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7 min
Una vida sobre los vientos
Varios |
30.11.13
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Sinopsis

Del cambio de los tiempos.

Cuando vi a aquel monstruo asesino, un gigante con corazón de hierro forjado, cernirse sobre mí, me vino a la mente una historia. Todo el mundo tiene una historia y yo vi pasar la mía ante mis ojos, como suele decirse.

Al principio le vi venir de lejos. El estruendo y el rastro de polvo y destrucción que dejaba a su paso lo delataban. Me hice a la idea de que mi fin se acercaba y acudieron a mi mente dos personas: mis padres, mis mentores.

Mi nacimiento fue todo un acontecimiento. Todo el pueblo vino a verme, atentos a mis primeros movimientos, a mis primeros quejidos. El orgullo y la ilusión se reflejaban en sus caras, que yo observaba extrañado e interrogante. Mis ojos se abrían a un mundo nuevo, lleno de posibilidades y esperanzas. Lo que yo no sospechaba era que ese mundo tenía puestas más esperanzas en mí de las que yo tenía puestas en él.

Con el tiempo, verme por la calle se fue convirtiendo en algo cotidiano y la expectación en sus rostros se volvió cordialidad y tranquilidad. Era un pueblo y todo el mundo trabajaba para el bien de todos. Así que, bajo la tutela de mis padres, pronto aprendí a ser útil al resto del pueblo. Aprendí un oficio que llevo ejerciendo desde entonces: molinero. Yo me encargaba de transformar las semillas de trigo de oro en harina, que luego se transformaba en otras muchas cosas, en un proceso que me estaba vetado, eso era la responsabilidad de otro. Cierto era que todos colaborábamos, pero también lo es que cada uno se limitaba a su trabajo, sin cuestionar el de los demás y sin meter las narices en ellos. Si nacías en el seno de una familia pastelera hacías pasteles, si lo hacías en el de granjeros cuidabas de la granja y yo nací de padres molineros.

Ya casi podía vislumbrar el oscuro destino que me esperaba en las pupilas de aquel gigante que me amenazaba con su honda, cual opuesto de aquella fábula de David y Goliat, en la que el pequeño había crecido hasta aquellas desmesuradas proporciones, siempre honda en mano, y el grande había menguado y esperaba paciente su destino, pues ya sabía el final de la historia.

Los hijos suelen sobrevivir a sus padres y en mi caso no fue una excepción. Recuerdo aquel triste día. Llovía, como en casi todos los días fúnebres, como si el cielo se apiadara de ti y se uniera llorando esas lágrimas frías que al caer a la Tierra entonan una melodía celestial. Los recuerdo en sus cajas de pino, adecuadas para un par de aldeanos trabajadores y honrados, pero pobres. Aún puedo sentir la tierra removida a mis pies, aún puedo oír el sonido de la tierra al caer sobre las cajas… Los días que pasaron tras ese terrible momento fueron días plácidos, demasiado tranquilos. En otras palabras, días sin viento. No pude trabajar pues por mis ventanas no entraba ni un soplo de mediodía, ni de cierzo, ni de toledano. Nada entraba por las ventanillas de solano alto, ni por solano fijo u hondo. Por moriscote nada e igual ocurría con matacabras. Se habían callado el ábrego hondo y el alto. Parecía que la vida se había detenido. Pronto el pueblo se quedó sin harina y sin harina, no había pan y sin pan, había hambre. Los aldeanos lloriqueaban a mi puerta, pero nada podía hacer yo. El viento había muerto con mis padres.

No obstante aquella situación no duró demasiado y pronto todo volvió a la normalidad. Hasta que cayó el primero…

El terrible gigante ya zarandeaba sus brazos temibles y sus puños amenazantes me prometían más dolor del que hubiera sentido nunca. Pero eso ya poco importaba pues yo estaba sumergido en la historia de mi vida y vagaba por aquellos años de mi vejez.

Había oído de boca de la mujer del panadero que al otro lado de la colina otros molineros, de los cuales yo ya había oído hablar estaban renunciando a su vida, su oficio y, con su molino hecho ruinas, migraban hacia otros lares donde la vida prometía más alegrías y menos suplicios. Yo ya había oído hablar de aquel utópico paraíso. Lo llamaban ciudades y decían de ellas que la gente se agolpaba en casas pequeñas y en calles estrechas, que de pájaros no se oían allí ni un solo trino, que no era azul su cielo pero que abundaba lo que todo el mundo ansiaba, dinero.

Por el desuso y el abandono caían muertos los demás molinos y en sus ruinas podían apreciarse todavía la tristeza de sus llantos mientras esperaban a unos amos que no volvían. Pero nada podía hacer yo, ya viejo y cansado. Seguí con mi trabajo hasta el último momento y mientras el agricultor me trajera trigo.

Pasé mi vejez escuchando que crecían las ciudades, que se acercaban a los pueblos comiéndole el terreno al campo y viendo como los aldeanos se iban, uno a uno, a sus fauces. Hasta que ya un día, no volvió el agricultor con su saco de semillas de oro.

Incluso entonces esperé, demasiado arraigado a mis cimientos como para darle la espalda tras tanto tiempo. Seguí aquí incluso cuando las ratas del tiempo empezaron a corretear mi interior, incluso cuando la vejez hacía chirriar cada uno de mis huesos y articulaciones. Seguí aquí sobreviviendo a través de los tiempos.

Abrí los ojos, y a través de una vista empañada por lágrimas de miedo, vi como el gigante lanzaba sobre mí su puño de hierro. El primer golpe cayó en mis brazos, y crujieron las aspas, se quebraron y cayeron al suelo. Ya no las volvería a alimentar el viento. Entreabrí un ojo y vi la locura en sus ojos inanimados y cayó el segundo golpe. En mi cabeza retumbaron el mazazo, los recuerdos y los años. Noté como el cráneo se me partía y caían al suelo los ladrillos que pusieron ahí mis antepasados, justo encima de los lirios que habían crecido sobre la tumba de mis padres a mis pies, a los pies de su hijo no engendrado. Volví a atreverme a mirar la muerte a la cara y vi la honda del gigante David lanzarse sobre mí, un pequeño Goliat. Entonces, la piedra dio en mi alma y quebró mi cuerpo mutilado.

Mientras caían mis huesos de piedra al suelo me pregunté cuán loco estuvo Don Quijote al confundir los molinos con gigantes malvados, sin saber que la verdadera maldad se escondía tras aquellos humanos enanos.   

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