cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

11 min
UNA NOCHE CON DIANA
Amor |
27.01.22
  • 5
  • 10
  • 862
Sinopsis

Un capítulo de la novela EN LAS TURBULENTAS AGUAS DE UN LOCO AMOR.. Relato erótico, prohibido para menores de 18 años.

 

 

UNA NOCHE CON DIANA

 

Alfredo estacionó el automóvil y respiró profundamente. Por el espejo retrovisor buscaba, sin encontrar, la figura inconfundible de Diana llegando con su andar de bailarina rusa, casi flotando en el aire de la noche todavía contaminada por las últimas luces del atardecer. 

Era siempre así: el final de tarde le transmitía una cierta indecisión que  rondaba perceptiblemente en el aire, algo que le tocaba el alma, turbaba su tranquilidad. Era un momento de profunda extrañeza, justo cuando la noche todavía no cumplía plenamente su destino y el día dejaba hilachas aquí y allí, mezclando todo y confundiendo los espíritus y los pensamientos, desviando caminos y cambiando a todos y a todo.

Ella estaba atrasada. Él, inquieto. Una música, cuya letra no entendía, llenaba de melosas melodías el interior del vehículo. Los pensamientos del hombre volaban.

Después de muchas promesas  habían combinado aquel encuentro. Él hombre, maduro y serio, se preguntaba qué esperaba, qué quería aquella muchacha con él. No era rico ni bonito ni elegante, no tenía gran elocuencia ni se distinguía por sus dotes de conquistador. Se consideraba un hombre normal, esclavo de las mismas ilusiones y problemas comunes a todos los hombres de su edad.

Diana, con su frescor primaveral, invadió definitivamente su vida cuando empezó a insinuarse, derribando totalmente la débil resistencia de Alfredo. Ella trabajaba como camarera en el restaurant que Alfredo frecuentaba regularmente. Claro, después de las indirectas y directas de la muchacha, él pasó a visitar diariamente el local y a prolongar sus almuerzos, solamente para estar cerca de aquella muchachita atrevida y su felicidad que contagiaba.

Algo, golpeando insistentemente en su cerebro, lo prevenía contra la joven mujer. Pensó que, en el fondo, era solamente un juego, una broma, tal vez simplemente curiosidad de la muchacha. Quizás ni iría al encuentro.

Sumergido en aquellos pensamientos, no   la vio aproximarse. Solamente se dio cuenta de su presencia cuando ella golpeó en el vidrio, abriendo una sonrisa enorme y maravillosa.

Entró, le dio un beso rápido en el rostro y dijo:

- ¡Pronto! Estoy aquí.

- Ya estaba dudando.

- No deberías dudar, ¡para mí una promesa es una deuda!

- Ok, veo que sos una muchacha de palabra. ¿A dónde vamos? ¿Puedo elegir el local?

- Durante esta noche, con todos sus segundos, minutos y horas, soy tu prisionera.

Él la llevó directo a un motel. Cuando entraron, percibió que ella había perdido toda aquella seguridad y control habitual.  Estaba bastante nerviosa. Tomó su mano y constató que estaba mojada y fría. Un torbellino de sentimientos e ideas desencontradas debería estar pasando por la mente de la joven.

- ¿Nerviosa?

- Un poco…- respondió ella.

- Vamos con mucha calma – dijo él - , nadie está obligado a hacer nada que no quiera hacer. ¿Querés tomar algo?

- Agua- murmuró ella y se sintió boba por la aquella respuesta – O cualquiera otra cosa o lo que vayas a tomar tú. No sé…

- Creo que un poco de champagne viene bien. Vamos a festejar este anhelado encuentro.

- A mí me gusta, pero con chocolate.

- Sin problemas, princesa, gustos no se discuten – sonrío el hombre.

Bebiendo y conversando, masticando con displicencia una barra de chocolate, Diana se fue soltando y abriendo su sonrisa de siempre, una sonrisa que hechizaba a cualquiera. Él, quieto, la dejaba hablar, contar e hilvanar un asunto con el otro, hablando sin parar, riendo y haciéndolo reír.

El cuarto del motel había sido decorado con mucha clase y buen gusto. Las luces indirectas creaban un clima romántico, la música suave jugaba con las emociones, el bar era práctico, con un mini bar bien surtido, una cama enorme, redonda y con aroma de sábanas recién lavadas, pronta para recibir cuerpos sudados y ardientes. Dos sofás colocados estratégicamente y un espacio simulando una discoteca de los años 70, daban un toque especial al ambiente.

Diana dejó de hablar y él aprovechó para tomarle las manos. Sus miradas se encontraron. Ella tenía una mirada dulce y, al mismo tiempo, pícara y alerta.

- Diana – musitó el hombre -, yo soy un amante de la belleza, de las cosas lindas de este mundo. Y vos sos una de las mujeres más bellas con la que he tenido  contacto en los últimos tiempos. A  pesar de ser  una muchachita, sos hermosa y  te transformarás en una mujer deslumbrante.

- ¡Hey, así me lo voy a creer! – exclamó ella.

Alfredo, sin soltar las manos de la joven, se aproximó más. Ella permaneció sentada, recostada en la barra del bar. Él se metió en el ángulo formado por las piernas femeninas, tomó el rostro delicado con todo cuidado, hundió las manos en el cabello castaño y, con toda la paciencia del mundo empezó a besarla: con cariño, con delicadeza, sin prisa, presionando suavemente los labios, introdujo sin agresión la lengua, trabajando con las manos la nuca femenina, las orejas, el cuello, bajando hasta la cintura y acercándola para que sus cuerpos se tocaran. Diana se dejó llevar por aquella ola de ternura, relajó su cuerpo, abrió la boca, buscó la lengua de Alfredo, erizándose toda cada vez que la lengua masculina dejaba su boca y recorría el delirante camino que iba de los labios hasta la nuca, pasando por la oreja. Él susurraba palabras melosas, elogiando su perfume, su piel, su belleza. Ella flotaba, simplemente navegaba por un mar desconocido. Con mucha habilidad, él desprendió los botones de la blusa femenina y avanzó con una mano buscando el calor de aquella piel suave. Diana suspiraba e emitía  sonidos casi inaudibles.

Con un movimiento rápido y perfecto, Alfredo la llevó hasta la cama. Empezó a desnudarla. Las zapatillas primero (zapatillas rosadas con olor a sabor de frutillas), las medias, el pantalón apretado y roto en la pierna izquierda, la blusa… Dejó la bombacha y el sostén.  Sonrío cuando descubrió pegada en el sostén una etiqueta circular, indicando el tamaño de la pieza: era casi seguro que ella lo había comprado aquel día. No comentó nada, pero le agradó el gesto.

Alfredo se desnudó y se puso encima de ella. Era pesado y peludo, diferente de cualquier otro hombre, novio o amigo que ella conocía. Pero besaba muy bien y sabía mover las manos, sabía tocarla y le provocaba deliciosas reacciones por todo el cuerpo. Casi sin percibir estaba desnuda y el sexo duro del hombre golpeaba en la puerta sagrada de su sensualidad. Él no quería entrar, se movía sobre ella concentrado en los besos y caricias, pero tenía plena consciencia  del encuentro de sus sexos. Alfredo abandonó los labios de Diana y fue bajando, se detuvo en los senos, besó, lamió, mordió, intentó colocar uno entero en la boca y casi lo consiguió. Ella deliraba. Con delicadeza  la hizo girar y acostarse boca abajo. Diana se estremeció cuando sintió los labios, la lengua y los dientes en su nuca, en sus hombros, bajando lentamente en un movimiento perfecto y sincronizado, un viaje excitante por la espalda, culminando en las nalgas. Alfredo mordió y besó aquellas nalgas duras y suaves durante una eternidad, hasta que con un beso y una leve mordida en la región atrás de la rodilla, encerró el dulce periplo. La hizo girar nuevamente y volvió a besar aquella boca carnosa y juvenil,  después un seno y el otro y, de nuevo, la boca. Se detuvo dándole placer, prolongando los besos. Bajó hasta el ombligo. De allí pasó a la ingle, trabajando magistralmente con las manos (que sujetaban los senos) y con la boca, que se divertía en aquella sensible región. Entonces, fue hasta donde Diana quería que él fuera. Sintió la lengua invadiéndola con cierta hesitación provocadora al principio, agresivamente, después, transformando aquel momento en algo único e inolvidable. El orgasmo llegó y ella no supo si gritó, aulló o lloró. Aquel hombre la había conquistado y ella ya no tenía restricciones ni miedos. Estaba pronta para el amor.

Alfredo continuó allí, disfrutando de aquel sexo joven y perfumado. Ella sentía que iba a flotar en cualquier momento. Parecía que una poderosa reacción en cadena la recorría; estaba irremediablemente perdida, aquella boca sabia la llevaba a un océano de locuras. Él parecía incansable, devorando con placer el sexo joven, haciendo cosas increíbles con la lengua, con los dedos, con los labios, con los dientes.

- ¡Ay, metémela! ¡Claváme! – suplico ella.

- No, chiquita – murmuró él, respirando un poco-, solamente cuando la desees mucho, mucho, muchísimo.

- ¡La quiero ahora, la estoy deseando ahora! ¡Me estás volviendo loca!

El miembro del hombre jugueteaba entre las piernas de Diana, bien cerquita de su grutita. Ella intentaba encontrar el movimiento correcto que lo llevara a  su destino, pero Alfredo negaba la penetración, huyendo con movimientos precisos y retornando inmediatamente, solo para provocar un poco más.

-  Y no te la voy a meter – dijo bajito él -, voy a hacer el amor contigo, te voy a mostrar cómo me gusta, mi chiquilina.

- ¡Ay, Alfredo, por favor!

Él volvió a atacar con besos y mordidas leves, trabajando con los dedos, provocando mucho más allá de los límites, jugando con el deseo de Diana, que quería aquel miembro dentro de ella, quería aquel hombre loco moviéndose sobre ella, invadiendo su intimidad, llevando su cuerpo y su alma a otra dimensión plena de lujuria y placer.

- ¡Yo quiero! ¡Yo quiero! –  suplicaba ella, con una voz  enronquecida y más grave.

Ninguno de sus novios ni Gabriel que ella adoraba e idolatraba, habían tocado tanto  su sensualidad en tan poco tiempo. Aquel hombre descubrió resortes que, en un instante, la llevaron de cabeza a un lago de plena lujuria, un lago preñado de emociones fuertes y de la más divina locura.

Cuando él se dio cuenta que ella no aguantaba más e iba a pasar del punto ideal, se acomodó entre sus piernas, encajó el miembro con delicadeza y empezó una suave y prolongada penetración. Diana deliraba y movía la cabeza a un lado y a otro, golpeando con el cabello  el rostro del hombre. De rodillas entre las piernas de la muchacha, tomándola por la cintura, él inició un mágico y placentero vaivén, moviendo con mucha experiencia el cuerpo de la muchacha, permitiendo que, en determinado momento, ella marcara el ritmo e hiciera los movimientos que, definitivamente, la llevarían a la locura total. Diana empinaba el cuerpo, separaba y levantaba las piernas, empujaba, retrocedía, se sentía una hoja llevada por un río violento, se sentía un juguete en aquellas  manos sabias. El orgasmo llegó y se prolongó: gritaba e insultaba sin ningún pudor. Fue un orgasmo inédito, algo que nunca había experimentado.

Por algunos instantes perdió el sentido o navegó por dimensiones desconocidas. Cuando despertó o volvió a la realidad, Alfredo, acostado a su lado, pegaba su cuerpo sudado al suyo. Pensó que  iba a querer otra cosa.  Después de aquellos momentos de locura, no le negaría nada. Absolutamente nada.

Él no intentó avanzar. Abrazó aquel cuerpo joven con aquellos brazos fuertes y peludos, como si quisiera protegerla del mundo o de sus miedos. Entonces, como queriendo solucionar una cuestión muy complicada,  le preguntó por qué  había aceptado aquel encuentro. Diana no hesitó:

- Fue la apuesta más deliciosa que le gané a mi compañera de trabajo.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Francesc, este es el primer capítulo de una novela que publiqué (e-book) en portugués. A veces, tengo miedo de pasar aquella rayita mágica y caer en terrenos minados. Algunas amigas, que tienen mucha paciencia, me ayudan a suavizar el relato cuando me voy para el otro lado de la raya. Me alegro que te haya gustado. Pretendo publicar otros capítulos de esa novela erótica.
    Yolanda, gracias por tus palabras. Realmente, la edad, a veces, no es obstáculo sino puente para realidades diferentes.
    Hombre, Carlos. Amí me gusta el erotismo, y este es uno de los mejores relatos que he leído sobre este tema. Este Alfredo es todo un maestro en el arte pasional, y sabe cómmo tratar a una mujer. Sí hay silencios que son más elocuentes que las palabras. Agradezco tu comentario a mi relato. Veo que nos parecemos.
    La diferencia de edad no supuso obstáculo alguno; es más la experiencia de él su entrega y ternura llevó a Diana al punto más culminante, ella con su juventud pletórica le satisfizo. Un juego erótico magistral en la que ambos fueron grandes jugadores. Un saludo Carlos.
    Roluma, me dejaste tan preocupado con tu edad que hasta te cambié el nombre!
    Gracias a todos por las lecturas y comentarios. Romula, cuando completes los 18 años te mando otros cuentos más calientes!
    yo siempre pierdo las apuestas.....que destino!!!!!!!
    Excelente Carlos. Muy bueno. Voy a leerlo en mi mayoria de edad. Un fuerte abrazo.
    No importa el camino, si no el lugar inesperado donde llegaron. Una lectura muy agradable, Carlos.
    Un capitulo que muestra unas líneas enriquecidas con un elegante erotismo, adornado con unas idóneas metáforas, que lo distinguen con clase y perfección. El final?? Un efecto bien logrado, una sorpresa , tanto para el experimental Alfredo, como para la joven Diana. Me encantó!! Felicitaciones Carlos !!
  • Una historia real en versos.

    A borbotones, van brotando los versos, hilvanados, sin sentido y con tanto sentido.

    Un amor prohibido. Relato erótico

    Del libro "Nadie me dijo que el tiempo no es viento"

    Versos del libro Nadie me dijo que el tiempo no es viento.

    Este cuento fue publicado en algún libro, no recuerdo el año. Fue escrito en un momento muy difícil para nosotros, que somos del Sur del mundo, en aquel rinconcito que casi se cae del mapa.

    Dos pequeños capítulos de la novela erótica

  • 229
  • 4.55
  • 130

Lectura, cine, deportes. Tengo algunos libros publicados en español, portugués e inglés, pero sigo aprendiendo todos los días. Descubriendo que cada vez sé menos.

Tienda

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta