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6 min
Unas palbras para cambiar
Reflexiones |
13.12.13
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Sinopsis

El poder de las palabras pueden transformar nuestras vidas

Eran las cuatro de la tarde, decenas de taxis recorrían la avenida en busca de potenciales clientes, Santiago era uno de ellos, se apoyaba sobre el timón de su auto para no tocar con su espalda mojada en sudor el respaldo de su butaca. Escuchaba sin prestar atención la música estridente de su radio.  Una mujer en la esquina levanta la mano, y Santiago se lanza hacia ella haciendo maniobras dignas de una competencia en Indianápolis,  pero al parar frente a ella, esta le pregunta, ¿el auto tiene aire?,…No,  contestó. Y sin poder remediar  esta situación, observa como se sube a otro auto.   No ganaba lo suficiente para comprar un auto con aire acondicionado  y esto lo frustraba a tal grado que decide estacionarse a la sombra de un frondoso árbol en un parque cercano, a esperar a que el calor se haga más tolerable y aumente el número de transeúntes en las calles.

            Al moverse para abrir la puerta del auto da vueltas al sintonizador de la radio y comienza a escucharse la voz  del predicador que su esposa oye todos los días, y que a el también  emociona con sus disertaciones, en esos raros momentos en que a esa hora está en casa.  Abre la puerta del auto y se deja caer sobre el húmedo respaldo de la butaca para prestar atención al mensaje de hoy.  Al público en general no le gusta este tipo de emisoras de radio cuando viaja en un taxi, por lo cual siempre tiene sintonizada  música popular, para que sus clientes estén a gusto y se olviden de la falta del aire  acondicionado. Ahora que está solo decide darse ese pequeño placer y aumentando el volumen de la radio se dispone a escuchar al predicador.

            “Hoy les voy a contar la historia de un gran pensador, un hombre sabio que sabia en todo momento lo que necesitaba para ser feliz y vivir en paz.  Cuenta la historia que trescientos años antes de Cristo el gran conquistador Alejandro Magno,  poseía casi todos los territorios importantes de su época.  Sus conquistas lo habían llevado miles de kilómetros de su tierra natal, era en su momento el dueño del mundo conocido, nadie sobre la tierra poseía más territorios y riquezas que Alejandro.

            Una tarde cuando regresaba de una de sus campañas de conquista, cabalgaba a lado de sus generales más importantes camino a Macedonia, la tierra que lo vio nacer. En las afueras de Macedonia vivía dentro de un barril un hombre sabio al cual Alejandro conocía y admiraba. El tenia que pasar muy cerca del lugar donde Diógenes el gran filosofo sabio solía estar, por lo que en un momento se encontraría frente a él. Y así fue, Alejandro el gran conquistador, detenía su cabalgadura frente a Diógenes. Con la intención de ganar  la simpatía de Diógenes, quien sin poseer ningún tipo de riquezas materiales era admirado en toda Macedonia por su forma de pensar. Alejandro le formula esta pregunta, ¿Diógenes que nesecitas de mí?

            ¿Que le hubieses pedido tu a Alejandro?,  Una parte de sus riquezas, poder para gobernar alguno de los  territorios por él conquistados, unirte a sus tropas y participar en ese vertiginoso avance a lugares jamás visto por sus conciudadanos.  Pero Diógenes sabía en todo momento lo que necesitaba  para vivir en paz, y él así se lo hizo saber, por lo que le respondió, No me tapes el sol.

            Alejandro era también un hombre inteligente, por lo que comprendió esta sabia respuesta, y le dijo antes de proseguir su camino. Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes.

            ¿Sabes tu lo que de veras te hace falta para vivir en paz mi querido amigo?  Probablemente nunca as meditado sobre esto, es posible que ya lo tengas todo y no lo ves, a causa de la ambición de querer tener aquellas cosas que te van a satisfacer solo por un momento.  Aprende a reconocer y disfrutar de las riquezas que posees;  tienes salud y una forma honrada de ganarte la vida, tienes una familia que te ama y para la cual eres la persona mas importante, tienes un hogar en el que estas protegido, y sobre todo tienes un Dios que te dará todo aquello que necesitas, con solo pedirlo.  Actúa sabiamente como Diógenes, y como él aprende a reconocer todas esas cosas que llenan tu vida, solo así encontraras la paz, el deseo de vivir, la verdadera felicidad.”

            Santiago termino de abrir la puerta de su auto, se puso en pie y jugando con las llaves de su auto entre sus manos, se dispuso a dar una caminata por el parque.  No me tapes el sol, estas palabras resonaban en su mente, por lo que se preguntó a si mismo. ¿Que es lo que a mí me esta tapando el sol? …¿Que es lo que no me deja ver las cosas que poseo? Yo pensaba que mi pobreza era tanta, que no merecía más que trabajar todo el día, aunque con ello descuidaba las cosas que mas amo, mí familia.  Pero Diógenes no poseía nada, vivía dentro de un baril y era feliz.  ¿Debo yo aprender a vivir con lo que tengo?  ¿Entonces aquello que me “tapa el sol” es el deseo de tener un auto nuevo, o de vivir en un mejor barrio, o talvez ese viaje de vacaciones con el que siempre he soñado?

Debo trabajar muy duro para tener todas esas cosas, pero podría perder a mi familia en el  camino.  Tengo que  reconocer aquellas cosas a las que de veras amo, y como Diógenes aprender a tomar decisiones.

            Se sentó nuevamente frente al volante de su auto, abrió la portezuela del cenicero, contó el dinero que allí guardaba,  y cerciorándose  de haber ganado ese día lo suficiente para cubrir sus gastos y quedarse con una pequeña ganancia, se puso en marcha hacia su casa.  Ester, su hija de cuatro años, al verlo llegar tan temprano saltaba de alegría, desde hacia mucho tiempo no disfrutaba de una tarde con su padre, su esposa sorprendida le pregunta si se siente bien, el le responde, solo tenia ganas de estar con ustedes dos, de verlas ahora que nada me esta tapando el sol.

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Soy médico de profesión, vivo en la ciudad de Panamá, me gusta la lectura en general, con interés especial en relatos históricos.

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