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4 min
UNA HISTORIA CON ALTURA
Fantasía |
17.11.13
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Sinopsis

A veces la risa es inevitable, y surgen cosas como esta.

El águila, celosa de su cielo vigoroso de verano, llegó a comprender que por más que volase a su alrededor, aquella nube no se movería de allí, y así, a la pequeña Angelique aquella oscura sombra seguiría emborronándole la existencia día a día, hora tras hora. Porque así era la maldición que había caído sobre la pobre Angelique: allá donde iba, una sombra gigantesca e informe le rodeaba con insidia. Y sus días eran apagados, y ella tristemente paseaba de paraje en paraje con su grisácea aureola acompañándola por doquier. Y su humor se había agriado con el tiempo, como no podía ser de otro modo, pues cuando ella veía a sus amigos y estos tan solo le saludaban desde lejos para evitar de ese modo ser atrapado por la grisácea sombra angelical ella se enfurecía, y su corazón sufría, y entonces tomaba lápiz y papel y lo emborronaba con garabatos furiosos. Luego miraba al águila allí lo alto y blasfemaba contra él por no conseguir que apareciera el sol para ella. El águila, a quien ella siempre había tomado por el animal más alto de todos, también le fallaba.

Pero entonces,  la pequeña Angelique fue alumbrada por una idea, o más bien por una ortiga de desesperanza y, cierto día, al ver una bandada de palomas bandidas, aquellas “ratas del aire” como siempre las había llamado, pensó que ellas sí podrían lograr apartar aquella nubes, aunque fuera a fuerza de aleteos. Y así, aquel día, después de rodearse de cientos de palomas en la pequeña placita oscurecida del parque, logró el trato: ellas dispersarían aquella nube insidiosa que acosaba a Angelique y a cambio ella se comprometía a acudir todas las tardes al parquecito a recrearse entre ellas compartiendo una bolsa de grano.

No tardaron ni media hora aquellas palomas en hacer desaparecer la nube. Fue un espectáculo magnífico, brutal: cientos de palomas en el aire, entrando y saliendo de la nube, como si la estuvieran devorando, y aquella masa de humedad caprichosa ahuecándose poco a poco hasta poco después desaparecer completamente. Fue, ciertamente, la fuerza del número.  Y de aquella manera, al cabo de aquel tiempo, después de tantos y tantos años, Angelique vio el sol. Sólo que este no fue lo maravilloso que ella había soñado, pues de entrada, aquel astro poderoso no hizo más que deslumbrarle los ojos, unos ojos demasiado acostumbrados a la oscuridad. Angelique quedó un tanto defraudada, la pobre, y lloró de pena al sentir que también el sol le hacía sufrir y que la maldición que había caído sobre su vida perseveraba por más que las circunstancias le favorecían.

Al día siguiente, Angelique cometió un error, o más bien un olvido estrepitoso: se olvidó de acudir a su cita con las palomas en el parque. Toda una decepción para aquellas aves tan bien organizadas, que, a pesar de todo, habían confiado una vez más en el hombre. Y así, ocurrió lo que tenía que ocurrir: Angelique salió de su casa y nada más atravesar el portal, se encontró de nuevo con una sombra oscura, aún más oscura que la que le había perseguido toda su vida, y un sonido persecutor de arrullos disonantes, que comenzaron a perseguirle paso a paso, y a hacer descender una lluvia de excreciones aviares que obstinadas se posaban sobre la pequeña Angelique y que, lejos de desempolvarle la memoria, lo único que consiguieron fue rematar su locura.

Desde entonces la pequeña Angelique escribió todos los días garabatos de furor, y enclaustrada en su hogar, desde la ventana, blasfemaba hacia el cielo contra las palomas. Ni qué decir tiene que se olvidó para siempre de la existencia del águila, el animal más alto de todos.  

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