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4 min
Venganza
Suspense |
30.12.16
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Sinopsis

Muy a menudo, la ingratitud resulta un pecado muy difícil de perdonar...

                                    

 

Le había entregado los mejores años de su vida y ahora pretendía dejarlo abandonado como un perro, como si sólo fuera un trasto, viejo e inútil.

Así le pagaba aquella zorra ingrata los servicios prestados a lo largo de casi una década.

Siempre que lo había necesitado, ahí estaba él. No le había fallado nunca. Jamás la había dejado tirada. Es muy posible que no pueda decir lo mismo de todos ésos a los que llama amigos. Él fue el mejor, el más fiel, ése que siempre estuvo a su lado, en los buenos y en los malos momentos, sin apenas exigir nada a cambio.

Ayer la sorprendió mirando a otros. Mirando, especialmente, a otro. Reconoció enseguida aquella mirada ilusionada, el mismo brillo de impaciente deseo que tenían sus ojos aquel lejano día en que se encontraron por primera vez.

Ayer, igual que entonces, notó como a ella se le aceleraba el pulso al acercarse a su odiado rival, aquél que tenía todas las cartas para convertirse en su sustituto.

La infiel malnacida  no lo sabía, pero ayer por la tarde se había cavado su propia tumba. Esa mirada delatora, saboreando por anticipado una felicidad futura a la que él se sabía ajeno, supuso su sentencia, inapelable e irrevocable.

Ahora, cuando lo miraba a él, sólo mostraba, en el mejor de los casos, indiferencia y hastío, cuando no un más que incipiente desprecio.

Los acontecimientos se precipitaron después de esa tarde fatídica.

Hoy por la mañana lo había echado de casa, de su casa, aquélla que había habitado durante 10 dichosos años. Sin compasión ni miramientos, la miserable arpía lo expulsó de su preciado hogar y luego se dedicó a prepararlo, a acondicionarlo para recibir en él al maldito intruso.

Pues sí, amigos, la pérfida bruja se dio mucha prisa, demasiada, en apartarlo de su vida.

Ése fue su segundo gran error.

El primero, por supuesto, había sido permitir que conociera a su enemigo.

Pagaría cara, muy cara, su desvergüenza, su inaudita desfachatez.

El tercer error, a la postre el más determinante, fue regresar otra vez al faro del acantilado. No era el momento más oportuno para visitar un sitio así.

Aunque habían viajado por todo el mundo, y conocido los rincones más pintorescos y paradisíacos, aquél era, sin duda, el preferido de ambos.

Allí, a la vera del mar embravecido, habían pasado alguno de sus mejores momentos. Sólo ellos dos, el viejo faro y el horizonte infinito.

Su último error, no hay tres sin cuatro, fue darle la espalda. Escogió el peor momento para ponerse a fotografiar las olas.

Ahí estaba la zorra ingrata, al borde del precipicio, enteramente a su merced.

Su rugido de rabia la hizo volverse. Se quedó mirándolo con los ojos desorbitados.

Petrificada por la infinita sorpresa ni siquiera atinó a gritar.

Esa mueca de intenso terror fue la última expresión que animó su odiado rostro y a él lo resarció, en parte, de los agravios sufridos.

Luego, ambos se despeñaron, desde más de 20 metros de altura, para ser engullidos por la furia del océano.

Los encontraron dos días después, con la marea baja, al pie del acantilado.

Ambos estaban tan destrozados que costaba trabajo reconocerlos.

A la mujer la identificaron por la pulsera de plata y una prótesis dental.

A él, por el número del bastidor y las dos placas de la matrícula. (2134  DCM)

 

 

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  • Poco desarrollo y sustancia
    A mi me parecio excelentemente muy bien escrita y muy bueno
    Me gusta mucho el relato, es una historia atrapante y con mucho jugo. Comparto el comentario de Mario Cavara, lo releería dentro de unos meses y le daría unos toques finales! La historia se lo merece, es genial! Te felicito! Gracias por compartirla!
    El relato es bueno y toca un tema que, por desgracia, es frecuente hoy en día. Reconozco que me ha gustado. El problema que le veo es la forma en que lo has desarrollado, con párrafos excesivamente cortos, muchas frases sueltas que hubiesen quedado mejor de haberlas hilvanado unas con otras para que el relato fluyese más. Por lo demás, consigues transmitir esa sensación de rabia que lleva al protagonista a perder la razón y le conduce a la más horrenda de las venganzas.
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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín.

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