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19 min
Una Primate Llamada Marta
Fantasía |
11.09.17
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Sinopsis

Una chica, que responde al nombre de Marta, se despierta el día que cumple 26 años y a medida que avanza la mañana descubre que tiene un don.

El despertador del iPhone le dio los buenos días a Marta. Marcaba las 7:45. La canción que sonaba había sido una de sus preferidas, hasta que después de repetirse en incontables ocasiones se volviera fría y monótona. Los finos rayos de sol que traspasaban la ventana le acariciaban los párpados. Yacía bocarriba en su cama, destapada. El calor del verano se hacía notar. Aquella semana se habían registrado las temperaturas máximas del año. Sin embargo, cualquiera que la conociese un poco, sabría que era bastante friolera; su piel se erizaba con suma facilidad. Alargó el brazo con desgana hacia la mesilla de noche y apagó la alarma.

La puerta retumbó al recibir un par de golpes, y acto seguido, se abrió.

– ¡Arriba, Marta! ¡FELICIDADES! ¡Recuerda que hoy vamos al zoo para celebrarlo! ¡Que no se te peguen las sábanas!

Era Pedro, el padre de Marta, un hombre que a pesar de haber sido abuelo recientemente, seguía teniendo tanta energía como un mozo de dieciséis años. Era la envidia de su quinta.

– Sí, faf, ya voy… ­ – le respondió sin ser capaz de reprimir un bostezo.

– ¡Date prisa! – esbozó una sonrisa bonachona y cerró.

Marta se desperezó estirando sus extremidades hasta el límite y volvió a encogerse para restregarse los ojos con las manos. Llevaba puesta ropa suave y suelta. Su piel tenía una tonalidad pálida y estaba salpicada de pecas. No le agradaba demasiado, pero era un rasgo que le dotaba de una personalidad propia. Su cabello no era excesivamente largo, relucían sus rizos dorados y alborotados.

Las paredes de la habitación estaban decoradas con imágenes de animales, era como estar en un diminuto santuario dedicado a la vida salvaje. El poster que más llamaba la atención, por su gran tamaño, era uno de El Rey León. Rafiki sostenía a Simba desde la punta de La Roca del Clan y lo mostraba a todo el reino. Cada vez que Marta observaba la escena notaba una sensación cálida en el pecho y enseguida se acordaba de una frase: “aprender todos a convivir”.  Dejó escapar una sonrisa sin darse cuenta.   

Uno de sus mayores sueños había sido – y lo seguía siendo – estudiar zoología y trabajar teniendo contacto directo con el reino animal. Estaba convencida de tener una conexión especial con el resto de seres vivos. Creía poder entenderlos sin importar el cómo. Además, sus dotes de observación rivalizarían con las del mismísimo Sherlock Holmes. Por no mencionar su aguda intuición. En cada escapada o ruta de senderismo que realizaba siempre era la primera en percatarse de la presencia del animal más próximo. Nadie sabía por qué, pero así era. No obstante, los avatares del destino le llevaron por otros derroteros, haciendo que se terminara graduando en Estudios Ingleses – la antigua Filología Inglesa adaptada al Plan Bolonia – para que un año más tarde obtuviera el Máster de Profesorado. La enseñanza no era su pasión ni tampoco su vocación, pero no le disgustaba.

Se arregló en un tiempo récord y se dirigió hacia la cocina para desayunar. Cuando atravesó el umbral vio a su padre de pie con una taza de café en mano.

– ¿Qué tal se siente la cumpleañera esta preciosa mañana? ¡26 añazos, nada menos! – su tono era animado y risueño. Se adelantó para abrazar y dar dos besos a su hija.

– No me lo recuerdes faf, deja que primero me haga a la idea, por favor.

– No seas así, mujer, todavía te queda mucho por vivir.

Marta sacó un cartón de leche de la nevera y se preparó un tazón de Special K. Se sentó a la mesa para comer.

Pedro tomó un sonoro sorbo de su taza y contempló cómo Marta removía los cereales para que se recalaran.

 

– ¿Tienes ganas de ir? Yo estoy ansioso.

– Sí, es sólo que ya no me hace tanta gracia cumplir años a estas alturas.

– Pues imagínate a mí, hija… ¡Que ya soy abuelo! Lo importante es hacer que cada año de tu vida cuente.  

– Muy cierto.

– Y como hoy es tu día, vas a llevar tú el coche. Que a mí me da la risa.

Pse… – dijo Marta con la boca llena – en realidad me es indiferente.

– Yo creo en ti, querida – Pedro dio otro sorbo, éste más sonoro que el anterior – ¡Cuando termines partiremos a la aventura!

El trayecto en coche duró alrededor de una hora y media. El zoo se localizaba a las afueras, escondido en un paraje natural con frondosa vegetación y rodeado de montañas. El cielo era un mar azul repleto de nubes que se desplazaban lentamente hacia el oeste. Soplaba una brisa tenue y los pájaros cantaban en las copas de los árboles. No había edificios en varios kilómetros a la redonda.

– Jo, faf, cómo se agradece salir de la ciudad.

– Y que lo digas.

 A medida que se aproximaban a la entrada principal vislumbraron una cola larguísima. Comenzaba en la taquilla y se extendía hasta dar casi la vuelta entera al complejo. Menos mal que fueron previsores y compraron los tickets por internet para librarse de posibles contratiempos. También había un stand de PACMA en las proximidades, desde el que una chica joven, con un peto gris, gritaba a través de un megáfono: ¡NO A LOS ZOOS NI A LAS CÁRCELES DE ANIMALES! ¡ÚNANSE A NUESTRA CAUSA! Los transeúntes de cuando en cuando le lanzaban miradas desinteresadas.  

– La verdad es que es una pena que los tengan encerrados. Deben estar asqueadísimos – le comentó Marta a su padre.

– Comparto tu opinión, pero ya que estamos, ¿no?

– Sí, así que vamos.

Delante de ellos se apelotonaban un montón de niños inquietos, dirigidos por una monitora que perdía los nervios tratando de imponer orden. Tenía veinte años. En momentos como éste se arrepentía de haberse apuntado al Curso de Monitor de Tiempo Libre.

En cuanto avanzó la marabunta de pequeños diablillos, Marta y su padre le enseñaron las entradas al revisor y pasaron por debajo de las enormes letras mayúsculas que formaban la palabra “ZOOLÓGICO”. Un koala de dimensiones colosales, mas no por ello menos adorable, recibía a los visitantes suspendido de la “l” a modo de tronco improvisado.  

– ¡Ya estamos! ¿Adónde vamos, adónde vamos? – los ojos de Pedro centelleaban por la emoción.

– Por ahora lo más lógico es que busquemos un punto de información para orientarnos.

– Ay mi niña, que sensata es.

Los mofletes de Marta enrojecieron.

Franquearon un patio extenso que bullía con personas de distintas nacionalidades. En el centro se erguía un poste rojo que sustentaba un panel transparente, con un mapa completo de lo que ofrecían las instalaciones del zoológico. Y al lado, un cartel con el mismo texto en diferentes idiomas, que rezaba:

                                 

                                        

                                  ¡BIENVENIDOS AL ZOO ANIMALIA!

Este parque zoológico, que se extiende sobre 20 hectáreas de naturaleza en estado puro, es uno de los más grandes y antiguos de Europa. Alberga más de 500 especies de animales procedentes de todo el globo: pandas, lobos, llamas, gorilas, jirafas, tigres blancos, leones… así como una gran variedad de reptiles.

El Aviario de 3000 m2 cuenta con más de 60 tipos de aves, incluyendo águilas calvas, buitres y cóndores. Asiste al espectáculo de aves rapaces para verlas realizar ejercicios de vuelo como si fueran pilotos de acrobacias.

Si la aventura submarina es más de tu estilo, en el acuario podrás disfrutar de una de las colecciones más impresionantes de coral en Europa. Y si el coral no es lo tuyo, hay un montón de peces coloridos, tiburones testarudos y espectáculos programados de delfines y lobos marinos con salpicaduras garantizadas.

Gracias a la amplia gama de criaturas peludas, emplumadas y escamosas, el Zoo ANIMALIA es bestial para pasar un buen rato en familia.

 

– ¡Qué bien lo pintan!

– No podía ser menos, faf. Vamos a echarle un vistazo al mapa.

Marta deslizó el dedo índice sobre el cristal mientras imaginaba cómo iba a ser el itinerario.

– ¡Ya está! Sólo hay que seguir la misma dirección todo el rato y daremos la vuelta al zoo, por lo que acabaremos aquí otra vez. Está chupado.   

– ¡Allá que vamos, Martilipondi!

Tras una hora andando, ya se habían deleitado con rinocerontes, guepardos, jirafas, panteras, hipopótamos, leones… Marta estaba especialmente contenta. Parecía ir dando saltitos. África era un continente que le ponía de buen humor, y por extensión, todas las criaturas que componían su rica fauna. A cada paso que daba, tarareaba para sí la canción de los niños perdidos de Peter Pan: lirín, lirán, lirili lirán lirón, marchar, así, es una gran diversión”. Estaba muy orgullosa de su infancia. Era tal su felicidad y ensimismamiento que se tropezó y estuvo a punto de caer. Por suerte para ella, su faf tuvo los suficientes reflejos como para agarrarla del antebrazo y evitar la desgracia.

– Pero Marta, cielo… ¿Cuántas veces te tengo dicho que no bebas por la mañana?

Casualmente, una señora entrada en años y con unos kilos de más, pero que avanzaba a un ritmo rápido, los adelantó  y rompió a reír. 

­– Estás muy gracioso tú hoy, eh ­– replicó Marta un pelín indignada.

– Es que me alegra ver cómo mi mujercita se hace mayor.

– Pues una cosa te voy a decir – prosiguió ella levantando el dedo índice – últimamente me pasa mucho.

Sintió unas vibraciones en el bolsillo. Le estaban llegando los primeros mensajes de whatsapp para felicitarle por el cumpleaños. Entre ellos, figuraba uno de Juan Antonio Pallaruelo, un chico  que conoció en la universidad. Le apodaban “Palla”, la versión abreviada de su primer apellido: Pallaruelo.

 

¡Muchas felicidades, Marta! No seas dura contigo misma por estar más cerca de los 30, es algo normal. Y a propósito, si mal no recuerdo, me comentaste que hoy irías al zoo con tu señor padre. No olvides saludar a los miembros de la familia de los grandes simios. Son nuestros primos. Lejanos, pero primos al fin y al cabo. ¡Un beso y disfruta mucho de tu día!

 

– Este Juan… Es un hecho: el bien existe gracias a él. Cada día lo tengo más claro.

– ¿Qué murmuras? – se interesó Pedro.

– Nada, un mensaje de Pallaruelo.

– Ah, ya veo. Voy a ir al baño, que no me aguanto. Espero saber encontrarlo.

– Vale, tranquilo, ya hemos recorrido un buen trecho. Te esperaré sentada en ese banco de ahí, que da la sombra.

– Muy bien, no tardaré.

Pedro se fue con aire jovial, empequeñeciéndose en la distancia y finalmente desapareciendo entre el flujo de gente. Marta acomodó la espalda en el banco y cruzó las piernas, exhibiendo un conjunto de pecas desperdigadas según los caprichos de la genética. Inclinó el cuello, su pulgar subía y bajaba para revisar en el iPhone todas las actualizaciones de Facebook, Instagram y Whatsapp. Cuando perdió el interés, alzó la cabeza y se fijó en una familia que paseaba a sus anchas. Transmitían esa despreocupación de la que se disfruta durante las vacaciones. Los hijos eran mellizos de seis años; rubios y vestidos igual. Uno de ellos, el que más se aburría, no paraba de meterse con el otro.

– ¡Leo! ¡Ya vale de incordiar a Noah! – le regañó su madre – deja que se coma tranquilo el cucurucho. Si querías uno haberlo pedido.

A Marta, le asaltó la extraña corazonada de que tarde o temprano se encontraría de nuevo con dos churumbeles así. 

– ¡Marta! – una voz que no conocía la llamó.

Miró de frente, a la izquierda, a la derecha… No conseguía ubicar la fuente de donde provenía. Apostaría su posesión más preciada a que había oído claramente que pronunciaban su nombre.

– ¡Justo aquí!

“Dios mío”, pensó ella. “Debo estar volviéndome loca, sabía que algún día pasaría”.

– ¡Eeeeoooh!

Un chimpancé, de pelaje negro como el azabache, le estaba haciendo señas detrás de  los barrotes de una jaula.

– No puede ser – se cubrió la cara con las manos – estoy soñando.

– ¡Ven! ¡No tengas miedo! ­– le instó el simio.

Marta se acercó poco  a poco, manifestando una timidez mezclada con una decisión firme por averiguar qué sucedía. Estaba tan confundida que se chocó con un hombre que se cruzó en su camino.

– ¡Perdón! – se disculpó de inmediato.

 

El chimpancé le hizo un gesto para que continuara. Ya a escasos centímetros de la jaula, Marta se plantó inmóvil, como si hubieran atornillado sus pies al suelo. Las miradas de ambos colisionaron, y por algún motivo misterioso, congeniaron.

– Hola, Marta.

– ¿Pu-puedes hablar? – preguntó con un nudo en la garganta.

– La cuestión no es que yo pueda hablar, sino que tú puedas entenderme. 

– ¿Cómo sabes mi nombre?

– Sé muchas cosas. Y por cierto, felicidades. Veintiséis años, ¿no es así?

– Sí… – contestó sorprendida.

– ¿Cómo te sientes?  

– No doy crédito ¿No será esto una cámara oculta? Me he visto en miles así.

– Yo nunca te tomaría el pelo. No es mi estilo.

– ¿Por qué puedo comunicarme contigo tan, tan…?

– ¿Fácilmente? ­– le interrumpió – lo que estás experimentando ahora mismo es el despertar de tu don.

– ¿Don? ¿Qué don? – el rostro de Marta era un reflejo del asombro que le abrumaba.

– Lo has tenido latente por mucho tiempo, demasiado diría yo. Lo habitual es desarrollarlo a  los dieciocho años. No sé qué habrá podido retrasarlo tanto.

– Te estás quedando conmigo…

– Te lo repito, no es mi estilo. Y además, ¿si antes de venir al zoo alguien te hubiera dicho que ibas a estar manteniendo esta conversación conmigo, qué se te habría pasado por la cabeza?  

– En eso llevas razón.

– Piensa, ¿no es cierto que desde que eras pequeña has sentido afinidad hacia los animales?

   – Eso es verdad, pero de ahí a conectar con ellos como lo estoy haciendo contigo es otra historia.

– Te subestimas. Date una oportunidad y te prometo que no te arrepentirás. No tienes nada que perder, sólo mucho que ganar. Se te abrirán las puertas a un mundo completamente nuevo.

Un amasijo incoherente de pensamientos sobrecargaba la mente de Marta.

– Sigo sin creérmelo, soy muy escéptica con todo.

– Veamos… – el primate dio un salto y se quedó colgado de una rama artificial. Empezó a balancearse con expresión pensativa – ¿No llevarás un plátano en ese bolso por un casual? Me ayudan a concentrarme.

– Vaya, hoy justamente se me ha olvidado coger uno, ya decía yo que me faltaba algo.

– Una pena – dejó de columpiarse y se sentó en la rama. Se llevó una mano al mentón – doy por hecho que no te sirve como prueba que yo te esté hablando, ¿no?

– No, soy aragonesa. Lo que me convierte en una cabezona. Está en mi ADN.

­– Qué curioso, tu ADN y el mío son idénticos en un 98% pero yo no soy nada cabezón. ¿No es maravilloso?

– Sí, supongo que sí.

– Tú y yo nos comprendemos porque, al principio, cuando uno de los privilegiados descubre que tiene tus capacidades…

–  Espera – le cortó Marta – ¿quieres decir que hay más como yo?

– Claro que sí, no te sientas tan especial. Es algo muy propio de los humanos. Os habéis inventado el concepto de dignidad para asignaros un valor inherente que no existe. Mis congéneres y yo nos hemos tomado la libertad de denominaros “el animal egocéntrico”.

– ¡Oye! – objetó airada – Yo no me considero mejor ni peor que nadie.

– Lo sé, por eso precisamente vas a hacerme caso y explotarás tus cualidades – el chimpancé tensó los labios en una sonrisa simpática –  en fin, lo que te iba diciendo… cuando alguien es consciente de que posee tu don, empieza a desenvolverse con la especie animal más próxima filogenéticamente hablando. Es decir, con la que guarda un mayor grado de parentesco. De ahí que tú y yo nos entendamos. Tu linaje evolutivo y el mío se separaron hace siete millones de años ¡Somos primos! Y según vayas progresando, podrás compenetrarte con otros animales más alejados en el árbol filogenético, tal y como lo estás haciendo conmigo.

Marta no respondió de súbito, se calló un instante y arqueó las cejas. Intentó reflexionar con claridad.

–  Entiendo, me estás diciendo que voy a ser intérprete oficial de los animales. Con eso y el inglés llegaré a cualquier parte.

– ¡Exacto! Lo has pillado – el chimpancé bajó de la rama y exteriorizó su júbilo dando palmas.

– ¿Y qué se supone que he de hacer para “explotar mis cualidades”?

– Estás muy verde aún, como es natural, pero…

­– ¡Marta! – Pedro había regresado del baño y le gritó desde el banco en el que le había estado esperando.

Ella se giró automáticamente, y mientas su padre se aproximaba, su corazón se aceleró y palpitó con fuerza.

 – Chatica, te he estado llamando un buen rato y tú como si nada. Vaya empanada de hija que tengo. ¿Qué hay en la jaula?

 El chimpancé, como si de repente hubiera sufrido un cortocircuito, brincó sin ton ni son a la vez que alternaba resoplidos y chillidos.

 – Hay que ver que simples y primitivos son estos monos – dijo Pedro contrayendo el semblante en una mueca desdeñosa.

– Pero… ­– ahora Marta sí que estaba totalmente desconcertada.

– Pongámonos en marcha. Todavía tenemos bastante que andar y muchos animales que ver.

   – Pero… ¿qué le ocurre?

– A saber, quizá se haya hartado de estar aquí encerrado y no lo soporta más.

Padre e hija reanudaron su camino, no sin que Marta echara la vista atrás para clavar sus ojos en el animal por última vez, el cual seguía comportándose como lo que era: un chimpancé.

 

 

* * *

 

Aquella tarde, cuando el crepúsculo nacía en el horizonte, a falta de treinta minutos para que cerrara el zoo, un chaval alto y delgado, con una mata de rizos perfectamente definidos, caminaba con las manos a la espalda, absorto en sus cavilaciones. Se arrimó a una jaula, su nariz rozaba los barrotes.

– ¡Chimpa! ¿Estás ahí?

Un chimpancé surgió de la penumbra.

– ¡Juan! ¿Cómo estás, mi bípedo amigo? Pensaba que hoy ya no te vería.

– He tenido que atender un asuntillo, pero aquí me tienes… Toma ­– sacó un plátano de su mochila de plástico y el chimpancé estalló de gozo – ¿Y bien, cómo ha ido?

   – Tal cual me informaste, Marta ha estado aquí esta mañana.

   – ¡Genial!

– Pero ha habido un problemilla…

– ¿Qué me dices? – se preocupó Juan.

– Sí, me las apañé para entablar conversación con ella. Tuve suerte porque se sentó en un banco desde el que me tenía a la vista y pude atraer su atención – comenzó a pelar el plátano –todo transcurría acorde a lo que habíamos planeado, más o menos. Aunque a decir verdad, la chica tiene su carácter y no se dejaba convencer así como así.

– ¡Qué me vas a contar! Hace ya siete años desde que la conocí en el primer año de carrera. Al menos te dije que tenía el don, y así ha sido. Sabía que era especial.

– A los humanos os gusta mucho esa palabra: “especial” –  apuntó Chimpa. Y mordió deseoso el plátano.

– Yo sólo la utilizo cuando merece la pena – los rizos de Juan oscilaban con el viento.

– Está bien, pero no nos andemos por las ramas, que eso es cosa mía. Como te estaba explicando, todo iba bien, pero su padre se entrometió y me vi obligado a abortar la misión. Fingí un arrebato de locura, para que no sospechara.    

– Qué crack es Pedro – Juan se río cabizbajo – habrá que seguir insistiendo, entonces.

Algo se movió en su bolsillo. Un ratoncillo blanco asomó la cabeza. Sus diminutos bigotes se agitaban al compás que marcaba el hocico.

– Juan – su voz era aguda e infantil, como sería la de un niño en miniatura.

– Dime, Jerry.

– ¿Es verdad que Marta va a ser una de nosotros?

– Eso es lo que queremos, colega. La próxima vez que la vea voy a tener que ponerle al corriente de todo, me temo. Su futuro promete ser boyante.

 

 

 

 

 

 

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