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2 min
Utopía
Amor |
21.05.17
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Sinopsis

Helena era el santo grial, perfecta como un sueño, sublime como un ángel, la deidad de una figura mística, divina...

Pero Eros lanzó sus flechas, y el hada fue a enamorarse de un humano, y la luna se enamoró del sol, y aquel fue su pecado.

El viento despojaba a las rosas de su perfume para embriagarla, mientras Helena, pretenciosa, presumía petulante de sus alas de mariposa.

Su sedosa cabellera de miel envolvía su esbelta silueta de alabastro, sus senos de magnolia, su piel de satén... En su inmaculada fisonomía de jazmín, prevalecía el rubor de sus mejillas de amapola, sus pestañas hiladas en oro, sus virtuosos ojos de jade y esmeralda engarzados en plata y diamantes, sus virginales labios de fresa y adelfa, el almíbar de su boca de ambrosía, su sonrisa de perlas, su aliento de azahar, su voz de ruiseñor, sus lágrimas de rocío...

Las estrellas languidecían ante su desdén, y si sus imperiosos ojos se posaban en ellas por accidente, Helena, arrogante, retiraba la mirada en el acto.

Complacida por ser la más bonita, Helena, coqueta, era encandilada por la incandescencia de su primorosa belleza, encrucijada en el trivial baladí de su engreída presunción.

Altiva, creía que ella era el eje sobre el que giraba el mundo. Vanidosa, estaba acostumbrada a ser el imán de todas las miradas. Frívola, creía que ella justificaba la creación del universo. Egocéntrica, no soportaba una conversación si ella no era la protagonista. Egoísta, no aceptaba que un hombre amara a otra mujer que no fuera ella. Caprichosa, sabía que no existía imagen más bella, excepto la de su reflejo.

Helena, majestuosa, se deleitaba entonando embelesada una preciosa melodía, y, con la incrédula mirada del primer amor, danzaba ilusionada, al son de su seductiva sinfonía, con el propósito de extasiar a Héctor.

Pero sus inmutables ojos de chocolate amargo se negaron a regalarle su impasible corazón de piedra.

Helena, soberbia, creyó que Héctor estaba fascinado por ella, y, Helena, orgullosa, fue profundamente agraviada, cuando Héctor consideró a una mediocre e insignificante humana, más hermosa que a ella.

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