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10 min
VENENO EN LA PIEL
Varios |
02.05.08
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  • 4020
Sinopsis

      La tarde gris la acompañaba. Permanecía queda en una de las sillas de madera de la terraza. Mirando el mar que no acababa de arrancar en su ira. Daba pequeños sorbos a un café mientras esperaba. Miró la taza. Solo, tibio y algo dulce. Como ella. Era una mujer bella, de las que no pasan desapercibidas y es consciente de ello, alimentando sus atributos con amplios escotes y ceñidos vestidos. Dio un sorbo cortito y sonrió al pensar en que también compartía con el brebaje sus efectos secundarios. Era excitante. Gracias a todo ello, podía vivir holgadamente y sin preocupaciones. El Sol no se atrevía a salir entre las nubes. Lo agradeció. Estaba ojerosa y las gafas de sol no eran suficiente barrera para protegerla de los rayos de un día especialmente luminoso.

      Era una mujer de armas tomar, con carácter y las cosas claras. Su ambición era prioritaria y no permitía que nadie pasara por encima de su dignidad, al menos, no sin su consentimiento. Llevaba toda una vida, desde que de niña le descubrieron sus aptitudes, cazando fortunas aquí y allá. Al igual que los buscadores de tesoros se adentran en ruinas y profundidades para hallar su trofeo, ella lo hacía adentrándose en los corazones de los hombres o, más específicamente, entre sus piernas. Era algo que se le daba bastante bien. Era tarea fácil. Sabía como domar la fiera. Su sutileza se adaptaba a la perfección a cada momento, a cada persona. En cada ocasión interpretaba el papel que mejor se adaptaba a las circunstancias, dejando satisfecho hasta al más exigente. Luego, cuando se marchaba delicadamente de las sábanas aún mojadas, lo hacía con el ánimo de un sueño, dejando a sus víctimas con la confusión y la duda de si realmente había pasado aquello. En los últimos años, su trabajo había sufrido alguna modificación en su beneficio. Ahora tan sólo trabajaba por encargo, para poderosos magnates. Recibía una gran suma por lo que hacía y, en ocasiones, no era necesario que siquiera consumase para llevar a buen término el contrato. Conocía bien a los hombres, de eso no cabía duda. Pensaban con la entrepierna con más facilidad de lo que lo hacían con el cerebro y, cuando intentaban razonar, ella hacía porque la sangre bajara y llenara aquel músculo. Entonces se les olvidaba lo que trataban de decir o pensar. Una mirada suya bastaba para seducir hasta al hombre menos viril. Y para eso, nunca tenía que poner toda la carne en el asador. Se chamuscaban antes de quitarse el vestido.

      El último encargo que tenía era todo un reto para ella. Debía seducir y acabar con un hombre inaccesible. Uno de los trabajos más difíciles a los que se había enfrentado hasta ahora. Estaba casado, tenía hijos y sus principios bien arraigados. Su familia estaba por encima de todo. Su empresa estaba obstaculizando el crecimiento de un gran proyecto inmobiliario. Y el dueño de ese proyecto la había contratado para hacerle desistir de su negativa a colaborar. Para ello debía ser muy sutil y actuar con rapidez. Conquistar el corazón de un hombre entregado a la virtud era harto difícil, pero no imposible. Periódicamente quedaba con su actual jefe para tomar instrucciones y estar al tanto de la evolución de la trama. Siempre lo hacían allí, en aquella cafetería con vistas al mar.

      Una silueta se aproximaba elegante desde la playa. Sonaba Dire Straits de fondo, Money for nothing. Qué ironía, pensó apurando el café. El dinero lo era todo. Se compadecía de aquellos que imploraban por la buena salud o el amor. Qué tontería. Sin dinero, nada de aquello merecía la pena. Y el amor, ni siquiera con dinero. El apuesto galán se acercó a la barra y le hizo una seña al camarero. Fingió no verla, disimulando su mirada lasciva bajo las gafas de sol. Esperó unos minutos y luego se acercó a su mesa. Ella le dedicó una sonrisa sin dejar de mirar al frente. Él se mostró molesto, no había conseguido llamar su atención. No lo suficiente. Se quitó el sombrero de fieltro y lo dejó frente a su taza vacía. Se pasó la mano por el cabello, mesándolo y luego dejó a la vista sus ojos claros.

      -      Llegas tarde. – Se limitó a decir ella.
      -      No pude venir antes. – Contestó serio, temiendo ella tomara represalias ante su tardanza.
      -      No importa. Ya estás aquí. – dijo con sequedad.
      -      Sí... – carraspeó. - ¿cómo va?
      -      Marcha según lo previsto. No tienes que preocuparte. – Cuando quería era tan agria que desarmaba a cualquiera.
      -      Tengo algo para ti. – Dejó un dossier sobre la mesa, bajo el sombrero. Trataba de no hacerse notar demasiado.
      -      Bien. Ya lo veré luego. – Se volvió hacia él, con los labios semiabiertos. Entonces, el rojo intenso de su boca le hizo tragar saliva y desear estar muy cerca de ellos.
      -      Bien... – acertó a decir. El camarero dejó una copa con hielo en la mesa y sirvió el vodka hasta llenar la mitad. Cuando se fue - ¿has conseguido algo?
      -      Algo. – Su actitud era estudiada. Él lo sabía. Pretendía sacarle de quicio. Lo peor era que lo conseguía con demasiada frecuencia.
      -      Este no es un buen lugar para hablar de negocios... – él quería llevar la voz cantante, pero le costaba imponerse.
      -      Lo es si yo creo que lo es. – Miró al hombre por encima de los cristales. – Si no te interesa ya sabes lo que puedes hacer.
      -      Sólo digo que... – si perdía ahora a la chica, ya no podría remontar lo conseguido hasta el momento.
      -      Di lo que quieras. Es mi forma de trabajar. Lo tomas o lo dejas. – Como le dolía recibir esas puñaladas. Ella, en cambio, disfrutaba.
      -      Está bien... está bien... – se resignó al final. Antes de empezar luchaba por una batalla imposible de ganar.
      -      ¿Has terminado con eso? – Hizo un gesto leve de cabeza hacia el vaso de vodka. Él no contestó. Ella se levantó y le indicó que pagara. Luego caminó delante de él hacia el coche. Él la siguió apresurado. Después de todo, a pesar de los millones amasados, seguía siendo un pobre constructor.
      -      Vamos. – Ella dejó que él le abriera la puerta. Subió y se acomodó en el lado del copiloto. Él rodeó el coche y se puso al volante. No iban muy lejos.

      Tres calles más tarde, aparcaban el coche y bajaban para adentrarse en el hotel de siempre. Subieron a la habitación. Ella no esperó a que él cerrara la puerta para quitarse con un ágil gesto el vestido. No llevaba ropa interior y su perfecta anatomía quedó descubierta frente a él. Estaba loco por ella. Nunca pretendió mezclar los negocios con el placer. No pudo evitarlo. Era preciosa, cautivadora. Imposible negarse a sus encantos. Ella, por otra parte, quizá esperaba un sobresueldo por aquel trato tan íntimo. O tal vez, pensó el hombre, él le gustaba y sentía algo por él. Ella sabía que esto era ridículo. En esos momentos de intimidad que pasaban jugueteando entre las sábanas, él había desvelado muchos de los entresijos de su empresa inmobiliaria y de cómo estaba interfiriendo el otro hombre, aquel que debía aniquilar. Ella parecía no prestar atención y se dedicaba al placer, gemía y se arqueaba, dejando sus pechos apuntando hacia el cielo. Lo repetían una o dos veces por semana desde poco después de contratar sus servicios. Él temía el día en que acabaran sus tratos, pues intuía que su relación tenía la misma fecha de caducidad. Fue una tarde salvaje como pocas. Una que recordaría durante toda su vida, treinta y dos minutos y doce segundos. Ella le invitó a tomar un trago, rescatando algunas botellitas del minibar. Él bebió agradecido. Ella lo observó paciente. Luego ella se vistió con movimientos felinos y le dedicó una mirada penetrante. Él aún desnudo en la cama, la miró embelesado y confuso. ¿Dónde iba? Pronto lo supo. Su respiración comenzó a ser dificultosa. La botellita se le escapó de entre los dedos y apenas derramó unas gotas que le quedaban sobre el colchón. Su cara adquirió un tono azulado y sintió como la lengua se crecía en el interior de su boca. Ya no pasaba el aire a sus pulmones. Sus ojos se desencajaron y, en un rictus final, expiró. Ella sonrió, recogió sus cosas y bajó al vestíbulo. Se acercó a la cafetería del hotel y pidió una copa. La tomó de la barra y esquivó las mesas hasta llegar a una en concreto. Había un hombre de espaldas. Ella le acarició el cuello y se sentó frente a él al tiempo que retiraba sus dedos. Él le sonrió y ella le correspondió afable. Tenía algo sobre su palma extendida bocabajo sobre la mesa. Acercó su mano hasta ella y la levantó, dejando al descubierto un mullido sobre americano. Ella lo cogió con naturalidad y lo depositó en el interior de su bolso.

      Era una mujer ambiciosa, siempre lo había sido. De ese modo, la ambición era siempre la que medía los negocios y con quién debía hacerlos. Cuando el constructor le encomendó la tarea de seducir a aquel respetable hombre de familia, supo que tenía mucho más que perder que los beneficios que el asunto iba a reportarle. Así, no dudó en cambiar las tornas y, como el diablo mismo, sacar tajada de ambas partes. El mejor postor era quien mejor podía pagarle. Supo entonces que tenía un buen negocio entre manos. Habló con el empresario y le advirtió de los planes del proyecto inmobiliario. Éste le propuso invertir el juego y disparar en sentido contrario. Así, aquel que se pensó ganador, era ahora la diana con el dardo en el corazón mismo hundido. Sedujo con maestría al constructor y cumplió con su contrato. Con uno de ellos, al menos. Apuró de un trago el resto de la bebida y se levantó de la mesa, dejando a su acompañante solo. Él se volvió para verla marchar. Era un espectáculo que bien merecía la pena. Ver alejarse aquellas curvas sinuosas, era algo que no se perdonaría nunca. Su naturaleza le traicionaba. Finalmente suspiró al verla cruzar el umbral. Esperaba no volverla a ver. Sabía que si eso sucedía sería totalmente diferente. Y no sabía si podría resistir las garras de aquella seductora fémina. Diez minutos después, se levantó, pagó la cuenta y se marchó. El proyecto inmobiliario ya no era un problema. Ahora podría hacer una buena oferta a los socios del fallecido y hacerse con la obra. Al fin y al cabo, sus principios no eran algo inquebrantable.
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