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4 min
Un verso sólo
Varios |
03.12.18
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Sinopsis

Unos poetas aficionados quedan como grupo de trabajo. Grupo heterogéneo e indisoluble...

—Tengo el hábito de ir a los polígonos —dijo Samuel.

—¿Por qué? —preguntó Molina.

Samuel estaba incómodo en el bar que habían elegido para quedar. Su enorme corpachón apenas cabía entre la mesa, la pared y la ventana. Estaba encajonado. Enfrente, Cristino: con la mirada fija, casi sin parpadeos. Le incomodaba en extremo. Era un espectador huero. Una paloma ante una tartera cerrada llena de comida. A su lado, Molina. Bajito y ancho. Un tapón. Le impedía la salida.

—¿Por qué? —repitió Molina.

—Por la soledad —dijo de inmediato.

Menudo grupo le había caído en suerte. El profesor del curso de escritura poética se había sacado de la manga un ejercicio que llamó “pareados libres”. El sumun de la iconoclasia. Parejas de tres. La poesía es introspección. Es ruido del alma. Solo del alma. No es una tormenta de ideas.

—Es cierto que cualquier sitio apartado —continuó Samuel—, apartado de la gente, del día, es válido. La soledad es un pájaro muy común. Pero un polígono en la noche es un sitio especial. Es frecuentado en grado suficiente para que su soledad quede contaminada y sea más palpable, más visible, por contraste podríamos decir, pues se mezcla levemente con otras soledades, éstas individuales y en penumbra, que resultan pequeños manantiales para la inspiración. Fijaos. El funcionario que sale a correr: ¿Por qué viene aquí? Tiene los llanos plagados de caminos a dos manzanas; el oficinista que vela por una mísera empresa como si de su presencia dependiera su salvación, cuando en realidad la empresa es el madero al que se agarra en el océano de su vida; la prostituta, apenas manchada por la luz de la farola, mostrando su mercancía, ocultando su vergüenza; el vigilante que da vueltas con el coche, ávido de conversación, al que rehuimos los demás…

Samuel bebió con avidez su café ya tibio lamentando no haber pedido algo largo y fresco. La sequedad de su boca le hizo regresar al presente estrecho y saturado.

—Yo… no sé. No creo que… —Molina se mordía los padrastros y lanzaba dificultosas miradas laterales a Samuel. —¿Y no podríamos quedar en otro sitio? ¿En la Plaza de San Marcos, por ejemplo?

—¿Quedar? —preguntó Samuel mirando el local—. ¿Más?

Cristino se decidió a hablar y explicó que vivía lejos y una retahíla de recados incomprensibles que debía hacer de cotidiano. Propuso que se dieran los whatsapp, no quedó muy claro para qué. Apenas le hicieron caso. Molina se introdujo en el primer silencio que pudo.

—Por la temática. Tenemos que presentar un conjunto, con una temática, los tres.

Molina se retorcía las manos con excesivo sufrimiento ante la mirada severa de Samuel.

—Yo no sé si esto va a salir bien —continuó angustiado—. Es muy difícil.

Samuel se imaginó con desagrado tutelando a aquel mojigato y al otro cretino.

—Yo no voy a ir a ninguna plaza —dijo Samuel—. Tampoco voy a quedar con nadie. Déjame salir, por Dios.

Molina y Samuel se desatascaban del mobiliario con dificultad. Molina protestaba con titubeos y Cristino les miraba con cara de paloma.

Ya liberado, Samuel dejó un par de euros sobre la mesa.

—Yo ya tengo el poema —dijo después—. Y os he dicho la temática. —Enfiló hacia la puerta. Se detuvo un momento y aún les dijo—: ¿Sabéis? Haced lo que os dé la gana, yo lo dejo. —Molina le miró con pánico—. Mira, así seréis los heterodoxos de los iconoclastas, una pareja de dos entre pareados libres.

Ya en la calle, gustoso, se arropó contra el frío con el botón primero de la camisa. Se desvió por un callejón mal iluminado. Se recitó asimismo con eco craneal:

 

Un puñal parte tu palma.

Separa el alma de la otra parte.

Abres las piernas, tu corazón se para.

Para alimentarte. Solo para alimentarte.

Solo. Un verso solo.

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  • Me gustò, unos diálogos estupendos y muy bien logrados, bienvenido.
  • Unos poetas aficionados quedan como grupo de trabajo. Grupo heterogéneo e indisoluble...

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