cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

15 min
VALERIA, parte VI.
Drama |
09.07.19
  • 5
  • 2
  • 391
Sinopsis

El sonido del telefonillo despierta a Layla.
Anoche se quedó hasta tarde (muy tarde) leyendo la cuarta hoja, además, no ha pasado una buena noche.
Lleva dos días de muchas emociones. Primero se coló en casa de su abuela, después descubrió el diario y todos los secretos que eso conllevaba. Sin contar que durante un día entero lleva leyendo la misma historia, una y otra vez sin descanso. ¡Hasta ha soñado con su abuela y con Nina!
Se levanta cuidadosamente. Mira el reloj, las diez de la mañana. ¿Quién puede ser?
— ¿Sí? — pregunta con la voz ronca.
— ¿Layla? Soy Annie.
— ¡Annie!... Espera un momento, enseguida te abro.
No podía abrir así la puerta, en pijama. Tenía que arreglarse.
Layla fue corriendo a la habitación. Abrió el armario y se puso lo primero que encontró: una camiseta blanca con una sudadera azul y unos pantalones rasgados.
El telefonillo volvió a sonar.
Layla fue lo más rápido posible hacia la entrada y pulsó rápidamente el botón del telefonillo.
Annie es la compañera de trabajo de Layla... Y su mejor amiga también.
Ambas son trabajadoras sociales, conectaron desde el primer día que se conocieron.
Para Layla, Annie era mucho más que una amiga, pero Annie nunca conocería esos sentimientos. Layla sabía que Annie se sentía atraída por mujeres y hombres pero ellas habían sido amigas durante mucho tiempo. Si llegasen a estar juntas y la relación no funcionase, dejarían de ser amigas y Layla no quería perderla. Además, ¿quién iba a querer salir con alguien como ella? Era el desastre y el caos en persona.
Llamaron a la puerta. Layla respiró profundamente, cerrando los ojos, intentando que su pulso disminuyese.
Abrió la puerta y ahí estaba.
Su piel mulata, su mata de pelo rizado recogido con una coleta, sus ojos color ámbar y su piercing de aro en la nariz. Labios rojos como la sangre, vestida de cuero.
El corazón de Layla dio un vuelco. Tragó saliva como buenamente pudo e intentó articular palabra, pero antes de que pudiese decir nada, Annie entró.
— ¿Cómo estás? — pregunta. — Siento mucho, muchísimo, no haber podido venir antes. El trabajo se me ha multiplicado y no he podido sacar tiempo para nada.
— Tranquila Annie. Está bien, no pasa nada.— dice Layla con un leve sonrisa.
Ver como Annie se preocupaba por ella le hacía sentirse especial. Segura. Importante.
Layla llevaba dos semanas sin ir a trabajar. Después del semejante ataque de ansiedad que sufrió y el agotamiento que eso le provocó, sin contar todas las noches sin dormir, decidió pedir una baja de un mes. Su cabeza necesitaba parar por un minuto.
— ¿Qué haces aquí? — pregunta Layla.
— Bueno, había pensado que como es la hora de descanso en el trabajo, podríamos ir a desayunar... Si te parece bien.
— Sí, claro. Voy a peinarme un poco y a cambiarme de zapatillas y nos vamos.
Annie asintió con una sonrisa.
Layla se puso sus Converse negras y zarandeó un poco su pelo, colocándoselo en el hombro derecho.
Cuando salió vio a Layla observar la mesa del salón. Había dejado las hojas en la mesa la noche anterior.
— ¿Qué es eso? — preguntó Annie, señalando las hojas.
— Oh... Es una larga historia.
— Son las que más me gustan. Me lo cuentas en el desayuno.
Annie abrió la puerta y Layla la siguió.
Annie no tenía remedio, Layla no había conocido a persona más curiosa y con más ganas de saber y conocer jamás. Era extrovertida y atrevida, pero también cariñosa y dulce.
Desprendía calidez allí por donde pasaba y eso hacía que los sentimientos de Layla creciesen más y más.
Al bajar a la calle los rayos del sol acariciaron el rostro de Layla. La primavera estaba en su máximo esplendor.
Se dirigieron a una cafetería que estaba una calle más abajo y Layla no pudo evitar mirar hacia atrás. Dos calles más atrás se encontraba el piso de su abuela... Layla aún no entendía como pudo haber ido a aquel piso.
Cuando entraron a la cafetería Layla y Annie pidieron un café. Cuando se lo sirvieron, Annie tomó un sorbo y le preguntó a Layla sobre aquellas misteriosas hojas.
— ¿Y bien?
— ¿Perdona?
— Las hojas encima de la mesa. ¿De qué son?
— Bueno, el otro día fui al piso de mi abuela para recoger algunas pertenencias y encontré su diario. Lo guardaba en un cajón de su cómoda, siempre me decía que no abriese ese cajón.
— ¿Por qué? ¿Había algo en el diario que no quería que vieses?
Layla no sabía que hacer. Ya había mentido a su madre sobre el contenido del diario, no quería mentir más, y mucho menos a Annie, pero su abuela le había confiado ese diario. Le había confiado ese secreto y, de algún modo u otro sentía que si contaba algo, la estaría traicionando.
— No, simplemente cuenta su día a día. Cómo conoció a mi abuelo, sus salidas con sus amigas... Supongo que no quería que lo encontrase como yo no querría que encontrasen el mío. Es algo muy personal.
— Pero la curiosidad ha podido contigo.
Layla asiente, sonriendo y esperando que no se note demasiado que está mintiendo. No se le da muy bien hacerlo.
— Oye, han abierto un local nuevo. ¿Te gustaría ir esta noche? — preguntó Annie sin apartar la mirada de su taza de café.
Layla notó un sudor frío por la espalda.
— No sé, Annie... No me apetece mucho salir.
— Venga, será divertido. No te viene mal salir un poco. — dijo extendiendo su mano hasta tocar la de Layla.
Layla evitaba quedar a solas con Annie desde que sabía lo que sentía por ella. Todo comenzó una noche en la que Annie había quedado para cenar con Layla en su casa. Cuando la cena terminó, Annie tuvo la idea de subir a la azotea para contemplar las estrellas.
Tendieron una manta en el suelo y se tumbaron. Entre constelaciones, historias y risas sus miradas se encontraron y por un momento el mundo de Layla dejó de girar.
No sabe si fue por la magia del momento, por estar bajo el hechizo de la Luna o simplemente porque los ojos de Annie le parecieron las estrellas más hermosas del universo pero, desde entonces, no ha podido dejar de pensar en ella.
Layla suspiró.
— Annie, realmente no me apetece salir.
Annie hizo una mueca.
— ¿Estás enfadada conmigo?
— No, ¿por qué?
— Ya no quedamos tanto como antes y cuando lo hacemos siempre acaba viniendo alguien más. Hace mucho que no quedamos las dos solas, lo echo de menos y no puedo evitar preguntarme si he hecho algo que te haya molestado.
— ¿Qué? ¡No! Es solo que... No sé, supongo que sigo con los sentimientos a flor de piel por la muerte de mi abuela.
Annie la mira con tristeza.
— Sé que es duro y que la echas mucho de menos pero... No quiero sonar grosera, Layla, pero debes continuar con tu vida. No puedes encerrarte en tu piso lamentándote siempre. Ella no querría eso... Yo no quiero eso.
Annie aparta la mirada y la vuelve a dirigir a su taza.
— Te quiero Layla, de verdad, eres mi mejor amiga y quiero lo mejor para ti. No voy a dejar que te hagas más daño.
Layla nota como sus mejillas comienzan a arder. "Te quiero" es lo único que resuena en su cabeza.
No quería tener a Annie preocupada y mucho menos que se echase la culpa de nada. Así que Layla aceptó ir a ese local.
Cuando se terminaron el café Annie se despidió de Layla en el portal con un abrazo. El más largo, cariñoso y sincero que jamás Layla había recibido.
Nada más abrir la puerta de su piso se sentó en el sofá. Sus mejillas estaban rojas, quemaban.
Para distraerse y olvidarse de que había quedado con Annie aquella noche cogió la quinta hoja y comenzó a leer.

20 de agosto de 1944.

No sé cómo me he armado de valor para hacer lo que he hecho. Ni siquiera sé cómo puedo estar escribiendo sin que las palabras bailen.
Esta mañana me he levantado con los ojos doloridos de llorar. Llevaba dos días sin ver a Nina, mi padre ya no me dejaba salir con Soledad para hacer los recados y mi madre estaba en casa, lo que hacía más difícil el intento de escaparme.
Pero hoy me ha preguntado si quería ir con ella a una reunión con sus amigas y me he negado. Le he mentido diciéndole que me encontraba mal.
Cuando se ha ido he aprovechado para hablar con Soledad.
— Tengo órdenes de cuidar de ti hasta que tu madre regrese, no voy a permitir que salgas.
— Soledad, por favor.
— No Valeria, no voy a desobedecer a tu padre. ¿Sabes el problema que tendríamos si lo hiciésemos?
Sí, lo sabía. Sabía lo que podía perder, a quien podía perder. Pero no podía quedarme quieta, necesitaba ver a Nina.
Insistí a Soledad todo lo que pude.
— ¡Por favor, Soledad! Prometo que estaremos de vuelta antes de que mi madre vuelva.
No sé si fue por mi expresión de desesperación, por la verdad que mis ojos gritaban o porque Soledad estaba cansada de escucharme, pero aceptó.
— De acuerdo. — dijo resoplando. — Cinco minutos.
— ¡Gracias! — dije abrazándola con toda la fuerza posible.
Salimos de casa lo más rápido posible. Soledad se quedó esperándome en el portal de Nina.
Cuando Nina abrió la puerta lo primero que hice fue abalanzarme sobre ella y besarla.
— Pensaba que no volvería a verte. — susurró Nina.
— Sabes que nadie puede pararme. — le respondí.
Ambas sonreímos y nos separamos.
— Solo tengo cinco minutos. Soledad está esperándome.
— ¿Soledad sabe algo?
— No, pero me está ayudando. No estaría aquí si no fuese por ella. Mi padre ni siquiera deja que salga con ella para hacer recados.
Nina dirigió su mirada al suelo.
— No deberías haber venido conmigo la otra noche. No debería haberte invitado. Si no hubieses venido no estaríamos en esta situación.
Me acerqué a ella y le cogí la mano.
Nina la apartó rápidamente con un quejido.
— ¿Estás bien?
— Sí, no es nada.
Nina levantó poco a poco la mirada. Podía verse el miedo en sus ojos.
Volví a cogerle la mano y levanté la manga de su chaqueta.
Toda su muñeca se teñía de morado y negro.
— ¿Qué te ha pasado?
— No es nada, de verdad, no tienes de que preocuparte.
Volvió a bajarse la manga de la chaqueta.
— ¿Qué no tengo de qué preocuparme? ¿Quién te ha hecho eso, Nina?
Nina resopló y cerró los ojos.
— Anoche volví al club e hicieron una redada. Me capturaron pero conseguí zafarme. Por eso tengo estas marcas en las muñecas.
Nina cogió aire, todo el aire del mundo. Notaba como tenía un nudo en la garganta, como todo el aire que cogía no era suficiente.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, sus mejillas comenzaron a enrojecerse.
Me acerqué a ella y le sequé las lágrimas. La abracé todo lo fuerte que pude, quería que se sintiese segura.
— Tengo miedo, Valeria.
Mientras seguíamos abrazadas pude ver que en su mesilla de noche descansaba un cenicero repleto de cigarrillos apagados y una cajetilla.
— No he podido dormir en toda la noche, nunca me había sucedido algo así.
Me aparté de ella y la miré a los ojos. Una de las dos tenía que ser la fuerte.
— Todo va a salir bien. No va a sucederte nada, estoy aquí. Estoy aquí.
Nina se secó las lágrimas y sonrió como buenamente pudo.
Miré el reloj. Tenía que irme pero no quería dejar a Nina sola.
— Nina, debería irme... Pero si lo prefieres puedo quedarme.
— No, tienes que irte. Ya empeoramos las cosas la otra noche.
— Mi padre no me da miedo. Puedo quedarme si lo necesitas.
— No, Valeria, no quiero empeorar más las cosas. Estoy bien, ¿vale?
Su sonrisa fue la más triste que jamás había visto.
Asentí y la besé como despedida.
Nunca había visto a Nina así. Ella era atrevida. Segura. Independiente y fuerte. Sobretodo fuerte.
Cuando bajé a la calle Soledad y yo corrimos de nuevo hacia mi piso.
Soledad se fue a hacer los recados y yo entré en casa.
Pero cuando cerré la puerta mi madre me estaba esperando.
— Madre, qué... ¿Qué hace aquí? ¿No estaba con sus amigas?
— He decidido venir a casa porque te encontrabas mal y no podía disfrutar pensando que estabas en cama.
Los ojos de mi madre desprendían furia y decepción.
— ¿Has ido a ver a Nina, verdad?
— Madre...
— Basta Valeria. ¿Qué te está ocurriendo? Nunca has desobedecido las órdenes de tu padre. ¿Has salido con Soledad?
— No, madre, he salido sola. He esperado hasta que Soledad se ha marchado.
No podía poner en riego a Soledad, no después de todo lo que ha hecho por mí. Por nosotras.
— Ve a tu cuarto. Ya hablaremos cuando tu padre vuelva del trabajo.
Me encerré en mi habitación durante todo el día. Solo salí para comer. Escuché los gritos de mi madre hacia Soledad sobre la promesa de no abandonar el piso hasta que ella volviese.
No había recordado eso cuando la mentí. Había puesto a Soledad en peligro.
Cuando mi padre volvió y mi madre le contó lo sucedido mi padre entró como alma que lleva el diablo en mi habitación.
— ¡Ya está bien Valeria! ¡No volverás a desobedecerme ni a ver a Nina! No es una buena influencia para ti, nunca me habías desobedecido hasta que os hicisteis amigas.
— Nina es lo más importante en mi vida, padre. No voy a dejar de verla porque usted quiera.
Los ojos de mi padre se incendiaron. Estábamos uno frente a otro y entonces, estalló la guerra.
— No te dirijas a mí de ese modo Valeria. No volverás a verla. Nunca más... Y respecto a Soledad, está despedida.
— ¡No! No puede despedir a Soledad. Todo fue invención mía, ya le he dicho a madre que esperé a que Soledad se fuese para poder escapar. Fingí estar dormida y cuando Soledad vino a comprobar cómo estaba y me vio, se fue. Ella no tiene la culpa de nada, solo confió en mí.
— No hay nada que puedas hacer Valeria. Esto se acabó.
La impotencia se apoderó de mí. No podía despedir a Soledad. No podía prohibirme ver a Nina. Y no podía prohibirme ser libre.
— No, esto no ha terminado. No voy a obedecerle más, no si eso me perjudica. Soledad no puede ser despedida y usted no puede prohibirme ver a Nina. No se lo voy a permitir.
Nunca me había sentido tan valiente y poderosa. Las palabras salieron de mi boca como si quisiesen escapar.
— ¡Cómo osas...! — gritó mientras levantaba su mano y me daba una bofetada.
No iba a llorar. No me iba a doler. Iba a mantenerme fuerte.
Cogí mi bolso y salí del piso.
Bajé rápidamente las escaleras y salí a la calle, corriendo hacia el único lugar donde podía sentirme segura.
Cuando llegué a casa de Nina con la visión borrosa y la respiración entrecortada me derretí en sus brazos.
Me derrumbé. Le conté todo lo que había pasado, lo rápido que había pasado.
— ¿Podría quedarme aquí?
Nina dudó unos segundos. Ambas sabíamos que eso conllevaba un riesgo y, después de lo que le había sucedido en le club, el miedo estaba presente a todas horas.
Aún así Nina aceptó.
Ahora estoy en su cama, junto a ella, mientras escribo esto en una pequeña libreta que tenía guardada en su mesilla de noche.
Notó su calor, su tranquilidad cuando duerme, y puedo jurar que, a pesar de todo lo acontecido, nunca me he sentido tan feliz y segura en el mundo.


Layla dejó la quinta hoja sobre la mesa. No podía creerse que su abuela se escapase de casa, nunca habría imaginado que podría ser una mujer tan persistente.
Miró el reloj en el móvil. Debería empezar a arreglarse. Annie llegaría en cualquier momento.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 229
  • 4.51
  • 362

Poetisa empedernida en busca de ser todo lo que el mundo siempre quiso tener.

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta