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9 min
Unidad 124
Históricos |
12.02.18
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Sinopsis

En esos períodos en que las relaciones entre las dos Coreas se tensan más aún de lo habitual no estaría de más recordar que todo es peccata minuta en comparación con otras etapas del pasado en que las cosas entre ambos países fueron mucho más allá de las clásicas amenazas y alardes militares.

Buen ejemplo de ello fue aquel inaudito episodio acaecido a principios de 1968, en el que un comando norcoreano consiguió infiltrarse en territorio vecino, llegar hasta la casa presidencial y asaltarla con el objetivo de asesinar a su presidente.

Para entender el porqué de los hechos hay que situarse en el doble contexto que había en esos momentos en el sudeste asiático. Por un lado, la Guerra del Vietnam empezaba a inclinarse hacia el norte: aunque hasta entonces el ejército estadounidense había llevado la iniciativa, nunca consiguieron interrumpir la Ruta Ho Chi Minh por la que se abastecía el enemigo, de manera que éste empezó a concentrar tropas para iniciar el asedio de la base de Khe Sanh.

Éste constituiría el estallido de salida para la Ofensiva del Tet, que cambiaría radicalmente el curso de la guerra. Todo ello fue en enero de 1968.

Por otro lado se produjo un enfrentamiento paralelo en la llamada Zona Desmilitarizada de Corea, la franja territorial de seguridad que servía de precaria frontera entre Corea del Norte y del Sur, en el famoso paralelo 38º.

Eran 238 kilómetros de longitud (que atravesaban la península de este a oeste dividiéndola) y 4 de anchura, prácticamente despoblados de civiles e intensamente controlados por patrullas y puestos de vigilancia de ambos bandos y del aliado del Sur, los EEUU.

La Zona Desmilitarizada se convirtió en un tablero de agresivo ajedrez en el que las infiltraciones norcoreanas, siguiendo el ejemplo del Vietcong según indicaciones del presidente Kim Il-Sung, se conjugaban con la expeditiva acción contrainsurgente del Sur.

El fracaso del Norte en ese intento de replicar el desarrollo de la lucha de sus colegas norvietnamitas llevó a Sung a asumir que la oposición interior carecía de entidad suficiente, por lo que se haría necesario forzar las cosas de forma más directa.

Las últimas elecciones en el país vecino, celebradas en 1963, habían confirmado en el poder a Park Chung-Hee, el general que había dado un golpe de estado dos años antes instaurando la Tercera República; en la práctica era una dictadura militar pero a los ciudadanos no pareció importarles especialmente, vistos los resultados electorales, aun cuando la victoria fue por un margen muy estrecho.

Ello se debió a que su plan económico quinquenal tuvo resultados espectaculares, sentando las bases de lo que pronto se convertiría en una potencia económica. Con su triunfo en los comicios, Hee prometió una transición hacia un gobierno civil, la guinda que le faltaba para cubrirse de popularidad.

Además, su política interior también le fue bien y no sólo rechazó los brotes insurgentes sino que, por contra, se permitió enviar misiones de represalia a terreno enemigo. Tres de esos comandos pasaron la frontera a finales de 1967 y se enfrentaron a efectivos del Ejército Popular, matando a 33 de sus soldados.

Acababa de encenderse la chispa que iba a prender definitivamente la caja de los truenos y en Corea del Norte empezó a organizarse un comando especial para asesinar a Hee. Recibió el nombre de Unidad 124.

Formaba parte de la FOECN (Fuerza de Operaciones Especiales de Corea del Norte), cuerpo creado en octubre de 1968 a partir de tropas similares de la década de los cincuenta, con la misión específica de abrir un segundo frente tras las líneas enemigas. LA FOECN tenía varias ramas: en aviación, en infantería ligera, en la marina y en unas brigadas de reconocimiento entrenadas para acciones rápidas y arriesgadas que incluían asesinatos de objetivos importantes.

La Unidad 124 se encuadraba en estas brigadas, controlada por el Departamento de Enlace del Partido del Trabajo de Corea. Se le asignaron 31 hombres que recibieron un exhaustivo entrenamiento que incluía la infiltración en múltiples circunstancias y por diversos medios (terrestres, anfibios, aerotransportados), técnicas de camuflaje, manejo de armamento variado, combate cuerpo a cuerpo con arma blanca, etc. Dos años se pasaron practicando, con tanta dureza que incluso registraron algunas bajas.

Pero, por fin, el 16 de enero recibieron la orden de movilizarse y la noche siguiente pasaron la frontera cortando la valla por cuatro puntos. Nunca se ha confirmado pero es probable que los norcoreanos estuvieran enterados del inminente inicio de la Ofensiva del Tet, que haría que los norteamericanos tuvieran sus propias preocupaciones y por eso eligieron su zona para cruzar.

El caso es que en pocas horas avanzaron instalando campamentos sucesivos, adentrándose más y más kilómetros en territorio del adversario, cruzando ríos y montes y cargando cada uno con treinta kilos de equipo.

Tras reagruparse, entraron sigilosamente en Seúl la noche del 20 de enero, tres días después de poner en marcha la operación. Durante todo ese tiempo pasaron inadvertidos hasta el punto de que sólo se cruzaron con cuatro hermanos que recogían leña y a los que decidieron perdonar la vida, intentando convencerles de las bondades del comunismo antes de dejarlos ir.

Los leñadores dieron aviso a la policía y se movilizaron importantes contingentes de tropas (primero tres batallones, luego una división entera) para localizarlos, aunque todo fue en vano.

Y es que al contemplar aquel despliegue cambiaron sus uniformes por los del enemigo, haciéndose pasar por una de las patrullas que solían infiltrase al otro lado y que ahora regresaba de su misión. Gracias a ese ardid lograron entrar en la capital y moverse sin que nadie les preguntase.

No hubo ninguna sospecha hasta la noche siguiente, cuando un oficial de policía encargado del puesto de control de la Casa Azul (la residencia presidencial) desconfió de ellos tras pedirles la documentación y tuvieron que abatirle, desencadenándose un tiroteo que no tardó en convertirse en una auténtica batalla campal.

Eran las 22:00 y en medio de la oscuridad se sucedieron los disparos, las explosiones, las granadas de mano, los gritos de alerta, los focos apuntando en todas direcciones… Durante varias horas el comando se enfrentó con los defensores mientras sus hombres se dispersaban hacia las montañas, en busca de los campamentos dejados las jornadas anteriores.

El enfrentamiento dejó 92 bajas surcoreanas (26 muertos y 66 heridos), una cuarta parte de ellas daños colaterales: meros civiles que tuvieron la mala suerte de que el autobús en que iban pasaba en esos momentos por allí.

A lo largo de la semana siguiente los comandos fueron cazados poco a poco en el monte y eliminados, no sin que antes matasen a 4 soldados estadounidenses de un grupo que les impidió cruzar la Zona Desmilitarizada de nuevo. Al final sólo uno consiguió volver a su país; los demás cayeron en combate excepto otro que se suicidó cuando iba a ser apresado y un tercero que sí resultó detenido por la policía.

El 23 de enero se iba a celebrar una reunión de la ONU para tratar el tema pero fue entonces cuando se produjo el incidente del USS Pueblo, un buque espía de EEUU que cayó en manos norcoreanas, desviándose la atención mundial hacia ese nuevo capítulo.

Ocho días más tarde empezaba la citada Ofensiva del Tet que, como decía antes, impedía a los norteamericanos apoyar a su aliado de Corea del Sur en una posible acción de represalia por necesitar a todos sus efectivos en contener al Vietcong, que además, a su vez, también intentó asesinar al presidente de Vietnam del Sur.

En cualquier caso, el gobierno de Seúl preparó su propia operación de respuesta para matar a Kim Il-Sung. Para esa misión se creó la Unidad 684 por parte de los servicios de inteligencia y por orden directa de Park Chung-Hee. Formaba parte del 2325º Grupo de la Fuerza Aérea y estaba integrada por 31 civiles reclutados entre delincuentes y desempleados a los que se prometió una buena recompensa, perdón para sus delitos y empleos al terminar todo, siempre y cuando tuvieran éxito.

Este insólito grupo se sometió a un durísimo entrenamiento de varios meses en la isla de Silmido -tan duro que 7 de ellos fallecieron-, pero no llegó a entrar en acción porque la política dio uno de esos giros inesperados que toma ocasionalmente y las dos Coreas optaron por relajar la tensión iniciando un acercamiento diplomático.

Luego, en el verano de 1971, los miembros de la Unidad 684 se amotinaron sin que se sepan las causas exactas -presumiblemente, hartos de sus condiciones de vida-, asesinaron a sus guardias y escaparon en un autobús hasta que el ejército los interceptó; unos murieron luchando, otros se suicidaron y los que quedaron fueron ejecutados meses después, aproximadamente en la misma época en que Kim Il-Sung, reunido con representantes de Seúl, declaraba que el asalto a la Casa Azul había sido hecho por extremistas al margen del gobierno.

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