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3 min
Una antigua pasión
Suspense |
24.11.20
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Sinopsis

Una cárcel, y un reencuentro con los fósforos.

Una antigua pasión La cajita de fósforos me miró impasible. Poco era consciente ella del efecto que su existencia podría causar en mí. Esta en particular era sosa, parecía solo un elemento más de una bolsa de basura de aquellas que preparamos cuando nos vamos a mudar, o un paquetito tirado como al descuido en un día de limpieza en la casa o tal vez en una oficina. Me quedé duro, observándola casi con miedo, como si fuera ella la que me juzgara desde su rincón; acartonada, amarillenta, con algunos ridículos mensajes que ni siquiera me dignaría a leer. El rabo de mi ojo creyó ver la palabra amigos, y felicidad. No, fosforita, te equivocaste. Justamente vos, venir a hacerme esas declaraciones. Jamás me trajiste nada de eso; ni amigos, ni felicidad. Qué presencia tan inoportuna. Mi memoria me llevó al chasquido de la pequeña llama, retumbando nuevamente en mi mente casi como un acto de tortura. El sonido mágico del palito de madera y la cabeza rozando la superficie explosiva, la maravillosa luz de fuego surgiendo como un gran ángel que ilumina con su calor y belleza, y en fin, la sensación preferida. Palito, luz, olor, fuego; gloria sin parangón. La campana de la prisión me sacó de mis divagaciones, indicándome que ya se acercaba la hora de ir al comedor para disfrutar del almuerzo. En el banco largo me encontré con Alfonso, el cual asocié casi en un segundo con el triste aspecto que debería tener fosforita en la caja; duro, seco, casi sin vida. Luego de ofrecerme los restos de su almuerzo, mi ex compañero de celda se levantó como si el amor de su vida lo llamara, y se puso a caminar en círculos, totalmente perdido, como siempre. En la cárcel todos lo estábamos, lógicamente, aunque quizá yo un poco menos que él. Otra vez me toca aburrirme, me dije a mi mismo. En ese lugar ya casi no tenía amigos, todos me tenían miedo, o algo parecido a eso. Lo que había ocurrido había ocurrido, pero de eso ya hacía unos cuantos años. Estaba cumpliendo mi condena, y jamás había habido una reincidencia. Y ahora, ¿qué acceso tenía yo a la herramienta del peligro? Ninguno, hasta el día de hoy. Volví la mirada hacia la cajita de fósforos. Ella, tan inocente, parecía incitarme a retomar mi más antigua pasión.
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