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9 min
Una rubia despampanante para el olvido
Drama |
17.12.20
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Sinopsis

De mi libro "Cuentos Trumpistas". Antes de publicarlos, siempre hago mi acostumbrada parada en TusRelatos.com, donde están mis mejores críticos y recibir sus comentarios. Aquí está el primero de ellos.

Siempre me han gustado las rubias de ojos azules. Ahora que lo pienso, creo que me gustan porque para mí representan lo más alto de la belleza y la perfección humana. Aparte, su mirada es cándida y adorable. Y con el perdón de ustedes, voy a sincerarme, me excitan sobremanera.

Muchas otras mujeres han dicho de mí que soy un patán, un hombre sin tacto y mujeriego sin arreglo. Me han juzgado y tildado de animal. Estoy de acuerdo en que muchas veces no he estado a la altura de las circunstancias, cosméticas, sobre todo, pero siempre he siempre he sobresalido como un campeón en aquellas ciencias que se estudian detrás de la puerta.

Ese día estaba yo en la hermosa y blanca playa de Puerto Trujillo, sentado bajo una palmera de coco, con un minero daiquirí en la mano, muy soltero, por cierto, en espera de que alguna dama de buena alcurnia se dignara a pasar el mejor momento de su vida. Como mi piel es bronceada, con el sudor mi color adquiere un fulgor griego que es como un imán para las delicadas mujeres de ascendencia nórdica.

Digo, ese día nada podía fallar.

Pronto pude avistar a lo lejos a una pareja que se acercaba. Era mi oportunidad.

Corrí derechamente hacia el mar, me sumergí en sus heladas olas y los esperé a que pasaran por la playa.

Ahí estaban. Ella, una diosa rubia, aunque algo flaca para mi gusto. Él, bien proporcionado, orgulloso y algo afeminado. Pude notar que ambos intercambiaban miradas no de amor, sino de recelo oculto. Entonces me di cuenta de que no eran pareja, sino amigos, más bien, amiguis.

La suerte estaba de mi lado.

Salí del mar corriendo y con una gran sonrisa en los labios, así como sucede en los anuncios televisivos de perfumería de Chanel, J'Adore o Christian Dior, algo aniñado pero sexy, y en una pose frívola que nunca fracasa.

La rubia se volteó para verme, con disimulo y recato, por supuesto, pero segura de lo que quería en ese momento. El joven giró la vista hacia la mujer como buscando en sus ojos un secreto escondido. Yo hice como que tropezaba en la arena. Fue divertido y la mujer se echó a reír. Su amigo le tocó el codo. Me senté frente a ella, riendo.

-¿Son pareja? -le pregunté directo.

-Excuse me? -me respondió asombrada en inglés pero sin sentirse ofendida.

Yo hablaba en ingles.

-Me llamo Valentino. Usted puede llamarme Val.

-Oh, Val. ¿Pero cómo? Usted es un negro. Valentino es un nombre europeo, procedente de tierras donde gobiernan buenas gentes blancas.

Nunca nadie me había hecho tal observación. Reculé. Tiene razón, reflexioné, pero, ¿por qué culparla a ella o a mí por las cosas que ya están dadas en este mundo?

-Bah, no importa -le dije-. ¿Y usted, adorable dama, tiene nombre?

-Coulter -dijo alzando el pecho mientras una pequeña manzana de Adán le burbujeaba en el cuello; aquello tampoco era su culpa-, Ana Coulter. Y mi amigo aquí presente es Milo.

-¡Encantados de conocerlos! -dije en tono festivo extendiéndoles la mano.

Ninguno me la cogió. Ella lo intentó, pero la mirada de Milo la detuvo. Pensé que aquel desaire se debía, en primer lugar, al miedo de la mujer en ofrecerle la mano a un hombre desconocido, y en segundo lugar, a los celos del hombre por mi apolínea figura. Lo entendí. Estaba ducho en tales lances. Volví a mi ataque inicial.

-¿Novios?

-No -dijo ella, como hastiada de mi presencia-. Camaradas y amigos. Milo ya está casado.

-¿Le importaría tomarse una copa conmigo? -le pregunté enseguida.

-Sí, me importa, y mucho -dijo con los ojos puestos en Milo-. No puedo y no debo.

Era lo típico. Me lo esperaba. Tampoco una mujer puede ser tan ofrecida.

-¿Eso quiere decir que no es posible que salga conmigo a la fiesta de hoy por la noche? -insistí.

-¡Por supuesto que no! -gritó de repente Coulter, como ofendida-. ¿Por quién me toma?

-Es una simple invitación -le respondí; y luego armándome intelectualmente para que no me tomará por naco-: No pensé que le molestaría tanto. Muchos turistas vienen a relajarse y a liberarse en estas tierras lejanas, a miles de kilómetros del objeto natal de su inhibición: su consumista sociedad, que llega, con la rutina, a convertirse en su cárcel del día a día.

-Pues yo no soy como esos malditos y traidores turistas -dijo con firmeza-. Yo amo a mi Patria, amo a mi Gente, y sobre todo, amo a Cristo, Rey de Reyes y Señor de Señores, el Dios Viviente.

Pero que putas, me dije. Me agarró desprevenido. Lo lógico afloró a mis pensamientos: emprender la retirada.

-¡Muy bien dicho, señora! -dije dando unos pasos hacia atrás, en franca escapada-. ¡Alabemos juntos al Señor Jesús! -e hice dos crucitas sobre mi pecho y en la frente.

Luego hice como que alguien me llamaba desde lo lejos, alzando la mano.

-Con su permiso, estimada Ann Coulter. Debo irme.

-¡Espere! -dijo Milo, tomándome del brazo-. Aguarde.

Luego puso sus labios en los oídos de Ann Coulter, quien rió a carcajadas. Yo también reí con ellos.

-Seremos clemente con usted -dijo con un tono sospechoso-. Lo invitaremos a nuestra fiesta.

De ningún modo, me dije. Me imaginé el lugar lleno de santurrones y seudo-patriotas vestidos de smoking y bebiendo piña colada.

-Gracias. Sin embargo, tendré que rechazar su generosa oferta. Tengo la agenda comprometida.

-Vamos -dijo la Coulter-. No sea usted cobarde. Que mis negativas no lo ahuyenten en las primeras de cambio. ¡Sea un hombre!

Yo sabía que estaba en un juego, pero no sabía de qué tipo.

-Está bien -les contesté-. Los veré a las diez de la noche.

-No, amigo Val -dijo Milo-. Usted se viene con nosotros, ¡ahora!

-Míreme -le respondí-. Ando casí desnudo.

-Descuide. Solo requerimos de usted un tan solo favor.

-¿Qué favor?

Milo metió las manos en la mochila que cargaba a sus espaldas. Sacó de ella una cadena del que colgaba un collarín.

-Pongáselo -me pidió con amabilidad mientras extendía el collar-. Si es que quiere entrar a nuestro mundo.

Claro que pensé que aquello era un acto barbárico, enfermo. Pero estaba acostumbrado a eso y mucho más a lo largo de mis aventuras amorosas.

Pronto tuvimos a la vista una de las mansiones más ricas y ostentosas de Playa Trujillo. Aquello me reconfortó. Era cierto que aquel juego era sucio, hasta macabro, pero la visión que llegaba a mis ojos de Ann Coulter, mi diosa rubicunda y zarca, era de armonía, pasión y amor. Su constitución física no permitía ninguna corrupción

Ya a las puertas dobles y gigantes de aquella casa, Coulter agarró la cadena y me arrastró con ella hacia dentro, mientras yo sonreía nervioso.

De pronto mis oídos se llenaron de grandes aplausos y vítores. Había cientos de personas en el salón principal que sonreían, orgullosos y con porte heroico, al tiempo que se acercaban para observarme. Un señor de lentes que aparentaba ser muy importante, se me acercó junto a una docena de personas. Quedó viéndome fijamente; yo todavía no entendía la broma; sin embargo, empezó a esculcarme mientras se echaba un digno discurso:

-Amigos míos, aquí tenemos un ejemplo típico bastante señalado por nuestro ilustre Voltaire. Un dilema. ¡Contéstenme! ¿Este espécimen, este africano, es descendiente de los monos o los monos descienden de él? Nuestros hombres sabios han dicho que el hombre fue creado a imagen de Dios. Ahora bien, aquí está una preciosa imagen del Divino Creador: una nariz plana y negra con poca o casi nada de inteligencia. Una vez llegará, sin duda, el momento cuando estos animales sabrán cómo cultivar la tierra, embellecer sus casas y jardines y conocer los caminos de las estrellas: uno necesita tiempo para todo.

-Mi querido profesor Atlas -le contestó un hombre canoso que reconocí luego como un periodista famoso de una cadena de Estados Unidos-, es evidente para todos que ¡los monos descendieron de él!

-Y Darwin lo confirma -dijo uno al que identificaron como el senador Jordan- cuando nos profetizó que en un momento en el futuro, no muy distante medido en siglos, las razas civilizadas del hombre seguramente exterminarán y reemplazarán a las razas salvajes, como ésta, de todo el mundo".

-¡Las leyes del capitalismo puro! -gritó otro que también reconocí de las redes sociales, un tal D’Souza, quien recientemente había salido de la cárcel tras recibir el perdón presidencial.

-¡Negro, mereces ser castigado! -dijo un exultante Milo.

-No vamos a permitir que la corrupción de estos especímenes deformes corrompan a nuestro país y a nuestra sociedad -dijo otro bien vestido que llamaban Richard Spencer.

-Joseph Miller tiene razón de meter a los hijos de estos animales en jaulas! -dijo un señor de apellido Bannon-. Pero enjaularlos es poca cosa, deberían ser exterminados de la faz de la tierra. Aplicar el principio de Darwin de una vez por todas.

Ya iba a contestarles con enfado que esta pantagrúelica broma había concluido, cuando de pronto Ann, que por alguna razón que desconozco, comenzó a danzar con extremo gozo jalándome como a un esclavo hacia el frente del salón, en donde, arriba de un gigantesco Cristo Crucificado, con la leyenda de “Dios en Cristo Jesús”, asentado sobre una pila de armas automáticas de gran letalidad, y escritas sobre unos enormes y rojizos banners, se leían las siguientes palabras:

“EL NUEVO LIBRO DE ANN COULTER: CUALQUIER RESISTENCIA ES FÚTIL. CÓMO LOS DE LA IZQUIERDA RADICAL, ENEMIGOS DE TRUMP, HAN PERDIDO SU MENTE COLECTIVA. ¡EL BEST SELLER DE TODOS LOS TIEMPOS!”

Entonces supe que aquella diosa nórdica era una rubia despampanante para el olvido.

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