tibia correr durante mucho tiempo.  Cuando le pareció que ya estaba pronta, la hizo volverse y quedar de frente para él. Se miraron a los ojos.

- ¿Estás enojado? – preguntó ella, con un hilo de voz.

- No, mi amor, no estoy.

- ¿Te parece que fue demás? ¿Qué pasé todos los límites?

- No, yo permití. Yo quería, también.

- Es que siempre hablábamos y fantaseábamos sobre eso – justificó Bia – Creo que aproveché el momento, la situación. En serio, ¿no estás triste o enojado?

Él le dio un beso largo y apasionado.

- Está todo bien, mi amor, todo bien. Yo te amo, yo te amo, yo te amo- respondió él, como si estuviera recitando un mantra. Volvió a besar los labios carnudos y sensuales, sin dejar de murmurar “yo te amo”, como si fuera un cántico sagrado y libertador. Ella se entregó al abrazo que él le ofrecía y, sin saber por qué, empezó a llorar mansamente. 

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