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5 min
Un quizás, querida
Fantasía |
30.06.19
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Sinopsis

Yaces boca abajo sobre la cama, cómodamente vestida solo con tu piel, sin ocultar tu íntimo y soberbio colorido que me sonroja.

Me quedo observado embelesado esa fina y delicada línea curva de tu espalda, que enlaza con otras dos más elevadas y que despiertan el deseo de mi instinto, y con otras que se pierden en el horizonte de tus piernas torneadas, dos estandartes que me aportan una oleada ámbar de callada alegría.

Pareces dormida. Tus cabellos recogidos descansan sobre las sabanas, dejando al descubierto parte de tu cuello, y a mi suerte parte de tu sonrisa.

Eres fantasía y realidad, dos mundos que se encuentran delante de mi. Un cúmulo de espejismos que temo tocar creyendo que puedes evaporarte y desaparecer entre mis pensamientos.

Hago un esfuerzo para desviar la vista y contener los impulsos de mis neuronas que flagelan la ansiedad de abrazarte. Ladinamente te ruborizas al escuchar mi suspiro.

Sabes lo que voy a hacer e intuyes que esta una de mis maneras de expresar cuanto te adoro sin palabras.

Abro el tarro de crema corpórea y unto mis dedos con la viscosidad justamente perfumada. La caliento frotándola un poco en mis palmas para que no resulte fría al posarla en ti.  Dirijo mis manos a tus hombros y tomo contacto con el tapiz de tu llanura tapizada, salpicada de olor a hierba madre, a lavanda, y escucho el tintineo de campanillas azules que mecidas por tu aliento anuncian mi regocijo cuando fundo los dóciles dedos en tu carne, tierna y esponjosa, como un bizcocho preparado con el amor desprendido de un ángel.

Presiono con mimo tu tronco aletargado y comienzo a desplazar las manos, resbalando lentamente desde los pequeños promontorios, surcando costillas, hasta echar el ancla en las bahías de tu cintura. 

Cierro los ojos. Ya me he aprendido tu partitura y a partir de ahora improviso al compás de tu estremecedora melodía y me dejo llevar por el sentido del tacto que caldea tu epidermis, por el compás de tu sosegada respiración que guía mis dedos, deslizando mis yemas en círculos, extrayendo tus tensiones, tus lamentos, tus temores, tus alteraciones, sembrando en los músculos paz y armonía.

En ese momento me coronas príncipe con tu primer gemido de placer, mientras continúo ascendiendo por tus dorsales, con un diplomático grado de presión. 

Llego a los hombros, acallados y redondeados acantilados, y rondo con paso firme los precipicios simétricos. Deformo con brío la fina textura que los recubre a mi paso, dando vueltas y más vueltas, midiendo las pisadas, como un tigre enjaulado.

Tu segundo gemido se alarga. Mis acolchadas palmas se queman al friccionar la base de tu cuello. Tu candente sedosidad regenera una pausa y las notas que componen la sinfonía que interpreto para ti se ralentizan. Un agudo violín toma el testigo, dotando de alas al espíritu de su audible melancolía.

Cojo todo el oxígeno que puedo y creo un suave soplo de aire fresco sobre tu nuca, de tu este a tu oeste, con el que logro erizar el minúsculo vello que albergas en ella, transformándolo en un campo de trigo, donde las espigas se mecen divertidas al sentir la brisa acariciar su simiente.

Como un ave que se eleva en el cielo vuelvo a repetirme y despliego mis alas en un vuelo raso de oeste a este. 

Tu embaucadora risa me comprime los lagrimales... es tremendo aprender a contentarte.

Tomo más crema y mis dedos vuelven a sentir tu sangre bajo el sensible terciopelo que se halla cubriendo las cervicales y dibujo círculos apoyando los pulgares a ambos lados, arriba, abajo, subiendo y bajando por tu nuca, con delicadeza. Noto cómo te relajas, adormecida y satisfecha. Me entretengo tocándote durante el tiempo que dure esta cadencia porque la musicalidad que desprendes es apasionante. Guía mi proyecto intuitivo y fluye hasta mis manos, que comienzan a descender paulatinamente por el sendero de tu columna. Incremento el ritmo, desplegando toda mi pasión que rebosa inagotable, toda mi sabiduría desparramada sobre tu torso, amasando, recorriendo hábil cada rincón, cada rendija, cada partícula de tu magnífico reverso, y concluyo deteniendo mis manos sobre las cúspides de los pecaminosos montes gemelos al sur de tu espalda. 

Están frios al tacto y aguardo ahí hasta que consigo darles el colorido rosáceo que me solicitaban.

La música cesa.

Solo se escucha el débil murmullo de tu aliento y el tercer gemido me agita las ganas de besarte. 

Me inclino ante la magia de tu belleza, doblegado por un inmenso poder que me atrae hacia ti y con cierta calma aleteo mis labios, posandolos sobre la extensa llanura de tu piel, allí donde se refleja la luna, y te regalo mil besos de niño, con sus pequeños pies, dando saltitos, feliz por haber encontrado un lugar en el que puede jugar a ser mayor. 

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