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2 min
Una visita agridulce
Amor |
03.10.15
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Sinopsis

Por asuntos comerciales tuve que eliminar de esta página mis mejores relatos, pero por fortuna aún están disponibles en mi blog textosentretinieblas.blogspot.com . Disculpen las molestias.

   Permanecía tumbado en la cama, a la espera de la visita del médico. No es que estuviera tan mal para permanecer postrado, pero pretendía dar ese efecto para justificar de forma visual mi incapacidad de poder acudir a su consulta. 
   Cuando sonó el timbre de la puerta escuché a mi madre acudir a atender la llamada, al igual que otras tantas veces había acudido cuando yo caía enfermo. Al sentir abrirse la puerta, esperé oír la voz del doctor al saludarle, pero no fue así. Era la voz de una mujer la que escuché; pero, para mi sorpresa, mi madre le hizo pasar igualmente al interior de la vivienda antes de cerrar la puerta. 
   Aquella mujer entró en mi habitación, pues se trataba de nada más y nada menos que la médico que en aquel momento estaba de guardia. 
   Calculé que debía de tener aproximadamente mi edad, mientras me formulaba las típicas preguntas de rigor y comprobaba mi estado de salud. No tardó en tutearme y comprendí que habíamos conectado rápidamente. 
   Intenté demostrarle que no siempre había estado tan enfermo y sin darme cuenta me levanté de la cama y comencé a deambular por la habitación mostrándole los humildes trofeos que adornaban la habitación. 
   No pasé por alto que la doctora no parecía tener prisa, pues parecía encontrarse a gusto con mi humilde compañía; pero pronto comprendí que pertenecíamos a mundos distintos. Ella era una mujer triunfadora, mientras yo sólo podía ofrecerle mi bien más preciado, mi tiempo. 
   Cuando se marchó comprendí que quizá habría podido amarla aquella misma noche, e incluso muchas noches más, pero jamás se habría permitido confundir el Renoxol con el Rinoxal por hallarme en sus pensamientos. 
   Con el tiempo el placer habría dado paso a un profundo dolor, por lo que no me arrepiento haberle dejado marchar. Sólo lamento no haberle preguntado su nombre.

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Escribo porque me gusta hacerlo y porque cuando comencé a ejecer la escritura me redescubrí a mi mismo. Así que le estoy en deuda a la escritura, por lo que le pago en negro sobre blanco muy gustosamente.

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