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9 min
Una mañana de regreso en la capital
Reales |
04.08.13
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Sinopsis

Una historia más en la ciudad con salida única al cielo.

Una sacudida del autobús me despierta. Miro por la ventanilla. No veo nada. Me quito las gafas de sol y vuelvo a intentarlo. Parece que he llegado. Catacumbas del olvido, nivel –3, con sus murciélagos y todo… intercambiador de Plaza Elíptica. Tan acogedor como un ataúd abierto. Llevaba varios días en mi población natal bailando con piruletas y disfrutando el crepitar del viento entre los árboles. Iba siendo hora de retornar a la necrópolis madrileña. Tanto dulce seca la boca.

Las puertas del autobús se abren y una manada de bípedos galopantes lo abandonan sin mirar atrás. Amas de casa amargadas y cadavéricos capitales primero. Esperé a que terminase el desfile, prestando especial atención a unas falditas juguetonas bajo melenas rubias que bajaban con dificultad. Me imagino haciéndome un trío con las dos guiris, cojo mi mochila y salgo. Esnifo vapor de combustible y me ciego con los fluorescentes de la estación. De nuevo en casa. Me pongo las gafas de sol y me dirijo a la boca del metro. Las dos fierecillas extranjeras miraban a todos lados buscando un sentido a su vida. Pronto dos muchachos encrestados fueron a dárselo (sentido digo). Se fueron juntos bajo un halo de risas y miradas cómplices. Esa noche jugarían al parchís. Los miré distraídos mientras alcanzaba las escaleras mecánicas. El sonido infernal de las escaleras sólo se cortaba por la conversación animada entre dos moras, ataviadas como dicta su religión. Siempre me he preguntado que se esconde debajo de esos largos vestidos. Una amiga lejana decía que se ponían lencería fina para sentirse bien consigo mismas, aunque luego tuvieran que cubrirse con ese saco de patatas. Yo creo que dentro de un saco encuentras lo que pone en la etiqueta. Llegando al metro saqué la cartera y busqué una faldita con la que entretener mi recorrido. Llevaba cinco minutos en la capital y ya notaba los retortijones en el estómago. Un gran laxante de vicio.

El metro está en obras. Que sorpresa. Llegado el verano era tradición poner patas arriba los artilugios de los pobres. Que se note para que se pagan sueldos. Tenía que alcanzar Príncipe Pío en menos de una hora. Y llegado al andén central de la estación de metro Plaza Elíptica me surgió la misma duda de siempre… ¿metro de la derecha o metro de la izquierda? Mierda. Como todo estaba patas arriba no había ni un puto cartel indicativo, o al menos yo no lo veía. El rugir del kraken me alcanzaba desde ambos lados y dos de sus brazos en blanco y azul aparecieron a ambos lados. Mierda doble. Busqué ansioso el puto cartel informativo… nada… derecha o izquierda… joder, me sentía como un lugareño en plena guerra civil… derecha o izquierda… derecha o izquierda… hice lo más inteligente, miré a ambos lados y analicé los congéneres con los que tendría que compartir la travesía… morena, bajita con buenas tetas y culo resultón, mirada triste y pelo largo… ¡perfecto! Entró a la izquierda, la seguí. Enseguida sentí que ese no era mi lugar. El kraken pitó y las puertas se cerraron… al otro lado vi una rubia que me miraba curiosa (normal, pensé). Tenía unos ojos preciosos. Me penetraban. Sus ojos se deslizaron en la dirección inversa que yo tomaba. Las ventanillas se pintaron de negro y miré a la morena bajita. Parecía estar riéndose de mi. ¡Mierda, había cogido el metro en la dirección equivocada!

Bajé en el andén de Usera. Dije adiós a la morena con la mano y ésta miro hacia otro lado. Hiena, pensé. Mientras subía las escaleras recordé que tenía algo pendiente por aquí. Estuve trabajando unos meses dando clases extraescolares a unos chavales a través de una agencia. Un atajo de perros explotadores que ofrecían servicios de segunda para un atajo de niñatos a los que sus madres creían copos de nieve. La oficina central estaba aquí y aún me debían un cheque de las últimas clases, así que fui a por la pasta. Que puta es la casualidad. Subí hasta el mundo exterior y por primera vez el sol se reflejó en mis gafas. La ciudad en verano era diferente. Los vestidos eran más cortos. En un banco había unas chicas gritando a un par de muñecos de feria con gorra y pendientes. Reían entre ellas. Una de ellas, con cara de madame, abría su mano más y más mientras las otras la miraban sorprendidas. –Ni de coña, decía una chiquitaja con un top rosa. La madame se reía. –Tu te lo pierdes, jajajaja. Los muñecos pararon bajo un árbol y las miraban mientras fumaban. Hablaban entre ellos y reían. Seguro que estaban hablando del mineralismo. Pasé junto las chiquillas, sintiendo el fulgor de los cuerpos jóvenes en plena ebullición. Miré las piernas de la madame y vi una gotita destellante bajando lentamente por el muslo. Densa. Muy densa. Relamí mis labios y me dirigí a las oficinas de la agencia.

Llamé al timbre. No había respuesta. Estaba en un pasillo oscuro en mitad de Usera. Si hubiese tenido un arma le habría quitado el seguro. Volví a llamar. Un sonoro timbrazo abrió la puerta. Esperé por si Igor se ofrecía a darme paso. Igor no estaba así que entre yo sólo. Dentro nada raro. Una mujer de rizos despeinados me dio un buenos días distraído y me preguntó que quería. –Venía a cobrar. –Espere a que llegue Marta, ha salido. –No está Marta, vaya vaya. Ricitos me miró con extrañeza y se fue detrás de su mesa a ponerse una capa de invisibilidad. Me senté enfrente del despacho de Marta y esperé. Dos chicas entraron a la sala, jóvenes, pihippiescas, desaliñadas, firmes. Venían a lo mismo. Se quedaron de pie. Las ofrecí asiento. Una fue al baño la otra dudo por un momento y al final se sentó a mi lado. ¿No se que habría hecho si la hubiese ofrecido una copa? Sacó su móvil. Se ve que tenía ganas de hablar. –¿Llevas tiempo currando en ésto?, la pregunté. –Si. -¿Te gusta?. –Si. No quitaba la mirada del móvil y a cada respuesta le temblaba la mano. –Seguro que eres una gran profesora. Se sonrió mirando al móvil y me miro durante una milésima de segundo mientras se tocaba el pelo con la mano que le quedaba libre. No era muy ducha en sarcasmo. Me levanté e investigué la oficina. Había varias personas, cada una a lo suyo. No reparaban en nosotros. Seguro que si hubiese violado a la nerviosilla del móvil en mitad del hall nadie hubiera dicho nada. La puerta de entrada volvió a sonar y un ente femenino hizo aparición. El ogro Marta había llegado. La chica del baño salió y se sentó junto la nerviosilla. Hice lo propio. El ogro Marta pasó a nuestro lado sin ofrecernos una mirada. Se sentó pesada en su silla (hasta mi culo vibró en mi asiento) y miró a sus compañeros. Les dijo una gilipoyez y colocó unos papeles que tenía encima de la mesa dejándolos exactamente como estaban. Tenía ganas de currar. Se limpió unas miguitas que aún tenía en su camiseta del último niño que se zampó y habló con su voz celestial. –¡Bueno, que queréis!, todo amor. Me levanté y fui al primer round del ogro. Ahora si que me gustaría tener un arma.  Di mi nombre y el motivo de mi impertinencia. Cobrar. Se levantó y cogió una carpeta. –¿Cuando dejaste de dar clases?. –En abril, creo. El ogro Marta sacó una ficha con mi nombre. –¿Desde abril? Desde Febrero… las últimas clases las diste en Marzo. –Bueno, respondí. Nos sentamos en su mesa, uno frente al otro. La miré fijamente. Tenía un grano gigante bajo el mentón. Nunca había visto un grano en aquel lugar. Tampoco había visto a muchas mujeres con varios pelos largos en ese lugar. Era una mujer única. Ella no me miraba. Miraba los papeles con mi nombre. Sacó un cheque y me lo dio. 16´75 euros, menuda fiesta me iba a pegar. Me dio cuatro papeles para firmar. Firmé con mi boli. Se los dí, me dio el resto de papeles. Me levanté y me fui. Eso de hablar está sobrevalorado. Miré indiferente a las chiquillas que esperaban sentadas tras de mi. Nerviosilla se levantó y se dirigió al despacho del ogro Marta. Salí por la puerta mientras la oía entablar conversación con el enemigo. –Hola Marta, ¿qué tal la vida? –Mmmbuargh.

Salí de la oficina y el mundo aún seguía girando. Me alegré. Así podría gastar los 16´75 que había conseguido. Siempre que pudiera cambiar el asqueroso papelote que me había ofrecido el ogro Marta por dinero. Me encaminé de nuevo al metro, metódico. Ahora si que iba a Príncipe Pío. Tenía ganas de llegar a Chachipirulandia.

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