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6 min
Una incursión por los piringundines
Reales |
04.08.11
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Sinopsis

Un grupo de soldados sale de franco en el año 1963 y se internan en los piringundines del bajo Buenos Aires, un lugar hoy extinguido. Ese sector marcó una época del arrabal porteño.

 

UNA INCURSIÓN POR LOS PIRINGUNDINES

Eraldo Capellari era un cordobés muy especial. Vivía en la zona rural de Sampacho, en la Provincia de Córdoba, y era muy chueco. Tenía las piernas que parecían paréntesis ( ). Muy querido por todos. Era el típico cordobés serrano; transparente, gaucho, divertido. Pero cuidado, cuando alguno se pasaba de vivo con él, se enojaba en serio y no era fácil de tranquilizar. Se ponía más loco que chancha alzada.

 

Una noche nos fuimos en patota con el chueco a la Capital. Después de comer milanesas con papas fritas y tomarnos unos cuantos vinos, nuestra cita obligada era el bajo. Allí estaban todos los piringundines de mala muerte repletos de marineros extranjeros. Había que andar con mucho cuidado, porque a esa altura de la noche ya tenían un pedo mortal, [1] y además de cantar, llorar y franelear a las meretrices, los tipos estaban fuera de control, de manera que si alguno se salía de madre, había que aguantársela ante una eventual gresca, porque se venían todos encima.

Esa noche, como lo hacíamos habitualmente, entramos a varios boliches, todos lúgubres y fétidos En el primero dimos una vuelta tratando de tocar algo, pero no conseguíamos nada, estábamos -como era habitual- secos para esos trotes, entonces cuando las minas se ponían pesadas tratando de sacarnos el mango que no teníamos, nos retirábamos mansamente ante el riesgo de ser vapuleados por los matones [2]que estaban atentos, acurrucados atrás de un biombo que había en el fondo. Más adelante entramos a otro piringundín donde estábamos de lo mejor; había música de los “Wawanco”,[3] muy pegadiza y de moda. De repente se armó una gresca cuando Capellari le metió la mano bien adentro a una gorda culona que estaba semi agachada… ¡Para qué!.. La gorda se recalentó y comenzó a cagarlo a palos por el lomo; el chueco salía corriendo acurrucado y detrás de él todos nosotros que tratábamos de escapar por la puerta angosta, mientras recibíamos azotes de todas las mujeres que se plegaron a la furia de la gorda. ¡Qué despelote!  Felizmente logramos salir de la ratonera… La noche estaba muy fría, y al salir sentimos una brisa fresca y reconfortante que nos sacó el sofocón. Fuera de peligro, a la distancia pudimos observar que los rufianes ya se habían puesto en pie de guerra y nos observaban semiocultos detrás de la puerta. Si hacíamos algún movimiento raro se nos venían encima y seguramente nos cagarían a palos. Eran tipos grandotes y corpulentos, con trajes negros y camisas blancas con rayas negras, sombreros al tono y zapatos blancos con alguna veta marrón. ¡Qué julepe nos pegamos! Algunos dijeron que no habían sentido miedo ¡las pelotas! Estábamos todos julepeados porque el despelote fue muy grande. Además, no éramos pendencieros y mucho menos estábamos preparados para estas grescas. Al gringo Capellari se le fue la mano con la gorda, pero bueno, el diablo lo tentó y no pudo con su genio. Pero nada más que eso. Fue solo el manotazo de un seco lo que desató la furia, lo que no quita que fuera ¡una noche inolvidable!

 

Marineros holandeses

Recuperados de la feroz batalla que originó el manotazo de Capellari, partimos hacia otro boliche. Los burdeles estaban uno al lado del otro, [4] con faroles y guirnaldas de colores rojo, amarillo y verde que adornaban la entrada con leyendas atractivas para los potenciales clientes. Recuerdo uno escrito con letras fuleras que decía algo así como:“Un ángel te espera” o“El Ángel azul”. Finalmente entramos a uno que tenía el dibujo de una manzana sobre la que se leía en letras blancas: “La manzana de Eva”. Más de una vez pensé que con estas ofertas, el paraíso estaba en decadencia. Frente a cada local había una o dos mujeres en minifaldas que mostraban sus muslos ampulosos con medias caladas y sus pechos exuberantes sostenidos por corpiños ajustados que disimulaban su flaccidez. Y en medio de todo ese fárrago, se olfateaba una atmósfera saturada por un fuerte olor acre, que hasta parecía impregnarse en la ropa.

El boliche “La manzana de Eva” estaba lleno de marineros holandeses con un pedo tremendo. Cuando entramos estaban cantando a toda voz una canción típica de su patria y aunque los tipos cantaban totalmente desafinados, la canción parecía ser muy melancólica, porque los gordos lloraban como bebés. Uno de ellos, pelirrojo rechoncho, se cayó del taburete de la barra y se golpeó la cabeza con el posa pies. El tipo pesaba más de 100 kilos y quedó inconsciente; sus compañeros desesperados hacían lo imposible por reanimarlo, pero la mole no respondía. Finalmente abrió medianamente un ojo y emitió algún sonido; unos segundos más tarde quería incorporarse para seguir cantando, pero sus compañeros lo llevaron a la rastra hasta una pieza contigua. Al rato el clima volvió a la normalidad y nuevamente se reinició la jarana. De la alegría que tenían, nos pagaron unas vueltas de cerveza, mientras que una de las chicas intentaba reanimarlo y sacarle -además del pedo- todo lo que llevaba encima; aunque a esta altura el tipo ya no tenía ni guita ni energías para derrochar. Estaba totalmente KO. Cada tanto el gordo amagaba incorporarse para volver a la joda, pero la mina lo mimaba y lo volvía a recostar.  En ese boliche no hubo gresca, pero la noche ya estaba muy avanzada y tuvimos que regresar al cuartel, al día siguiente nos esperaba una larga jornada y había mucho para comentar.


[1] Bajaban del barco a la tarde temprano y se iban directamente a los boliches prostibularios.

[2] Hoy los llaman “Patovicas”

[3] Conjunto musical de cumbias muy popular en esos años.

[4] Continuando la avenida Alem hacia el bajo.

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