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8 min
Un par de guantes viejos
Suspense |
17.09.16
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Sinopsis

Después de treinta años, Justo viaja para dar una gran sorpresa a su madre... pero, ¿será capaz de cumplir su macabro plan?...

Justo descendió del autobús, se puso sus guantes negros de piel y con paso decidido caminó hacia la dirección que tenía anotada en su libreta. Pensó que, después de treinta años, esa noche por fin se encontraría con su madre.

 

- Sí… eso es… será una gran sorpresa… -se dijo fijando sus brillantes ojos negros en el local que se vislumbraba al final de la calle.

 

***

 

Mientras los finos copos de nieve caían lentamente, en el interior de la tienda la llama de la chimenea alumbraba toda la estancia. Detrás del mostrador, una estantería de madera exponía hileras repletas de guantes de diversas tonalidades: guantes pardos, rojizos y anaranjados se mezclaban con otros blancos y azulados.

 

 Marisol se entretenía colocando aquellos guantes por tamaños y por colores. La anciana caminaba con dificultad cojeando de su pierna derecha, pero, a pesar de los dolores que sentía, nunca perdía la sonrisa flanqueada por dos hermosas mejillas coloradas. Aun conservaba su cabello dorado y le gustaba acomodárselo cada vez que se veía reflejada en algún espejo.

 

La anciana se sirvió una taza de té y se sentó en la silla de mimbre cerca del fuego. El joven militar del retrato, que se encontraba encima de la chimenea, y la rosa seca de color rojo oscuro le recordaron lo feliz que había sido junto a él.

 

De repente, sus recuerdos se vieron interrumpidos por el alegre tintineo de la campanilla al abrirse la puerta de la tienda. Una ráfaga de viento empujó algunos copos de nieve hacia el interior y tras ellos apareció la figura de un hombre.

 

Marisol se quedó mirando al extraño: el hombre corpulento con sus guantes negros de piel, no tuvo dificultad para cerrar tras de sí la puerta de un manotazo. El abrigo y el gorro marrón oscuro estaban salpicados de nieve que poco a poco fue derritiéndose.

 

- Buenas tardes –dijo Justo descubriéndose.

 

- Buenas tardes –respondió Marisol sonriendo- ¡Acérquese a la lumbre!. Pronto entrará en calor.

 

Justo agradeció el ofrecimiento de la anciana, se despojó de sus guantes dejándolos encima del mostrador y se desabrochó el abrigo. Después se acercó a la chimenea frotando ambas manos.

 

- ¡Vaya frío que se nos ha echado encima de repente! –exclamó Justo.

 

- Ya dijeron que se avecinaba un crudo invierno –contestó la anciana levantándose con grandes esfuerzos de la silla y dirigiéndose hacia la tetera- ¿Quiere una taza de té?

 

- Se lo agradezco señora –sonrió Justo en señal de conformidad.

 

La mujer acercó la taza al extraño, quien la cogió con ambas manos, y dio un gran sorbo, aliviando así el frío que aun sentía.

 

- ¿Y viene usted desde muy lejos?

 

- Vengo de Ávila y me dirigía hacia Madrid, pero como las carreteras estaban nevadas, decidí descansar en este pueblecito y continuar cuando el tiempo se hubiese calmado. Después me atrajo su tienda de guantes de segunda mano.

 

Marisol se rió por el juego de palabras y le preguntó:

 

- ¿Acaso necesita unos guantes?

 

- Pues me vendrían bien para un trabajito que tengo que hacer… -respondió Justo pensando en el plan que había concebido.

 

Marisol dio un par de pasos cojeando, se colocó frente a Justo y le cogió las manos. Las examinó por la palma y el dorso acariciándolas con ternura mientras sonreía.

 

Justo la miró atónito. Durante unos segundos sintió algo maravilloso: una mezcla de alivio y protección.

 

La anciana se dirigió a la estantería y empezó a buscar entre los guantes.

 

- Tiene usted unas fuertes manos aunque suaves. Las tiene muy frías a pesar de llevar esos guantes de piel. Debe tener algún problema de circulación. Diría que su talla es… la grande.

 

Justo volvió a sorprenderse de las certeras observaciones de la anciana.

 

- ¡Vaya! Parece que sabe usted mucho a través de las manos de la gente ¿Vienen muchos clientes?

 

De pronto, la anciana dejó de buscar guantes perdiendo su mirada en las estanterías y borrando su sonrisa.

 

- Todos estos guantes pertenecieron a personas que olvidaron lo útiles que les fueron. Están un poco desgastados… El tiempo los agrieta, van perdiendo sus facultades y terminan encerrados en un trastero con la ropa vieja… olvidados para siempre…

 

Justo bajó la cabeza mirando fijamente a la taza que acariciaba con el dedo pulgar de su mano derecha.

 

- Es cierto –comentó Justo- Hay gente a la que no le cuesta nada desprenderse de sus mejores tesoros…

 

En el exterior, el temporal fue creciendo. El viento se volvió más intenso. Arrojaba ahora gran cantidad de copos de nieve que chocaban contra la ventana.

 

Marisol suspiró, volvió la cabeza y dijo:

 

- Pruébese estos de color amarillento. Seguro que le quedan bien.

 

Justo se puso los guantes que le entregó la anciana.

 

- Estos guantes son mucho más calentitos y se me ajustan mejor –dijo Justo mientras abría y cerraba los dedos- Quizás su dueño no les dio el tiempo suficiente para demostrar lo mucho que valen.

 

El rostro de Justo se ensombreció volviéndose tétrico. Sus ojos negros brillantes se giraron lentamente hacia los guantes. Los contemplaba minuciosamente mientras seguía abriendo y cerrando los dedos.

 

- ¿Podría darme otra taza de té, señora?

 

- ¡Claro! –contestó ella como apenada.

 

Marisol se dio la vuelta y comenzó a preparar el té. Justo empezó a caminar despacio hacia ella clavando sus ojos en la espalda.

 

- ¿Vive usted con su familia? –preguntó Marisol tratando de averiguar si alguien le esperaba.

 

- No… No tengo familia… Ni siquiera mis padres saben que estoy aquí… De hecho no saben nada de mí… Jamás me dieron una oportunidad… Ni siquiera me dieron la oportunidad de conocerles… Pero después de muchos años al fin he encontrado a mi madre…

 

Justo llegó a la espalda de la anciana, fijó los ojos en su cuello y poco a poco fue levantando ambas manos que formaban dos medias lunas amarillentas.

 

- ¡Me imagino lo que ha debido de sufrir! –se lamentó Marisol- Yo afortunadamente tengo a mi hermana.

 

Justo volvió sobre sus pasos ante la última observación de la anciana. Sus ojos se movían con rapidez por toda la estancia y sus brazos cayeron pesadamente. Repasaba mentalmente todos los datos de su investigación.

 

- Su hermana… ¿Tiene usted una hermana?... ¿Vive con su hermana?...

 

- Así es –afirmó Marisol- Y estará a punto de llegar.

 

En ese momento, la puerta se abrió. El fuerte viento arrastró gran cantidad de nieve al interior y apareció otra anciana.

 

Llevaba un abrigo largo de color azul marino y una bufanda celeste con rayas blancas. Su aspecto era enfermizo. El único color que resaltaba en su pálida cara eran las dos sombras oscuras por debajo de sus ojos hundidos. Estaba tan delgada que parecía haber sido arrastrada por el viento con el resto de la nieve.

 

- Buenas tardes señora –dijo Justo empujando la puerta y tratando de ser amable con la nueva desconocida.

 

Con indiferencia, la mujer se desabrochó el abrigo y se colocó detrás del mostrador.

 

- El caballero entró para guarecerse del temporal y… cambiar sus guantes –dijo Marisol nerviosa- Aquí tiene su taza de té.

 

 Nieves continuaba mirando al extraño sin modificar ningún gesto de su cara.

 

            - Así es que son ustedes hermanas… -dijo Justo tratando de descubrir alguna emoción en ellas que le diera alguna pista.

 

Marisol estuvo a punto de hablar pero agachó la cabeza abatida por la mirada de su hermana.

 

            - Entonces, ¿qué? ¿se queda con esos guantes? –preguntó Nieves.

 

Justo se bebió de un trago el contenido de la taza y alzando la voz contestó:

 

            - Me los quedo ya que a usted no le importa abandonarlos… Díganme que les debo por los guantes y el té.

 

- Tan sólo nos quedaremos con… sus guantes –dijo Marisol con inquietud.

 

            - Ha sido muy agradable su compañía, señora –agradeció Justo sonriendo a Marisol- Es usted como la madre que nunca tuve…

 

Justo se puso los nuevos guantes y el abrigo. Comenzó el camino hacia el exterior mirando con severidad a Nieves que seguía inmutable. Pero cuando llevaba un par de metros, gritó de dolor llevándose las manos al estómago y cayó finalmente al suelo donde quedó paralizado definitivamente.

 

            - ¿Creías que íbamos a permitir  que nos despreciaras como a un par de guantes viejos? –preguntó Nieves mirando los ojos apagados de Justo.

 

 

***

 

            - Nos ha venido bien la visita -dijo Nieves observando ante la chimenea cómo ardían las ropas y los restos del cadáver- El invierno está siendo más frío que de costumbre.

 

Marisol terminó de colocar los guantes amarillentos en la estantería y dijo afligida:

 

            - Tampoco esta vez, Nieves…

 

            - ¡Vamos hermana! –repuso Nieves- No empieces con tus sentimentalismos. Nadie ha querido cargar con unas ancianas y él no iba a ser una excepción.

 

            - Pero esta vez fue distinto… esta vez la mirada de ese hombre cuando acaricié sus manos… no sé… su mirada me resultó familiar… –dijo Marisol mirando el retrato de la chimenea.

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