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8 min
Una lectura sin instrucciones de uso
Reflexiones |
06.05.19
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Sinopsis

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Llegado a un punto de su camino vital, Tulio Marzulio se detuvo un instante a intentar interrogarse, en forma vaga, pero obstinada, si debía seguir o no seguir por el camino de la escritura, donde había acumulado con tesón y alegría una significativa cantidad de obras inéditas, cuyos manuscritos enviados a diversas casas editoriales desde las cuales le llegaba casi siempre un sordo silencio. Las pocas excepciones hablaron de su escritura con desdén e indiferencia: lo suyo es una escritura sin ideas y sin estilo. Una piedra tumbal, no para Tulio Marzulio que definió a sus críticos una manada de ovejas decrépitas, además tiñosas y roídas por la envidia y la mediocridad, verdaderos asnos y ungulados de todo tipo y pelaje que con sus desaliñadas y famélicas críticas, inexistentes al significado de tales, por la incapacidad de superar la barrera de simples opiniones personales, anodinos espejos de sus vidas fracasadas, auténticos y verídicos maníacos e imbéciles complicados abandonados a sí mismos.

Sobretodo, se fortalecía Marzulio, no correspondían las críticas de esos zombis crepusculares a la verdad, por anidarse, cual arañas de rincón, en el desconocimiento que él dedicaba a la escritura, donde dejaba mucho sudor, sin sangre ni lágrimas, eso sí. Muy grave el hecho que esos plumíferos, más desplumados que gallinas en tiempo de muda, carecían por completo de un elemento, para Marzulio, esencial en la artesanía del escribir: el sentido del humor, la levedad de una mirada con el corazón en paz; esto hacía de esos patógenos algo no correspondiente a la palabra enemigos. No podían alcanzar ese plano, por inadecuados a un verbo que ha sabido nadar en las aguas de un Tertuliano o de un Catullo, sobretodo fortificado en su propia fantasía que podía fácilmente suplir la vulgar realidad de los hechos y los no hechos que circundaban su universo personal,  se decía nuestro personaje, en su abierto galope hacia los territorios de una neurosis declarada abundantemente.

Tulio Marzulio, en honor a los porfiados hechos, había dedicado abundantes años inútiles a cultivar lo que él suponía debería ser el mástil y timón de un estilo literario personal e irrepetible: la armonía y sentido de la frase, cuyo pulso y latido son hijos de los períodos que dependen, a su vez, de los miembros que los constituyen y llevan, en descenso y cascada, hacia las cláusulas y los vocablos.

La conquista de la armonía de la oración exige, marzulianamente hablando, crear las condiciones de sonoridad silenciosa en el lector para que éste no tropiece en la palabra rara, en la frase vacía, en lo oscuro que es sólo superficialidad manifiesta, y pueda la lectura planear sobre la escritura con grata modulación mental de palabras simples, llanas y nobles, sin detenerse en la dificultad y el esfuerzo.

Tulio Marzulio adorada las palabras, considerándolas los átomos del lenguaje, capaces de combinarse hasta el infinito, abarcando hasta  el universo todo. Las saboreaba y respiraba tanto las largas como las breves, se regocijaba en la multiplicidad de sus sonidos y modulaciones, lentos, rápidos, lánguidos o feroces, bellas, feas y antipáticas.

El su búsqueda e investigación de su estilo oratorio, Tulio Marzulio sabía huir, con mesura y discreción de la extensa estructura de los adverbios que retardaban el fluir hacia las cláusulas y transmitían desgano y flojera al estilo, prefería un uso feliz y mesurado de los adjetivos llenos, sonoros, fluidos y rotundos.

En su creciente e irrefrenable desprecio de Tulio Marzulio por la especie humana y la humanidad en general y en particular, llegó a la conclusión que el mundo estaba constituido, en su totalidad por canallas, cretinos redomados e idiotas irrecuperables, y esto lo sumergió en la desesperanza de poder encontrar otras personas que pudieran compartir sus mismas aspiraciones y sus mismos odios.

En el fondo de su atormentado espíritu sabía que una sola pasión podría salvarlo de las arenas movedizas que lo iban irremediablemente sofocando. Esa tabla de salvación, la pasión por las mujeres que le permitiría aceptar el disgusto por todas las cosas que lo rodeaban. Comprobó, con angustia y desdén que esa pasión estaba agotada y devastada.

En mejores y gloriosos tiempos había recurrido, sin ahorrarse, a las peligrosas caricias de mujeres virtuosas en el inagotable arte del erotismo, tanto así que su salud se resintió. Las consecuencias las fue pagando, con intereses,  su irritable sistema nervioso. Debió interrumpir la desmesurada práctica del placer que le estaba rapiñando sus  fuerzas físicas, como las morales.

Permaneció tranquilo por algún breve periodo, aunque pronto se despertó el dragón y el ardor de la carne lo llamó de nuevo a las armas, y los años le fueron robando la vida. Su inagotable virilidad de antaño entró definitivamente en letargo y el camino hacia la impotencia fue irreversible, como la rueda de la historia.

Se retiró a sus cuarteles de invierno. Poseía una casa amarilla, donde florecía un jazmín con vista al mar. Contemplaba el vuelo de las gaviotas,  los barcos que se perdían tras el horizonte, el enrojecer de la tarde en arreboles. En este refugio marino podía aplacar su desprecio por la humanidad disfrutando de la lectura de algunos esmaltados versos de Lucano, donde descubría incrustaciones de piedras preciosas, las sonoridades de timbres y relámpagos de metales, que no lograban cubrir el vacío de pensamiento. Entonces abandonaba la lectura, miraba las rutas de las gaviotas, sumergido con mollicia en su diván oscuro, llenaba un vaso de genuino whisky de Irlanda que fue despertando, con su aroma de avenas y cebadas, y su espíritu vibrante, algunos recuerdos cancelados por los años: complicadas pesadillas, visiones gélidas, histerias eruditas, y algunos éxtasis refinados.

A veces pensaba en alguna mujer, que algún perfume la hizo regresar, no había amargura, resentimientos, tampoco nuevos deseos, sólo recuerdos desteñidos y lánguidos de sus antiguas disolutezas, y al mismo tiempo de una dulzura infinita.

Abandonado a si mismo, cuando los días eran luminosos vagaba por los campos, pasando los de lluvia buscando algún inédito tesoro entre las páginas de sus innumerables libro.

Ya no se deliciaba imaginando alcanzar la embriaguez de la magia y colorido del estilo personal; descubrir el epíteto preciso y raro capaz de abrirse hacia los infinitos de la fantasía. Decidió abandonar la escritura y sumergir sus sueños literarios en las cloacas del tiempo, olvidando estilos planos e ideas flacas.

Su nuevo proyecto era dedicar su vejez al estudio, no desdeñando la literatura, la pintura, las lenguas antiguas y sin desdeñar la armonía de la música clásica. Contaba con pocos años por delante, pero cada día es la vida misma, se dijo.

Su lema era “apúrate lentamente”; su filosofía el huir de una existencia monótona, vulgar que sólo persigue el artificio sublime, la búsqueda obsesiva de la extravagancia inédita y del objeto raro en el desprecio de la observación inquieta de la realidad y la exigencia de la huida.

A veces leía libros saturados de un tedio continuo e insoportable, libros insignificantes y banales. Estos libros eran de una tal estupidez, escritos en una lengua tan nauseabunda que alcanzaban la originalidad de un objeto raro. Se alejó horrorizado de esta literatura incolora y logorroica que no podía aniquilar ni callar ningún astringente.

Tulio Marzulio buscó el horror extremo en algunos misteriosos libros de la Edad Media, donde se tocaban los abismos del misticismo y el sadismo. No disminuía, a pesar de las múltiples lecturas, su irreducible admiración por el maestro de la inducción, el profundo y bizarro Edgard Allan Poe.

Estados de ansia y terrores sordos privados de causas aparentes lo asaltaban de improviso. Se dedicó al cultivo de flores silvestre, temeroso que algunos impulsos irresistibles, desconocidos a la voluntad e hijos del demonio de la perversidad pudieran atacarlo. Auténticas patologías cerebrales, venenos morales, disturbios que pasan del ansia, mutan en angustia, explotan en terrores, inhiben la volición, pero su inteligencia no se rendía.

Admiraba sin reservas el inimitable estilo de Flaubert, lengua de magnificencia atronadora, penetrante, mórbida, nerviosa y  hábil en aferrar una época singularmente compleja.

Como todas las personas golpeadas por la neurosis, lo sofocaba el calor y la anemia, tranquilizada en el frío, retomaba su ruta, debilitando su cuerpo ya duramente puesto a prueba por el constante sudar. Alma en ruinas, torturada del presente, asqueada del pasado, desesperada por el futuro. Lo reconfortaba la lectura de Baudelaire y su vigorosa poética, su extraña expresividad capaz de rendir los estados más ocultos, oscilantes y fugitivos de las almas tristes.

A Tulio Marzulio terminó por no importarle un bledo la vida y el mundo e intentó venderle su alma al diablo, pero a éste no le interesó el asunto.

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