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4 min
Veinte metros cuadrados
Reales |
11.09.18
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Sinopsis

Dedicado a los que como yo se han visto obligado a pasar largas temporadas fuera de casa por culpa del trabajo, alejado de su familia, de los seres más queridos y aguardando tan solo que llegara el día de regresar a su hogar. Menos mal que siempre me ha acompañado la literatura.

El sol comienza a colarse entre la persiana y los desperezados ojos me muestran un día más la triste realidad que asoma tras la alargada noche que al fin decide abandonarme. La almohada que acoge mi cabeza aún se encuentra humedecida por la cantidad de lágrimas esparcidas en el transcurso de la noche, juraría incluso que he debido de permanecer llorando mientras dormía, entre los sueños que se apiadaban de mí y que me daban cobijo por escaso tiempo. El eco del sollozo aún retumba en el interior de esta jaula que me acoge, un gemido que ha quedado impregnado entre las paredes con el único propósito de no dejar caer en el olvido la penalidad que me acompaña. Los tabiques de la habitación parecen haber encogidos varios centímetros en el transcurso de mi duermevela. Es la agonía que proporciona la estrechez de una estancia que da la impresión de acortarse con el transcurrir de los días, una angustia que me oprime el pecho de un modo que se hace insoportable, una tortura destinada a esos pocos que portamos con la pesada carga de la soledad forzada. La distancia que me separa de mi hogar se convierte en un puñal de afilada hoja que se va adentrando en mi vientre de un modo lento pero inexorable, equivaliendo a cada kilómetro que permanezco alejado de los míos. Voy señalando los días que se suceden con lentitud en el calendario del mismo modo que lo hace el preso que  añora que llegue el final de su condena. Porque simplemente soy eso, un reo condenado a vivir de por vida en el destierro eterno, alejado de aquello que se ama, cumpliendo una condena tras otra, observando las fotografías de mis seres queridos, mandándoles besos en la distancia a sabiendas de que nunca llegarán a su destino y tragándome unas lágrimas que asoman con extrema rapidez por estos ojos cansados de tanto sollozo. Escuché decir a alguien una vez que somos como los antiguos guerreros, que estamos hechos de otra pasta, porque está claro que este no es un oficio reservado a cualquiera, aunque yo presiento que mi armadura hace demasiado tiempo que comenzó a resquebrajarse y las grietas que ya asoman tras esta débil coraza van dando muestras de la flaqueza de este pobre hombre venido a menos. No soy más que un pobre títere engullido por estas cuatro paredes que me van asfixiando con el paso de los tortuosos días, una triste marioneta entregada a la voluntad de una fustigante soledad que me mingonea con total descaro, riéndose a carcajada limpia de la fragilidad que me acompaña. Puedo decir abiertamente que he lloriqueado como un niño entre las paredes de los incontables hostales que me han ido acogiendo en el transcurrir de todos estos años, que he llorado mucho más de lo que he reído, que he sufrido más que lo disfrutado y que he llegado incluso a saborear el alto precio que se cobra la locura. Incluso la hombría que yo daba por cultivada con el transcurrir de los años y de la que incluso se podría decir que presumía, parece haberse olvidado de mí. Probablemente habrá abandonado el cuerpo que lo acogía y ahora yacerá esparcida por los escasos veinte metros cuadrados de esta cárcel que ahora presencia la decadencia más absoluta de este pobre loco que vocifera al aire sus miserias. Tan sólo anhelo regresar al hogar donde aquellos me esperan, dar los besos que no llegaron a su destino y arroparme bajo las sábanas que aguardan mi llegada. Mi corazón volverá entonces a latir con la viveza que acostumbra a hacerlo, mi lagrimal se secará dando por olvidado el continuo goteo que suele acompañar a mis mejillas e incluso la olvidada sonrisa brotará nuevamente en el mismo lugar donde ahora se encuentra asentada la melancolía.

Pero todas esas sensaciones deberán aguardar pacientemente su llegada, porque hoy… sólo queda tachar un nuevo día en el calendario.

 

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