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6 min
Una buena inversión.
Drama |
18.01.15
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Sinopsis

Eduard Grey es un hombre acostumbrado a convertir los problemas en oportunidades.

Eduard Grey leía con atención y creciente preocupación el informe que tenía entre las manos. Las noticas no eran buenas en absoluto. Eran de esas que pueden arruinar toda una carrera profesional. Algo que para él, un joven empresario de traje impecable y moral capitalista, no era una novedad: se había visto en situaciones comprometidas en muchas ocasiones y de todas había salido indemne. Y no estaba dispuesto a que este caso fuera diferente.

 

Valoró unos instantes sus opciones. Había arriesgado mucho- y pagado más-, para conseguir la información contenida en el dosier que acababa de repasar. Pero, una vez más, había acertado. Ahora tenía tiempo –poco, ciertamente-, pero suficiente para adelantarse a los acontecimientos.

 

Cualquier pérdida de tiempo podía ser fatal por lo que utilizó el teléfono móvil de precarga que había comprado recientemente. Era un medio de comunicación seguro, ajeno a posibles oídos indiscretos. Esperó seis tonos, hasta que una voz, con excelente acento británico adquirido en Oxford, le respondió:

 

-Arthur Meade, dígame.

 

-Hola Arthur, soy Eduard. Perdona que te llame en domingo. No sabía si estarías en la casa de la playa a la que te habían invitado.

 

-No Eduard, este fin de semana no era. Y no te preocupes, ya tengo redactada el acta de la junta, que supongo que es lo que necesitas con tanta urgencia para llamarme un día como hoy.

 

-!Qué bien me conoces! Ya sabes, las prisas es algo propio de estas pequeñas empresas biotecnológicas, siempre estamos igual, con los inversores encima de nosotros. De acuerdo, espero tu email con el documento. Te dejo, que tengo una infinidad de cosas que hacer.

-Muy bien. Y no te preocupes por haber llamado, sabes que me encanta mi trabajo.

 

Cuando Arthur colgó el teléfono, supo que su tarde de domingo no sería tranquila. Él odiaba la playa y Eduard lo sabía. Era un código que habían convenido para no levantar sospechas. Había entendido el mensaje y sabía lo que tenía que hacer.

Tras unos segundos, se sacudió la pereza del cuerpo y se levantó del sofá, pensando en la ropa que necesitaría para el viaje: Un traje de lino, corbata, sobrero panama y camisa ligera. En las Bermudas siempre hace un calor húmedo agobiante y es necesario llevar ropa adecuada. Comprobó en el móvil la disponibilidad de vuelos.

 

Cogió el avión a las tres de la tarde del domingo y aterrizó ocho horas después en el aeropuerto L.F. Wade, a las tres de la tarde hora de las Bermudas. Sin entretenerse, se subió a un taxi y se dirigió a unas oficinas situadas en el centro de Halmilton, capital de la isla. Allí le esperaba un estirado suizo llamado Klaus Bern, que pegaba tanto con el entorno paradisiaco de la isla como lo hace un banquero en una bolera.

-Siento la premura de mi aviso, Klaus. Ya sabes cómo funciona es esto. De todas formas, te he traído un buen escocés para compensar.

-No es un problema, Arthur. Son gajes del oficio. Y te agradezco el whisky. Es difícil encontrar un buen licor en esta maldita isla. No me malinterpretes, se vive bien aquí, pero echo de menos Zurich, mi ciudad natal. Ya, ya sé que suena a locura, con el frío que hace allí, pero supongo que la tierra tira. El único problema es que necesito operar desde aquí, así que, mientras me dedique a esto, me tengo que quedar. En fin, supongo que no has venido a escuchar quejas sobre mi vida ¿en qué puedo ayudarte?

-Tengo un cliente que quiere invertir en contra de un valor.

-Entiendo. No hay problema. ¿Procedimiento habitual?

-Por supuesto. Sociedades interpuestas y ha de estar finalizado antes de que se abran los mercados mañana en Reino Unido.

-De acuerdo. Es sencillo: aprovecharemos la apertura del mercado asiático, varias horas antes. ¿Condiciones habituales?

-En efecto, ambos cobraremos nuestras comisiones habituales.

-Perfecto. ¿Cuál es el valor?

El abogado inglés le entregó una nota al inversor suizo con el nombre de la empresa en cuestión. Éste la leyó, asintió, encendió una cerrilla y la quemó, mientras la depositaba en la papelera. Después, ambos hombres se estrecharon las manos y se despidieron.

En cuanto el abogo se hubo marchado, Klaus, desde el ordenador, accedió a un sofisticado sistema informático en el que programó una infinidad de operaciones financieras cruzadas que se ejecutarían de manera simultánea, en el mismo momento de la apertura del índice Nikkei. Después de una hora, quedó satisfecho. El trabajo estaba realizado y el rastro del dinero sería indetectable. Había sido otro domingo provechoso.

El viaje de vuelta fue cómodo para Arthur que pudo dormir plácidamente en el avión, en su cómodo asiento de primera clase. Aterrizó descansado a las ocho en punto de la mañana en Heathrow y se encaminó a su despacho en la City, en el que disponía de un baño completo en el que pensaba asearse, rasurarse y cambiarse de traje antes de empezar con su labor.

Encendió la radio a eso de las 9,45 de la mañana, mientras aplicaba la espuma afeitar a su barbilla. Como siempre, sintonizó el canal de noticias económicas.

“El mercado tecnológico sufre importantes bajadas esta lunes, arrastrado por las noticias anunciadas por la empresa biotecnológica Centurix, especializada en el desarrollo de medicamentos contra el cáncer. La compañía ha anunciado que, esta misma mañana, la Agencia Europea del Medicamento (EMA) ha cancelado la ejecución de los ensayos clínicos de su producto estrella, CX-1001, al detectarse severos efectos secundarios en los pacientes tratados. Entre las complicaciones  producidas destacan fallos cardíacos y multi-orgánicos. El director general de Centurix, Eduard Grey, ha presentado su dimisión. El valor caía en bolsa más de un 50% hasta que su cotización había sido suspendida”.

Por un momento, Arthur Meade notó una pequeña punzada de remordimiento pensando en los pacientes afectados, pero encontró consuelo en una frase que había oído a menudo: “En todas las guerras hay daños colaterales”. Era cierto y, al fin y al cabo, no los conocía. Lo único que de verdad importaba era que él y su cliente ahora podían considerarse inmensamente ricos.

Arthur Meade, reputado letrado de un importante banco de inversión de la City londinense, sonrió y continuó afeitándose, dispuesto a empezar un nuevo día de trabajo.

 

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  • Perfecto. Yo tampoco te valoraré más. Como quieras. Saludos.
    Tío, estás fatal. Eres un brasas. Para tu información no conozco a Toni. Estás obsesionado, ya me has acusado de ser alguien que no soy y de ser amigo de alguien que no conozco. Y todo porque te he dado un par de doses. En serio, relájate. Siento que mis relatos no sean como los tuyos: alambicados, llenos de dolor, confusión y pretenciosidad. No te preocupes, ya he decidido que no voy a puntuarte más, de hecho he leido algunos que me han parecido dignos de una estrella y he pasado. Paso de broncas y de tí. Si te dan alguna mala nota, súperalo. Gracias por recomendarme ir a clases. Abur.
    Juan, desde un punto de vista objetivo te digo que es un relato muy aburrido. No me ha hecho sentir nada. Ya es dificil conseguir tramas económicas/empresariales medianamente entretenidas, así que imaginate con tu prosa tan sosa, es un muermo. No sé que querías transmitir. ¿Corrupción, estafa, ética empresarial? Esta muy visto, Juan. No aporta nada nuevo. Te lo digo para ayudar. Lee más, ve a clases, no sé, haz algo porque cada relato que te leo es del mismo estilo, aburrido. Sé que gracias a este comentario me he ganado una estrella en el siguiente relato que publique pero me da igual, si te he podido ayudar ya me vale. Saludos y dale recuerdos a Toni.
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aficionado y, por lo que dicen en esta página, de los malos. Me da igual, disfruto mucho. Saludos!

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