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15 min
Una Almojabana Para Augusto
Varios |
13.02.18
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Sinopsis

Reconozco que me gustaba Brígida y de eso hace más de quince años. La conocí en el pueblito aquel a donde me tocaba ir todos los diciembres. Estaba ese día en la plaza con la vieja Paz ayudándole a vender un poco de yerbas que curan y la gente se arrimaba a comprarle por creer en la mano milagrosa de la señora. Ni se me vino a la cabeza que la muchachita fuese su hija. Apenas tenía un parecido muy lejano en la fisonomía espigada del cuerpo. Algo en el porte de yegua fina desdibujado con los años, pero es su hija, me dijeron otras señoras y tiene dos más, son un poco menores y a veces acostumbra traerlas. Supe entonces que la vieja vivía a dos horas del pueblo en una casa perdida en la montaña a la orilla del camino. Siempre se le veía en las plazas con sus manojos de yerbas para curar los males del cuerpo y del alma. Y era a causa del poder curativo que ella sabía imponerle, me enteré luego, es una mujer muy rara, me dijeron, solo duró cinco años casada y al marido se lo llevó una locura que lo mató en un par de semanas. Hay quienes le achacan la muerte del hombre, pero eso no era todo, tenga cuidado de acercarse a esas muchachas, me dijo una abuela de las que todavía usaban pañolón negro y sombrero para salir al pueblo.

Tal vez tenía algo de cierto, me dio la impresión cuando me acerque y me quedé largo rato mirando el rostro de Brígida, esos ojos negros que parecían tener la mirada perdida en algún punto perdido de la montaña, su cara como de cera y sus pies un poco descuidados. La vieja me cruzó una mirada de navajazo que hubiera querido cortarme hasta la respiración. Me salvó el asedio de los compradores de yerbas; sin embargo la vieja quiso desquitarse con la muchacha apenas se dio cuenta que también me miraba y seguía quieta como un árbol sin hacer caso al llamado que se volvió un grito y la hubiese puesto a reaccionar a cachetadas de no ser por los clientes.

-Pero qué le pasa, estúpida, alcánceme la albaca y la manzanilla, maldita sea, ajenjo no, que vaina con esta juventud.

Brígida parecía tratar de salir de un pozo profundo.

 -Si señora, ya voy.

- Pero le dije que me alcanzara una de cada una y me trae un poco de tomillo. Déjeme que lleguemos a la casa-Volvió a gruñir.

Fue entonces cuando traté de alejarme hacia el otro lado de la plaza donde vendían pasteles de yuca y me encontré con Augusto, un amigo recién conocido hacía unos tres días y me presentó a una muchachita muy parecida a Brígida casi como si fueran gemelas que ya se iba porque su mamá debía estar esperándola.

-Tú sabes cómo es ella, debe estar que reniega y después viene a cobrarme a la salida.

Confirmé entonces que en efecto, era una de las hermanas menores y la vieja detestaba a cualquier hombre con el solo intento de mirarlos, además debía cuidarme me dijo Augusto tratando de reírse.

- Pero esto es en serio, hombre, con esa vieja debe uno andar con los ojos bien abiertos, así como aquí la respetan por las yerbas esas la gente también le teme. Esto lo dicen no sólo en los pueblos donde va a vender sus menjurjes. Si uno escucha a los de la montaña le podrán decir mucho más.

El caso es que Augusto la llevaba bien con Angela y llegara el agua a donde le llegara se la iba a robar un día de estos.

  La cosa era llegar en bicicleta por la carretera y esconderse por entre los matorrales, no muy cerca de la casa pues los perros de la vieja tenían fama de asesinos y uno nunca sabe, cuando el olfato de ella se alteraba acostumbraba soltarlos de día para que en el monte destrozaran a cualquiera. Augusto se arriesgaba a hacer estos recorridos los sábados y los lunes cuando no salían a ningún pueblo.

- Te consigues una buena bicicleta y nos vamos, ya veras, si te gusta la Brígida, como es que burlamos la vigilancia de la bruja esa.

  Desde entonces lo acompañaba en aquel recorrido por el camino que no siempre permitía ir montados en las bicicletas. Era subir y bajar hasta cuando llegábamos a unas minas abandonadas. Allí escondíamos las bicicletas en los matorrales, nos íbamos caminando una media hora hasta llegar a unas piedras grises que parecían colgadas de la montaña. Augusto se paraba en una de las rocas y lanzaba su silbido de pájaro. Tres veces y luego se descolgaba como un gato. Me dijo espere detrás de aquel nogal y ya veremos el resto.

  Cada lunes y sábado tenía mis citas con Brígida sin necesidad de acercarme a ella los jueves en la plaza a soportar la horrible mirada de doña Paz. Ni siquiera intentaba acercarme al puesto donde vendían la valeriana para calmar el insomnio  y la manzanilla matricaria que curaba los desarreglos de la matriz de las señoras después del segundo parto y cosas así.

  --Debemos tener cuidado en adelante –nos advirtió Brígida, un día en que llegó sola a cumplirnos la cita--. Algo sospecha mi mamá y hoy dejó encerrada a Ángela desde temprano.

  -¿Pero no ha dicho nada? –preguntó Augusto.

  -Nada, ni da a entenderlo.

  -¿Entonces?

  -Es que ella disimula muy bien las cosas.

  -¿Y qué debemos hacer entonces?—le dije.

  -Nada, sólo dejemos pasar unos días.

  Se supone que la mantuvo encerrada cerca de ocho días. Les prohibió a Brígida y a Susana llevarle cualquier comida y evitaba mencionar pormenores. Las cosas durante esa semana fueron tan misteriosas como la casa refundida en el monte. Recuerdo que le propuse a Augusto ese jueves de mercado en el pueblo, espiar muy temprano el puesto de yerbas de la vieja a ver si había venido Ángela, en caso de no verla nos iríamos en las bicicletas a buscarla a la casa. Y así fue. A las ocho, aún con el frío de la mañana de enero, la neblina desprendiéndose a bocanadas de la montaña, empezamos nuestro recorrido loma arriba, parando a veces en los huecos donde no podíamos con las bicicletas. Nunca nos pareció tan solo aquel lugar. No se oían ni los pájaros, ni el viento haciendo chasquear las ramas. Tan solo el ruido de las bicicletas sobre el empedrado. Era la primera vez que íbamos a llegar a la casa y nos preguntábamos que estaría haciendo Ángela a esa hora. Si de verdad la vieja la pudo haber dejado en la casa. Estábamos a unos treinta metros, era una fachada color cal, con tejas de barro rojizas, sostenidas por columnas de madera; cuando nos detuvo la presencia de un viejo bajito, cubierto de una ruana desflecada y una barba escasa. Parecía un enano con su risita y su mirada maliciosa.

  -Hasta que se arriesgaron a venir –nos dijo mientras abría la boca y dejaba ver unos cuantos dientes de ratón.

  -¿Cómo así? –le dijo Augusto casi sin dejarlo terminar.

  -Ya nos son suficientes las citas entre el monte –insistió como si Augusto no lo hubiera interrumpido.

  -¿Qué quiere decir con eso? –intervine y el viejo me lanzó una mirada de zorro, como si ya nada fuera novedad.

   -Pues que ya los he visto varias veces por ahí con las muchachas.

  -Entonces fue usted el que le contó a la vieja—le dijo Augusto.

  -¿Contarle qué?

  -Pues que ellas se encuentran con nosotros.

  -Si por mí fuera ya cuanto hace que se sabría. Pero no. Yo ni me acerco a esta maldita casa cuando está esa vieja y más vale que se anden con cuidado porque les espera una bien buena.

  -¿De qué habla?

  -Miren muchachos, por aquí se dicen cosas. Es mejor prevenirlos por si acaso. Cuando la vieja los invite a visitar a las muchachas reciban todo lo que les ofrezca, sin desconfianza y sin miedo. No le vayan a decir que no a nada. Pero en la segunda que ustedes vengan no se atrevan a recibirle ni una pizca de nada.

  -¿Y quién nos asegura que la vieja nos va invitar a almorzar?

  El viejo lanzó de nuevo su risita.

  -Lo van a ver muchachos. Esto yo ya me lo sé. Y por hoy devuélvanse porque la muchacha no está en la casa. Yo sé por qué se los digo.

  No fue el domingo siguiente sino el próximo  en que resultamos invitados a la casa de la señora Paz. ¿Qué cómo sucedió? Ni me lo acabo de imaginar. El caso es que el día de la cita acudimos los dos como siempre aunque ahora Augusto iba sólo a esperarme mientras estaba un buen rato con Brígida. Nos dijo que mi mamá los espera de hoy en ocho a las diez y que no vayan a faltar. ¿Y de dónde se le ocurre? Le preguntaba, aún no la conoces, ella tiene sus cosas buenas aunque sea a ratos un poco tirana. Dicen de ella muchas cosas pero ninguna es cierta, van a ver como es y yo no podía disimular cierta risa mientras Augusto también asentía, si como no, la gente no la tiene como un ángel, pero bueno, ya nos permite llegar a la casa, eso es agradable, ¿no? Vamos a tener la primera cita con nuestra futura suegra sin salir convertidos en animales y Brígida, por Dios cómo se les ocurren esas cosas, Augusto, ella es apenas una señora que negocia con una yerbas y de eso nos ha dado para vivir, la gente dice cosas malas de todo el mundo y como ella no es de las que se somete a los demás  entonces la calumnian por todos lados y ustedes ya se lo están creyendo. Pero no, le dije a Brígida, mejor es no creer nada de esas habladurías, ella si claro, ya nos están demostrando lo contrario.

 

  Por el camino no dejábamos de preguntarnos lo mismo, cómo así que esta vieja nos quiere invitar y el viejo aquel del jueves nos dijo lo mismo sin estar preguntando nada, esto ya se pone raro, mientras las bicicletas descendían con más rapidez, no se a que me huele todo esto, decía Augusto, pero me dan ganas y se me quitan de arrimarme por allá el domingo, es más, hay días, cuando me da el aburrimiento que mejor pienso olvidarme de Ángela y no volver a subir más esta maldita montaña, no sé si estoy buscando mi perdición pero uno es demasiado terco y eso me pasa a mí a ratos, quiero dejarla y salir corriendo de este pueblo pero siento como si algo, una especie de mano gigante me agarrara y otra vez me pusiera frente a esos ojazos que no me dejan respirar.

  Esa semana pensé en muchas cosas. También me asaltaron las dudas de cumplirle la invitación a doña Paz. Pensé, si va Augusto voy yo. Creo que él pensaba lo mismo. Varias tardes nos encontramos y apenas me decía: ¿listos para el domingo? Claro, le dije pero evadíamos el resto del asunto. Preferíamos hablar de mi viaje a Bogotá. Pensaba volver en seis meses, apenas iniciaran otra vez las vacaciones y quería ver de nuevo a Brígida. Augusto insistía en que volviera más pronto, cómo se me iba a ocurrir semejante viaje cada seis meses. Estaba a dos años de terminar la carrera y no sabía que iba a pasar para entonces. Brígida me gustaba demasiado, es cierto, pero ¿quién vaticina el futuro? creo que ni la madre de ella con los prodigios que le atribuían.

 El domingo regresé convencido y Augusto estaba también de acuerdo en las amabilidades de la señora. Se nos hizo demasiado agradable esta mujer delgada, de rostro endurecido y quemado por el sol y el viento de la montaña. Demasiado amable y educada. Vivía en una casa sencilla pero cómoda, semejante a las casa del pueblo y su intención no era que las hijas anduvieran por ahí, con cualquier persona viéndose a escondidas, quería formalizar las cosas y desde ese día Augusto y yo podríamos visitar a Ángela y a Brígida cuando creyéramos el momento. La próxima visita quedó arreglada para el siguiente domingo. Ese día recibimos de todo, chocolate con queso, almojábanas que no eran de las mejores, según nos dijo. La promesa quedó acordada para la siguiente visita, les voy a traer unas almojábanas de verdad, van a ver lo bueno. Por el camino hablamos de las atenciones de la vieja. Nunca esperábamos nada por el estilo. Esta señora se veía una persona honesta. Casi no nos quedaban dudas. Sin embargo nos daba vueltas en la cabeza las palabras del viejo de los dientes de ratón, hasta el momento habían resultado ciertas cada una de las cosas que nos dijo. Aún no sabíamos cómo íbamos a resolverlo. Esto nos dejó pensando un par de días, aunque no era cosa de alarmarse.

El caso es que no alcancé a ver el siguiente jueves en el mercado el rostro de Brígida ayudando a doña Paz con las yerbas. El miércoles llegaron mis padres a llevarme a Bogotá porque querían que estuviera ese fin de semana en la fiesta de uno de los dueños de la empresa donde trabajaba mi padre, además era el aniversario número veinte y que por tal circunstancia... lo cierto es que debía irme con ellos. Apenas alcancé a escribir una carta. Se la entregué a mi tía Adelina para que Augusto se la diera a ella. Me fui esa tarde en el carro de mis padres mientras miraba largo rato la montaña con sus casas refundidas entre los matorrales y mucho más refundidos a sus habitantes. Pensé todo el recorrido en Brígida, antes y después de perder de vista la sombra de la montaña con su atardecer rojo.

 

  No volví tan pronto como me lo aconsejó Augusto. Ni siquiera en las vacaciones. Le escribí un par de veces a Brígida y nunca me contestó. De mi tía y de Augusto supe muy poco. Parecía que a ninguno les gustara responder cartas o no fuera costumbre en aquel pueblo. Habían pasado dos años cuando regresé a pasar el diciembre de mis vacaciones. Busqué a Augusto en su casa y ya vivía otra familia, aunque el pueblo parecía el mismo. La montaña que lo bordeaba también era la misma y esa nostalgia de humo de estufas  de carbón al borde de la ladera.

  -Augusto se fue de aquí hace como un año—me contó mi tía Adelina cuando regresé de la calle.

  -¿Un año?

  --Se voló con Ángela. Después de lo que pasó creo que esperaron demasiado tiempo.

  -¿Pero qué pasó?

  -Deja la impaciencia. Parece ser que doña Paz había preparado un maleficio en una almojábana para Augusto. Dicen que una de las hijas, no se sabe cuál sospechaba algo, les cambió de sitio y le dio a Augusto una almojábana buena. Pero cuando doña Paz abrió el cajón esa tarde sacó la otra y se la comió. Duró diez meses con el cuerpo paralizado y con una especie de gangrena. Al mes de morirse los muchachos se casaron, yo misma fui la madrina. No se quedaron en el pueblo por las habladurías de la gente. Lo mismo hicieron las otras dos hijas y es la hora que nadie sabe a dónde se fueron

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