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8 min
Unos pocos segundos malos
Amor |
11.01.17
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Sinopsis

-¡Enfermera! ¡Enfermera!

Antonio se había levantado de la cama, tirando de los cables que tenía metidos en las venas de su brazo. Le dolía mucho el pecho, y temía que les  estuviera dando un infarto. Al salir de la cama trastabilló, y si no llega a sujetarse al marco de la ventana hubiera ido directo al suelo.

Una mujer de unos treinta años, vestida de blanco, apareció acudiendo a su llamada. Estaba mascando chicle y miraba el móvil, dónde no paraba de sonar ese insidioso sonido que certificaba que había llegado un WhatsApp.

-¿Qué le pasa?-le preguntó, sin siquiera dignarse a mirarlo a la cara.

-Me duele mucho el pecho. Me encuentro fatal.

-Nada hombre, se está usted sugestionando. Tiéndase en la cama, ya verá como se le pasa.

-Me gustaría que me viera un doctor, o alguien.

-No sé si va a ser posible. Ya le diré a alguno cuando acaben sus operaciones y sus cosas.

-Gracias-dijo Antonio, entre dientes.

Se tiró a la cama y se puso a divagar…

Siempre creyó que tendría buena suerte en la vida. Era alto, fuerte y tenía éxito social. Sus amigos siempre le decían que iba a llegar lejos. Sabía tratar con la gente y eso le podía hacer ganar amistades influyentes. Pero, Antonio se enteró bastante pronto que la fina línea entre la felicidad y la desgracia, a veces puede caer de un lado durante unos segundos y permanecer así toda la vida o ir cambiando según los vaivenes emocionales propios de un alma romántica.

Antonio sabía que todo el mundo tenía un momento en la vida en el que las personas deben echarle valor y definir para siempre como iba a ser su futuro. La mayoría de la gente se atreve, pasando así un momento de riesgo o de nerviosismo extremo, incluso soportando burlas. Pero al final su valor se ve recompensado y pueden ser felices lo que les queda de vida.

Nuestro protagonista creía firmemente en estas ideas y pensaba que eran más que aplicables al complejo tema del amor. Precisamente por eso, en su juventud, anduvo enamorado de una chica por la que cada vez sentía más cosas. Se preparó más de una vez mentalmente para explicarle sus sentimientos pero nunca vio una oportunidad clara.

La chica poseía unos ojos verdes azulados que encandilaban a Antonio, junto con su sonrisa, llena de vida y de alegría que le cubría el rostro siempre que la esbozaba.

Antonio se quedaba mirándola como tonto, tanto que se sorprendía de que ella no le pillara. Cuando ella hablaba, él paladeaba cada palabra que salía de su boca, observando el movimiento de sus labios, atento a cada sonido que pudiera crear. A veces, le parecía que ella era receptiva a él y otras veces parecía que lo único que quería era que le dejara en paz. Antonio se estaba volviendo loco.

Viéndole en su indecisión, sus amigos le animaban a que se abriera con ella de una vez y le expresara todo lo que sentía. Pero Antonio tenía miedo: de que no quisiera nada con él y se mofara al oír tanta sensiblería; de que, aun diciéndole que no de manera amable, su amistad no fuera la misma después de su declaración, o que, incluso, poco a poco, se distanciaran para siempre; por tener miedo, tenía miedo hasta de que le dijera que sí y después le dejara, produciéndole mayor dolor. Antonio era un mar de dudas.

Así, nuestro protagonista dejó pasar las semanas, los meses e, incluso, los años, sin que tuviera valor a echar la moneda al aire. Pero si no la echas, no puedes ganar.

Un cálido día de mayo, cuando las flores estaban en su mejor momento, Antonio al fin se había decidido: Iba a ser esa tarde, nada ni nadie podrían evitar que lo hiciera. Se paseó por el bosque buscando las más bellas de todas las plantas del lugar. Antonio pensó que se pasaba de romántico, pero pensó que la historia de había dilatado demasiado en el tiempo, y que el final debía ser lo más grande posible. Mientras, pensaba que le iba a decir y se imaginaba constantemente su reacción.   

Se vistió con la mejor ropa de la que disponía y salió a la calle a buscarla, oliendo, más animado que nervioso, las flores que portaba. Se había hecho una herida en el dedo cogiendo una rosa. Qué sabía él que sería la herida más pequeña que se haría ese día…

Recorría tranquilamente las calles que mediaban entre su casa y la de ella, cuando vio a la madre de la chica. Pensó, animado, que de ese modo, al llamar al timbre, le cogería ella y le podría decir en persona que bajara.

Su madre era muy maja, pero prefería que no le viera con esas pintas y se metió por una callejuela para esquivarla. Pero, desde allí, escondido, pudo escuchar la conversación que estaba teniendo con un hombre.

 Ella decía que estaba muy contenta de que su hija hubiera encontrado un novio, que además tenía unos modales exquisitos y que se le veía buen hombre. El hombre le preguntó si los chicos con los que había estado antes no eran así. Ella repuso que un amigo suyo le había parecido siempre el mejor partido para su hija, pero que él nunca había intentado nada. Él le preguntó quién era ese chico y ella pronunció el nombre de Antonio.

-Pues sí, cuantas noches he tenido que aguantar sus lloros porque no aguantaba más el tener que esperarlo. Por suerte, ahora está la mar de contenta con su novio y ya se ha olvidado de Antonio.

Antonio notó como algo en su interior se desgarraba. Se deslizó con cuidado, para que la madre de la chica no le viera, y corrió a su casa. Allí, lloró amargamente por su cobardía y quedó con inseguridad y miedo desde entonces, tan solo por no haber pasado unos pocos segundos malos, mientras confesaba lo que sentía. Por unos pocos instantes, adiós a una vida de felicidad. A veces es tan fina esa línea…

Nunca se recuperó de ese  mazazo. Nunca tuvo valor para decir sus sentimientos a una mujer a lo largo de su vida. Es como si todos los esfuerzos en este tema se le hubieran ido con ese primer amor verdadero.

 

Tantos años después, reflexionaba sobre esto, postrado en la peor cama del hospital, con la peor enfermera del mundo, y lo peor de todo: solo.

No tenía un hijo o una mujer que le agarrara la mano en ese frío sitio. Ni alguien que se quejara por ese trato denigrante que estaba recibiendo por parte de la enfermera. Notaba una fuerte opresión en el pecho.

No dudaba que todos sus males siguientes se originaron en su cobardía de juventud. Siempre se había arrepentido de no ser más rápido, pero en ese anodino y solitario hospital, mucho más.

-¡Enfermera!

El corazón se le estaba parando, lo notaba. Necesitaba ayuda urgente y no dudó en gritar. Notaba como se le iba yendo su nefasta vida, pasito a pasito.

La mujer, alarmada, entró esta vez muy nerviosa. Tenía el móvil agarrado en la mano derecha, pero sus ojos estaban fijos en el moribundo.

-¿Qué le ocurre?

-Nada, sólo cójame de la mano.

Así lo hizo, y Antonio se fijó en ella por primera vez. Era una joven muy atractiva, de hecho tenía un aire a su primer amor. Puede que fuera su hija. Aunque, muriéndose como estaba, importaba más bien poco, pensó Antonio.

-Eres muy guapa, ¿sabes? Espero que no te guste ningún cobarde que no se atreva a decir lo que siente.

Dedicó su último aliento a darse cuenta de que era la primera vez que le decía a una chica lo guapa que era. Eso había cumplido por lo menos, pensó mientras dejaba este mundo alumbrado por la lámpara fosforescente del techo. 

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