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4 min
Una ola oceánica
Amor |
20.04.17
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Sinopsis

Una excursión de pesca se convierte en una lucha entre el mar y la inteligencia.

La ola le pasó por encima sumergiéndolo, distinguió una nubecilla de su sangre diluida en el agua del mar y pudo sentir el dolor de sus dedos encajados en la hendidura de la roca.  Al emerger reprimió el primer impulso de levantarse y correr hacia tierra. Faltaba el reflujo que sabía iba a ser una ola de menor altura, pero mucho más rápida  y con más empuje que no podría aguantar en pie.

El primer envite del reflujo lo colocó perpendicular a la trayectoria del agua e hizo todo lo posible por alinearse con la dirección de la mar para ofrecer menos resistencia. Lo consiguió a costa de su cintura, de sus uñas y de las yemas de sus dedos y tubo unos instantes para recuperar su aliento. 

Ahora tenía que esperar hasta que se despejase el camino. Cualquiera de  aquellas olas menores  que acompañaban a la gran onda oceánica podía arrebatarlo y arrastrarlo sobre las piedras mar  adentro.

Necesitaba reflexionar y recordar cómo había llegado hasta allí y como salir. La tarea que se imponía ahora era ordenar sus ideas y encontrar el plan que lo sacara de aquel trance. 

El día claro y fresco y el mar agitado de cuando en vez por una ola de fondo presagiaban una productiva jornada de pesca. Había apartado el coche de la carretera y lo había acercado a la base de aquella lengua de piedra que se adentraba más de cien metros en el mar. Montó la caña, sujetó el carrete y con el hilo, atravesó cada uno de los ojales, eligió un plomo con forma de uso para conseguir una lanzada suficiente y a un metro ató una cucharilla con colores plateados y rojos. Era  el cebo que le habían recomendado para las lubinas. También le habían dicho que era habitual que cada hora de las seis de subida de la marea viniera una ola del doble de tamaño que las otras y que algunas veces venían otras agrupadas en  oleadas o marejadas  y entre estas solía venir una mucho mayor que las demás.

Al rememorar lo que le habían dicho los mariscadores, se dio cuenta que se encontraba entre las ondas de una oleada y que entre estas podía haber una ola de las grandes. Dedujo que el único modo de salir de allí con bien era esperar a que le llegase el reflujo de una ola, dejarlo pasar, levantarse y correr hacia tierra.

En cuanto le superó la ola, con medio cuerpo a flote, intentó incorporarse, pero las piernas no le respondían, la frialdad del agua se las había agarrotado.

Volvió a su posición y allí, sujeto a la grieta,  con la adrenalina estimulada con la sensación de peligro extremo intentó desentumecer todos sus músculos, desde el cuello hasta los tobillos y  al girar la cabeza por segunda vez pudo ver una gran ola que estaba cerca, tenía sólo una oportunidad para ganar la costa a la carrera. Cuando la resaca dejase de tirar de él tenía que levantarse y echar a correr, mientras tanto no podía dejar de moverse para poner a punto su cuerpo para el esfuerzo que tendría que realizar. Un calambre lo dejaría a merced de esa masa de agua en movimiento que lo arrastraría mar adentro.

Esta vez sí pudo levantarse y primero despacio, como a cámara lenta y cogiendo velocidad después, aunque sólo la suficiente para emparejarse en la carrera con la espuma y el agua que lo hicieron caer de bruces. Aprovechando la fuerza de la propia ola se levantó y corriendo a la misma velocidad del agua consiguió evitar el reflujo y ponerse a salvo.

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Soy un profesor de universidad jubilado que hasta ahora no he tendo tiempo de escribir, mi afición favorita o mejor: mi pasión.

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