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6 min
Una vida sin remedio.
Reflexiones |
01.10.17
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Sinopsis

Huellas familiares sin final y sin comienzo.

Mi hogar suele ser sereno y sin problemas cuando mi madre está aquí. Cuando ella se va, el mundo de alcohol y drogas retoma cada una de mis arterias y bombea cada gota del mejor alcohol de la ciudad. Deducir que era un adicto era casi estúpido. Sin embargo, yo no era así en mis tiempos de juventud, donde la soda y el cine eran mis adicciones. Ahora, mi departamento está desordenado. En mi closet podrías encontrar los mejores vinos y coñac del país. Créeme que no te miento al decir que el alcohol es mi vida (literalmente). Por extrañas razones, el médico detectó que tenía una enfermedad extraña que me hacía dependiente al alcohol o derivados. Te sonará estúpido e incluso dirías que es algo normal siendo hombre (en caso de que seas mujer). Pero es verdad, el doctor me había sentenciado al alcohol. Las drogas, como te mencioné, son la cura al alcohol. "Brad, ¿eres idiota o tu madre te alimentó con caca de perro?", me decía un amigo que se fue a otra ciudad.

Mi esposa se divorció de mí hace tres años. Jamás pensé que me dolería tanto. Adicto e inmaduro, sería tu diagnóstico final. Aunque no lo creas (repito, si eres mujer), un hombre puede volverse adicto a todo. Drogas, sexo, dinero, poder, automóviles de lujo e incluso, a la comida. Pero si la adicción es una mujer (me refiero a sólo una), el hombre es capaz de morir o de bailar desnudo en el parque por la atención de aquella mujer. Esto último tal vez la asuste. Pero también puede servirte si esa mujer es de mente abierta y que no esté acostumbrada a las leyes maternas. Mi madre asegura que solo yo podré salir de mis adicciones. Así como mi padre pudo escoger a mi madre de entre diez mujeres. Ella también se ha vuelto insoportable. Cada que ve una botella de alcohol se pone histérica y me amenaza con suicidarse. Estúpida. Si ella se suicida o no me da igual. Pero no niego que lloraría como un niño pequeño si ella llegará a morir. Un día, encontré a mi madre colgada del cuello en su recámara. ¿Te acuerdas que haría si esto llegará a suceder? Pues, de manera extraña, solo me quedé expectante de cómo se balanceada el cadáver de aquella mujer. Y peor aún, en mi cumpleaños. Había dejado una carta antes de suicidarse: "Hijo, hice todo lo que estaba en mis manos. Perdóname y sé un hombre de bien." Estuve en silencio durante varios segundos antes de escuchar a alguien tocar la puerta. Era mi padre. Quería saber qué tal estaba mi madre. -Ella se acaba de suicidar"- le respondí con calma. - ¿Y todavía me lo dices con tanta tranquilidad? - me cuestionó después- Eres un imbécil.

El anciano se dirigió a su automóvil, donde estaba una mujer de unos 30 años (mi padre tenía 60) esperándolo; me miró con dureza y asco. Yo solo le guiñe el ojo. El automóvil salió de la calle y dio vuelta para no volver jamás. Me daba igual. Han pasado meses y la enfermedad me ha consumido. Ahora vago por las calles. Es evidente que me quedé sin hogar y dinero. El piso gélido y hostil era mi única compañía. El alcohol se burlaba de mí. Lo sabía. Me llegó la noticia de que mi padre y su mujer habían perecido en un accidente automovilístico hace una semana. Mi suerte estaba cambiando. Cómo era de esperarse, mi padre me heredó su fortuna. Volvía a vivir. Llevé una vida alcoholizada y violenta el resto de mis días. Pasaron años tras años. La edad me cobraba los intereses más altos y yo ya no tenía con qué pagarle. Al llegar a mis 60 años, mis ojos se oscurecían y mi columna se encorvaba aún más. El asilo donde me encuentro suele darnos los tres alimentos habituales. Pero no pasaba de unos huevos con tocino y un jugo de naranja. Nada de alcohol. Mis noches en vela solía pasarlos mirando a la Luna y a sus confidentes, las estrellas. Sólo cuando tu vida peligra es cuando la llegas verdaderamente a apreciar. Mi exesposa me visitaba desde que supo que estaba en un asilo.

 

A pesar del tiempo, ella seguía tan bella cómo la conocí. Táchame de bipolar o de inmaduro, pero tú harías lo mismo, por muy fuerte que te digas ser. Ella me presentó a mi hijo. No me lo contó antes por mi situación con el alcohol. Lo llamó Brad. Créeme que en ese sillón de mi cuarto en el asilo derramé más lágrimas que cuando me lastimaba al caer de la bicicleta. Brad, mi hijo, tenía ya 30 años. Me visitó junto a su esposa y mis nietos. -Papá...-dijo Brad hijo mientras las lágrimas le cubrían las mejillas. -Hijo, sé que no fui el mejor padre del mundo. No te pido perdón porque sé que no lo merezco- le respondí mientras sostenía sus hombros con mis temblorosa manos- Tu familia y tú deben seguir adelante. Mi tiempo terminó. - ¿Y cómo lo sabes? - preguntó la esposa de Brad padre. -Me acaba de llegar el diagnóstico médico en el que indica que solo me quedan dos días de vida. Brad hijo y la esposa de Brad comenzaron a llorar de nuevo. Su nuera y nietos salieron del cuarto, pensando que era mejor dejarlos a solas.

 El anciano Brad, al día siguiente, le informan sobre el homicidio-suicidio cometido por su hijo ayer por la noche. Sus nietos, nuera y su propio hijo habían muerto. Brad ya estaba destinado a morir sin dejar huella en el mundo. Antes del día final, llamó a su mujer. - ¿Hola? - se escuchó la voz suave y dulce de Bertha. -Hola, Bertha- respondió Brad, con tos y casi sin aliento. - ¿Qué te ocurre, Brad? - respondió preocupada. -Nada, Bertha. Hoy es el último día y no quería morir sin antes escuchar tu voz una última vez. Lo último que se escuchó fue el llanto de Bertha y el último suspiro de Brad en el mundo.

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