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4 min
VEN CONMIGO
Suspense |
12.04.14
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Sinopsis

La madrugada en el patio.

Los perros ladraban estrepitosamente, haciendo tronar sus mandíbulas ante la menor vibración en el inmenso patio. Unos pasos ligeros, minúsculos, les inquietaban. El señor D nunca había sentido a sus animales en tal estado de excitación, pues solían ser muy pacíficos. Se levantó a regañadientes de la cama, y luego de sobarse los ojos hasta el punto de enrojecerlos, se dispuso a salir de su habitación. La noche presentaba una temperatura inusualmente baja, el frío se filtraba a través de sus pantuflas, acuchillando sus pies a manera de húmedas y certeras agujas, mientras los perros estremecían la madrugada con sus ladridos.

La puerta de su habitación estaba como él acostumbraba dejarla; cerrada. Alargó su brazo y tomó el metálico pomo, girándolo hacia la derecha. No pasó nada. Extrañado, miró el espacio entre el marco y la puerta; no estaba corrido el seguro producto de haber sido aplicada la llave. Giró nuevamente el pomo, tirando esta vez con más fuerzas, hasta volver púrpura su rostro. La puerta cedió, dificultosamente, menos de medio metro. Cedió, pero acto seguido se cerró súbitamente. Al señor D se le escarapeló el cuerpo, pues no había sentido ninguna corriente de aire que explicara este suceso, pero decidió no reflexionar mucho el asunto, ya que los ladridos le resultaban realmente insoportables. Tomó el pomo con ambas manos, frunció el entrecejo, respiró hondo hinchando su pecho, giró y tiró nuevamente de la puerta. Ésta se abrió chirriando, a pesar de haber sido sus goznes engrasados hacía sólo unos días. Sorprendido, se quedó unos segundos aferrado al picaporte, como esperando la actitud de la puerta. El ladrido de los perros le hizo salir de su estupor. La puerta había permanecido abierta, incitándole, casi retando, a que la cruzara. Y efectivamente así lo hizo.

Salió al largo y oscuro corredor que desembocaba libremente en el patio. Cada pisada retumbaba en las descascaradas paredes, devolviendo éstas un eco singularmente maligno a sus oídos, haciendo sacudir su cerebro, mareándolo. A mitad del trayecto apresuró el paso; sentíase observado y perseguido por ligerísimos pasos. Llegó temblando hasta el desnudo umbral y echó un vistazo hacia el patio. Era éste un recinto amplísimo, en su mayor parte pavimentado, pero con verdes retazos de césped ocupando las zonas más cercanas a los muros limítrofes de la casa. Un gran árbol de papaya coronaba el centro,  sus ramas oscilaban murmurando lejanas sílabas, hechizando el ambiente. Alzó la vista y se sumergió en la vertiginosa inmensidad de la bóveda celeste, ahora teñida de azul enlutado. La noche era densa, pero a pesar de ello, con muchas estrellas; opacas, silenciosas. 

Tentó un paso hacia el interior del patio, sus piernas estaban rígidas como estacas y una fina capa de frío sudor le empapaba el rostro. Avanzó unos pasos hacia el centro. Los perros cesaron de ladrar al unísono, en el mismo momento que una pequeña silueta atravesaba corriendo a toda velocidad de una esquina a otra, ocultándose en el cuerpo de un arbusto. El señor D, muy racional, quedó intrigado, más que por la estatura del supuesto ladrón, por el sombrerito que éste llevaba. Quedó unos momentos estaqueado, pensando cómo obrar. Sin darse cuenta empezó a caminar, sus pasos le dirigían hacia el árbol central. Una risilla electrizó la madrugada con sus burlescos tonos, mientras el arbusto de la esquina se agitaba levemente. Un nuevo ladrido, más bien un aullido, sofocó el cerebro de D, éste, molesto, se volteó, pues el sonido había venido justo detrás suyo. Giró dando la espalda al árbol, del cual distaba poco más de tres metros. Vio a uno de sus canes mirándole fijamente, con el hocico inundado de naciente espuma. El arbusto se agitó de nuevo, y unos ligeros, veloces pasos corren otra vez... un frío y arrugado cuerpecillo trepa por la espalda del señor D, quien siente todos los músculos de su cuerpo fulminados por el terror más opresivo; queda inmóvil. Una lengua viciosa y puntiaguda juega con su oreja derecha, haciéndole estremecer cada uno de sus nervios. Las manitas del ser que trepado estaba en su espalda se agarran con más firmeza de sus hombros, mientras una voz, chillona y maléfica, le susurra al oído... “Ven conmigo”.

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