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10 min
Una buena amiga (y 2)
Suspense |
25.05.18
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Sinopsis

Pues aquí está el desenlace de esta historia. Ha tardardo algún tiempo,pero al final está conseguido. Lo dejo para vuestra consideración, compañeros. Saludos

.../...

Y Andrés se apresuraba a terminar su trabajo y entra en el bar para secar unos vasos que tenía pendiente. Las dos amigas terminada la sesión de sol, se calzaron, cogieron la maleta y subieron al hostal para cambiar su atuendo de viaje por otro más festivo, de acuerdo a los factos del día. Llegada la noche, aparecieron de nuevo por la puerta de la residencia dónde enseguida fueron divisadas por Andrés, que en cuanto pudo se acercó a ellas.

—Esto si que es una verdadera sorpresa. No será porque no estoy acostumbrado a ver pasar gente por aquí.

—¿Che dire di Andrés? ¿Amazed?

—No se si capisco bien ¿Cómo te llamas?

—Fiorina.

—Pues eso, Fiorina, no se si capisco bien, que me corrija tu amiga…

—Su amiga se llama Anabel.

—Pues eso, gracias Anabel, no se si capisco bien, pero lo cierto es que me parece estar viendo…

—¡Camarero! –llaman desde una mesa.

—Me llaman. Tengo que atender a la clientela ¿dónde vais?

—A la Feria, Andrés ¿dónde crees que podemos ir? –respondió Anabel.

Y Andrés se dio media vuelta sin poder descubrir la forma de mover las caderas de sus amigas, puesto que las mesas estaban todas ocupadas y los brazos se alzaban demandando atención. El dueño del bar –su jefe- pegado en la ventana-mostrador miraba por encima de las gafas bifocales a un lado y a otro, con especial atención a los movimientos de Andrés. A las dos de la mañana sonó el cierre metálico del negocio y tanto el dueño como los empleados se desearon felices sueños. El muchacho subió a lomos de su motocicleta de pequeña cilindrada y partió para su casa. Cuando llegó al día siguiente, colocó la moto en el lugar habitual y se quitó el casco.

—¡Hola Andrés! Ho visto –lo saludó Fiorina desde el balcón del hostal.

—¡Hola preciosa, qué gustazo me da verte! ¡Baja!

—¿Che me dici?

—Que bajes, que salgas a la calle –le apuntó Anabel –creo que le gustas.

—Ma quello che dici, insensata?

—Lo que oyes, capuchina ¡baja de una vez.

—Fiorina, vamos, ¡ven! Tengo una sorpresa para ti.

Al muchacho le había tocado esa tarde la tarea de abrir el bar y poner en orden el negocio antes de la llegada del resto del personal y del propio dueño. La muchacha le ayudó en algunas tareas entre risas y juegos amorosos. Terminaron encontrándose en la puerta de la cocina donde dieron rienda suelta a sus instintos sin advertir el paso del tiempo y por tanto la llegada del dueño.

—¡Andrés! ¿Estás ahí? –gritó desde la puerta –“¿dónde se habrá metido esa cabeza loca?”.

—¡Hostias, D. Julián! ¡Por aquí…corre, corre, ¡ven, ven! – se alarmó Andrés.

En volandas, a medio vestir, sofocados, salieron a un patio interior en el que había una escalera de incendios.

—Tengo que volver, quédate aquí –dijo nervioso Andrés.

—Mia madre cora fare.

Andrés corrió al servicio antes que se diese cuenta el dueño del bar y tiró fuerte de la cadena. La muchacha aguardaba en el patio.

—¡Eh, Fiorina! –la llamaron.

Era la voz de Anabel que asomada a una ventana le indicaba a su amiga que subiese por las escaleras. Trepó como pudo hasta donde se encontraba la de Burgos y con las prisas se dejó una zapatilla en el patio, así como una camiseta serigrafiada con el eslogan “ozú que caló”. Al rato estaban las dos juntas, muertas de risa y tendidas en la cama. Andrés recibió una pequeña reprimenda por parte de su jefe que justificó con una indisposición ventral inesperada. La tarde noche discurrió por los derroteros propios del mes de Abril, con una temperatura más que agradable para que la gente se lanzase en masa a la calle, ocupasen todas las mesas y contribuyesen a crear un ambiente festivo entre risas y palmas por sevillanas. Para sorpresa del muchacho, Fiorina y Anabel se asomaban de vez en cuando al balcón del hostal y le iban mostrando las prendas festivas que pensaban lucir esa noche en el Real. Reían, entraban y salían pero no les daba lugar a intercambiar ninguna frase ya que Andrés no paraba. Entre los clientes y las bifocales de su jefe –que más bien parecían una cámara de vigilancia – no le daba tiempo más que a seguirles el juego a las muchachas y hacerles algunos gestos aprobatorios.

—¡Fran, las mesas! – le chilló su jefe “Hijo puta, que suerte tiene”

En connivencia con un compañero cuando éstas salieron a la puerta del hostal le dio lugar a hacerse una foto con su palomita al cuello, cogiéndolas por la cintura pero apretando más para el lado de Fiorina. No obstante Anabel se despidió de él con un ligero beso en los labios. Eso sí, prometió encontrarse con ambas en torno a las dos y treinta de la madrugada en la portada de la Feria.

—¡Andrés, Andrés! –dijo Fiorina levantando los brazos.

—Bona sera señorina, creí que no llegaba nunca ¡cómo está al tráfico! ¡Hola burgalesa!

—Hola Andrés ¿a dónde vamos?

—Os voy a llevar a mi caseta para que veáis como se enrolla mi gente con las chicas guapas –Andrés se achucha con Fiorina.

—Eso, eso, ecco perché ho voglia di ballare, come se dice?..la…la –Fiorina levanta los brazos.

—Se dice sevillanas, capuchina, que no te vas a enterar nunca –le reprendía Anabel.

—Pobrecita, déjala que sólo lleva tres días en la ciudad, ya aprenderá –le sale al quite Andrés.

—Anda, mira él como defiende a la espagueti ésta. ¡Venga, vamos a la caseta esa que tengo un hambre atroz!

—¡Eso, eso! Da mangiare, vivere festa da ballo – exclamó eufórica Fiorina.

Eran las seis de la mañana cuando los tres amigos degustaban una taza de café con churros en un espacio rodeado de casetas y con tantas mesas y sillas que hubiesen hecho las delicias de D. Julián. Las atendían unas gitanas con un delantal tan blanco que parecía estárselo cambiando cada vez que entraban por una chocolatera nueva.

—¿Sabes una cosa Anabel? –le dijo Andrés a la de Burgos- ¿a que en mi caseta se estaba muy bien?

—Pues si majete, gran ambiente y mucha gente guapa.

—¿Sabes lo que vamos a hacer? ¿A que no lo adivinas? – prosiguió Andrés.

—Me tienes intrigada.

—Mira –abrazó a Fiorina- ésta y yo nos vamos a montar en la moto y tú te vas a ir a ese gran ambiente que seguro, seguro tienen cuerda para rato.

—No me digas más, que sabihondo nos ha salido D. Juan…

—Ma che dici, si chiama Andrés.

—¡Ya hija, ya! Ya te lo explicaré. Y mientras yo llego y no al hostal, vosotros os dáis un revolcón de puta madre sin testigo de cargo.

—Sin escopeta, decimos por aquí, pero vale, es lo mismo.

—¿Y cómo piensas burlar a la patrona de nuestra casa?

—Por la escalera de incendios.

—¡Anda, mira que espabilado!¡No digo!, como D. Juan.

—Non capisco affato, penso che questo promette, che un buon amica!

—Id con Dios, angelitos, que ya veré lo que pesco yo a estas horas.

 

La jugada les salió a la perfección, Andrés entró en el bar, cerró por dentro, salió al patio, cerró la puerta, recogió algunas prendas de Fiorina que aún andaban por allí y subió por la escalera hasta el balcón donde la joven lo estaba esperando. A esas horas la ciudad estaba poco transitada, tras una noche de feria. Hasta los más rezagados se habían recogido ya. Para ellos fue algo inesperado, un encuentro pasional en una coqueta habitación lejos de las miradas indiscretas o de la intranquilidad de verse sorprendidos. Hacia media mañana se abrió la puerta de la sala y entró con los zapatos en la mano, Anabel. Se reflejaban en ella los tímidos rayos de sol que penetraban por las rendijas de la persiana. Andrés se despertó:

—¡Eh! ¿Quién es?

—¡Chiiiiss! No alborotes D. Juan, me muero por estirarme – Anabel se dejó caer en la cama.

El muchacho se levantó para entrar en el servicio, pero Anabel ya se había incorporado y se acercó hasta él. Por un instante rozaron sus cálidos cuerpos.

—¡Déjame entrar, que me meo! –dijo Anabel.

—Date prisa porfa que tengo que salir de aquí.

La joven italiana dormía como una angelita, desparramada cual larga era y con la negra melena destacando sobre su piel. Anabel ayudó a bajar a Andrés cogida a sus manos y clavándole la mirada como si mirase el escaparate de una pastelería, “hoy he llegado tarde, pero la próxima vez ya se por donde tengo que bajar para no perderme la fiesta”

Andrés llegó a su moto a través del bar y marchó a su casa y esa misma tarde regresó, abrió la puerta e invitó a Fiorina a que le acompañase en los arreglos previos a la apertura del negocio.

Sonaron las campanas de la iglesia próxima y ante él tenía a la muchacha sentada en una silla con aquel individuo sujetándola por el pelo.

Y en un momento los ojos de Andrés quedaron perplejos al descubrir en la puerta de acceso al patio como se iba deslizando, con la finura de un hurón, Anabel y como se introducía en la cocina.

—¡Oye, oye! Coge mi cartera, tengo…tengo tarjetas…

—¡Calla joder!

—En serio…en serio…puedes usarlas.

—¡Déjame! ¿Qué quieres que me graben? ¡Cierra tu bocaza!

—¡De verdad, no te miento!

Andrés prosiguió su perorata, frente a él y por detrás del hombre, se aproximaba Anabel portando una enorme sartén sujeta por las dos manos.

—¡Guita, mamón! Lo que quiero es guita, que me hablas de tarjetas.

La de Burgos alzó las manos y le propinó semejante golpe en la cabeza al hombre que no tuvo tiempo más que de aflojar las piernas y caer como un saco de patatas. Fiorina al sentirse libre se abalanzó contra Andrés gritando:

—¡Aaaahhh! ¡Favore! ¡Help me!

—¡Tranquila, bonita, tranquila! – Andrés la abrazaba.

—¡Vamos, vamos! No os quedéis ahí, el teléfono, llama a la policía –le dio una patada a la navaja -¡Salid a la puerta! ¡Haced algo!

No tardó en aparecer en la puerta del bar, D. Julián, que al ver a las muchachas, a su empleado y a un desconocido tirado por los suelos, se echó las manos a la cabeza.

—¡Hostias! ¿Qué ha pasado aquí? “hijo puta niño”.

Llegaron más personas  a la entrada del local y poco después la policía. Levantaron del suelo al aturdido asaltador y comenzaron a tomar declaración a unos y otros. Una ambulancia esperaba en la calle. Dos días después las muchachas tomaban el sol sentadas en un banco; junto a ellas, las maletas.

—¿Pavia valdeal che cosa significa? –preguntó Fiorina a su amiga, leyendo en una pizarra próxima.

—Pregúntaselo a Andrés.

—¡No, no!, meglio che il tuo capo. ¡Ja, ja!

—¡Ja,ja,ja!..¡Al jefe!...¡Ja, ja!

—¡Anda! ¡Qué bien os lo pasáis, eh! – Andrés llegó hasta ellas -, como se nota que regresáis a casa.

Se abrazaron los tres. Anabel fue la primera en separarse y comenzar a tirar de la maleta. Fiorina y Andrés se ensalzaron en un caluroso beso.

—“¡Hijo puta, hijo puta!” – se recomía su jefe desde la ventana-mostrador.

Mientras caminaban las dos y saludaban con la mano en alto, le dijo Anabel a su amiga:

—Fiorina, yo te quiero mucho, pero él me vuelve loca.


J.R. Infante

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