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8 min
Un saludo contagioso
Amor |
22.07.21
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Sinopsis

La historia que narro es real, afortunadamente la parte final es ficticia. Pertenece a uno de los relatos de mi libro "Dos Zapatillas.Relatos de Running"

 

Eran las 11 de la mañana, de  un día de mayo,  en el que  me disponía a salir de casa para correr por las calles de Torrejón de Ardoz,  tal y  como lo hacía habitualmente. Me asomé por la ventana y comprobé que hacía un día  luminoso,  con una ligera brisa, no especialmente molesta,  que incluso podría ser beneficiosa para poder oxigenarme más, para poder respirar casi sin esfuerzo, para poder aguantar el recorrido previsto.

Al bajar por el ascensor iba pensando  por dónde realizaría el trayecto. Si me desplazaba hacia el norte,  podía  suponer un terreno demasiado duro para mis fatigados músculos y mis, excesivamente tensas, articulaciones, por el contrario, el sur, implicaba un terreno más blando, casi todo él de tierra, pero con el pequeño inconveniente de rodar por la ribera de un rio con el consiguiente problema añadido de los mosquitos,  que gustan  volar por lugares donde hay abundancia de agua. Mi balanza se decantó por el sur, por el terreno más blando e incluso más bonito, en el que los árboles, la naturaleza y el trinar de los pájaros,  hacían del viaje una aventura apasionante y que se disfrutaba con los sentidos.

Aquél día comencé mi recorrido por el camino que bordea el Río Henares, por ese mirador por el que  transitan bicicletas, caminantes  y corredores, que son los más abundantes. A mitad del recorrido, y cuando iba dejando a un lado el caudaloso río, me crucé con un grupo numeroso de corredores,  un poco más retrasado, uno más que iba en solitario. Antes que se cruzaran conmigo, antes ni tan siquiera a que me diera tiempo de ver su silueta, alzó la cabeza,  la giró a mi paso y me saludó con una afectuosidad poco habitual entre los runner. Yo le devolví el saludo casi con vergüenza  y, al tiempo que  continuaba mi trote,  comencé a pensar, a intentar recordar su rostro por si le conocía de algo, por si había coincidido en alguna ocasión con él. Quizás fuera del barrio y podríamos haber tomado algo en cualquiera de las terrazas de la zona, o quién sabe si ,como monitor de tiempo libre, hubiese coincidido con algún hijo/nieto suyo o incluso podía haberme seguido en alguna de las charlas y/ o conferencias que impartía sobre autoestima y valoración. Desde luego su cara no me sonaba de nada, pero seguramente él,  sí que me conocía a mí, concluí.

Al llegar a casa, aun antes de darme una ducha, le comenté a mi mujer lo que me había ocurrido.

—Bueno cariño, no es muy normal, pero seguramente te conozca de algo, aunque tú no te hayas fijado nunca en él y por eso te saludó—contestó mi mujer intentando no dar demasiada importancia al asunto.

—Seguramente, pero es que no lo puedo describir con palabras, era como si me conociera de toda la vida, incluso creo que su primera intención fue darme un abrazo, pero yo me quedé un poco desubicado.

Pasaron unos días y el tema del saludo, una vez superada la impresión y la sorpresa del momento, dejó de ocupar un espacio en mi pensamiento y en mi vida, pero unos días más tarde,  volvió a suceder. Esta vez iba por la Avenida de la Constitución, una de los ejes centrales de Torrejón, rodando con mi coche a una velocidad no excesivamente rápida, ya que los badenes imposibilitaban hacerlo más rápido. Cuando me disponía a superar una de las rotondas del recorrido, cuando mi cabeza giró hacia uno de los lados para comprobar la posibilidad de introducirme en esa cruce de caminos, apareció de la nada , una cabeza y una mano saludando afectuosamente, un cuerpo enjuto y  en postura encorvada para posibilitar que su mirada confluyera con la mía. Era el mismo hombre sin duda, aquél que me encontré corriendo en la ribera del Henares, aquél tipo al que, por más que lo intentaba, no lograba reconocer donde lo había visto antes. Desde el interior del coche no pude más que arquear las cejas, morderme la comisura de los labios, denotando un gesto de entre incredulidad y sorpresa, devolviéndole tímidamente el saludo. Rápidamente pisé el acelerador,  casi sin pensar en que probablemente no tuviera prioridad de paso, pero el shock en el que estaba inmerso había anulado mi capacidad decisoria.  

Por el espejo retrovisor miraba de soslayo a ese hombre que corría,  sin saber muy bien por dónde había aparecido. Sorprendentemente comencé a observar que aquél personaje cercano a los 60 años, con las piernas finas , fibrosas y con las venas marcadas, con ese estilo tan peculiar ,con paso corto pero ágil, moviendo sus brazos al ritmo que le marcaban sus zancadas, definitivamente era alguien desconocido para mí. Ya no me importaba, ni iba a ocupar un minuto de mis pensamientos. Este tipo, ni yo le conocía, ni él me conocía a mí. La imagen que capté desde el retrovisor de mi coche fue elocuente , ya que  este señor no solo me saludaba a mí, sino que lo hacía con todas aquellas personas que se cruzaban en su camino.

Cuando llegué a casa se lo comenté  a mi mujer

—Te acuerdas lo del corredor que me saludó  aquel día.

—Sí, ¿le has vuelto a ver?

—Pues efectivamente, hoy me ha  vuelto a saludar pero esta vez... ¡cuando iba en el coche!

— ¡Madre mía! Eso sí que es raro. ¿Ya has logrado saber de qué le conoces?

—No, y él tampoco me conoce a mí. Fíjate lo que será, que saluda a todo el mundo, ya vaya en coche, andando, corriendo o en bicicleta. Sin duda que debe tener algún trastorno…

—Pues sí, es verdad. No es muy normal. Ten cuidado con él.

—Ya, lo intentaré, porque cualquier día en vez de un saludo te da un tortazo…

A partir de aquél día aquella persona que creí que conocía dejó de ser una preocupación para mí. No me conocía,  ni yo tampoco  a él, suspiré aliviado.

Pasó el tiempo y  continuaba con mi rutina diaria,  y allí estaba él, con su cuerpo menudo, sus piernas fibrosas y su zancada corta pero con frecuencia  de paso elevada. No paraba de saludar a la gente y cómo no, también a mí, y así fueron pasando los días y , como si de un efecto contagio se tratara, la gente devolvía los saludos con tanta vehemencia o más que los recibía. Este hombre había conseguido algo impensable, ese corredor ya no resultaba extraño, ya no le mirabas como si tuviera un problema, sino que lo hacías desde  la alegría e incluso desde la envidia de ver a un hombre feliz y de transmitir su alegría al resto de las personas con las que se encontraba.

Muchas veces me hubiera gustado haber hablado con él, pero no quería importunarle, no deseaba pararle en su frenética carrera, ni que, por mi culpa, dejara de saludar a algunas de las  personas con las que se encontraba en su recorrido.

Era curioso reconocerlo, pero desde que apareció este hombre, los recorridos se hacían más livianos e incluso más bellos, los corredores no miraban al suelo sino que alzaban la vista con alegría para saludar,  esperando una reacción recíproca de aquél que se cruzaba en su camino.

Quien osara no saludar era considerado un tipo extraño, huraño y seguramente con algún problema que deseaba ocultar,  cobijando su cabeza, ocultándose en unas gafas de sol, mirando hacia otro lado si ni tan siquiera levantar la mano en señal de educación.

Lo anormal se había convertido en rutinario y todos éramos un poco más felices.

Unos años más tarde salí de mi casa con mi ropa deportiva recorriendo la Avenida de la Constitución. Por esa gran calle me iba cruzando con innumerables peatones, corredores e incluso vehículos. Se había convertido en una especie de juego en el que los saludos, por mor de hacerlo primero, se hacían casi a distancia, nadie agachaba la cabeza y todos levantaban la mano acompañando a una contagiosa e indisimulada sonrisa. Al llegar a la plaza en señal de respeto todos mirábamos a la  parte central, a la gran escultura  que decoraba esa plaza, ese cruce de caminos. En ella en grandes dimensiones y forjado en hierro, se representaba a un hombre menudo, con piernas fibrosas una eterna sonrisa y dos brazos que saludaban a ambos lados. A los pies de la escultura un cartel que rezaba:

Todos pensaron que saludaba, aunque en realidad me estuve despidiendo. Gracias por compartir conmigo   vuestra alegría. Allá donde esté,  seguiré alzando la mirada, agitando los brazos  y sonriendo”.

 

 

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  • Un relato muy ameno cuya lección es de agradecer, estamos faltos de buena educación y cosas tan sencillas como un saludo y una sonrisa. Realizar una actividad física regular libera "endorfinas" y es un estado de bienestar que conoce tu protagonista y quienes amamos el deporte. Un saludo Óscar.
    Es realmente una historia luminosa, y si es real como dices todavía resulta más estupenda. Esto es vivir deportivamente que es lo positivo de la vida. Ciertamente el deporte hace que a uno se le vayan las telarañas de la cabeza y veo a la vida de otra manera.
    Y qué razón tiene ese hombre menudo! Con lo poco que cuesta un saludo y una sonrisa! Un texto encantador, Oscar. Saludos.
  • "Por mi honra y honor debía de luchar contra esos malvados" Relato finalista en un concurso de mi ciudad, que debía versar sobre El Quijote de la Mancha

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