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8 min
Un par de zapatos viejos
Drama |
19.10.12
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Sinopsis

Cuando el horizonte se esfuma y partimos en su busca

Miguel. De contable a mendigo en siete años. Sobre ese tema era capaz de escribir un tratado. Sus padres, él asturiano y ella andaluza, fallecidos en accidente de tráfico hacia ya quince años. Sin hermanos. Los pocos tíos y primos esparcidos por la verde Asturias, conocidos por fotografía, sin ningún familiar al cabo. Solo Marian a su lado. Y sus dos hijos, claro, Marina y Alejandro. Una sediciosa afición al trago que había terminado llevándole a los crueles brazos de la coca. Y a los desfalcos. La primera vez obtuvo el perdón y la ampliación de la hipoteca, pero perdió el trabajo y la confianza de Marian, que le echó dos ovarios cuando él solo veía un universo negro falto del mágico polvo blanco. Aún con todo logró estabilizarse en un equilibro precario. Otro trabajo, otra oportunidad. ¿Cuántos fueron, seis meses? Anticipo de clientes, dinero en las manos, una copa inoportuna de la fortuna y otra vez empezó el fiasco. Pero esta vez le pasarían intereses con la factura. Del hogar familiar a la gélida habitación de un piso compartido en Humanes. Continuóse del acabóse. Aún así Marian intentaba un capote, padre de sus hijos, un trozo de su corazón…pero no hubo madre, emprendió el camino de la desintegración. Ahora ocupaba plaza en la entrada de una charcutería, con una rejilla en el suelo por la que salía el aire caliente que mandaban los motores de las cámaras frigoríficas del sótano. Con el carrito de los cartones y las mantas en el cuarto de los trastos de un garaje, cortesía del guarda, el buen samaritano. El único inconveniente era que tenía que madrugar, a las ocho de la mañana empezaba el movimiento en la tienda, pero una buena entrada con aire caliente bien merecía la pena. Usaba dos despertadores para no dormirse, porque cuando se ponía mano a mano con su amigo don Simón perdía la noción y le costaba despertar. Y no podía descuidarse, que una vez le pilló el charcutero y le montó un pollo de la hostia. A las siete tenía que abandonar el dormitorio.

Ya no veía a nadie. La pura miseria le desintoxicó de la coca. No valía para robar, ni para dar un palo, así que no hubo otra. Quién te ha visto y quién te ve, don Miguel. A los niños dejó de verlos, por pura vergüenza. Al principio llamaba y se interesaba por ellos, pero desistió, le dolía el vínculo con ese universo en el que una vez, teniéndolo todo, lo dejó escapar por el agujero del inodoro. Y en esas estaba. Si no tienes ilusión, empápate con don Simón. Aunque don Simón lo ayudababa. A veces soñaba con un ataque al corazón, no era de los que pillan el puente de Segovia o las vías del metro. Iba y venía durante el día, así dio con los zapatos. En su caja de cartón, junto a los contenedores. Usados, eso sí, pero sin agujeros, tampoco despegados, ni siquiera cuarteados, unos zapatos negros en buen estado y de su número, casi un milagro. Conforme pasaban los días empezó a sentirlo, era como si los zapatos quisieran dirigir el destino de sus pasos. No es que se adueñaran de los pies, ni que se movieran por su cuenta, para nada, era una sensación, un hormigueo que recorría sus venas y le impelía a caminar por calles con las que no estaba familiarizado, por barrios que nunca había pisado. Así descubrió el pasaje, un callejón al que se accedía bajo un arco, a primera vista terminado en una tapia en no muy buen estado, un desnudo callejón sin puertas traseras que desembocaran en alguna parte, solo sucias paredes y suelo manchado de orín, con viejos excrementos de perros y gatos, por el barrio de la Concepción, destino caprichoso de los viejos zapatos.

Aunque a veces las apariencias engañan y aquel callejón era uno de estos casos. A medida que se acercaba al fondo se dibujaba una entrada en la fea pared, un acceso que le llevó un hermoso patio andaluz de baldosas rojas iluminado por el color que asomaba desde las macetas colgadas de sus paredes, profusión de geranios y claveles, con un pequeño estanque hexagonal de azulejos ajedrezados conteniendo dos nenúfares y algunos peces de colores alrededor de una sirenita de bronce. Mesas repletas de tapas, jamón ibérico, calamares, salmorejo, tortillas de camarones, caracoles picantes y pescadito frito. Para acompañar fino y manzanilla. Gente a las mesas sobre asientos de anea charlando animadamente. Le recibieron sin importarle el aspecto, un sucio pantalón vaquero y una camisa descolorida que alguna vez fue verde, ni su olor rancio. Un poco cohibido se sentó a una mesa donde había dos señores con pinta de jubilados, aletargados sobre las empuñaduras de hueso de sus bastones. En el patio la conversación era viva. Miguel lo miraba todo con la curiosidad que siente un niño al descubrir algo nuevo, escuchaba a los contertulios mientras bebía jerez y tomaba tapitas. En la mesa más cercana hablaban de flamenco, de baile, de caballos, con una alegría contagiosa. En otra mesa discutían sobre el mejor método para amamantar oseznos huérfanos, y en otra mas lejana de viajes a Egipto y Turquía. Así, oyendo lo que decían, con la sonrisa cómplice de los dos abuelos sentados a su lado, dejó pasar las horas. De vez en cuando un gitano de melena rubia sentado en un rincón del patio se arrancaba con temas de Paco de Lucia durante unos minutos. Entonces callaban todos, escuchaban plácidamente las notas de la guitarra y cuando finalizaba continuaban su conversación como si no la hubieran interrumpido. Pensó que los camareros eran tan buenos profesionales que no se dejaban ver, porque mira que le metía mano al plato de ibérico y nunca lo encontraba vacío. Fueron los propios zapatos los que decidieron el momento de partir. No hicieron nada, pero lo sintió, no porque cambiara la temperatura ni porque se nublara, el impulso tiró de él. Y eso que estaba a gusto, pues si bien nadie le invitó a participar en alguna de las tertulias todos le ofrecían sus sonrisas. De hecho todos le despidieron cuando se fue siguiendo la fuerza que le impelía a caminar.

Todas las tardes, después de saciar el apetito y la sed con las monedas mendigadas durante la mañana, emprendía la ruta hacia el patio andaluz. Le encantaba regresar cada día, sentarse junto a los abuelos y soñar entre las palabras de aquella gente, tiento al fino y las tapas, música en la guitarra. Por primera vez en mucho tiempo se sintió feliz y dejó de soñar con que su corazón dejase de latir. Hasta le rondaba la idea de llamar a Marian y preguntarle por los niños. Pero el azar es caprichoso, como la vida, y una buena tarde, entrado el otoño, su corazón fatigado se paró. Al aviso de un vecino se personaron dos policías municipales que lo encontraron encogido, hecho un ovillo, su viejo amigo don Simon al lado, descalzo y abrazado a un par de viejos zapatos negros, con un rictus en la boca, el de la muerte pensó uno de ellos, parece que está sonriendo, concluyó el otro. Le cubrieron con un plástico dorado a la espera de la presencia del juez. Antes de que retiraran el cadáver un camillero cogió los zapatos. Iba contra las normas, pero pensó que ya no los necesitaba, que eran un estorbo en la ambulancia, y los dejó junto a los contenedores de basura. Quién sabe si prestos a una nueva aventura.

 

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  • Me ha encantado. Es un relato que, desde las primeras letras, surge como una flecha dirigida al corazón con precisión quirúrgica, frases cortas y demoledoras que evocan tiempos perdidos. Los que ya cruzamos el umbral de los 50, hemos visto de todo en nuestros barrios, en nuestras familias incluso. Ahora todo es diferente, o quizás no. Impresiona el detalle del rictus sonriente, como si más allá del rigor mortis el tiempo se hubiera detenido en una explosión final de júbilo. Lo mismo que mi padre cuando falleció. Existe una propuesta de Umbrío para una Antología, y éste relato tuyo ha sido seleccionado. Un saludo.
    Me encantó! :)
    Real como la vida misma !!!!!! excelente !!!!!
    La única palabra que puedo pronunciar: IMPRESIONANTE
    Genial paso de la realidad a la fantasía sin abandonar la primera... lo que a mí me gusta, vamos :)
    Me he sentido él.
    Emocionado. Felicidades amigo.
    Es tan realista en su primera parte que cuando se introduce la magia, con los zapatos y el patio andaluz, te sientes aliviado ( por darle mejor vida al protagonista). Me ha encantado y... me gustaría que me dijeras , en qué contenedor ( exactamente) dejaron esos zapatos...
    muy emotivo y magico, pese a su realismo
    muy bueno!
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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