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9 min
Una mierda de premio
Reflexiones |
03.09.20
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Sinopsis

Era un día más en la fábrica. Me levanté sin ganas de vivir, pero desayuné. El silencio me acompañaba mientras giraba mi cuchara para que se siguiera disolviendo el ya disuelto azúcar. La cabeza me dolía y la espalda me crujía. El día anterior había sido especialmente duro: tuve que levantar mucho peso y las prisas hacen imposible la correcta utilización de las rodillas para no lastimarse la espalda. Esa noche había soñado con cajas y más cajas. Ni en sueños descansaba de ese horrible lugar. Por cuatro cochinos euros tener que vender tu cuerpo y tu salud mental; qué desgracia haber nacido sin dinero. Algunos ya traen un lamborghini bajo el brazo. Otros, un pico y una pala para empezar a generar dinero al del lamborghini y pagárselo con nuestro sudor.

Tenía la mañana libre, pero apenas me podía mover del sofá, por lo que no hice nada productivo. El máximo esfuerzo que realicé fue ir al baño; algo necesario para ocho horas de curro ininterrumpido. Hacia la una preparé la mochila y recorrí el tantas veces iniciado camino a la fábrica. Tenía que coger dos metros. Todos cogemos caminos cada día y nos cruzamos los unos con los otros inmersos en nuestros pensamientos. Los rostros ojerosos y hundidos miraban a la misma nada que los míos, esperando que nuestra estación jamás llegara, que jamás tuviéramos que obligar a nuestras piernas a dar los pasos necesarios y en el tiempo correcto hacia el lugar de tortura o trabajo. Por muy lejos que esté tu destino, acabas llegando. Te despides sin palabras de los tuyos que no conoces y desciendes en una maloliente estación repleta de sonidos poco agradables. Ese día, no fue diferente a los demás.

Nicolás me esperaba a la salida de la boca de metro. Por primera vez desde que trabajaba allí y le conocía, estaba sonriendo y contento; prácticamente daba saltos de alegría. 

—¿Qué ocurre?—pregunté.


—¿No lo sabes, Ismael? Hoy es el día. Hoy se entregan los premios de la fábrica a los mejores trabajadores. Es un gran acontecimiento.


—Ah—respondí con escaso interés—¿Perdemos tiempo de trabajo?


—Una hora entera.


—Entonces genial.

La fábrica se alzaba sobre nuestras cabezas, y el estómago me dolía con su característica aprensión al leer el cartel con el nombre de la empresa. Ese súbito dolor solo lo sentía al llegar. Durante el camino siempre me convencía de que aún quedaba tiempo antes de arribar a ese lugar. Era un vano intento de consolar mi desconsolado cerebro.

—¡Qué ganas tengo de entrar!—exclamó Nicolás, mientras se sacaba un cigarro— Este año el favorito a llevarse el premio a mejor limpiador soy yo.

Nicolás estaba ya entrado en la cuarentena y su calva incipiente aún mostraba vestigios de una larga cabellera ya desaparecida. Delgado en extremo, no se preocupaba por su físico: estaba encerrado en esa fábrica para siempre y en la cárcel no importa cómo seas ni qué aspecto tengas. Parecía que su mayor ilusión era destacar en algo tan nimio como en pasar mejor la escoba que los demás tras ocho horas de infierno ensuciándolo todo.

—Ya verás... Cuando digan mi nombre, tras tanto trabajo este último año... Creo que voy a llorar.

—Bueno.

Poco a poco, otros trabajadores llegaron a las inmediaciones de su lugar de martirio y respiraban hondo, tratando de retener el máximo posible de aire puro en los pulmones antes de pasar ocho horas encerrados.

El concurso era a primera hora. Nos metieron a todos en una sala de conferencias bastante grande, con una mesa ovalada y alargada. Nunca había estado en la zona de oficinas de la fábrica, pero se estaba bien. Hacía una temperatura agradable y era un alivio que no se escucharan los golpes y ruidos infernales de las máquinas del subsuelo. En la planta de arriba daba el sol y personas trajeadas caminaban de un lado para otro con hojas y bolígrafos en las orejas. En la planta baja, más abajo que el suelo de la calle, proletarios se unían en su monótona acumulación de materias para la cinta que había de completar el producto mediante una máquina.

La luz artificial me hacía daño en los ojos. Pero, en ese momento, disfrutaba bajo la ventana como los privilegiados, obteniendo rayos de sol placenteros en el rostro. Hasta cierto punto harapientos y con el rostro compungido por años de trabajo sin descanso, personas extrañas para esa fina mesa de madera cara se agolpaban en sillas con ruedas. Miraban a su alrededor con estupor y cierto sobrecogimiento. Al fin, un hombre calvo y con pajarita irrumpió en la sala e interrumpió los escasos cuchicheos. Escudriñó a las personas allí congregadas, sonrió y abrió los brazos en modo paternalista.

-¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos a la decimotercera edición de los premios al mérito! Para los que no me conozcáis, soy el señor Esteban, vicepresidente ejecutivo de la empresa. Me congratulo al ver tantos rostros nuevos y jóvenes; esta empresa tiene futuro.

Había tanta gente nueva respecto al año anterior por una semana en la que se sucedieron despidos masivos de personas, mayores, que llevaban toda su vida allí y, con el cuerpo reventado, ya no valían para la empresa. Los supervivientes conocían esa semana como "el terror". Todos temieron por su puesto de trabajo y sustento.

—Pues bien—continuó el señor Esteban—, hoy repartiremos varios trofeos al mérito entre vosotros. Porque queremos que améis esta empresa como ella se merece y porque tenéis que motivaros los que no ganéis para lograrlo el año que viene.

Competir entre pobres. Competir por migajas. Ocho horas al día el resto de tu vida. El señor Esteban encendió un proyector colocado sobre el centro del óvalo en el que estábamos sentados. Una presentación, algo cutre, apareció sobre la pared de enfrente. El "trece" en números romanos se colocó sobre la pajarita del señor Esteban en un primer momento, hasta que se movió para ver mejor a sus empleados.

—Sin mucha más dilación, comencemos. ¡Tina! Pasa.

Una muchacha joven, de unos veinte años, un poco más niña que yo, apareció frente a nosotros en bikini. Su expresión, carente de emoción alguna, se reflejaba sobre la bandeja de plata que transportaba en brazos, apoyada contra su ombligo. La bandeja soportaba varias cartas de colores encima. El pelo rubio de la joven destacaba en la sala gris en que se había convertido el lugar tras el cierre de cortinas para ayudar al proyector a mostrar la presentación.

—Ella es Tina, la joven que protagonizará nuestro próximo anuncio en televisión—explicó el señor Esteban—. He pensado que os gustaría conocerla y que os repartiera los premios.

Miré alrededor y casi todos los hombres, que eran la mayoría de los trabajadores, observaban de manera lasciva a Tina. En ese instante, el señor Esteban podría haber anunciado una bajada de salarios: nadie se habría quejado. La joven, sin embargo, miraba un punto fijo sin ver, con los vellos de todo el cuerpo en punta debido al frío metal que tenía pegado al estómago.

—Tina estaba encantada con poder asistir a estos premios. De hecho, os tiene que decir algo—anunció el señor Esteban.

-Hola a todos —murmuró con voz trémula tras carraspear—. Solo os quería recordar que esta empresa es vuestra vida y debéis dedicaros a ella con todas vuestras ganas y sudar la última gota de sudor de vuestros cuerpos en cada máquina.

Tina lo recitó todo sin apenas pararse a respirar, y cuando miré al señor Esteban pude verle recitando las mismas palabras en sus labios mudos.

—Estupendo mensaje, Tina—le felicitó Esteban, aplaudiendo y haciendo que toda la sala aplaudiera—. Ahora, comencemos con los premios.

Persona más rápida, mejor creador, mejor capacidad de adaptación a otros puestos... Los premios se repartían. Los trabajadores que ganaban se levantaban, emocionados, recibían una pequeña estatuilla y daban dos besos a Tina, con la que posteriormente un fotógrafo les sacaba una foto. Al fin, el último premio fue repartido: el de mejor limpiador. Nicolás cruzaba los dedos debajo de la mesa. El señor Esteban, haciéndose de rogar, anunció el ganador:

—¡Ismael Rodríguez!

Yo. Apenas llevaba un mes allí. Desde pequeño limpiaba mi casa y, por ello, se me daba bien limpiar la fábrica. Aún así, se me hizo raro que se lo dieran a un temporal. Me levanté y crucé toda la sala. El señor Esteban me dio la mano muy contento. Los sobres de la bandeja de plata reposaban en la esquina de la mesa, abiertos y con los nombres escritos a bolígrafo. La estatuilla era de plástico. Mostraba el logo de la empresa y el color dorado le confería un aspecto áureo. Sin embargo, apenas pesaba cien gramos. Tina me sonrió mientras me daba dos besos, y el cámara me cegó con el flash: salí con los ojos cerrados en la foto.

—¿Quieres decir unas palabras?—me preguntó el señor Esteban.
—Sí. ¿Cuánto dinero es el premio?
—No da dinero. Te da orgullo y fama entre los trabajadores. ¿Te parece poco?—me preguntó el señor Esteban, algo molesto.

Nicolás me miraba con odio, como si lo hubiera hecho para quitarle su minuto de fama. Lo único que había logrado ese trofeo era que perdiera al único amigo que tenía allí dentro. Sin duda, una mierda de premio. Me senté y Nicolás miraba con avidez el logo plastificado. Su mirada dejaba claro que, desde ese instante, lucharía por ese gran honor el próximo año, sin descanso. Un año, ocho horas al día. Todo por un trozo de plástico. La mejor representación de nuestras vidas de mierda.  
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