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10 min
Un terrible conejo gigante asesino
Terror |
29.03.16
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Sinopsis

Una absurda historia...

Los flashes de la discoteca hacían desaparecer y aparecer a los allí presentes, como si todo fuese un truco de magia. La música hacia bailar a las luces que amenizaban la sala, y con ellas, a todos los jóvenes que buscaban la facilidad de la noche.

                Dos jóvenes se besaban apasionadamente. Lo típico de un amor de noche. Él le introdujo la lengua en la boca a la muchacha, que, sin resistirse, la abrió casi desencajándose las enormes mandíbulas, probablemente masticaran algo más que comida. El va y ben de la luz blanquecina hacía del momento una cita a ciegas. Sus lenguas se encontraron en un paso intermedio entre su boca y la de ella. Las salivas inundaron sus labios, se derramaron por las oquedades que no quedaron selladas e impregnaron sus barbillas. Hubo un intercambio de fuerzas, donde la lengua de uno empujaba a la del otro y se introducía en la región del contrincante.

Las manos se deslizaban por las siluetas de ambos. Se metían mano en un intento de desgastarse el uno al otro.

                Pero en el interior de sus fauces una pequeña pastilla azul se posó en mitad de la lengua. Ella se retiró de él con media sonrisa en el rostro. Un gesto de simpatía le fue suficiente para saber lo que tenía que hacer. Llevó su lengua hacia atrás y con un aspaviento insinuado, trago.

Aquello le hizo sentirse eufórica, sin duda, para ella, era lo correcto. Se desmelenó. Alborotó su pelo al ritmo de la estridente música. Ofreció sus mejores movimientos, típicos de convulsiones espasmódicas.

                Un chico se acercó por detrás, la agarró por la cintura y la atrajo a él. Restregó todo lo que pudo restregar. Ella no encontró el motivo para negarse e hizo unos bailes que dejaron claro su posición.

Pero había alguien que no estaba contento con aquel cambio. El otro chico enfureció su rostro. Dibujó unas palabras con sus labios, pero la alta potencia de la música le hizo parecer estúpido. Juntó todo lo que pudo sus cejas, y dedico una feroz dentellada. Pero nadie parecía prestarle la más mínima atención.

Alzó el brazo y con la poca fuerza que le daban los cubatas y las drogas que había ingerido, arrojó el vaso hacia su oponente.

Todos tuvieron suerte. El vaso se perdió en el suelo, y al ser plástico, lo más grave que ocurrió fue la pérdida del hielo.  

                La chica lo miró sin dejar de mover las caderas, le ofreció una repetitiva sonrisa algo pícara y extendió los brazos hacia él. Mientras bailaba y movía los brazos, irguió un dedo y le indico que se acercara. Detrás de ella, el nuevo contrincante seguía arrimando cuerpo, como si se sintiera una cerilla con la necesidad de prenderse.

                El otro chico enarcó las cejas, y levanto tres dedos en formulación de una pregunta. La señalo con un dedo, luego se señaló a él mismo, y dejando unos segundos de por medio, señalo al nuevo contrincante. Nuevamente volvió a arquear las cejas y a indicar el número tres con los dedos.

Ella, sin perder la compostura asintió.

                La nueva imagen era de los tres sumidos en un repugnante baile. Cada uno abstraído por la parte que le tocaba. Salivas se traspasaban de una boca a otra, en todas las combinaciones posibles. Hubo un momento, que quizás por error, o quizás por el alcohol, los labios de ambos contrincantes se enfrentaron. Nada que un empujón no pudiera solucionar.

                Por fin alguien dio el primer paso. La chica se acercó primero a uno, le susurró en el oído y le sonrió. Luego, hizo lo mismo con el otro.

Ella marchaba primero por un ficticio pasillo que se creaba conforme avanzaba sobre la discoteca. Detrás, las ovejas del rebaño.

                Fuera seguía la fiesta. Grupos de personas interpretaban lo conocido como: Estupidez Humana.

Dos pequeños grupos, pero no por ello menos estúpidos, hacían un corrillo alrededor de unos individuos que se peleaban entre gritos. Se echaban la culpa de haberse caído por culpa de unos hielos que parecía no tener dueño.

                Pero no muy lejos de allí. En un parque de la zona, un parque de esos de columpios, nuestros protagonistas seguían en lo suyo.

                Un conjunto de árboles le cerraban el cielo a una pequeña casa de madera, donde los niños juegan por las tardes. A unos cinco o seis pasos, una estructura de acero sujetaba dos columpios.

Un lugar de disfrute para los niños, que las noches del fin de semana ponía los dos rombos.

                En el interior, la escena era grotesca. Como si de un vestidor se tratase, nuestros protagonistas ofrecían al desnudo alguna de sus partes.

La chica se encontraba de rodillas, en una penitencia interna, a la altura del centro humano de aquellos dos jóvenes.

                Por razones de horario omitiré lo que por unos instantes ocurrió en el interior y saltare en el tiempo.

                Las posturas habían cambiado. Uno de los chicos, que se encontraba dirección a la puerta de la cabaña se sobresaltó de repente.

  • ¿Habéis oído? Hay alguien espiándonos. – Escudriño la poca iluminación. –
  • Pues déjalo. Si vemos que es muy pesado, le dejamos que se una. Donde comen dos, comen tres. – Dijo la chica, volviendo la mirada hacia él y dejando lo que se traía entre las manos. – Más vale que no pares, no tenemos toda la noche para ti.

Todos volvieron a sus respectivos papeles, en sus posiciones y listos para continuar. Pero nuestro chico, no se encontraba cómodo con aquella situación. Ya le había costado asimilar lo del trio, como para añadir alguien espiando.

                Lo que pareció el rasgar de unas uñas contra la madera volvió a sobresaltarlo. La poca altura de la cabaña hizo que en esta ocasión la coronilla de este impactara contra el techo.

  • ¡Joder! – Se quejaba mientras apretaba las palmas de la mano contra la cabeza. – Ha vuelto a pasar. Se ha oído como si arañaran la pared.
  • - No me jodas tronco. – El otro chico dejó su placer aparte y se dirigió hacia este. – Eres un puto aguafiestas. Es la segunda vez que me cortas el rollo. Vete a tomar por culo. – Cabreado lo empujo con fuerza y lo estampó contra una de las paredes. – Vístete y vete a joder a tu madre.
  • Lleva razón. Eres una puta mosca en el culo. – Dijo entre burlas. – He oído un ruido, he oído un ruido… Anda y que te den. Menudo panoli. – Nunca sin perder la postura en el suelo. – Ven, déjalo y sigamos a lo nuestro.

Inoportuno como un apretón en mitad de una clase, una garra entro por un pequeño ventanuco que había en la pared.

                Peluda y con unas alargadas zarpas que se dibujó entre la luz y la oscuridad. Robusta y abultada.

 La corta longitud de aquella extremidad hizo que apareciera el torso del dueño. Un ser encorvado, abultado y peludo, en sintonía con el brazo. Pero nada más se podía apreciar.

                Ella y él gritaron cuando aquella zarpa clavó las afiladas lanzas que tenía como uñas en el pecho del ya no deseado amante. Cuando la mano encontró la sangre de su presa, tiró de ella. La piel se abrió en tres profundos surcos, y cerca de la axila, la carne se desprendió, huyendo en el interior de las garras del monstruo.

El chico no tuvo más remedio que mearse encima. Una imagen degradante para sus últimos momentos. Su actuación sexual le tenía desprovisto de pantalones y ropa interior. Sus partes, sostenidas por la gravedad y algo más, ofrecieron una fina línea curva que no era otra cosa que el vaciar de la vejiga. Fruto del terror y del dolor.

                El resto de los presentes inmóviles ante la situación.

                Mientras, el meón, buscaba alguna mirada que le dijera: Todo es un sueño.

Solo obtuvo otra sacudida por parte de aquella bestia. Nuevamente hizo presencia la zarpa. La velocidad con la que entro paso desapercibida. Pasó junto al rostro de nuestro meón y se agarró al cuello. Una especie de rugido o de grito acompañó a un acto de fuerza. Las garras se cerraron con más fuerza y fueron machacando los músculos y huesos que sostenían la hermosa cabeza de la víctima.  

Con un grito más, el ser tiró de su brazo y se llevó el tubo digestivo. Dejando a nuestro difunto amigo muerto.

                El cadáver se derrumbó como se derrumbará algún día la Torre Eiffel y reboto contra el suelo, descansando sobre sus semidesnudos amigos/objetos sexuales.

No necesitaban más ejemplos para decidirse a salir huyendo de allí. Se vistieron y surgieron a la noche.

                La noche los deslumbró. Un acumulo de luces tenues los abrumó. Y detrás de sus apresurados pasos, el estridente rechinar de unos enormes dientes.

Al unísono se giraron en busca de la procedencia. Las luces que iluminaban a un viejo sauce acicalaron la imagen de un ser.

                Un ser de amplias dimensiones. Curvado en casi todo su él. Sus patas curvadas, su columna curvada, sus brazos curvados. La cabeza se delineaba en una terrible sombra, donde sus fauces sobresalían al compás de un acumulo de finos colmillos. Y de cúspide, dos largas orejas que se alzaban al cielo.

Era un terrible conejo asesino.

                La figura desapareció. El chirriar de los colmillos hicieron presencia detrás de ellos, luego detrás de un árbol, detrás de la caseta, en lo alto del columpio…  

                Los dos sexuados jóvenes corrían en busca de su salvación. Algo les perseguía, algo quería comerlos, algo tenía mucha hambre.

Corrieron hasta que dos voces le dieron el alto. Dos voces uniformadas, con un vehículo luminoso y unas linternas amenazantes.

  • ¿Dónde van ustedes con tanta prisa? – Dijo uno de los agentes de policía. – ¿Huíais de algo…?
  • Señor agente. Gracias a dios que le encuentro. Un terrible ser nos persigue. Por lo que hemos podido apreciar es una especie de conejo gigante asesino. ¿No es cierto? – Dijo el chico mirando a la chica. –
  • Si. Y ha matado a nuestro amigo.
  • Conque un conejo gigante asesino a matado a vuestro amigo. ¿Eso sería el resumen? – Los dos agentes se miraron. – Entonces, ¿Sois amigos?
  • Bueno, amigos no. Es que estábamos…
  • Déjalo – Dijo uno de los agentes. – Suele ocurrir los fines de semana. El típico conejo gigante asesino sale en busca de carne… ¿No es verdad? – El agente miro entre risas a su compañero. – Será mejor que os hagamos una prueba de alcohol y drogas. No queremos quedar como tontos ante toda la comisaria. Si damos el aviso de búsqueda de un enorme conejo, antes tenemos que asegurarnos que no estáis bajo el efecto de drogas.  
  • No os preocupéis, es simple protocolo. Nosotros os creemos. Fin de semana, cerca de una discoteca y dos jóvenes con los ojos así de dilatados; sin duda: Conejo Asesino.

 

 

 

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