cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

16 min
Una tumba en el bosque
Suspense |
01.09.18
  • 4
  • 9
  • 379
Sinopsis

Siempre es importante tener unos vecinos de confianza, especialmente en un lugar solitario, cuando no hay nadie más en varios kilómetros a la redonda...

 

 

Antonio López, más conocido como Antón, el maestro, nunca entendió a la gente que pudiendo jubilarse deciden prorrogar unos años más su vida laboral. Cuando se les pregunta por tan singular e inexplicable comportamiento, argumentan que temen aburrirse al abandonar su rutina diaria.

Aparte de leer mucho, su pasatiempo favorito consistía en dar largos paseos por el campo.

Hacía un par de días había terminado una novela que le había dejado gratamente impresionado. Se trataba de una obra policiaca con el sugestivo título de “Más allá del bien y del mal”. Su autor era un tal David Torres, del que nunca había oído hablar. El relato lo atrapó desde la primera línea. En dos tardes devoró las 450 páginas. Inmediatamente, pasó a ocupar un lugar de honor en el ranking de libros leídos en el último año.

A grandes rasgos, narraba la historia de un catedrático de filosofía, apasionado estudioso de Maquiavelo, hasta el punto de haber hecho su tesis, sobresaliente cum laude, sobre la vida y obra del autor de “El Príncipe” con su célebre sentencia “el fin justifica los medios”. Un buen día, el profesor universitario, encaprichado de su joven y guapa asistenta doméstica, decide pasar de la teoría a la práctica, y concibe un “maquiavélico” plan para deshacerse de su esposa.

Ya podéis imaginar la sorpresa y satisfacción del bueno de Antonio cuando se enteró de que David Torres, el artífice de tan memorable novela, habitaba el lujoso chalé situado a unos pocos centenares de metros de la residencia campestre del jubilado López.

Recién divorciado y con los hijos lejos del hogar paterno, una tía abuela por parte de madre le había dejado en herencia una casa de labranza con más de tres siglos de existencia. Alrededor de la misma, crecía un tupido bosque de robles y abedules, la mayoría ejemplares ya centenarios, que se expandía un par de kilómetros en todas las direcciones.  

David Torres, escritor de misterio, residía con su esposa Bárbara en una construcción de nueva planta edificada en el lindero del bosque. A su alrededor veíase una media hectárea de jardín bien cuidado, con unos cuántos rosales y media docena de robustos manzanos, delimitado por un fornido seto de unos 3 metros de altura.

La ruta habitual que el maestro jubilado hacía casi a diario discurría, precisamente, a la vera de la residencia de los Torres. Al parecer, se habían trasladado al chalé hacía menos de una semana. El escritor era un tipo alto y fornido con una tupida barba y una espesa cabellera gris. Bárbara, en cambio, era más bien menuda y vivaracha, con una larga melena rubia enmarcando un rostro de suaves facciones en el cual destacan los vivaces ojos verdes. Tenían una joven asistenta extranjera que venía unas horas por las mañanas.

El día que los conoció, como resultas de la habitual caminata, Bárbara se dedicaba a podar los rosales, mientras su marido lavaba el todoterreno a la entrada del amplio garaje. La mujer lo saludó alegremente y enseguida entablaron una animada conversación sobre las distintas variedades de rosas, un tema que ambos dominaban y solían complacerse en demostrarlo.

A la vera del chalé se erguía un hórreo de respetables dimensiones, construido según la arquitectura tradicional de la zona. Al lado del hórreo crecía el manzano más corpulento de la finca y junto a él se alzaba la caseta del perro guardián.

Era éste un enorme mastín blanco que comenzó a ladrar furioso, tensando la gruesa cadena que lo mantenía bien sujeto, cuando Antón se había aproximado a la verja de entrada. El imponente perrazo se calló, al fin, obedeciendo una orden imperiosa de su dueño, y volvió a tumbarse al pie del manzano, sin dejar de vigilar al intruso, al tiempo que lanzaba esporádicos gruñidos de cuando en cuando.

A continuación, Torres se acercó hasta el caminante, dedicándole una cálida sonrisa de bienvenida. Antón le confesó su admiración, colmando de elogios su novela, de la cual le tendió un ejemplar para que Torres se lo dedicara. Este se apresuró a satisfacer los deseos de López al tiempo que le manifestaba su alegría por tenerlo como vecino.

En ese momento hizo su aparición la joven asistenta, una belleza con marcados rasgos sudamericanos, para consultar una cuestión doméstica.  Al maestro jubilado le sorprendió que se dirigiera al escritor, pareciéndole que el asunto le concernía más a Bárbara. Supuso que no existía demasiada sintonía entre ambas mujeres. Tampoco se le escapó a Antón la significativa mirada que se cruzaron David y la chica. Mientras ambos se alejaban hacia la casa, Bárbara los contempló en silencio. Cuando entraron, finalmente, en el chalé, la mujer reanudó su labor usando la podadera con un inusitado brío.

A estas alturas, el bueno de Antón ya se lamentaba por haberse detenido, así que farfulló unas palabras de despedida y se apresuró a proseguir su camino. Fue en ese primer encuentro cuando comenzó a sospechar que las cosas no iban bien del todo en la vida conyugal de sus nuevos vecinos.

Sus sospechas se reafirmaron, convirtiéndose en certeza, cuando una semana más tarde los pilló sosteniendo una más que acalorada discusión. Afuera, el mastín inició el habitual concierto de ladridos, completando, así, el estruendoso coro orquestal.

A María, la exótica asistenta, no la vio por ningún lado. Imaginó que se habría puesto a resguardo en espera de que amainara el temporal.

Unos tres días después, volvía a transitar a la vera del chalé. El mastín lo saludó con el alboroto de costumbre, pero, por lo demás, la casa parecía estar en silencio y no había rastro de los inquilinos.

Enseguida se resolvió el dilema. Torres salió del hórreo y vino a su encuentro. Habló entrecortadamente, como falto de resuello. Se le veía serio y preocupado. Parecía nervioso, tratando de justificar su presencia en el hórreo. El maestro jubilado le preguntó por Bárbara, mostrándole su extrañeza por no verla por allí. Torres le comunicó que se había marchado a casa de la madre, que había enfermado de manera repentina. Antón tuvo la impresión de que había respondido mecánicamente, como si tuviera la respuesta preparada de antemano.  

Entonces ocurrió algo muy curioso.

Atila, tal era el nombre del mastín, había dejado de prestarle atención para concentrarse en el hórreo. Se colocó delante de la puerta y comenzó a ladrar y gruñir con inusitada violencia, ignorando las órdenes de su amo. Tal parecía que la excitación provocada por lo que hubiera allí dentro prevalecía sobre la natural obediencia debida a su dueño.

En un momento dado, el animal, fuera de sí, se levantó sobre sus cuartos traseros y comenzó a arañar la puerta del hórreo como tratando de entrar a toda costa.

Ante la extrañeza mostrada por Antón sobre el singular comportamiento del mastín, Torres le quitó importancia, con un gesto elocuente, atribuyéndolo a la presencia de ratas y murciélagos dentro del inmueble. Nuevamente, su interlocutor tuvo la impresión de recibir una respuesta ensayada. El maestro siempre había creído que este tipo de construcciones estaban a salvo de los roedores; lo de los murciélagos pudiera ser, pero tampoco resultaba un hecho muy común. Torres se apresuró a añadir que, precisamente, se encontraba preparando trampas para las ratas cuando Antón había llegado hacía unos minutos. 

Se hizo un silencio incómodo. Antón creyó percibir un ligero movimiento en la terraza del chalé. Miró hacia allí y descubrió a María observándolos a través del ventanal. La chica lucía en su rostro moreno un rictus de extrema seriedad, diríase que casi parecía asustada, como si hubiera sido testigo reciente de algo que la había impresionado no muy gratamente.

Mientras caminaba entre los robles, rumbo a la carretera general, el embrión de la inquietante sospecha, que había enraizado hace un momento en la mente de Antón, crecía a pasos agigantados. La suerte que pudiera haber corrido la señora Torres fue un pensamiento recurrente que no dejó de importunarlo en ningún momento, acompañándolo, cual perro fiel, hasta la misma puerta de su casa.

Por culpa de un inoportuno resfriado, nuestro protagonista no volvió a acercarse al chalé de los Torres hasta el sábado siguiente.

Antón encontró el escenario vacío. Lo que más extrañó fueron los ladridos del perro. Allí, a la vera del robusto manzano, se topó con la caseta vacía y la cadena de Atila sujeta a la argolla, pero no había rastro del corpulento animal.

En ese momento, Torres apareció de improviso, surgiendo por detrás del hórreo. Traía cara de pocos amigos. Su semblante mostraba un rictus serio y taciturno. Miró al maestro como si fuera un insecto molesto y especialmente inoportuno.

Antón lo saludó y le preguntó por la señora Torres. Temía la respuesta, pero necesitaba hacer la pregunta.

Le pareció que el rostro barbudo de David se tornaba aún más sombrío. El escritor le respondió lacónicamente que su suegra no acababa de mejorar, por lo que aún no sabía cuando podría regresar Bárbara. Aunque ensayó un amago de amable sonrisa, su tono decía bien a las claras que lo más sensato que podía hacer el señor maestro era largarse de allí cagando leches.

Antón se cuadró con ofendida dignidad y le preguntó por el paradero del mastín. Torres, en un tono más amable, le explicó que se había ido con María a dar un paseo por el bosque.

López agradeció fríamente la información recibida y se marchó con gesto ufano, deseándole al otro que tuviera un buen día.

Dos días más tarde, Antón dio un rodeo para evitar la casa de los vecinos. Estaba convencido de haberse dejado llevar por su febril imaginación.  Aquella dichosa novela, “Más allá del bien y del mal”,  le estaba haciendo confundir fantasía y realidad.

Animado por este lucido y sensato razonamiento, el maestro jubilado admiró el túnel vegetal que formaban los robles sobre la pista de tierra, deleitándose con el hermoso contraste que ofrecían las ramas negras por la lluvia reciente y el follaje dorado y rojizo que parecía arder al fuego lento.

Antón López se dejó llevar por su innato espíritu aventurero y se dispuso a explorar territorios nunca hollados, aún, en las múltiples ocasiones en que había surcado aquellos parajes. Se internó por un sendero de carro que se abría a su derecha para perderse entre la espesura unos cincuenta metros más allá.

El camino trazaba varias revueltas y desembocaba, finalmente, en un claro, luego de descender una pequeña cuesta. Parapetado tras un grueso roble, desde aquella atalaya natural, Antón fue privilegiado testigo de la extraordinaria escena que se desarrollaba unos metros más abajo.

A la derecha, había aparcado un todoterreno verde oscuro que Antón reconoció al momento. En el centro del claro, Torres, vestido con un mono de faena y armado con pico y pala, excavaba un hoyo rectangular de respetables dimensiones. El atareado escritor se detenía de cuando en cuando para enjuagarse el sudor y lanzar furtivas miradas a su alrededor.

La asistenta María, ataviada también con una gruesa funda de trabajo, permanecía recostada contra la ranchera, ojo avizor, atenta al menor ruido que delatara la presencia de un testigo fatal.

Antón, presa de intensa emoción, permanecía inmóvil, conteniendo la respiración.

Una vez abierta la sepultura, Torres y María se encaminaron a la parte de atrás de la ranchera y regresaron al momento cargando con un voluminoso fardo envuelto en una especie de plástico grueso. Sin más ceremonias, arrojaron la macabra carga al interior del foso y ambos, pala en mano, procedieron a rellenarlo, no sin antes echar unas cuantas ojeadas en rededor.

Luego, Torres le indicó a María que debían buscar unas cuantas rocas para proteger la tumba de las alimañas. Antón cayó en la cuenta de que eran las primeras palabras que pronunciaban: todo el fatigoso ritual había sido oficiado en absoluto silencio.

Antón pensó que ya iba siendo hora de largarse. Sonámbulo, casi flotando, el maestro jubilado recorrió casi a la carrera el camino de regreso a casa, mientras en el volcán de su cabeza bullían las perturbadoras imágenes contempladas, así como las dudas sobre qué hacer a continuación.

Qué demonios, se dijo, ¿qué iba a hacer? Pues acudir a la policía y denunciar un asesinato. No le quedaba otra opción. Al final, sus horribles sospechas se habían confirmado de la manera más terrible e inequívoca posible. Con enorme pesar, se dio cuenta de que, aunque apenas conocía a aquella mujer rubia, alegre y menuda, ya le había cogido verdadero afecto. Pobre Bárbara, Antón crispó su rostro en un gesto de rabia, mientras apretaba los puños, esos canallas pagarían por su horrendo crimen.

Al llegar a la altura del chalé, se encontró a la señora Torres podando los rosales. Al verlo, dejó su labor y se acercó hacia él, saludándolo alegremente.

Antón notó como la sangre huía de sus venas, arrollado por una ola de irrealidad que pareció separar su cuerpo y su espíritu. Se vio retroceder en el tiempo al momento en que había conocido a Bárbara. Luego, creyó que estaba viendo un fantasma.

El saludable aspecto de la mujer y su firme apretón de manos le convencieron, sin margen para la duda, de que se encontraba ante una auténtica dama de carne y hueso, radiante y lozana, rebosando energía y vitalidad.

Una vez repuesto del susto y la tremenda sorpresa, Antón le preguntó por la salud de su madre. Bárbara le reveló que, aunque la anciana había estado bastante enferma, desde ayer había comenzado a mejorar de forma casi sorprendente, a decir de los propios médicos, por lo que ella había podido venir dejándola al cuidado de otra hija.

Entonces, la mujer le preguntó si no se había encontrado en su paseo con su marido y la criada. Como la ocasión la pintaban calva, Antón le relató con pelos y señales los singulares acontecimientos que había presenciado en el bosque.

Para su pasmo, Bárbara Torres no pareció sorprenderse en absoluto, como si cavar tumbas en el bosque y arrojar en ellas voluminosos cuerpos fuera lo más natural del mundo.

Como la cara de Antón debía ser un auténtico poema, la buena mujer se apresuró a brindarle las explicaciones oportunas.

El semblante de Bárbara, hasta entonces animado, se entristeció de repente, mientras señalaba la caseta vacía y la gruesa cadena, anclada a la argolla, tirada en el suelo, a la vera del hórreo y bajo la sombra del frondoso manzano.

El cadáver enterrado en el bosque era el del pobre Atila. Con las lágrimas empañando sus ojos, la mujer explicó que su marido se había visto obligado a sacrificarlo hacía unos días porque el perro había contraído la rabia tras ser mordido en el hocico por los murciélagos que habitaban el hórreo. La noche del pasado viernes había conseguido abrir la puerta provocando el ataque fatal.

Llevaba casi 7 años con ellos y era uno más de la familia. Bárbara confesó, sin pudor, que había estado llorando un buen rato cuando su marido le comunicó la noticia, y que David también parecía estar al borde del llanto, máxime cuando no dejaba de culparse por el amargo desenlace al no haber asegurado bien la puerta o exterminado antes a los murciélagos asesinos.

La señora Torres, adoptando un tono más confidencial, le contó que su marido había tenido que llevar el asunto en secreto, puesto que el estricto protocolo en caso de muerte por la rabia obliga a entregar el cuerpo del animal para que sea incinerado. De no hacerlo así, te expones a recibir una fuerte multa; Reconoció, eso sí, que igual podían haberse quedado con sus cenizas, pero no era nada seguro y suponía, en cualquier caso, unos cuantos trámites enojosos. David, tras consultárselo, había decidido enterrar al bueno de Atila dándole digna sepultura, ahí, en ese claro del bosque, un apacible rincón, dónde su alma canina podría reposar sin que nada ni nadie perturbara su eterno descanso.

                             

                                                   ***********************

 

Antón López, sintiéndose bastante culpable y muy avergonzado por  la terrorífica y fantástica trama forjada por su desbocada imaginación, se prometió que a partir de ahora probaría con otro tipo de lecturas, digamos… menos retorcidas y truculentas.

El firme propósito le duró exactamente 24 horas. Al día siguiente, a primeras horas de la tarde, aprovechando que la jornada fría y tormentosa no invitaba a salir, el maestro jubilado se sentó en su sillón favorito, añadió otro leño más al alegre fuego que crepitaba en la chimenea, apagó el móvil y se dispuso a releer por tercera vez “Cujo” de Stephend King;

Su protagonista, como es bien sabido, es un perrazo bonachón que, tras contraer la rabia por la mordedura de un murciélago, se convierte en una bestia asesina.
Antonio López, más conocido como Antón, el maestro, había aprendido una valiosa lección: cuando se trata de viajar con la imaginación siempre es mejor ir desde la realidad a la fantasía, nunca al revés.
Cujo era, en realidad, un San Bernardo, pero para el caso, bien podía servir.
Afuera, un formidable relámpago rasgó el velo oscuro del cielo.
 

A unos centenares de metros de allí, David Torres comenzó a contar segundos mentalmente.

Al llegar a seis, retumbó el trueno.

Bárbara saltó del sofá y se apresuró a cerrar la ventana.
El escritor de misterio contempló a su esposa durante unos breves momentos.

Finalmente, asintió, sonriendo con perversa determinación, y retomó la lectura de Maquiavelo.

 

 

                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Buena prosa y argumento seductor. Me gustó tu relato. Saludos...
    Buen texto. El final se hace un poco predecible; pero se lee con gusto buen parte del relato. Sabes atrapar la curiosidad del lector desde el comienzo, y llevarlo con interés. Algo difícil de lograr en un relato largo. Felicitaciones. Un abrazo.
    Hola Paco, llevo casi un mes ausente de la página y me ha supuesto una alegría tanto leer tus comentarios como el nuevo relato que nos acabas de regalar. Excelente en todas sus aristas. Has sabido dosificar perfectamente la tensión narrativa llevándonos al final que nos propones con gran acierto. Cuando tenemos una idea preconcebida sobre algo hacemos encajar todas las piezas del puzzle para reafirmar nuestras conjeturas, lo único que importa es que encajen y dar una respuesta al enigma que nos satisfaga. Has jugado muy bien con esta idea. Un abrazo y no te olvides de seguir publicando... :)
    Fantástico. Felicitaciones
    Qué fácil de leer, y que complejidad desde lo sencillo atrapar al lector. Supo usted dosificar y mantener el pulso de su historia hasta un final bárbaro. Excelente trabajo
    Me gustan tus relatos de suspense. Mantuvo mi interés hasta el final
    Tu relato es muy interesante y atrapador. Me gustó mucho, Saludos Paco Castelao.
    Enigmática y muy bien contada historia de suspense. Saludos
    Tiene algo de becqueriano, que me entusiasma y me gusta, no se bien si es por la forma formal o por la temática , pero es un agrado leerlo
  • Mi nombre es John McKane y ésta es mi historia. En pleno uso de mis facultades mentales, paso a relatarles los inquietantes acontecimientos que me tocó vivir la última Noche de Difuntos, hace hoy exactamente un año.

    Ahora que ya pasó todo o, al menos, eso quiero creer, me dispongo a poner por escrito los singulares acontecimientos que me tocó vivir el pasado 27 de noviembre, hace hoy exactamente dos semana...

    Siempre es importante tener unos vecinos de confianza, especialmente en un lugar solitario, cuando no hay nadie más en varios kilómetros a la redonda...

    Tommy y su madre contemplaban a través del ventanal las hojas arrancadas por la fuerza del vendaval aterrizando sobre la superficie de la piscina...

    Grabados a fuego, con hierro candente. Así permanecerán en la memoria de los ciudadanos de este país, los extraordinarios acontecimientos que tuvieron lugar en aquella memorable jornada del 14 de octubre de 2018...

    Dicen que las palabras se las lleva el viento, pero a veces esas mismas palabras pueden generar un auténtico vendaval....

    Era su primera jornada de caza...

    No existe en el planeta Tierra, ni aun en la inmensidad del Universo, fuerza alguna con la que se pueda comparar.

    Feliz Día de San Valentín.

    Y para terminar, una singular jornada de caza, muy menor...

  • 108
  • 4.67
  • 45

Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta