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8 min
Una pulsera aplastada
Amor |
08.01.17
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Sinopsis

El chico apenas levanta los ojos del libro que tiene entre las manos. Cientos de personas pasan delante suyo sin que él se dé cuenta. Está demasiado poco interesado en la gente corriente que circula por ese parque. Él sólo quiere mirar a una persona que sabe que tarde o temprano va a llegar, pues siempre lo hacía.

Al fin llega; a pesar de ello, Andrés no cambia su postura. Sigue fingiendo leer, como las últimas tres horas. Sólo levanta la mirada al fin al oír lo que estaba deseando: Una risa aguda que hacía echar a volar a las palomas que por allí estaban posadas. Andrés observa, con una luz en la mirada, a la mujer creadora de ese sonido. Era una chica de unos dieciocho años, pelo oscuro rizado. A su lado, un chico de su edad, vestido a la moda y con un peinado copiado de algún futbolista, le hacía cosquillas y carantoñas. Ella reía, produciendo que todo su rostro participara en su felicidad. Las mejillas se le echaban para atrás y unas finísimas marcas o rayas aparecían alrededor de sus dos ojos verdes.

Y eso era lo que Andrés había ido a ver. Esa sonrisa cautivadora y ese rostro resplandeciente al reír, lo había hecho perder la cabeza por esa chica a la que no conocía de nada. Sólo que paseaba por allí con su novio todas las tardes, a distintas horas. Por lo que, desde hacía varios meses, Andrés se apostaba en un banco medio cubierto por algún libro y esperaba poder volver a ver esa sonrisa.

A las noches soñaba con ella. Le hablaba, y ella le dedicaba una sonrisa a él y no a su novio. Era prácticamente una obsesión, no paraba de pensar en esos dientes blancos, abiertos para proferir sus maravillosos gorgoritos de alegría.

Esa tarde era diferente, sin embargo. Parecía que había algún problema entre los dos enamorados. Ella no rio más en toda la tarde. El chico parece muy triste. Andrés aguza el oído para poder escuchar de que estaban conversando. Logra escuchar suficiente como para saber que la chica se iba a estudiar y a vivir muy lejos. Por lo tanto, era el fin de la pareja, pues no se volverían a ver en mucho tiempo. Hacía las ocho, se despiden cariñosamente y sin rencores. El chico se va, pero ella se queda quieta, con la mirada perdida y un evidente nerviosismo en todo el cuerpo. Mira las palomas a las que esa tarde no había sido capaz de hacer volar por falta de risa.

Andrés se da cuenta de que esa es oportunidad para entablar conversación, y que si no lo hace nunca más podrá hacerlo. Se levanta, con el libro bajo el brazo y se dirige hacia ella. Antes de poder dirigirle una sola palabra ella señala el libro.

-¿Estás leyendo “El gran Gatsby"? Es mi libro favorito.

Andrés atónito, apenas se recupera lo suficiente como para murmurar un “sí”. En realidad era el primer libro que había cogido por casa y apenas se había fijado en cual era, como hacía cada tarde desde que vio a esa chica.

-Ven, siéntate conmigo.

Andrés se aposentó al lado de ella, pero a una distancia demasiado grande, por lo que se arrastró un poco hacia su lado.

-¿Cómo te llamas?

-Andrés.

-Yo me llamo Vera. Nunca te había visto. ¿Eres de por aquí?

-Pues siempre suelo estar tardes en este parque leyendo, allí en ese banco.

-¿En serio? Pues nunca me había dado cuenta. Es bueno encontrar de vez en cuando a gente que le guste lo mismo que a ti, como ese libro. El chico que se acaba de ir era mi novio. Es majo pero no me llenaba, no sé si me entiendes. Eso ya da igual. Mañana me voy y no sé si volveré a esta ciudad en mucho tiempo.

-Me habría gustado conocerte.

-Y a mí. Qué pena.

-Te tengo que confesar que venía todas las tardes al parque para verte. Te vi un día, y tu sonrisa me conmovió. Es preciosa.

La chica se quedó un poco cortada, sin saber que responder. Hasta que finalmente sonrió agradecida, que es justo lo que Andrés había deseado, que le dedicara una sonrisa.

-A esa sonrisa me refiero.

Unas cuantas gotas en la cabeza les indicaron que las nubes pronto comenzarían a descargar, como así fue. Corrieron a buscar un lugar tapado y encontraron un portal. Vera no pudo evitar volver a sonreír, produciendo nuevos asaltos involuntarios al corazón de Andrés.

-De verdad, que me siento halagada. Me habría gustado conocerte más.

-Con que me hayas dedicado esas dos sonrisas para mí es suficiente.

-Se me ha ocurrido una idea. ¿Qué te parece si nos citamos en este mismo lugar dentro de cincuenta años? No creo que me cueste mucho, pues ya estaré asentada en cualquier otro sitio, hacer una visita a mi antigua ciudad, pues mi intención es no vivir aquí nunca más.

-Entonces, ¿aquí estaremos dentro de cincuenta años?

-Me parece una idea genial.

-Para que no te olvides de mí, quédate el libro.

-¡Gracias! No lo tenía, me lo leí de la biblioteca. Yo te voy a dejar en prenda esta pulsera.

Andrés asió firmemente una pulsera sencilla de color rosa.

-La guardaré-prometió.

La despedida no fue dura, pues les pareció que su idea de reencontrarse para conocerse era muy buena.

 

 

 

A pesar del calor hace un viento muy grande. Las copas de los árboles en su bamboleo no paran de soltar hojas que acaban por caer en el suelo y ocultar de la vista el empedrado antiguo del parque. Es uno de los veranos más calurosos que se recuerdan, propiciando así que nadie quiera salir de casa y pocas personas componen el paisaje urbano. El progreso hace que con el paso de los años cambien los lugares, debido a alguna obra o quizá a alguna catástrofe natural. Pero ese parque permanece inalterable. Parece que no han pasado los años.

En medio de esa sensación de pesadez producida por las altas temperaturas, aparece un hombre, de unos setenta años. Nadie que le observé podría decir que llevara medio siglo esperando encontrarse en ese parque. Jamás había conseguido sacar de sus sueños esa sonrisa.

Se sienta en un banco, como si ese fuera su sitio de siempre, sin dudarlo un segundo. No lleva ni un libro ni nada para entretenerse. Sólo unas flores metidas en un plástico.

Andrés tiembla un poco. Los últimos cincuenta años han sido un prólogo para ese instante. Todos los días se despertaba deseando que al fin fuera el día. Esa noche anterior no había dormido nada. El medio siglo de vida anterior había estado enfocado únicamente a su reencuentro con una sonrisa. En el brazo izquierdo lleva una pulsera rosa que no conjunta nada con el traje que viste. Impaciente, da golpecitos con el zapato en el suelo. Su cara despide ilusión y excitación.

Cada vez que una mujer cruza el parque, Andrés las observa hasta hacerlas sentirse incómodas. No aparta la mirada hasta que descubre que ese rostro nunca pudo albergar la sonrisa que él había ido allí a adorar.

Los segundos, los minutos, las horas, se hacen eternas para un hombre que lleva cinco décadas esperando. El calor remite, cuando la noche se empieza a adueñar del cielo poco a poco.

A las doce de la noche, Andrés se da cuenta de que no va a venir. Era absurdo pensar que se fuera a acordar de una cosa hablada hace tantos años. Se levanta despacio del banco, tira las flores, marchitas ya por el calor, a la basura más cercana.

Esa sonrisa se le aparece cada vez más real en su cabeza mientras camina, lo cual se le antoja insufrible. En un arrebato agarra la pulsera rosa de su muñeca y la pisotea, tras arrojarla al suelo. Esa mancha rosa en el suelo es el único recuerdo que queda ya de una conversación de hace cincuenta años entre dos personas, que para uno de ellos no significó absolutamente nada, mientras que para la otra fue el acontecimiento más grande de su vida.  

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Estudiante de Periodismo. Intento de escritor. Intento de periodista.

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