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4 min
Vagando entre soledades
Ciencia Ficción |
08.06.14
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  • 1900
Sinopsis

Este es un fragmento de mi cuento Astaroth, en el que se narra la primera expedición de la raza humana al planeta de igual nombre. El fragmento corresponde a las sensaciones del protagonista en el viaje de regreso a la tierra, enclaustrado durante años en una cápsula de hibernación en la nave que lo conduce de vuelta al hogar.

Frío. A veces siento frío en la extraña quietud de este mundo empequeñecido cuyo cielo es de cristal y las paredes lucen blancas como el olvido.

Los recuerdos se enmarañan entretejiendo vivencias, inventando soledades, palpitando en una mente cansada de ensoñaciones que remedan burdamente la realidad tan ansiada, congelada un día aciago para dormitar durante noches eternas en el interior de un cuerpo cuya rigidez cadavérica haría sospechar el peor de los finales si los casi imperceptibles rastros de vapor sobre la cubierta acristalada no gritaran a los cuatro puntos cardinales que allí todavía existe vida. A veces soy un niño correteando por los campos entre girasoles de amarillos pétalos.

La brisa me lame el rostro y el ladrido de Tobías me persigue, sabedor de que mis pasos me conducen al olvido, sabedor de que un día todo lo que es dejará de ser para transformarse en hubo sido. Los rostros de mi gente se aparecen en sueños y envejecen lentamente hasta guiñarme un ojo desde una cuenca putrefacta, transformados en la imagen de la muerte. Mi mente se avejenta igual que sus cuerpos, imposible adormecerla por completo.

A veces escucho el rumor de las olas golpeando sin piedad los sufridos acantilados, mis ojos imaginarios contemplan la espuma elevarse en las alturas hasta confundirse con las nubes deshilachadas que tapizan la bóveda azulada. Los pulmones se me llenan de aire puro, reclaman famélicos su gaseoso alimento y en mis sueños se atiborran del olor de las mimosas, de la dulce fragancia a hierba mojada en una tarde de verano y del impúdico perfume del que fuera en tiempos mi primer amor. Paladeo con avidez el dulce sabor de una copa de buen vino, siento su calor quemándome la garganta y los etéreos efluvios de la embriaguez dibujan una sonrisa bobalicona en mi rostro petrificado. ¡Cuanto echo de menos sentir el agua tibia del riachuelo corriendo despreocupada sobre mi piel! contemplar el cielo moribundo teñido de rojo en un atardecer interminable mientras la brisa mece las espigas que resignadas esperan el día en que las reclame su verdugo; hundir mi bandera en el interior de un cuerpo trémulo acompasando los latidos desbocados de dos corazones, piel con piel, miradas que se buscan y labios que se besan, sonrisas furtivas que se regalan a cambio de una caricia, palabras susurradas a la noche que se convierte en confidente de sinceras confesiones.

Estoy cansado, dormir me cansa igual que si llevase días en completa vigilia, este sueño eterno que parece no acabarse nunca como si fuese el castigo que corresponde a una interminable condena. Mi delito, desear estar donde nadie antes hubo estado, alimentar mis vanidades legando mi nombre a la posteridad de la memoria de una raza, violentar por primera vez el suelo virgen de un mundo nuevo y desconocido. Mi condena, ochenta y dos años, sentenció el juez con su sardónica sonrisa acomodado sobre el sillón del puente de mando, rodeado de pantallas titilantes y botones de colores. Ochenta y dos años vagando por las soledades de mi propia mente, agazapado entre mis recuerdos, reclamado por mis miedos y, en ocasiones, reconfortado por las esperanzas enredadas en las aristas de mi alma. 

Astaroth, un día te quise más que a mi propia vida, más que a mi pasado, más que a mi presente y mi futuro, fuiste el amor platónico que todo ser humano sufre al menos una vez en su existencia. No dudé en dejarlo todo por tenerte, hasta que comprendí que poseerte es imposible, quimera inalcanzable para quienes cuentan primaveras mientras tú lo haces por eones.

Hogar, regreso al hogar añorando el útero que me dio la vida, cansado de fútiles guerras, contaminado con los restos de siglos de opíparos banquetes, podrido de mezquindades y ambiciones.

Pero hogar, al fin y al cabo.

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  • Aunque el cuerpo esté atrapado la mente, la imaginación, el recuerdo y los sentimientos siguen fluyendo en un relato que hace escapar al protagonista desu encierro a través de estos recursos muy bien descritos y escrtos, un saludo.
    Gracias a los tres por vuestros comentarios, me alegro mucho que os haya gustado. Un saludo.
    increible no me esperaba en un relato de ciencia ficcion encontrar unas descrpciones de este calibre iba buscando entretenimiento solo y me he encontrado algo inesperadamente bello
    Estoy de acuerdo con Salinegon: se trata de un gran relato. Aciertas a describir con frases de gran fuerza poética y expresiva el aluvión de recuerdos que asalta al protagonista, el resumen de una vida en sensaciones y experiencias, perdidas y añoradas, mientras regresa al hogar, donde nada es lo que fue. Saludos.
    Magnífico. Las descripciones, los recuerdos... Encerrado en una cápsula y atormentado por recuerdos de lo que fue o pudo haber sido. Me encantaría leer el relato entero. Saludos
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