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11 min
VALERIA, parte V.
Drama |
08.07.19
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Sinopsis

18 de agosto de 1944.

Sin duda, esta noche ha sido la mejor de mi vida.
Todo ha comenzado esta mañana, cuando he ido a visitar a Nina. Después de los besos y caricias de "buenos días" hemos salido a dar un paseo.
Me ha costado mucho convencer a Nina para salir, odia el calor. En cambio yo, adoro esta época del año.
La viveza que cobran las calles, la parsimonia con la que el sol se esconde cada tarde.
Cómo siempre Soledad se había marchado para hacer unos recados y había quedado con ella en el portal de Nina dentro de una hora.
Hacía una mañana agradable, alegre. El sol desprendía tanto calor que hasta él pedía a gritos un poco de sombra.
Miré a Nina. Vi como tenía los ojos entreabiertos y la nariz arrugada, por un momento me pareció la cosa más adorable del mundo.
Nos vi a nosotras, unidas del brazo, paseando por el centro de Madrid a las nueve de la mañana. Me fijaba en cada persona que pasaba por nuestro lado, en cada persona que nos encontrábamos de frente y me imaginaba lo que pensaban.
"Seguro que son muy buenas amigas"... Nadie sabía lo que había sucedido hace dos días en su casa. En su cama.
Y entonces me di cuenta de lo que una apariencia puede hacer. De como dos mujeres agarradas del brazo solo se pueden considerar, eso, amigas.
De como dos hombres agarrados del brazo pueden ser condenados y de cómo nosotras podríamos serlo también.
De todas las parejas de hombres y mujeres agarrados del brazo que son bien vistos.
Y entonces pensé en lo mal que debe estar el mundo por juzgar a alguien por su forma de amar, en como construimos nuestra vida a base de prejuicios y no dejamos que ninguna otra idea entre nuestra cabeza.
En cómo se trata a la gente que es diferente. Qué piensa diferente.
Volví a mirarla. Sus ojos seguían entreabiertos y su nariz arrugada.
Su piel brillaba más que nunca, era como si un halo de luz la envolviese.
"No puede haber nada de malo en amar" pensé.
Recorrimos las de calles hablando y riendo. Sus ojos eran tan naranjas como los atardeceres de verano.
"No, definitivamente no puede haber nada malo en quererla" pensé.
Sin darnos cuenta llegamos a la calle donde se encontraba aquella tienda. Donde comenzó todo.
Ambas nos quedamos mirando el escaparate. Ella me agarraba fuerte del brazo, cómo si fuese una niña juguetona que pretendía escapar. Cómo si no quisiera que me fuese nunca.
En realidad no estábamos mirando la ropa del escaparate, sino nuestros reflejos.
Cómo hace un mes estábamos ahí siendo las mejores amigas.
Cómo la vida puede cambiarte en un mes.
No pude evitar sonreír. Nina tuvo que verme hacerlo porque ella también sonrió.
Nina bajó la mirada al reloj. Teníamos que irnos, Soledad llegaría pronto al portal.
— Valeria... — dijo con la mirada plantada en el suelo. Parecía nerviosa. — Esta noche he quedado con unos amigos en un club y... Bueno...
No paraba de mirar al suelo, podía notar como sus mejillas ardían y se volvían más rojas. — Me gustaría que vinieses.
Sonreí. Nunca la había visto así, siempre había parecido una mujer segura y decidida. Nunca pensé que una propuesta así le haría ponerse nerviosa.
— Claro. — contesté. — ¿A qué hora? Aunque debo intentar convencer a mi padre de que me deje salir. Y con Soledad no podría ir.
Soledad siempre me daba libertad, tiempo para estar a solas con Nina, pero de eso a llevarla a un club nocturno...
— Sobre las diez y media. Podría ir a buscarte a las diez.
Asentí. Ambas sonreímos.
Cuando llegamos al portal, Soledad ya estaba allí. Acababa de llegar.
Me despedí de Nina con un abrazo. Olía a canela y a hogar.
Cuando llegamos a casa, hablé con mi madre sobre la sugerencia de Nina.
Mi madre nunca me daba permiso para hacer algo sin la aprobación de mi padre primero. Y esta vez no iba a ser menos.
Esperé a que mi padre volviese del trabajo para poder hablar con él.
No pude terminar la pregunta cuando él contestó con un tajante "no".
— La noche es muy peligrosa e insegura, Valeria.
— Padre, no voy sola. Ya se lo he dicho, voy con Nina y sus amigos.
— Valeria, no. No voy a dejar que salgas en la noche y vayas a un club de mala muerte... Y mucho menos con Nina.
"Y mucho menos con Nina". Esas palabras ardieron en mí.
A mi padre nunca le gustó Nina. Siempre la consideraba una mala influencia, un alma demasiado libre.
Pensé en replicar pero eso no ayudaría en absoluto, así que subí a mi cuarto y solo bajé para cenar.
Fue una cena incómoda, con llenos silencios.
A las diez todas las luces estaban apagadas. Mis padres se habían acostado y yo estaba en la cama, tumbada.
Recordé lo que me dijo Nina, que vendría a buscarme a las diez.
Me asomé rápidamente a la ventana. La veía venir desde lo alto de la calle.
— ¡Nina! — la llamé. Intenté no gritar demasiado para que mis padres no me escuchasen. — ¡Nina!
Nina alzó la vista y me vio.
Le hice un gesto con la mano para que esperase.
Cogí un papel y la pluma y escribí.
Hice una bola y la lancé por la ventana. La bola aterrizó en los pies de Nina.
Nina abrió la hoja y sonrió.
Escribí que mi padre no me había dado permiso para salir, pero que me esperase porque iba a escaparme.
Me arreglé lo más silenciosamente posible, con los tacones en la mano.
Cogí las llaves de mi padre del recibidor y abrí la puerta con mucho cuidado.
Cuando salí del portal me puse los tacones y guardé las llaves en el bolso.
Llevaba un vestido negro con un bolso del mismo color y los labios tan rojos que podían diferenciarse en la oscuridad.
Nina llevaba un vestido azul oscuro, tan oscuro como el cielo.
Sus labios eran del color de la frambuesa y sus ondas rojas parecían fuego en mitad de la oscuridad. Sus ojos naranjas y brillantes eran las más hermosas estrellas que jamás había visto.
El calor pesaba en el aire, no había casi nadie en la calle, de vez en cuando nos encontrábamos alguna pareja riendo o a algún grupo de amigos disfrutando de la magia de las noches de verano.
Y entonces la tristeza me envolvió. ¿Cómo todas esas personas podían reír y mirarse y cogerse de la mano y yo me había escapado de mi casa para poder estar con Nina un poco más? ¿Porqué no podía hacer lo mismo que ellos?
Llegamos al club un poco más tarde de lo previsto debido al tiempo que estuve arreglándome. Pedimos un par de copas, la música flotaba en el aire y sé meclazaba con las historias de la gente.
Los amigos de Nina eran encantadores. Eran como ella.
Diferentes, extrovertidos. Atrevidos. Almas demasiado libres.
Cuando Nina y yo decidimos irnos eran las doce y media de la noche.
La calle estaba desierta. La luz de las farolas estaban difuminadas por la calima.
La noche era la más estrellada que jamás había visto.
— ¿Te lo has pasado bien? — me preguntó Nina.
— ¡Sí! Tus amigos son encantadores. ¿Cómo es que no sabía de ellos?
— Bueno, nadie les conoce. Solo tú. Fueron quienes estuvieron conmigo cuando llegué aquí. Son muy importantes para mí.
De algún modo eso me hizo sentir afortunada. Era la única que conocía a sus amigos, a la otra parte de su vida, su círculo de confianza. A la Nina que nunca veía.
— ¿Ellos saben...?
— Ellos son como nosotras. Por eso son tan importantes para mí, porque nunca pensé que conocería a gente como yo cuando llegué aquí.
Nina había llegado a Madrid con dieciocho años. Yo la conocí cuando teníamos veinte, en una cafetería.
Acompañaba a mi madre a hacer unos recados y paramos para descansar. Entonces la vi, en una de las mesas, bebiendo café y leyendo.
Pude darme cuenta de que era uno de mis libros favoritos, así que me acerqué a ella y empezamos a hablar.
A mí madre le pareció bien, siempre le ha gustado Nina.
Nunca me hablaba de su vida. Solo sabía que venía de Sevilla ya que vivía con su tía, pero nada más.
Y nunca le pregunté por ello, pero no pude resistirme.
— ¿Qué les pareció a tus padres que vinieses a Madrid?
La expresión de Nina cambió. Carraspeó e intentó articular palabra pero no pudo.
— Lo siento. — dije. — No debería haber preguntado, es obvio que es algo de lo que no te gusta hablar.
Me sentí mal, muy mal. No quería incomodarla.
— No te disculpes. — dijo mirando al suelo. — Tienes derecho a preguntar.
— No es necesario que me respondas, de verdad.
Nina paró en seco y me miró. Fue una mirada llena de miedo y sinceridad.
— Eres la primera persona que va a saber esto. Solo lo sabemos mi tía y yo, nadie más lo sabe.
Nina se apoyó en la pared y se encendió un cigarrillo.
— Cuando mi madre se quedó embarazada mi padre la abandonó. Ella intentó recuperarle, no solo por la reputación que se ganaría si fuese madre soltera, sino también por lo mucho que le quería. Le amaba con locura.
Mi madre intentó deshacerse de mí como pudo, incluso pidió ayuda a mi tía para que contratase a una comadrona y le ayudase a abortar, pero ella se negó. Así que mi madre no tuvo más remedio que esperar a que naciese.
Me pareció increíble la tranquilidad con la que Nina contaba la historia. Yo casi tenía un nudo en la garganta.
— Cuando nací mi madre se suicidó. Se había hospedado en casa de mi tía porque ella no confiaba en mi madre después de tener intenciones de abortar. Dejó una nota cuando lo hizo, aún recuerdo lo que decía: "Querida hija, no puedo darte la vida que mereces si cada vez que te miro a los ojos lo único que puedo ver es la mirada de tu padre y una fuerte oleada de furia se empodera de mí. No quiero hacerte daño. Y tampoco quiero que me vuelvan a hacer daño a mí. Ojalá las cosas hubiesen sido diferentes."
— Nina, lo siento muchísimo.
Eso no era suficiente, nada de lo quee dijese o hiciese era suficiente para curar ese dolor.
— Murió de amor y por amor. No podría juzgarla, yo también moriría por ti.
La miré. Aún con todo lo que ha pasado sigue siendo esa mujer segura y fuerte de siempre. Noté como me enamoraba un poco más de ella.
Quería abrazarla. Decirle que todo iría bien y que yo también moriría por ella.
La calle estaba vacía, las ventanas abiertas y las persianas medio subidas. El silencio de la calle era ensordecedor.
Solo estábamos ella y yo. Me acerqué y la besé, prometiendo que nunca me iría de su lado, que yo no la haría daño.
Cuando llegué a casa sobre la una menos cuarto, con los tacones de nuevo en la mano, la luz del salón estaba encendida.
Mi padre estaba despierto.
Cuando notó mi presencia vino firme hacia mí. Me miró y alzó la mano.
Mi mejilla se enrojeció por aquella bofetada, aquel gesto lleno de furia. Podía ver el enfado en sus ojos.
Mi madre apareció detrás de él, con cara de preocupación.
— No volverás a desobedecerme y no volverás a ver a Nina. Nunca más. No es una buena influencia para ti.
— Se equivoca. — me atreví a responder a la espera de una nueva bofetada.
— No voy a discutir ahora Valeria. Mañana hablaremos.
Y con la misma firmeza con la que vino se esfumó, mi madre junto a él.
Me encerré en mi cuarto con la cara dolorida y me quité la ropa y el maquillaje.
Me senté en la cama, con el diario entre mis manos y una sonrisa en la cama a pesar del enfado de mi padre.
Ha sido, sin duda, la mejor noche de mi vida.

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