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9 min
Una larga noche
Reales |
15.07.14
  • 4
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Sinopsis

Debora llamó al timbre. Al descolgar, su voz era intermitente, quebrada. “Ábreme porfavor” dijo sollozante. No supe que contestar. Lo primero que se me pasó por la cabeza es que la estaban siguiendo. No pregunté “sube, rápido”.

 Debora llamó al timbre. Al descolgar, su voz era intermitente, quebrada. “Ábreme porfavor” dijo sollozante. No supe que contestar. Lo primero que se me pasó por la cabeza es que la estaban siguiendo. No pregunté “sube, rápido”.

Mi madre entraba por la puerta en ese momento. A los veinte segundos Debora llegó por el ascensor. Estaba ahogada. Lo primero que hizo fue abrazarme entre llantos. Mi madre miraba con ojos de plato.

- No se que hacer. Xavi, no sé que hacer. Me acabo de escapar de casa. No podía más. Tenía que salir de allí- la abracé sin preguntar mientras me empapaba la camisa.-. Mi madre me ha dicho que como no le pidiera perdón durante cada minuto de su existencia en su casa me echaría- Mi madre miraba ya rendida mientras se iba a la cocina mientras farfullaba “pues al final ha cumplido”.- Entonces... entonces ha entrado mi hermano de repente, he visto la puerta abierta y he pensado “o es ahora o nunca”.

La hice pasar. Todos la conocían en casa. No iba a ser ningún problema, así que en menos de un minuto ya habíamos decidido que dormiría en casa.

Empezó a llorar de nuevo en el marco de la cocina:

- Xavi, lo tengo todo en casa. No he traído nada-conseguía articular entre llantos-. Iba a volver a buscar la mochila antes de salir, pero no he podido. Estaba preparando la mochila. Ya no podía más con mi madre, lo tenía todo allí, la cartera, el DNI, el aerosol, los cinco euros que me quedaban...

Le dije que se relajara, pero en ese momento llamaron a mi móvil. Debora me advirtió. Era su madre.

Lo descolgué tras esconderme en un cuarto, pues no quería que se oyera nada. Debora estaba conmigo, escuchando.

-¿Hola? ¿Xavi? Soy Dina, la madre de Debi. ¿Está ahí contigo?

-Hola- intentaba salvar las apariencias, como si no supiera nada, pero en realidad todo esto me iba grande, segundo a segundo- No, no he visto a Debora. Es más, he llegado hace un buen rato a casa y me ha sido imposible verla. ¿Ha pasado algo?

-No, era por si estaba ahí contigo, que se ha dejado el móvil en casa. He llamado a sus amigos pero parece que no esta con ninguno.

La conversación no siguió muy lejos. Ella colgó exasperada. Debora me miraba entre irritada y triste:

- ¿Te has fijado en que en ningún momento ha dicho que me he escapado? Solo quiere guardar las apariencias. Para ella todo ha de parecer siempre perfecto.

Sabía que la noche iba a ser larga. Llamé al fijo de Alex y Cristo. Solía confundir su voz por. El que contestó fue Cristo. Fui breve. Le dije que aquella noche no salía y le pedí que me pusiera con su hermano. Él ya estaba enterado, o todo lo que lo podía estar con la orgullosa y mínima información que podía dar Dina. Le dije que Debora estaba en mi casa al borde del colapso. Se emocionó como un niño. En treinta segundos ya había decidido el solo venir a mi casa para dormir los tres. Su mochila estaría llena de juegos de mesa y tenía intención de aguantar hasta el alba. No le negué la oportunidad. Ya vendría, y si mi madre le decía que no, al menos ya habría visto a Debi.

Mientras Alex llegaba, Debi se metió en mi ordenador para hablar con Lyli y con Lidia. En cero coma, mi número estaba pululando entre sus amigas y Lidia llamó al fijo. Alex llegó antes de lo esperado. Debora colgó y abrazó a Alex.

-¿Pero que ha pasado?

- Mi madre me tenía encerrada en casa desde hace un mes. No me hablaba con ella. Era horrible. He acabado estallando. Me obligaba a arrodillarme. Decía que si no, me echaría de casa. Me tenía como su chacha.

No pudieron hablar mucho. Lyli llamó entonces. Mientras Alex y yo hablábamos de otras cosas, oímos la conversación con Lyli. La cosa se ponía negra. A Lyli la había llamado Dina y ella, por compasión no le había dicho que no, le seguía la corriente y respondía como podía. Según le había dicho a Lyli, Dina había estado llorando, estaba al borde del colapso, tomando pastillas sin parar, arrojándolas al suelo, recogiéndolas, tomando más y volviendo a llorar. Dina no sabía nada, y según decía a todo el mundo con quien hablaba, solo quería saber que Debi estaba bien, que no andaba pululando por la calle a medianoche o en el bosque en la cueva a la que solíamos ir. Pero Debora no se lo creía. Tenía la seguridad de que si volvía, la encerrarían y no podría salir.

Cuando Lyli colgó empezamos a bromear. Al mirar todo lo que Alex llevaba en la mochila dijo que se había dejado el vodka para celebrar el fin de la esclavitud. Y cuando hablábamos sobre como calmar a su madre sin delatar a Debora, dijimos que Lyli le dijera a Dina que yo le había dicho que Alex me había dicho que sabía que Debi estaba bien. Cuando Dina me llamara, yo le diría que Alex me había dicho que Lyli le había dicho que Debi estaba bien. Y cuando llamara a Alex, este le diría que Lyli le había dicho... Empezamos a reír, y pronto Debora rió también, pero no con esas risas forzadas de las situaciones difíciles. Parecía feliz de verdad.

No paraba quieta. Estaba nerviosa como nunca. Decía que al correr por las escaleras de su piso empezó a llorar como nunca, de tristeza y de felicidad, como si hubiera cruzado un muro inmenso e imposible.

Realmente estaba preocupada. Feliz y preocupada. Su madre estaría histérica buscándola, intentando contactar con todo el mundo mientras que no les decía más que vagas referencias de lo que había sucedido. Debora no paraba, y rozaban las 11 de la noche. No había cenado y ni que quisiera le hubiera entrado nada en el cuerpo. Sudaba y tenía frío. Ardía y tiritaba.

Al cabo de poco llamaron al timbre. Todos callamos. Dina podía haber llegado a llamar a la policía y podrían estar buscando por sus círculos. Pero en realidad ese era el menor problema. Debora era mayor de edad con 20 años y su madre era incapaz de asimilar que hubiera crecido hasta más allá de poder superar sus ordenes estrictas.

Hice callar a todos en el piso. Todos miraban con expectación. Descolgué. Eran sus hermanos. Y por un momento me vi confuso. No supe que responder y para ganar tiempo, les dije que ahora bajaría a hablar con ellos. Debi me miró suplicante: “Ante todo, no les digas que estoy aquí, o que sabes donde estoy. Nada.”

Al salir al portal, Nerea, su hermana, estaba sollozando desconsolada. Su hermano, Aron, aguantaba más el tipo, como si no fuera más que un problemilla menor que iba a solucionarse en breve. Fue complicado no decir nada relevante, contradictorio o romperme ante las suplicas. Tenía ganas de decir algo como “tranquilos, está bien” o “ no os preocupéis, está en mi casa”. Me dijeron que su madre no había consumido tantas pastillas, solo seis -que no eran pocas, pero esa mujer consumía 4 o 5 de una tacada con normalidad-. Me dijeron que su madre no dormiría por mucho somnífero que le corriera por las venas. Había requisado los ordenadores y los teléfonos de sus hermanos por si llamaba desde algún lado y andaba registrando sus mochilas y su cuarto por si descubría algo útil. Me rompieron el corazón. Estuve al borde de decirles alguna locura comprometedora. Les dije que si sabía algo, se lo haría saber.

Cuando volví a subir, les expliqué lo que me habían dicho. Debora pareció entender que su madre empezaba a estar destrozada, aunque no parecía llegara ver a su hija más allá de ser una posesión.

Entre los tres buscamos una forma de decirle a su madre que sabíamos que Debora estaba bien, pero sin delatarnos.

Acabamos optando por que yo hiciera ver que hablaba con ella por chat al verla conectada, con la intención de que ella contestara escuetamente y se esfumara. Lo escribimos, aunque no había necesidad (pues sencillamente teníamos que contarle eso a su madre, pero a mi parecer, si pedía pruebas, era mejor así).

No se lo dijimos directamente a su madre, sino que le enviamos el mensaje a su hermano. Pero lo leyó directamente su madre, su madre haciéndose pasar por su hermano, Aron. Aron estudiaba Químicas y escribía con formalidad, pero su madre iba escribiendo burdamente con palabras como “tio” o “K venga a ksa”. Desde luego, no era Aron, pero sinceramente, me sorprendió que su madre tuviera el cuerpo para escribir así.

 

Tras aquello, decidimos cerrar comunicación con todo el mundo. “Si nos enteramos de algo, os avisaremos”, le decíamos a todo el mundo.

Nos pusimos todos en un par de colchones que costaron sacar de un armario hasta el punto de casi sepultarnos entre edredones. Alex sacó un disco externo lleno de películas y pusimos una que ninguno conocía. En media hora Alex cabeceaba sobre mi cama. Al cabo de dos horas, para cuando acabó, Alex farfullaba cosas en sueño como “sí”, seguido de sonidos de besos al aire y remugaba pastoso.

Debi y yo nos tumbamos en el colchón estrecho que quedo libre. Nos abrazamos en la oscuridad sin saber que haríamos al día siguiente con todo aquello.

Al cabo del rato, yo andaba aún despierto, pensando que ya todos estaban dormidos cuando Alex volvió a farfullar mientras se revolvía y roncaba con sonidos parecidos a los de una cañería azotada por el viento del invierno.

Debi levantó la cabeza. Estaba despierta. No podíamos dormir, y no había mejor momento para escribir todo aquello. Y eso hicimos. Quien sabe como amanecerá mañana.

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