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13 min
VALERIA, parte VII.
Drama |
11.07.19
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Sinopsis

La noche era joven. Las calles se llenaban con los bullicios de la gente, los cuales se fracturaban para dejar traspasar la luz anaranjada de las farolas.
Layla y Annie caminaban entre la multitud entre risas, miradas y complicidad.
Las luces artificiales de la noche hacían brillar la piel caramelizada de Annie y Layla no podía evitar darse cuenta.
Su corazón empezaba a acelerarse, su respiración a entecortarse. No podría aguantarlo.
Cuando llegaron al local caminaron entre grupos de gente saltando y gritando, drogados por el subidón provocado por las luces de neón y la música alta.
Llegaron a la barra y pidieron dos chupitos. Tres. Cuatro. Uno detrás de otro.
Después de tomar el último chupito Annie se levantó eufórica y comenzó a saltar y bailar hasta perderse entre la multitud.
Layla estaba más sobria que Annie, a ella nunca le afectó el alcohol como le afectaba a su amiga. Layla bebía mucho más a menudo que Annie, lo que provocaba que cuando Annie bebiese se descontrolase.
Layla se sumergió entre aquel tumulto de gente buscando a Annie. Entre empujones y ruido la encontró bailando en mitad de la pista con la blusa en la mano.
Layla sonrió. Annie estaba siendo ella misma, sin preocuparse por lo que los demás pensasen de ella. Tenía el pelo suelto y sus rizos botaban cada vez que saltaba.
Layla se acercó a ella, tenían que irse antes de que Annie bebiese más.
— ¡Tenemos que irnos ya! — gritó Layla.
— ¿¡Qué!? ¡Pero si acabamos de llegar!
Annie no paraba de saltar.
— ¡Estás borracha! ¡Tenemos que irnos ya!
— ¡No estoy borracha! ¡Ven, baila conmigo!
Annie tiró del brazo a Layla y la acercó a ella. Por un momento estaban tan cerca que Layla pudo notar el aliento alcoholizado de Annie. 
— ¡Te espero fuera! — dijo Layla.
El corazón se le salía del pecho.
Annie suspiró de una forma inaudible, se puso la blusa y tambaleando salió junto a Layla.
— ¡Eres una aguafiestas! — gritó nada más entrar al piso de Layla.
Las palabras de Annie salían descolocadas de su boca.
— Vale, pero túmbate en el sofá y descansa.
Annie se fue acercando poco a poco a Layla, desafiante y mordiéndose el labio inferior.
Layla empezó a sentirse incómoda y tragó saliva como bien pudo.
— Voy a traerte un vaso de agua, ¿vale? — dijo muy nerviosa.
Cuando se dirigió a la cocina Annie la agarró del brazo y la empujó hacia ella.
Ambas se unieron en un beso y para Layla las manecillas del reloj habían dejado de girar.
Cada vez se besaban con más ganas, las manos de Layla agarraban con fuerza la cara de Annie.
Se detuvieron para respirar y durante unos segundos se miraron. Layla sintió como se enamoraba aún más de Annie.
Annie se rió y se fue a tumbar al sofá.
Layla miró el reloj: la una de la madrugada.
Annie ya estaba tumbada en el sofá y dormida. No había tardado nada.
Layla recogió las fotos y hojas de la mesa del salón sin hacer ruido y se fue a su habitación.
Estuvo dando vueltas en su cama durante un par de horas, pero no conseguía quitarse la imagen de Annie besándola. 
Una parte de ella sabía que lo había hecho porque estaba borracha pero el beso había sido tan real que empezó a pensar que quizá le gustaba.
A Annie le gustaba Layla... No, eso no es posible.
Harta de pensar cogió las hojas del diario y comenzó a leer. Necesitaba distraerse.

21 de agosto de 1944.

No sé cómo empezar. No sé cómo rellenar esta hoja en blanco con palabras que expresen como me siento ahora mismo.
Creo que no existen palabras que lo describan.
Siempre he pensado que perder a alguien no me afectaría tanto. Sufriría porque sabría que nunca volvería a ver a esa persona. Porque todas las historias que nos unirían se reducirían a cenizas y horas marcadas en un reloj que no puede retroceder en el tiempo. 
Porque todas las palabras y sentimientos compartidos se los llevaría el viento y se convertirían en nada.
Sufriría por lo que es típico, pero nunca pensé que pudiese experimentar un dolor tan grande como el que siento.
Parece como si mi pecho estuviese atravesado de flechas y balas, como si un nudo no me dejaste respirar y me estuviese ahogando en mis propias lágrimas.
Y tampoco pensé que podría querer a alguien tanto como la quiero a ella. 
Por eso noto como mi corazón de ha desgarrado y está desangrándose.
Todo comenzó está mañana.
Anoche me escapé de casa y me refugié en el piso de Nina. 
Nunca me había sentido tan segura y feliz como allí.
Nos habíamos levantado entre risas y besos. Allí no había reglas ni restricciones, no había leyes ni muertes. Podíamos ser nosotras, ser algo sin miedo a ser descubiertas.
Cuando nos estábamos vistiendo sonó el telefonillo.
Nina fue a responder y al otro lado sonó una voz femenina.
— ¿Nina? Soy Carmen, la madre de Valeria. ¿Podemos hablar?
Un sudor frío recorrió mi espalda.
— Ehm... Sí, claro.
Me escondí rápidamente en el baño.
Escuché como la puerta se abría y como unos tacones entraban a la habitación.
— ¿Qué es lo que quiere? — preguntó Nina.
— Ayer Valeria se escapó de casa. ¿Tienes alguna idea de dónde puede estar?
— No, no sabía que se había escapado. — dijo Nina en un tono seguro y firme.
— ¿Y sabes qué puede ocurrirle? Lleva varios días cambiada. 
Todo se quedó en silencio. El miedo se apoderó de mí.
¿Sabía mi madre que estábamos juntas?
— No lo sé. Yo no la he visto cambiada.
Escuché una risita proveniente de mi madre.
— ¿Cómo no puedes saberlo si el problema eres tú?
— ¿A qué se refiere?
— Valeria ha cambiado. Se comporta de forma diferente, y todo es porque tú la has corrompido.
Me sorprendí.  Nunca había escuchado a mi madre usar ese tono tan frío y calculador. Sus palabras eran afiladas como un cuchillo. Tenía miedo.
— Por cierto, ¿cómo te encuentras de la redada de la otra noche? Sé que estuviste allí.
— ¿Cómo sabe eso?
— Uno de los guardia civiles que participó en la redada era amigo de mi marido. Nos contó que te vio y también que te escapaste.
No sabes la suerte que tuviste. Todas las personas capturadas están muertas o encarceladas y las que se escaparon, como tú, han acabado igual.
¿Sabes por qué tú no has corrido esa misma suerte? Porque ese guardia sabe lo mucho que significas para Valeria y no quería hacerle daño... Pero el daño, en realidad, se lo estás provocando tú.
Escuché el sonido de un bolso abrirse y de un mechero arder. Mi madre estaba fumando, algo que nunca antes le había visto hacer.
— Sé como eres Nina. Sé que estás desviada, que vienes de una familia desestructurada, que tus traumas infantiles te han convertido en la persona que eres ahora. Y no quiero pensar que Valeria es como tú, pero se está convirtiendo en ti, se está desviando.
— Valeria es una mujer adulta. Yo no influyo en sus decisiones o su forma de ser. Ella decide, no yo. 
— ¿Y no crees que podemos ayudarla a decidir mejor? Ambas la queremos. Yo soy su madre y tú su mejor amiga, ¿no?
— Creo que Valeria debería ser libre de hacer y ser quién quiera si eso le hace feliz.
— Valeria es más feliz si tú te alejas de ella, la estás perjudicando y lo sabes. Eres una persona destructiva, inestable, aunque es normal después de lo que le ocurrió a tu madre.
— ¿Qué quiere decir? — dijo Nina con terror en su voz.
— Sé quién eres, tu historia. Sé que tu madre se suicidó y que viniste a Madrid para evitar el rechazo y la vergüenza del pueblo de donde provenías.
— ¿Cómo sabe eso?
— El guardia civil que he mencionado antes hizo una investigación sobre ti. Se lo pedí yo, necesito saber qué amistades tiene mi hija.
Me quedé pretificada. ¿Mi madre había investigado a Nina?
— Nina... ¿Puedo llamarte Ainhoa? Hazme caso y deja a Valeria tranquila. Ella es una joven de bien, quiere una familia, una casa, unos hijos... Ha nacido para eso y tu amistad nunca podrá hacerle feliz a esos niveles.
Imagina que la noche que Valeria se escapó para ir contigo a ese club hubiese sido la noche de la redada. Imagina que ella no hubiese podido escapar. No creo que quieras que corra peligro, ¿verdad?
Oí a mi madre levantarse y caminar por el pasillo hacia la salida.
— Piénsalo bien Ainhoa, porque la próxima vez no vendré yo, sino mi marido, y no vendrá solo.
Cuando escuché la puerta del piso cerrarse, salí del baño.
— ¿Te llamas Ainhoa? No lo sabía.
— No pretendía que lo supieses. Mi madre se llamaba Ainhoa, no quería llamarme como ella, así que me lo cambié por Nina.
La expresión de Nina era seria. Firme y desconfiada.
Decidí acercarme a ella y agarrarla de las manos. Las apreté con toda la fuerza del mundo.
La miré a los ojos de la manera más despreocupada posible.
— Nina, no hagas caso a lo que mi madre te ha dicho. No me estás perjudicando, es más, eres tú quién me ha enseñado a ser yo misma, a ser más valiente.
Nina cambió su mirada y no me gustó. Sabía lo que eso significaba.
— Tu madre tiene razón. No puedo hacerte feliz, no puedo darte la vida que siempre has querido.
— Te equivocas. La vida que quiero solo es posible si estoy junto a ti.
Nina bajó la mirada.
— Valeria, ambas sabíamos que esto no iba a ser para siempre. Tú quieres una familia, una casa, un matrimonio... Y yo no puedo darte eso.
Un nudo se formó en mi garganta.
— No puedo — prosiguió — permitir que sigas conmigo. No solo por todo lo que no puedo darte, sino por todo el peligro que corres. ¿Que hubiese pasado si la noche de la redada hubiese sido la noche que te escapaste? No puedo ponerte en peligro.
Los ojos me empezaban a arder.
— Todo eso no importa. No importa el peligro. No importa si no tengo hijos, si no me caso, si no tengo una casa. Lo más importante eres tú... Y sé que si lo intentamos podremos conseguirlo.
La miré con ojos de desesperación. No podía permitir que las ideas de mi madre se acomodasen en su cabeza.
— Valeria, eres feliz ahora. Pero en cuanto los años pasen y nosotras crezcamos junto a él querrás todo eso y más. Y yo no puedo darte eso... Ni siquiera sé si podré dártelo alguna vez.
Suspiró. Le estaba costando hablar.
— No quiero estar contigo si sé que no puedo hacerte feliz ni cogerte de la mano por la calle o besarte sin que nos arresten.
— Nina, yo te quiero. No puedes hacerme esto, no podemos hacernos esto.
Mi voz empezaba a quebrarse. Las lágrimas empezaban a correr por mis mejillas.
La mano de Nina acarició mi cara, secándome las lágrimas.
— Nunca pongas en duda lo que siento por ti. Nunca dudes que te he querido y te quiero como a ninguna otra persona en la mundo. — dijo Nina con un hilo de voz. Sus ojos comenzaban a enrojecerse. — Eres lo mejor que me ha pasado y siempre voy a quererte. Por eso tengo que dejarte ir, porque no puedo permitir privarte de todo lo que siempre has querido.
— Entonces, ¿ya está? ¿Se acabó? — me atreví a preguntar.
— Se acabó.
Me abalancé sobre ella y la besé. Nos besamos hasta que nuestros labios dolieron, hasta que nuestros cuerpos se rompieron al saber que esa sería la última vez que nos convertiriamos en una.
Pasaron las horas, empezaba a atardecer. Una tumbada frente a la otra, mirándonos a la espera del fin del mundo.
Miré el reloj. Había llegado la hora, no podía alargar aquello más.
Nos levantamos de la cama en silencio, como si nada hubiese pasado, como si las cosas que esas paredes habían visto no hubiesen existido nunca. Los sentimientos habían sido callados y las palabras destruidas.
Éramos como dos desconocidas, nuestros corazones se habían roto y ya no había nada que nos uniese.
Me acompañó a la puerta de su piso. Nos miramos por última vez mientras gritábamos por dentro de nuestro ser.
— Adiós Valeria.
— Adiós Nina.
Me fui de aquel piso y bajé la calle con la mirada perdida y sin sentir nada. Era como si aquello que me hacía humana hubiese desaparecido.
El dolor era tan insoportable que se convirtió en un dolor sordo.
Cuando llegué a casa mi madre me abrazó emocionada de haber vuelto.
Mi padre me miró y solo se limitó a decir "me alegro de que hayas vuelto, has hecho lo correcto".
Apenas cené. No tenía hambre, no sentía nada.
Me fui a la cama, donde me hallo ahora. Es de madrugada y me duelen los ojos de no poder llorar.
¿Esto es el amor? Algo hermoso y caótico al mismo tiempo. Un dolor tan dulce que nos convertimos en adictos.
¿Es así como te sientes cuando pierdes alguien?
Aquí y ahora puedo jurar que no he conocido lugar más triste en el mundo que aquel en el que ella no está.

Layla soltó un gran suspiro. Admite que se ha emocionado.
Miró el reloj: las tres de la madrugada.
Se levantó con cuidado y se acercó al salón. Annie aún seguía dormida.
Layla no pudo evitar llevarse los dedos a los labios. ¿De verdad Annie la había besado?
Volvió a su habitación y resopló. Iba a ser una noche muy larga.

 

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