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5 min
VANESA
Varios |
17.04.18
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Sinopsis

VANESA

 

Los contornos de su figura se dibujaban sobre las sábanas. La penumbra, alimentada por tenues sombras y luces coloridas, creaba un ambiente de ardiente sensualidad. Ella lo esperaba, casi dócil, desnuda, con las piernas levemente apretadas, levantando un poco una de ellas y tapando los senos con una mano y el brazo derecho. Dulce Vanesa, pronta para el amor.

Él se demoraba un poco, retardando el encuentro de los cuerpos, caminando por el recinto, reduciendo o aumentando la iluminación, apretando botones, sintonizando y buscando una música más agradable,  mientras ella lo observaba, curiosa, divirtiéndose con el nerviosismo del hombre. Dulce Vanesa, deliciosa y pronta para el amor.

Desnudo, como si repentinamente todo fuera urgente, él se aproximaba y la besaba, con suavidad al principio, aumentando la presión, arrancando finalmente un suspiro excitado de los labios femeninos. La boca, la lengua, las manos atrevidas, las piernas fuertes y exigentes, se movían sobre el cuerpo de la mujer, dominándola, la llevaba por los perturbadores senderos del amor. Dulce Vanesa, desbordando amor, transpirando deseo.

Se  detenía en los senos,  mordiendo sin mucha fuerza, mordiendo con más intensidad y sin piedad, hasta que ella gritaba “no!” y se abría totalmente. Libre, abierta y expuesta al amor. Como conquistador que era, él la penetraba, subyugándola con su cuerpo, con su fuerza, exigiendo cada vez más de ella. Uno respiraba el aire del otro, las bocas unidas por besos interminables, mientras los sexos iniciaban un diálogo eléctrico, chispeante, que transformaba a la dulce Vanesa en un verdadero felino. Su cuerpo ágil y atlético se movía rítmicamente, intentando alcanzar el momento de la espectacular explosión. Por dentro, mil fuegos artificiales explotaban en el cielo de su sensualidad. Todos los volcanes, reprimidos y controlados durante todo el día, entraban en erupción convulsionando toda su humanidad. Dulce Vanesa. Llegaba a la cumbre del clímax y se zambullía de cabeza en aquel maremoto de placer.

En el preciso instante en que alcanzaba el orgasmo, se olvidaba de todo y de todos. Clavaba las uñas afiladas en la carne firme de aquel cuerpo masculino que la dominaba, sin importarle absolutamente nada. Alexandre se movía febrilmente, esperaba que Vanesa abriera los torrentes de su placer, gritando, riendo, llorando, y se derramaba dentro de ella, sabiendo que aquella mujer era la razón y fuerza que lo mantenía vivo y feliz. Dulce Vanesa, creando con sus manos, con su voz, con sus gestos, todo el cariño del mundo.

Todas las semanas, huyendo de las miradas indiscretas, se encontraban en aquel motel. Se entregaban a todas las locuras del amor físico, sintiendo que sus almas se unían y jugaban a reinventar el amor.

Bebían vino tinto, seco, noble. Se besaban entre trago y trago, juraban amor eterno sin pronunciar siquiera una palabra. A veces avanzaban noche adentro, perdidos en el amor y bebiendo.

Aquella noche no fue diferente. Llegaron a la misma hora, bebieron y se amaron hasta el cansancio. Se quedaron dormidos. Despertaron de madrugada, se despidieron y marcaron un nuevo encuentro.

Alexandre fue hasta su departamento, se duchó nuevamente y se recostó en la cama. Se quedó dormido. Soñó que estaba haciendo el amor con su dulce y sensual Vanesa.

Despertó sobresaltado. Estaba atrasado. En pocos minutos estaba dentro del automóvil, conduciendo como un loco. Cuando llegó a la empresa estaba sudando, a pesar de que no hacía mucho calor. La secretaria lo encontró en el lobby, con algunos documentos, le avisó que la reunión ya había comenzado. “Estoy jodido”,  pensó.

Casi corriendo entró a la sala de reuniones. Todos se dieron vuelta para mirarlo y la gerente le dirigió una mirada congeladora. Sin pedir ni permitir explicaciones o disculpa, ella comenzó a llamar la atención sobre las responsabilidades de cada uno. Aparentemente, hablaba para todos los presentes, pero era visible e incontestable que le estaba hablando a él, pues en él estaban concentrados sus ojos rabiosos que parecían despedir rayos fulgurantes.

Cuando terminó la reunión, que  fue una verdadera tortura emocional para Alexandre, ella le ordenó que permaneciera en la sala. Ya solos, le dijo que no toleraría más atrasos. No estaba ni un poco preocupada con su vida particular, no  estaba preocupada si a él le gustaban las fiestas, si dormía o bebía en exceso. Pero no permitiría que su conducta, su falta de puntualidad y responsabilidad, afectara el buen andamiento del trabajo y desmotivara al equipo que ella comandaba.

Alexandre, mirando fijamente para algunos documentos que estaban sobre la mesa, no respondió, no reaccionó. Ella juntó los papeles, los guardó en una carpeta y salió sin mirarlo y sin esperar respuesta. Estaba enfadadísima. Furiosa.

El hombre se quedó solo, silencioso, espantado, totalmente derrotado, imaginando qué extraña metamorfosis transformaba, cada mañana, a su dulce y dócil Vanesa, en aquella mujer dura, mal amada, despiadada, autoritaria y terrible señorita Vanesa Stone, la gerente general que sembraba el terror por donde pasaba.

¿O estaría soñando, delirando y la otra Vanesa era fruto de su imaginación?

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