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4 min
Una noche lluviosa cualquiera
Drama |
06.12.17
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Sinopsis

   En un momento de incredulidad, me pregunté por qué mi automóvil me obligaba a mirar hacia la siniestra oscuridad que reinaba más allá del pavimento de la carretera. La lluvia seguía tamborileando contra la carrocería, al igual que en los minutos anteriores mientras me dirigía hacia mi domicilio tras una intensa jornada laboral; pero por algún motivo que no lograba recordar, mi auto permanecía detenido en un lugar y en una posición muy poco prometedoras. 
   Poco a poco recordé las dos esferas luminiscentes que se habían dirigido hacia mi posición, en el momento que el vehículo dejaba de obedecer mis instrucciones. Las luces se tornaron dos potentes focos que me cegaron sin piedad, y mi auto sufrió una fuerte y estruendosa sacudida que provocó que todo comenzara a girar a mi alrededor, como si fuera víctima de un mal sueño. 
   Sin duda estaba intentando negar la realidad, pues en el fondo sabía que mi automóvil había sufrido un fuerte impacto al chocar contra el auto que circulaba por el carril del sentido contrario. 
   Nada más exponerme bajo la inclemente lluvia, me obligué a ignorar los daños causados en mi propio automóvil y me dirigí hacia el otro auto para interesarme por el bienestar de sus ocupantes. Se trataba de un vehículo de gama alta, que a priori parecía en buen estado; pero al aproximarme a la ventanilla del conductor, pude comprobar que aquella parte del capó estaba aplastada y el eje delantero destrozado, pues la rueda reposaba en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados respecto al suelo. 
   A través de la ventanilla sólo pude hallar al conductor, que parecía haber perdido el conocimiento o algo peor. Intenté abrir cada una de las puertas del auto para acceder a su interior, pero todas estaban bien cerradas; así que busqué desesperadamente una piedra de gran tamaño para romper el cristal de la puerta, quitar el seguro y así poder asistir por fin a aquel hombre. 
   Renuncié a la búsqueda al llegar un coche patrulla de la policía y corrí hacia los dos agentes que salieron de su interior. Ignorando mis balbuceos, los agentes uniformados decidieron tomar caminos distintos para inspeccionar de inmediato cada uno de los vehículos siniestrados; por lo que caminé tras los pasos del agente que se dirigía hacia mi auto, mientras intentaba decirle que no hacía falta inspeccionarlo, pues no hallaría a nadie en su interior y que más le valdría socorrer cuanto antes al otro conductor. 
   Estaba equivocado. Juntos hallamos lo que otrora había considerado mi cuerpo; aunque no acababa de comprender por qué podía contemplar aquella escena desde mi perspectiva. 
   Mientras el agente accedía al interior del auto, las piezas comenzaron a encajar una a una en mi mente, dando un nuevo sentido a mi estado de confusión tras el accidente y el hecho de que los agentes me ignoraran de aquella manera. Tras comprobar mis constantes vitales, o la predecible ausencia de estas en mi cuerpo inerte, el agente regresó junto a su compañero. Gracias al intercambio de información que mantuvieron, pude saber que no era la primera vez que hallaban un cadáver en el interior de un vehículo siniestrado, aunque al parecer el otro conductor seguía aún con vida. 
   Al llegar los sanitarios, los agentes se hicieron a un lado para no molestar; y junto a ellos pude ver como conseguían extraer el cuerpo inerte del otro conductor del interior de su vehículo y lo colocaban en una camilla con suma eficiencia. 
   La lluvia caía sobre el rostro impasible del moribundo, mientras un sanitario le colocaba una mascarilla de respiración asistida. Cuando cubrieron su cuerpo con una gruesa manta, el resto de sanitarios le trasportaron hasta el interior de la ambulancia sin que pudiera preguntarles a qué hospital pretendían llevárselo. Tan sólo podía observar como la ambulancia se perdía más allá de la siniestra oscuridad, con la esperanza de que aquel hombre sobreviviera a sus heridas. Aún no estaba preparado para confesar a su espíritu que había muerto por mi culpa, por no respetar el limite de velocidad.

 

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Escribo porque me gusta hacerlo y porque cuando comencé a ejecer la escritura me redescubrí a mi mismo. Así que le estoy en deuda a la escritura, por lo que le pago en negro sobre blanco muy gustosamente.

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