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7 min
Venganza equivocada
Drama |
05.03.22
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Sinopsis

Publico este relato, escrito hace ya años, porque acabo de leer "El hombre y el páramo", de mi admirada Ana Pirela, y me lo recordó. Así que lo extraigo del baúl de los cuentos perdidos para compartirlo con vosotros

VENGANZA EQUIVOCADA

           No me anduve con ambages a la hora de soltarle la andanada:

           —Tu marido se folla a mi mujer.

            Sabía que era cruel decírselo, más cruel aún hacerlo de esa manera, sin ningún tipo de preámbulo que suavizara la misiva, sin tampoco eufemismo alguno con el que de algún modo atemperar su acerbo tenor; pero es que yo quería precisamente ser cruel, necesitaba serlo, precisaba a través de la crueldad dar salida a esa hiel pútrida que estaba envenenando mi sangre, aun a sabiendas de que tal veneno pasaría de esa forma a otra víctima inocente. Nada podía apaciguar mi sufrimiento, nada desde que la traición de la mujer a la que amaba se hiciera evidente, lancinante dolor que, al tiempo que destrozaba mi existencia, exigía otra alma con la que ser compartido, otra que no podía ser sino ella, la asimismo agraviada por la afrenta.

           Yo nunca la había visto antes en persona, mi único conocimiento de ella derivaba de las fotografías que me enseñara precisamente su marido, mi socio, mientras hablaba maravillas de ella, que si era una excelente compañera, que si una mujer dulce y cariñosa como pocas, que si una abnegada madre..., en fin, una especie de ángel ubicado en la tierra por alguna suerte de irradiación empírea. Ni que decir tiene que todos esos dones de su mujercita no le habían impedido, en sus ratos libres, tirarse a la mía, también socia del bufete; supongo que una cosa no quitaba la otra. Tengo que admitir en cualquier caso que algo de ángel sí que tenía, al menos en lo que a apariencia externa respectaba, piel clara y sin máculas aparentes, suaves ángulos conformando un rostro perfectamente ovalado, ojos azules y transparentes como la calcedonia, manos pequeñas, labios finos. Nada de eso me importaba empero a mí. Yo sólo quería venganza, aunque para ello tuviese que hacer daño a una inocente; el mismo golpe que días atrás destazara mi alma en pedazos quería devolverlo ahora sobre este otro ser frágil y quebradizo que tenía frente a mí, con saña, sin conmiseración alguna, sin que a la piedad me moviesen aquellos ojos azules que titilaban como estrellas, ni esa tez pálida desmoronándose en rictus de consternación; era el detonante de mi venganza, a través del cual sentía un enfermizo consuelo.

           Esta venganza no iba, por supuesto, dirigida contra aquella pobre muchacha, tan víctima al fin y al cabo como yo mismo, ella era tan solo el vehículo del que me estaba sirviendo para hacerla llegar a su auténtico destinatario, que no era otro sino el abyecto de su esposo, quien a partir de entonces ya nunca gozaría de la ciega devoción de ese ser angelical que tanto lo adoraba; mancillada su inocencia de paloma por el conocimiento de la infamante verdad que yo acababa de transmitirle, él perdería a sus ojos aquella aureola de hombre perfecto que tan magistralmente había sabido conformar y de la que tan ufano se sentía, ya no sería el marido amantísimo que la estrechara entre sus brazos bajo sábanas de satén, ya no el padre ideal, ya no el trabajador y honrado consorte. No, ella nunca volvería a confiar en él y, como consecuencia, él dejaría de ser quien era, atrapado en una telaraña de suspicacias y desprecios que, subsistiera o no su matrimonio, nunca podría ya eludir. Yo le conocía bien, no en vano, además de socios de bufete, habíamos sido amigos desde la universidad y, como tales, compartido todo tipo de confidencias, por lo que sabía que aquello le iría destrozando poco a poco, causando en su alma más estragos que las que en su cuerpo haría una saeta envenenada.

           Esa era mi venganza, a cuya diosa, Némesis, me había consagrado en cuerpo y alma, sin condiciones, aun teniendo para ello que ofrecerle en sacrificio a esta pobre inocente que me miraba ahora con ojos de no entender nada. Para facilitar su comprensión, le fui mostrando las fotografías que divulgaban la afrenta, demoledoras en su testimonio, irrebatibles, sin resquicio alguno para la duda en su categórico mensaje. Una tras otra, ella las contempló con ojos que de la sorpresa fueron virando hasta perderse en los suburbios de la pena, paulatinamente invadidos por una película húmeda que intensificaba aún más su natural transparencia, hasta que al fin sus manos se abrieron para dejarlas caer con indolencia, desplomadas sobre el suelo al mismo tiempo que desde las garzas pupilas, incontenibles ya de todo punto, lo hacían sus lágrimas.

           Me fui sin pronunciar una sola palabra más. Ya nada tenía en realidad que hacer allí, cumplido que había sido mi pérfido propósito. Me afligía, era cierto, el dolor de aquella mujer, si bien, ofrecerle cualquier tipo de consuelo en tales circunstancias hubiera sido todo un canto a la hipocresía por mi parte. Por lo demás, yo cohonestaba mi propia iniquidad diciéndome que en el fondo le había hecho un favor al abrir sus ojos, ya que de este modo podía ahora conocer quién era en realidad el miserable con el que cada noche compartía tálamo. Lo que a partir de ese momento hiciese o dejase de hacer ya no era cosa mía. Podía, como yo, callar, aceptar en silencio la tortura del conocimiento y ahogarse día tras día entre vómitos de vergüenza y lástima; o podía, por el contrario, mandarlo todo al carajo y comenzar una nueva vida lejos del hombre que la había traicionado. Era en todo caso asunto suyo.

           Una semana después telefoneó mi socio para con voz entrecortada comunicarnos que su esposa se había suicidado tirándose desde la azotea del piso donde vivían. Dijo no entender nada, desconocer por entero las razones que la habían llevado a cometer semejante desatino, pues si bien era cierto que en los últimos días percibió en ella una preocupante astenia, no había sido capaz de extraer de su boca la causa última de dicha lasitud; había supuesto que se trataría de un efímero bajón anímico, algo pasajero, y que en breve volvería a ser la persona alegre que fuera siempre, nunca imaginó desde luego un final tan trágico. Tras el teléfono oí cómo lloraba. Comprendí entonces lo absurda, además de atroz, que había sido mi venganza, y comprendí a la sazón que yo era en realidad quien la había matado, que fueron mis manos, expandidas en una invisible pero implacable proyección hacia la azotea, las que empujaron a aquel ángel al abismo, sin que sus alas, rotas de antemano, pudieran desplegarse en la caída. Dicen que la venganza tiene un sabor dulce; yo ignoro en base a qué leyenda se ha forjado semejante opinión, pero lo que es en mi caso sólo puedo afirmar que resultó a la postre amarga como la bilis. Blandida mi espada contra un enemigo concreto, destrozado había con la estocada a dos personas más, a esa pobre mujer y a mí mismo. 

                                         (septiembre 2012)

 

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  • El título certifica lo que el autor opina sobre la acción efectuada por el personaje descripto. En cuanto a mi opinión considero que la susodicha venganza, logró su cometido...el marido sufrió en carne propia el castigo a su infidelidad...perdió a su mujer. ¡MUY BIEN DESARROLLADO! Shalom desde Israel, colega de la pluma
    Intenté enviar el comentario pero algo falló. Quería decirte que es un muy buen texto. Y en mi concpeto, la venganza nunca supone justicia, sino todo lo contrario. Genera tanto dolor como el odio que la genera y que en definitiva vuelve envuelta en dolor a quien la lleva a cabo,
    un relato desgarrador. Hay casos así. Quien dice que la venganza tiene un sulce sabor, es gente sádica, que disfruta con el mal ajeno. Lo peor es que en estos casos tan delicados, siempre salen perjudicadas terceras personas, como si de una guerra se tratase.
    A veces no somos conscientes de nuestros actos, somos humanos, es nuestra escusa, un saludo
    "Venganza equivocada", una historia que resalta a un narrador protagonista de sus propias acciones, las cuales empujan a una cercanía entre los acontecimientos y las emociones que padece, logrando conectar al lector a tan impresionante trama " el principio fundamental de la tragedia" como lo diría Aristóteles, que al final, resulta una catástrofe total! Insuperable relato Mario ¡ felicitaciones!! fue un placer leerte. Gracias por la deferencia. Feliz día, admirado colega!!
    Impresionante relato, Mario. Toda acción tiene su reacción que es completamente imprevisible y quizá mejor se hubiera enfrentado a quien correspondía. Eso de que las penas compartidas son menos, como que no. Son las mismas. Un abrazo.
    Genial Mario. Inicio del relato con un gran golpe de efecto. Gestión del sufrimiento que acarrea las infidelidades y las recciones de los afectados con magnifícas descripciones que embriagan atestando duramente el mismo golpe de efecto en un giro inesperado. La culpa busca un único responsable. Cómo dice Carlos poderoso final. Enhorabuena. Un saludo afectuoso.
    Mi madre! Ese final es poderoso! Muy bueno, Mario Cavara. Excelente relato.
  • Relato de palmaria inspiración borgiana. Espero que el maestro, desde el más allá, sepa perdonar mi osadía

    Una de mis escasas incursiones en el género del terror. Espero que os guste

    Escribí este cuento allá por el año 2002. Lo comparto ahora con vosotros

    Aunque no suelo prodigarme mucho en lo que a versos se refiere, teniendo en cuenta que hoy es el día mundial de la poesía, qué menos que aportar mi pequeño grano de arena. Lo dedico especialmente a todas aquellas mujeres cuyos ojos son de color marrón. Hay mucha poesía enfocada a los ojos azules, verdes o negros, pero no tanta para ensalzar los ojos marrones, que son asimismo muy bellos. De modo que aquí va mi modesta contribución personal

    Publico este relato, escrito hace ya años, porque acabo de leer "El hombre y el páramo", de mi admirada Ana Pirela, y me lo recordó. Así que lo extraigo del baúl de los cuentos perdidos para compartirlo con vosotros

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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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