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4 min
Una mujer
Drama |
24.10.07
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Sinopsis

      Una mujer. Gritando como un animal. Gritando como todas las criaturas de este mundo que han sido asesinadas por otras. Emitiendo gemidos guturales; profusos, intensos. Equivalentes al llanto de los sentidos. Enraizados en lo más recóndito de la desesperación del alma. Albergados por el desolador desgarro que antecede a una desaparición inevitable. Nadie quiere morir. Eso es un hecho. Aunque a veces la elección de la muerte pueda parecer la menos mala de las opciones, una vía última de escape, no nos engañemos. La desaparición no es un sendero alternativo. Es el final del camino. Es putrefacción concentrada en los lindes del camino. Por eso la mujer grita. Porque lo sabe. Y no puede aceptarlo. No en este momento. No en ningún momento. Y qué puedo hacer yo. Decidme. Qué está al alcance de mi mano. Cuál es la manera de cambiar las cosas. El soldado ha clavado la brillante hoja de su machete afilado en el estómago de la mujer. Por nada. Por entretenimiento. Por crueldad. Ella ha comenzado a sufrir espasmos. Luego sus gemidos se han visto ahogados por un torrente de sangre que enturbiaba su garganta. Impidiendo continuar la respiración. Empapando al resto de órganos y tejidos. Anegando todo. Anunciando despedidas. Miles de lágrimas carmesíes que el corazón envía a través de viaductos yermos que desembocan en una profunda desesperanza impregnada de olvido irredento. Al verlo, he sentido un fuerte mareo y me he apoyado sobre la caseta para no caerme al suelo. Impresionado. Después he contenido el vómito. Intentando mantener la compostura. Por suerte, nadie me ha visto. Los soldados ríen de maldad, concentrados únicamente en contemplar el asesinato. Impasibles. Me avergüenzo de mí mismo. De no ser el hombre que quisiera. Desearía matar con mis propias manos a ese engendro. A ese proyecto de ser humano venido a menos. A ese niño arrastrado al mundo de los mayores hijos de puta de la historia. Siento pena. Un odio inconmensurable. Impotencia que me paraliza. Que casi me impide continuar. Pero debo seguir. Acostumbrarme a la tragedia. Fingir que siento desprecio. Que me mueve un odio legítimo. Por el contrario, siento la náusea a cada instante. Querría ser un héroe. Un valiente. Un suicida. Y cargarme a ese tipo. Y a tantos otros. Pero no puedo. Sólo soy un cobarde. Un patético cobarde, afortunado por haber emergido milagrosamente del lado acertado de la barrera. A veces me arrepiento de seguir estando vivo. Otras veces, las menos, consigo cobijarme unos instantes en el limbo del no pensamiento. La alternativa de los débiles que no se atreven a cambiar las cosas.


      Cuando los soldados se marchan, permanezco un rato apoyado en la pared del barracón con la excusa de consumir mi cigarrillo. Observo de reojo cómo dos asustados chiquillos, carcomidos por la inanición, consiguen arrastrar a duras penas el inerme cuerpo de la mujer en dirección a la fosa común más cercana. Se apresuran a cumplir su cometido frenéticamente, pues saben que no llevar a cabo las órdenes inmediatamente puede dar lugar al enfado de cualquiera de los soldados. Puede traer consecuencias fatales. Lo peor siempre parece poder ocurrir a cada instante. La sombra de la fatalidad es demasiado alargada. Demasiado poderosa como para ser cuestionada.


      En el último momento, mientras los esqueléticos adolescentes se alejan de mi lado, contemplo sobrecogido el rostro del más pequeño de los chicos. Su mandíbula tiembla por el desaforado intento de contener las lágrimas. El llanto parece un impulso demasi
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