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8 min
Una pensión cualquiera
Terror |
18.11.20
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Sinopsis

Jorge se apeó del tren ligero de equipaje...

Jorge se apeó del tren ligero de equipaje. Una pequeña maleta con lo estrictamente necesario para pasar la noche. La mañana siguiente tenía que asistir a una entrevista de trabajo, una más, igual que tantas otras que había realizado sin éxito. Pero había que intentarlo. Una cosa era no tener trabajo y otra muy distinta ni siquiera esforzarse por conseguirlo. De modo que, aunque escaso de esperanzas, tenía que probar cada oportunidad que se le presentara.

Deambuló sin prisas por las callejuelas cercanas a la estación buscando un bar donde cenar algo y una pensión barata para pasar la noche. La cercanía al ferrocarril hacía que no faltaran precisamente ese tipo de establecimientos en la zona. Después de tomar una ligera cena en un bar bastante aseado, eligió una de las pensiones que se encontraban en esa misma calle. Igual le daba una que otra; para una sola noche, cualquiera valía.

Un afable viejecito, menudo pero fibroso, lo recibió al otro lado del mostrador. El precio no le pareció excesivo a Jorge, así que pagó el importe solicitado y subió a su habitación. El cuarto era bastante austero: una cama antigua y no muy grande, una mesa, una silla, un deslucido espejo, un pequeño armario empotrado y poco más.

Deshizo la maleta y colocó la ropa dentro del armario. Quería revisar antes de acostarse la poca documentación que llevaba para la entrevista. Algunos datos que había recopilado sobre la empresa, el correo con la citación, un breve currículum y la dirección donde tenía que presentarse. No había acabado de hacerlo cuando empezaron a oírse aquellos ruidos. Parecían provenir del interior del armario empotrado. Algo parecía arañar levemente la puerta. Algún bicho pequeño, tal vez.

Inquieto, agarró Jorge un zapato por si tenía que aplastar algún animalejo, se acercó al armario y abrió las puertas. Dos diminutos ojillos relucientes lo contemplaban desde uno de los rincones del armario. Pertenecían a un pequeño ratón que, asustado, desapareció por un agujero de la pared.

—¡Pues vaya mierda de habitación! —se lamentó irritado.

Sacó la ropa que había colocado anteriormente, la dejó sobre la cama, cerró las puertas del armario y apoyó la maleta haciendo contrapeso para que cualquier bicho que hubiera por allí no pudiera salir del armario. Cogió la llave y se dirigió escaleras abajo hacia recepción. En esa habitación, él no iba a pasar la noche. Habría en el establecimiento algún otro cuarto libre y sin alimañas.

En recepción no había nadie. Todo estaba en completo silencio. Jorge empezó a llamar con voz enérgica y airada al encargado, pero no obtuvo ninguna respuesta. Una vez comprobado que no había nadie en la planta baja, volvió a subir las escaleras y fue llamando una por una todas las puertas que se hallaban en la misma planta que ocupaba su habitación. Nada. Todo silencio. O no había ningún otro cliente, o no querían contestarle.

Apoyado en la pared del pasillo, intentó serenarse y poner en orden sus ideas. Podía recoger sus cosas y largarse de allí. Claro que, con la hora que era ya, igual ninguna otra pensión se encontraba abierta y dispuesta a recibir a un cliente ya de madrugada. Podía volver a su cuarto, intentar pasar allí el resto de la noche y dormir un poco. Había dejado bien cerrado el armario y atrancado con la maleta. Así que aunque el ratón volviera a aparecer, no podría pasar al otro lado del armario. Era un asco compartir la habitación con el roedor, pero tampoco se le ocurría ninguna idea mejor. De modo que, resignado, volvió a entrar en su cuarto y se dispuso a pasar allí las pocas horas que quedaban hasta que amaneciera.

La habitación estaba en completo silencio. No se oía ningún ruido sospechoso. Parte de la ropa que había dejado sobre la cama, la volvió a guardar en la maleta. Y lo que le pareció que podía resultar útil durante la noche, lo colocó sobre la mesa y la silla. Una vez despejada la cama, se tumbó sobre ella y suspiró profundo.

Tardó más de lo normal en conciliar el sueño. El incidente del ratón le había puesto nervioso y de un humor de perros. Pero al final, ayudado por la tranquilidad aparente de su entorno, consiguió quedarse dormido.

No llevaba mucho tiempo durmiendo cuando le despertaron nuevos ruidos. Dentro del armario se oían pequeñas carreras y leves arañazos en las puertas. «Maldita sea —pensó—. Ya está ahí el ratón otra vez». Encendió la luz y vio que la maleta seguía en el mismo lugar que él la había colocado. Miró su reloj, que marcaba poco más de las tres de la madrugada. Permaneció unos segundos mirando el techo de la habitación, pensando. Se sentía fatigado, con sueño, apenas si había descansado. No era conveniente que se presentara a la entrevista así de esa guisa, hecho unos zorros. Tenía que intentar dormir de nuevo a pesar de los ruidos.

Pero no lo consiguió. Por más vueltas que daba en la cama, aquellos sonidos que iban haciéndose cada vez más fuertes le alteraban los nervios y no le permitían conciliar el sueño. Su enfado iba en aumento, hasta que llegó un momento que tomó una drástica decisión. Acabaría con el roedor. Aparte de sus zapatos, la silla parecía ser el único arma que estaba a su disposición en aquel cuarto. Si la silla se rompía al utilizarla para golpear al bicho, bien merecido lo tenía el dueño de la pensión. Como se le ocurriera recriminárselo a la mañana siguiente, se iba a enterar. Además de ponerle de vuelta y media, le presentaría una denuncia que le iba a costar un ojo de la cara.

Así que se levantó de la cama y agarró la silla. Apartó despacio la maleta para no hacer ruido, alzó el brazo para descargar un buen golpe y abrió con violencia las puertas del armario. Y lo que vio le dejó horrorizado. Ya no eran un par de diminutos ojillos los que le miraban. Ahora eran decenas de ratas las que poblaban el armario y, al ver las puertas abiertas, se lanzaron en avalancha hacia él.

Empezó Jorge a golpear con saña a las ratas que marchaban en cabeza del grupo. Los bichos se retorcían y caían ensangrentados, chillando rabiosos, pero enseguida nuevos roedores ocupaban su sitio. Sintió cómo le mordían sus pies desnudos, sus tobillos, sus pantorrillas. Siguió volteando la silla a derecha e izquierda alcanzando a sus repulsivos atacantes, pero daba la impresión de que cada vez había más ratas en la habitación. Miró un instante hacia el armario y vio que seguían entrando roedores por el agujero. Cuando el suelo del cuarto se llenó de alimañas no le quedó más remedio que saltar encima de la cama y desde allí seguir machacando a los bichos. Advirtió con desesperación que la silla empezaba a perder trozos, de modo que su arma se tornaba cada vez más endeble. Las ratas ya empezaban también a aparecer rabiosas sobre las sábanas. Lo que en un principio fue sólo el desagradable pero simple propósito de matar un ratoncillo, se había convertido en una feroz lucha por no ser comido por los roedores. Tenía que escapar de allí como fuera.

Por fortuna, divisó sobre la mesa, intacta y salvadora, la llave de la habitación. Así que saltó en esa dirección sobre el enjambre de ratas. Sintió sus mordiscos, sus arañazos, su sangre resbalar cada vez más abundante por el cuerpo. Sin dejar de golpear alimañas con lo poco que le quedaba ya de silla, consiguió coger la llave, la introdujo en la cerradura y abrió la puerta para salir al exterior.

Pero nada más salir al pasillo tropezó con algo que le hizo caer al suelo de bruces. No había visto Jorge el fino cable de acero que alguien había colocado a un palmo de altura junto a la puerta. Sólo le dio tiempo a ver una recia barra de hierro que se dirigía certera a su cabeza y la diabólica sonrisa del viejecito de recepción tras ella.

—¡Ay, mis pequeñines… vaya comilona os vais a pegar esta noche! —jaleó el anciano con su cálida y paternal voz.

Los pequeñines, complacidos con aquel suculento festín, cubrían ya por completo y devoraban frenéticos el ensangrentado cadáver de Jorge.

 

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