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18 min
UNA SARDÓNICA SONRISA
Suspense |
08.05.19
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Sinopsis

Historia de vidas legendarias... y misteriosos asesinatos...

     Su nombre era Franco Montano. Se clasificaba a sí mismo como "periodista de lo extraño". El conjunto de sus reportajes, siempre había rondado en torno a los platillos volantes, hombrecitos verdes, arqueología fantástica, ciudades perdidas, hombres monos de la cordillera, civilizaciones desaparecidas, y muchas otras cosas por el estilo.

     Franco Montano, quería llevar a cabo una crónica televisiva sobre la vida de una pareja de científicos, los famosos arqueólogos Alcina Peñacantil y Antonio Fuentes; éstos habían protagonizado, desde los años veinte hasta los cuarenta del siglo veinte, innumerables viajes de investigaciones en países lejanos. Llegaron a encumbrarse en la opinión internacional como eminentes científicos de campo, notables egiptólogos y estudiosos de culturas antiguas y arcaicas.

     Todo esto continuó hasta las postrimerías de los años cuarenta, en que se produjo la extraña desaparición de tan venturoso y ponderado matrimonio.

     El periodista, sabía bien de memoria por los archivos de aquella época, de todos los anómalos pormenores acaecidos hacía ya tantos años.

     Año 1949: El profesor Antonio Fuentes, de cuarenta años, fue hallado sin vida en la gran casa solariega de la familia, a ochenta kilómetros al noroeste de la ciudad de Mar del Plata. El hombre, muerto de hacía apenas un año, se encontraba dentro de un antiguo sarcófago egipcio, desvicerado y envuelto en vendas de lino, como una exótica momia del desierto libio. Sus órganos internos estaban distribuidos en cuatro recipientes, los clásicos vasos egipcios destinados a tal fin, denominados por los griegos como vasos "canopes".

     El cadáver sólo conservaba el corazón y los riñones. Un contexto alucinante circundaba al crímen, como una serie de atroces pendones mortuorios: El cuerpo de Antonio Fuentes había sido acondicionado con todo el largo proceso de momificación, a la usanza del antiguo Egipto.

     El macabro hallazgo, se produjo en momentos en que las personas ocupadas en mantenimiento hacían inspección de rutina. La profesora Alcira Peñacantil, de treinta y siete años, para esa fecha se encontraba en supuestos viajes de investigación por remotas latitudes, desde hacía más de dos años.

     Era público que en sus últimos tiempos el matrimonio se llevaba muy mal. Por ésto, y por todas las características del suceso, se culpó del asesinato a la esposa ausente. Este fallo inicial se vio corroborado por las fortuitas huellas dactilares de la arqueóloga, detectadas como impresas con betún de momia en los vasos canopes. Más allá de estos resultados, la profesora Alcira no regresó nunca más del exterior y se la consideró desaparecida.

     Después de más de sesenta años, bien entrado el siglo veintiuno, Franco Montano abrió la propuesta en un canal de televisión capitalino para incorporar en su programa "Mundos Extraños", la azarosa vida, andanzas y misterioso final de los famosos arqueólogos.

     El brillante periodista pudo concertar con el último descenciente y heredero, el sobrino nieto Guillermo Peñacantil, todos los acuerdos y permisos para llevar a cabo las filmaciones en la legendaria casa campestre, constituida al cabo de la historia como Museo de Culturas Desaparecidas.                 .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

     Atravesaron verdes campos y traspusieron incontables tranqueras. En la mitad de la tarde, el heredero Peñacantil y el cronista de "Mundos Extraños" arribaron al paraje en sus respectivos vehículos.

     La casa era una inmensidad apabullante, un horror amenazante y blasfemo; una gigantesca osamenta ocre, opaca, aguardando en la luz del día moribundo, como un sepulcro-trampa montado en edades inmemoriales; era una fortaleza que parecía tener centenares de ventanas atisbando desde las alturas; se apreciaba como una conformación de torretas y almenas, terrazas, cúpulas, chimeneas e intrincados tejados; una ciudadela tétrica, donde podían asomarse seres atroces, para abalanzarse sobre cualquier visitante desprevenido.  

     Los dos hombres abrieron las pesadísimas puertas, como entrada a una pétrea urna que albergara horrores sin nombre.

     El cronista de lo extraño apoyó sus pies, de pronto débiles, sobre las adustas veredas petrificadas.

     ---¡Ésto es... insólito... indescriptible...!  ---hiló apenas, en plena contemplación.

     ---¿Qué le parece? ¿ La Casa Usher ?  ¿ El Castillo de Otranto... tal vez el de Frankestein... o la tumba de Tutankhamon ? ---bromeó su anfitrión, como para apuntalar la tarde declinante.

     ---Podría ser todo junto ---repuso Montano animado, o tratando de parecerlo.

     Guillermo Peñacantil entregó al periodista las llaves de la casa solariega.

     ---Podrá inspeccionar bien el lugar en lo que resta de la tarde. Yo me voy, pues debo atender otros asuntos. Mañana bien temprano nos encontramos aquí, junto con su equipo de filmación. Cualquier cosa que necesite, con el intercom de la casa podrá llamar a los cuidadores; éstos se encuentran en el chalecito del aledaño oeste.

     El dueño partió en su vehículo rumbo a la ciudad lejana.

     Franco Montano quedó solo al pie de la mansión, erguida esta como una ósea sepultura amenazante en la mortecina luz de la tarde.

     Traspuso de inmediato los inmensos portales, de alguna forma parecidos a los del templo de Abu Simbel. Avanzó encendiendo luces. Cruzó una sala de recibo y dio con un amplio salón. Densos muebles de madera oscura, gran mesa central, piso, muros y techo. Todo daba idea de pesadez y macicidad.  El aire mismo permanecía quieto, aplomado en una inercia absoluta, como en la inmemorial tumba de una remota edad aún sin dinastías. El periodista pensó que bien podría tenderse arrinconado y tranquilo, durmiéndose en un eterno y polvoriento sueño momificado. Hasta bostezó.

     Percibió que algo en el aire lo inducía al sopor. Tendió la mirada a través del lugar poblado de frisos, grandes sarcófagos de pie, macizos cofres de roca pulida e instrumentos inclasificables. En el centro del enorme muro se rompía el clima numinoso, con la boca de una espaciosa estufa hogar.

     Sobre los bloques graníticos de la chimenea pendía el gran retrato al óleo de una dama a cuerpo entero. Era una hermosa mujer, con ropas color caqui y maleta de campaña, al rayo del sol, con un fondo de arenas resplandecientes y monumentos arcaicos. --Alcira Peñacantil --  1945  ---rezaba al pie del cuadro la prolija etiqueta.

     Mientras apreciaba el tremendo reaismo de la pintura, localizó ese "algo" en el ambiente; un aroma dulce y punzante emanaba de la figura, embotándole los sentidos,

     El cronista se apartó vacilante. Se forzó a despejar su mente, y dedicó largo rato a recorrer los diferentes pasillos y recintos de la casona. Allí, pintados como si fueran antiquísimos murales, los áureos dibujos narraban el asesinato de Osiris, su despedazamiento, reunificación y vuelta a la vida, la Barca Solar, la Barca de Ra, navegaba remontando el cielo, llevando a los difuntos una y otra vez hacia el otro mundo.

     Tal vez por obra de la fragancia del cuadro, sutilmente difuminada por todo el ámbito de la enorme residencia, el periodista regresó al salón a contemplar el retrato. El perfume, ahora intenso, continuaba, vetusto y punzante. El hombre alzó las manos como en estado de trance. Fue rozando apenas la vieja pintura de tamaño natural, en prolongada caricia. Luego retrocedió casi no teniéndose en pie, yendo a sentarse exhausto, para acodarse en la ancha mesa de madera negra. Quedó allí como embriagado, en profundo estupor, sin poder hacer otra cosa que contemplar la figura de Alcira Peñacantil.

     Desde la silla, Franco Montano pudo ver cómo el bello retrato de Alcira se desprendía descendiendo de la tela, portando la antigua maleta de campo. Sin poder moverse como en una pesadilla, siguió viendo a la arqueóloga, acercándose con lentitud. La figura, ahora corpórea y tangible, quedó detenida justo a su lado, impregnándole con su intenso efluvio hasta los propios cromosomas.

     En una obsesiva secuencia demencial, la entidad animada surgida del cuadro se asentó a horcajadas sobre las piernas del hombre inmovilizado; éste pudo sentir el cálido peso en sus rodillas; dentro de su cabeza, comenzó a resonar una dulce voz de contralto, hipnótica, que pareciendo brotar desde el fondo de los años le decía: "¡ Antonio !  ¡ Querido Antonio !  ¡ Otra vez juntos !"; mientras, la sólida imagen de Alcira, abriéndose de un tirón la polvorienta camisa de trabajo le aplicaba sus pechos contra el rostro, como en un mortal rito propiciatorio de fertilidad.

     El periodista, apenas atinó a emitir unos entrecortados estertores, al tiempo que se aferraba con desesperación a las caderas de la dama del cuadro, que más bien parecían resortes de acero.

     En el calor de la lucha, la figura viviente tendió una de sus manos, para abrir la ajetreada maleta de campaña.

     El reportero Montano sintió que le introducían algo por una fosa nasal. Luego experimentó como un escozor, una punzada en la base del cerebro, y comenzó a debatirse en intensas convulsiones, como sometido a una interminable serie de golpes eléctricos.                                 .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

     Los furgones de filmación y Guillermo Peñacantil llegaron muy temprano en la mañana.

     ---Parece que Montano aportó antes que nosotros ---observó el heredero, como si le hablara al automóvil aparcado delante de ellos.

     El grupo se acercó a la gran casona, parecida a un gigantesco mausoleo agazapado. Veían las luces encendidas, y las grandes puertas entreabiertas bostezaban impávidas.

     Entraron caminando por los primeros vestíbulos, como pasadizos de un ignoto hipogeo olvidado en el desierto.

     ---¡Montano!  ¿Anda por ahí? ---llamaron las voces, joviales---. ¡EY... Montano!  ¿Puede oírnos?

     Múltiples y escondidos lugares permanecieron silenciosos. Profusos jeroglíficos, frisos y pinturas murales ocultaron sus significados. Un innominable y críptico libro de muertos pareció abrirse en una secreta cámara de horrores, para que alguna mano pavorosa dejara caer los signos de la última y atroz maldición.

     En el amplio salón una opaca figura aguardaba, acodada a la pesada mesa de ébano, contemplando absorta la preciosa pintura de Alcira Peñacantil, aquella exploradora lejana y desaparecida.

     ---¡Cielo santo!  ¿Qué es ésto?  ¿Quién puso ésto aquí? ---exclamó una de las voces.

     La terrosa momia sentada en la silla, con polvorientos vendajes, no dijo nada. Sobre la mesa se alineaban varios recipientes oscuros, junto con alargados y filosos instrumentos de metal.

     Guillermo Peñacantil señaló los ominosos objetos que alguien había dejado al lado del quieto fantasmón.

     ---¡Miren éso! Los vasos donde se depositan las vísceras de la momia; vean esa varilla aguda y con gancho, con ella se extraía el cerebro, tironeando por la nariz. ¡Vean aquí, en esta silla! ---llamó a uno de los técnicos de televisión---, parecen las ropas de Montano, recuerdo que ayer las llevaba puestas. ¡Pero tienen polvo de años!

     Los hombres se miraron atónitos.

     Uno de los camaristas se acercó a la pintura de la chimenea. ---¡Qué hermosa obra de arte! ---admiró---, y parece envuelta en una fragancia.

     ---Se trata de mi tía abuela ---aclaró el dueño de casa---, el cuadro fue pintado en Egipto; por favor, no respire cerca de la tela; por lo que sé, está impregnada con substancias aromáticas de propiedades alucinógenas.

     ---Esta escena me recuerda historias pasadas---. Añadió, pensativo. ---Será mejor no tocar nada y dar aviso a la policía.                                                                                                .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   . 

     El dueño de la casa solariega tuvo la entrevista final con el jefe de policía, el capitán Pablo Oviedo.

     ---La investigación es un rompecabezas alucinante ---resopló el alto oficial, malhumorado---, y un callejón sin salida.

     ---Podemos asegurar que el cadáver disecado hallado por usted, es nuestro querido y desdichado Franco Montano. Ésto se constató por comparación cromosomática, con un poco de cabello encontrado en el cuarto de baño, en las habitaciones del hotel marplatense donde el periodista se alojaba.

     ---Pero... ¿quién pudo haber asesinado a Montano, y por qué ---inquirió Guillermo Peñacantil, compungido.

     ---Éso vendrá después. Primero, le diré que hay un desfasaje de tiempo insoluble en el hecho. Los expertos egiptólogos nos dicen que la preparación del cuerpo fue tan cuidadosa que requirió casi diez meses. Fue mantenido durante setenta días en una salmuera de natrón y betún. Su cuerpo fue minuciosamente depilado y desvicerado, con instrumentos especiales introducidos por la nariz, por donde le extrajeron los sesos, trozo a trozo. Se le abrió el vientre, vaciándole las vísceras. La herida estaba recubierta con una placa protésica de cera.  El interior del cuerpo se lavó con vino. Se le rasparon todas las grasas. El vientre estaba relleno con cera y también con algo así como grosellas, granos de loto tostado, canela, tapones de lienzo impregnados en aceite de cedro y mirto. Incluso se le inyectó un producto químico en las arterias.

     ---Si recuerdo bien la crónica de la época ---intercaló el señor Peñacantil, sombrío---, es la forma exacta en que encontraron a mi tío abuelo Antonio Fuentes, allá, a fines de los años cuarenta.

     ---Así es, como usted lo menciona; pero le sigo explicando ---continuó el funcionario, pareciendo dar clase---, todos los órganos fueron previamente embalsamados, antes de ser depositados en los vasos canopes. Las vendas de lino estaban esterilizadas con un baño de alquitrán. El rostro del muerto fue maquillado. Se le tiñeron la uñas, las palmas de las manos y las plantas de los pies.

     ---¡...Y todo eso fue hecho en una noche! ---exclamó el otro, asombrado.

     ---Una noche para nosotros ---aclaró el capitán Oviedo---, pero casi diez meses para el pobre Montano.

"...Y aquí viene lo imposible, lo inaceptable en cuestión tiempo. La momia tuvo que ser despegada de la silla, como si hubiera estado sentada durante décadas. Su ropa, depositada en otro asiento, estaba impregnada de polvo, quebradiza, también adherida a la madera, como puesta allí desde muchos años atrás.                                                                               "Los restos de Montano fueron analizados con los sistemas de datación radioactiva, carbono 14 y potasio-argón en forma comparativa. Es decir, comparando su valor radioactivo con otros residuos orgánicos acumulados y fechados por nosotros hasta hace un siglo atrás. Todos coinciden en un último resultado: El cadáver del cronista posee idéntico valor isotópico que los testigos fechados de hace sesenta y cinco años. Como si hubiera sido asesinado en 1947, en tanto que entró en la casa en el año en curso, es decir el 2012. Además, Montano tenía cuarenta años, pues nació en 1972. Como puede ver, esto es una completa paradoja.  "Como si todo fuera poco, los vasos canopes e instrumentos de cirugía están plagados de huellas dactilares, impresas con betún de momia desde hace sesenta y cinco años... ¿por quién ? por Alcira Peñacantil. Es como si el reportero hubiera sido transportado al pasado, al año 1947, y una vez asesinado y momificado por la científica arqueóloga, dejado allí, sin ser percibido por nadie hasta ser encontrado en la actualidad, junto con los vasos y los instrumentos quirúrgicos...  Cualquier esoterista estudioso de lo sobrenatural, diría al observar el caso que el fantasma de su tía abuela, o lo que sea, confunde a los visitantes con su propio esposo difunto Antonio Fuentes... y repite el crimen. Le ruego a usted me disculpe que hable de esta manera, pero sobre todo trato de ser claro.

     ---Por favor, capitán ---alentó Peñacantil---. no hay nada que disculpar.

     ---Por supuesto, las evidencias demuestran disparates y todo esto no puede ser dado a publicidad; se informará a los medios que Montano fue asesinado por desconocidos en confusas circunstancias.

     El jefe de policía finalizó su exposición, desanimado, ante el demudado descendiente de la familia Peñacantil.                                                                                                                        .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

     Transcurrieron dos meses apenas. La antigua y legendaria heredad solariega de Guillermo Peñacantil, como patrimonio turístico, era restaurada periódicamente. En esos trabajos estaban los técnicos cuando descubrieron, en una recóndita cámara de sub-sótano, un enterramiento clandestino. El cadáver hallado mostraba restos de abundante cabellera, y de recias ropas femeninas de campaña. A su lado se encontraba una particular maleta de cuero, conteniendo diversos instrumentos de arqueología.

     La investigación policial, por métodos de impresión dental, identificó al despojo humano como a la inefable y mítica Alcira Peñacantil, muerta a los treinta y seis años. Incrustados en los huesos del esqueleto se descubrieron dos proyectiles calibre treinta y ocho. La pericia balística comprobó su correspondencia con el revólver de Antonio Fuentes, expuesto en el muestrario de la casona como reliquia.

     Por sistemas de datación radioactiva, se determinó que la profesora Alcira había sido asesinada ---por su esposo--- un año antes del fallecimiento de éste.

     Los investigadores se preguntaron, al igual que en ocasión del periodista Franco Montano: ¿Quién asesinó entonces al profesor Antonio Fuentes? Las huellas dactilares en los vasos canopes indicaban algo. La razón rechazaba todo.                                                        .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

      Ochenta kilómetros al noroeste de la ciudad, dentro de la inmensa mansión, permanecía el gran retrato al óleo de tamaño natural. En la tela, el hermoso rostro tostado por el sol de Alcira Peñacantil, de treinta y cinco años, parecía esbozar una sardónica sonrisa.

 

                                                                  oooOOOooo                                                    

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nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

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