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27 min
VENUS ENAMORADA TRES VECES
Amor |
07.08.18
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Sinopsis

¿Se puede romper el corazón por desamor? ¿Se puede morir de amor? Venus se va a enamorar tres veces, pero nunca imaginaría el desenlace de la tercera vez.

Maldito el nombre que llevaba. Y como la diosa que le dio su nombre, el amor de los hombres siempre fue un aspecto valioso en su vida, pero fuera de despertar su pasión y adoración, siempre amó, sin que la amaran.

Y es que ésa era precisamente su maldición.

 

Hija de una infidelidad, la que fuese la primera, dijo así:

-Igual que yo amé a su padre sin que él me amara, su hija amará sin ser nunca amada.

 

 

La primera vez que Venus se enamoró, no era más que una niña. Vio a su amado Antilef, y sintió que un cálido sol, la rodeaba y calentaba su corazón.

Desde aquel momento, cada vez que Venus hablaba, de su boca salían mariposas rojas y era por eso, que nunca hablaba con Antilef, pues sino, las mariposas hubiesen sido delatoras de su profundo amor.

 

Un día, su madre le dijo:

-¿De quién te hayas enamorada? Ésas mariposas rojas, no pueden ser sino signo del primer amor.

Las mejillas de Venus, rápidamente se convirtieron en un tono tan rojo y brillante, que eran como dos manzanas de caramelo.

-Del joven Antilef.

Respondió tímidamente mientras unas mariposas rojas salían de su boca.

-Perocariño-comenzó su madre con preocupación-¿acaso no sabes que Antilef está comprometido?

-¿Comprometido?

-Sus padres lo comprometieron al nacer, pero su destino fue tan propicio que, ambos jóvenes se enamoraron antes incluso de saber que estaban comprometidos.

No podía ser. Su madre debía estar equivocándose de persona. Su Antilef no podía estar comprometido. No podía estarlo porque él, ya había empezado también a rondarla.

Cada noche, el joven, se escondía bajo una palmera y allí, esperaba a que Venus saliera a hurtadillas de su casa para encontrarse con ella.

-Antilef,-dijo aquella noche Venus-me han dicho que estás comprometido.

Y mientras Venus hablaba, las mariposas rojas salían de su boca sin que ella pudiese evitarlo.

-Venus, mi niña adorada. No puedo decir que ésa información que te han dado sea mentira, pero créeme si te digo que tú eres mi niña preciosa y nada más importa.

Ante aquellas palabras, Venus sintió un pequeño pinchazo en su corazón y llevándose una mano al pecho, dijo:

-Por eso siempre estamos escondidos bajo esta palmera, por ello, nunca podremos exponernos a las miradas de la gente. Pero Antilef, yo no sé si quiero vivir siempre escondida bajo las ramas de esta palmera.

-Debemos hacerlo, mi niña bonita.

Y diciendo aquello, la besó. Y fue un beso tan cálido y profundo que, en el pecho de Venus, nació una flor como una orquídea roja, grande y hermosa.

 

Y así, fueron pasando las noches de aquel cálido verano, con Venus y Antilef, escondidos bajo las ramas verdes y poderosas de la palmera, como única testigo de su amor prohibido.

Y una noche de aroma a rosas y lavanda, mientras tenía Antilef entre sus manos, las manos de Venus, acudieron presurosas unas diminutas hadas voladoras.

-¡Corre Venus! ¡Corre!

-¿Qué es lo que ocurre?

Preguntó Antilef, poniéndose en alerta.

-¡Tu prometida! ¡Viene tu prometida!

Gritaron las hadas a coro con sus vocecillas agudas y chillonas.

Sin decir nada, Venus echó a correr todo lo rápido que pudo. Tras su huida, perdió su flor del pecho y sintió tal tristeza en ése momento que, fue entonces cuando supo que tenía que parar aquel amor clandestino. Saltó la valla de su jardín y, cuando se disponía a colarse por una de las ventanas de atrás para no ser descubierta por su madre, allí, apoyado en el alfeizar de la ventana, se encontraba Antilef.

-¿Qué haces aquí?

Preguntó Venus sofocada y sorprendida.

-Lo siento, lo siento mucho. Y sobre todo, debo darte las gracias. Si no hubieses corrido tan rápido, nos hubiese descubierto.

Venus, se llevó las manos al pecho porque sentía pinchazos en el corazón.

-Yo no quiero seguir viviendo así-se le quebró la voz, pero haciendo una pausa para no llorar, continuó:-yo no merezco esconderme. En la carrera, se me ha caído la flor del pecho y ahora mismo, ya no sé si quiero seguir viéndote.

-Por favor, no me digas eso.

Antilef la acercó hacia sí y abrazándola fuertemente, dijo:

-No me dejes sólo, por favor.

Venus se deshizo del abrazo de su amado con un dolor en el corazón que la hería profundamente y, mirándole con los ojos más tristes y sinceros que jamás haya visto la luna, dijo:

-Soy yo la que se queda sola. Tú la tienes a ella.

-Pero tú eres mi niña.

Venus lanzó la más triste de las sonrisas y como pudo dijo:

-No digas que soy tu niña. No lo digas sino…

No pudo continuar.

-¡Dilo!-gritó Antilef- dímelo y lo haré. Sólo tienes que pedírmelo.

-Yo nunca podría pedirte algo así. Si de verdad quieres estar conmigo, la dejarías sin que yo te lo pidiera. Así que no me digas que te lo pida, porque, es más que evidente lo que siento. Al menos, déjame el poco orgullo que me queda, que me lo guarde para mí sin tener que hacerte ésa clase de petición y que sea de tu persona de quién salga el hacerlo.

Concluyó Venus en el tono más tranquilo, apaciguado, frío y doloroso, que jamás se haya oído.

-Siempre tan orgullosa.

Replicó él.

Y de ésa forma, Venus, quedose petrificada, con la boca ligeramente abierta, mientras salían todas y cada una de las mariposas que se alojaban en su estómago. Y con la última mariposa roja, dijo:

-Antilef, no digas que soy orgullosa. Cada una de ésas mariposas que ahora vuelan libres, bien sabes que son signo de lo que he sentido. Lo supiste desde el primer momento, a pesar de que ninguno de los dos, nos atrevimos nunca a hablar de mi profundo amor. No has sabido retener las mariposas dentro de mí y estoy segura de que más será el dolor que yo tenga a partir de este momento, que el que tu jamás has sentido por amor. Así que no me llames orgullosa porque no te pedí que la dejarás. Llámate cobarde porque no fuiste capaz de dar la cara para amarme.

Y así, Venus se acercó a Antilez, le dio un beso cargado de amor profundo en la mejilla y se marchó.

 

Durante días, Venus lloró y lloró. Y asomándose a la ventana, observaba la palmera que había sido testigo de su amor con Antilef y entonces lloraba. Y lloró hasta el punto que, sus lágrimas, caían al jardín formando un pequeño charquito de aguas límpidas y argénteas, las cuales fueron aprovechadas por las hadas para crear joyas perladas de lágrimas de amor.

Pero tras las lágrimas, vino un espantoso dolor en el corazón y Venus lloraba día y noche. Y se retorcía de dolor, llevándose las manos al pecho y gritando por su tormento.

Y llegó a ser tal su dolor y desconsuelo, que su madre ordenó llamar al doctor.

El doctor la examinó y la examinó, pero no supo encontrar la causa de su mal.

Veía a una joven encamada, exhausta y fatigada por el llanto y el dolor, con los ojos enrojecidos de llorar y unas ojeras tan negras y profundas que, más parecía un ánima que una joven.

-¿Dónde dice que le duele?

Preguntó el doctor.

Venus sin hablar, se llevó la mano hacía el corazón.

El doctor miró sus papeles, donde aparecían los resultados de las pruebas médicas y mitad estupefacto, mitad apenado, dijo:

-Mi querida niña, físicamente, tu corazón, parece estar bien. Pero vamos a practicar una última prueba. Y no es una prueba médica. Es una prueba, que sólo las hadas pueden realizar.

Se trataba de la prueba del corazón roto.

Las hadas más expertas en asuntos del amor, fueron llamadas y, tras revolotear sobre Venus, lanzando florecillas y encantamientos, no tardaron en dar su diagnóstico.

Le explicaron a la madre de Venus que, efectivamente, su hija tenía el síndrome del corazón roto, por el que, algunas fibrillas del corazón se habían roto al haber sufrido un desengaño amoroso. Y aunque ésas fibras eran diminutas y por ello no eran perceptibles en las pruebas que el médico había realizado, el dolor era insufrible.

-No se apure señora. Que se rompa el corazón, es algo muy doloroso, no sólo físicamente, sino también para el alma. Y no hay cura para ello, pero no es mortal. Sólo debe esperar y, esperemos que su recuperación sea pronta y próspera.

Dijo el hada de más edad.

 

Y así, entre gritos de dolor y lágrimas de desconsuelo, fueron pasando los días para Venus. Algunos días se encontraba mejor y entonces, salía a pasear, pero todo le recordaba a Antilef: la palmera, una orquídea roja, un caminillo dorado por el que un día habían paseado… y se echaba a llorar. Sentía que el aire le faltaba, se le formaba un nudo en la garganta y las lágrimas comenzaban a salir a borbotones. Y de camino a casa, iba dejando un auténtico reguero de lágrimas.

Ahora, ya todos y todas, sabían de la existencia de “la chica con el corazón roto”, así que cada vez que veían un nuevo reguero de lágrimas, solían decir:

-Ha debido de estar por aquí “la chica del corazón roto”.

Fueron pasando los días, los meses e incluso los años.

Y aunque poco a poco el corazón de Venus comenzó a sanar, su mirada se quedó lánguida y era muy habitual verla taciturna o con los ojos perdidos en otros mundos.

Solía perderse por los caminos y no era raro verla en compañía de las hadas y es que, con ellas, se sentía completamente libre de reír o llorar. Porque ahora, que ya habían pasado más de diez años desde lo de Antilef, ni si quiera sus mejores amigas, podían entender que siguiera llorando por él. Y Venus se sentía totalmente incomprendida porque, realmente, ella no quería llorar. Al contrario, ansiaba ser feliz y, también quería volver a enamorarse.

 

A Venus y a sus amigas, les encantaba bailar y era habitual, verlas en todas las fiestas y bailes, bebiendo ponche y bailando bajo los destellos plateados de la luna de verano. En ésos momentos alegres y joviales, Venus era muy feliz, pero si alguna de sus amigas contaba lo dichosa que era con sus nuevas conquistas o amoríos, a Venus se le llenaba el alma de envidia, el corazón de dolor y sus ojos de lágrimas. Y era entonces, cuando se marchaba a los valles de flores silvestres para encontrarse con las hadas y nuevamente, llorar y llorar hasta quedar dormida tan abatida acababa por el llanto.

 

Y de repente un día, en el mes de agosto en el que Venus ya tenía veintinueve años, fue el primero en quince años, que no pensaba en Antilef.

Al darse cuenta de aquello, primero se alegró, aunque en cierta parte, pensaba que, si ella le olvidaba del todo, probablemente él, también lo habría hecho ya.

Aquel pensamiento la entristeció, pero recomponiéndose rápidamente, se puso un vestido nuevo, se soltó el pelo, se pellizcó las mejillas y salió dispuesta a comerse el mundo, vivir aventuras y reír con su antiguo amigo el viento Céfiro.

 

Pero antes de encontrarse con el viento, se cruzó con Airam.

Airam, que era la libertad. Y no había cosa que Venus necesitase más que la libertad.

Venus quedó total y absolutamente prendada de Airam. Y a sus ojos los llamó, ojos de otoño, y a su sonrisa, sonrisa de sol.

Pero casi al tiempo de que Venus se enamorase de Airam, ya iba llorando por él en cada esquina. Porque, al fin y al cabo, Airam era la libertad y aparecía y desaparecía a su libre albedrío. Y es cierto que nunca quiso hacer daño a Venus, pero fue incapaz de quererla como ella quería que lo hiciera.

Y si Airam aparecía, Venus dejaba de caminar para bailar, tal era la felicidad que albergaba su corazón. Pero si Airam desaparecía, Venus lloraba con tales sofocos, que hasta su casa entera temblaba.

Ahora, cada vez más a menudo, Airam se ausentaba sin dejar rastro durante tiempos más largos y, las amigas de Venus solían decirle:

-Si vuelve, debes ser fuerte y decirle que no vuelva más. Que tú también quieres ser libre y no esclava de su propia libertad.

Venus asentía lánguidamente y, aunque estaba decidida a llevar a cabo los sabios consejos de sus amigas, cada vez que Airam volvía, ella volvía a bailar.

Pero al final, tanto lloraba cuando Airam se iba, que ahora, también lloraba cuando volvía, a sabiendas de que volvería a marchase.

Y poco a poco, su corazón cicatrizado, comenzó a resquebrajarse nuevamente.

Y comenzó a tener ligeros dolores en el pecho y en el hombro. Y volvía a llorar día y noche, dejando otra vez los regueros de su juventud a su paso. Y nuevamente, quedó postrada en la cama tan inmenso e insondable era su dolor.

Lloraba en silencio con una tristeza eterna y, recordando los ojos de otoño de Airam, pensaba que cuando estaba con él, era tal el temor a que se marchara, que nunca llegó a disfrutarle completamente.

Airam, que solía volar junto con el viento Austrum, volvió una y otra vez. Y volvía feliz y contento, regalando a Venus su arrebatadora sonrisa de sol sin darse cuenta del daño que aquello le hacía.

Y un día, a su vuelta, llevó a Venus de la mano a orillas del lago de la luna y allí, bajo la claridad de la luna y con una cálida brisa de verano que traía olor a limón y hierba buena, hicieron el amor tan dulcemente que, de la vagina de Venus, salió una enredadera verde que los unió hasta el amanecer.

Pero llegó el día en el que Airam se fue y ya no volvió. Venus mandó cartas con Céfiro para que se las diera Airam, pero éste, jamás respondió y así, a Venus nuevamente se le rompió el corazón.

-No puedo mover el brazo.

Decía Venus entre sollozos.

-Querida,-decía el hada vieja-no es el brazo lo que duele. Es tu corazón y sólo tú puedes hacer que sane. Y debes hacerlo y tener cuidado, porque-el hada hizo una pausa-bueno, tu descansa y sal a jugar por los campos y a bailar como solías con tus amigas.

Y así lo hizo Venus.

Realmente, fue tan grande e inmenso el dolor que sintió, que llegó a pensar que se moriría. Algunas veces, mientras se duchaba, sus gritos de amor roto eran tan grandes, que llegaban a oírse hasta la laguna de las náyades. Y los lugareños decían:

-Le han vuelto a romper el corazón “a la chica del corazón roto”.

-Pobrecilla. Menudos gritos da.

 

Una noche de luna llena, con los ojos enrojecidos por las lágrimas y el pelo enmarañado, Venus salió y llegando a un claro del bosque, miró hacia arriba y le habló a la luna:

-Luna argéntea, tu que has visto mi amor y mi dolor. Tú, que has sido testigo de mi primer amor y de mi segundo desengaño, te pido por favor que no haya un tercero.-calló de rodillas y con las manos unidas y en una estampa de lo más patética, miró al cielo y con lágrimas cayendo por sus demacradas mejillas, dijo entre sollozos:-No quiero volver a sufrir, Luna de plata. Tú, que vives enamorada del Sol, no permitas que vuelvan a romperme el corazón porque no creo que pueda soportarlo por tercera vez. Luna llena, sólo tú puedes hacer que este corazón mío se haga fuerte y valeroso y que nadie nunca, nunca vuelva a hacerle daño.

Y así se hizo.

El corazón de Venus, se volvió fuerte, y aunque ya siempre sintió cierto dolorcillo en el pecho y no pasaba un solo día sin pensar dónde estaría Airam, se sentía fuerte y poderosa porque había perdido la capacidad de amar.

Para algunas chicas, aquello era aterrador y no se explicaban cómo Venus podía vivir de aquella manera. Sin amor, sin caricias, ni chicos. Por el contrario, Venus no recuerda época más feliz. Dos largos y maravillosos años en los que todo su amor sólo fue para ella misma. Disfrutó y se amó así misma. Su risa sonaba como los cascabeles y sus mejillas, tanto tiempo pálidas, ahora eran rosadas y brillantes.

Se sentía enamorada de los campos de flores y las noches de verano. Era tan feliz así, que pensó que jamás volvería a enamorarse, pues era el amor el que la había hecho tan desgraciada.

Pero resultó que al tercer verano de haber conocido a Airam, Venus encontró en la calle a un polluelo de vencejo.

Y lo crio con tanto amor y ternura, que su corazón hecho piedra, comenzó a ablandarse.

Lo llamó Nalani y contra todo pronóstico y opinión de la gente, el pajarito comenzó a cambiar su plumón por plumas negras. Poco a poco comenzó a estirar sus alas y eran largas, anchas y fuertes. Pero a pesar de que Venus intentó enseñarle a volar a través de pequeños entrenamientos, Nalani, ni si quiera lo intentaba. Por el contrario, se arrastraba por el suelo y aunque torpemente, a una velocidad sorprendente.

Nalani iba siempre detrás de Venus y cuando ésta llegaba a casa, la saludaba corriendo hacia ella con sus alitas extendidas y piando nervioso.

Por las mañanas se metía con Venus en la cama, hasta que le daba el desayuno y algunas veces, se colgaba de la pechera y salía con ella a la calle.

Ahora Venus, sólo vivía para su pajarito y sólo pensaba en hacer de él un vencejo fuerte para que pronto volase y emigrase a África con el resto de vencejos.

Y un día que iba Venus con Nalani colgado de la pechera, se cruzó con Anquises.

Venus le miró atenta y le recordó de pequeño, cuando algunas noches de verano habían jugado juntos en la placita del barrio.

Él no pareció prestar ninguna atención a Venus hasta que, ésta, se fijó en el libro de armaduras medievales que él llevaba y en ése instante, sin poder evitarlo, una flecha le salió de su pecho y se fue a clavar en el hombro izquierdo de Anquises.

Venus se llevó las manos a la boca y los ojos se le agrandaron por la sorpresa. No esperaba aquella espontánea muestra de amor. Quiso morirse de la vergüenza y ya empezaba a derretirse por los pies, cuando Anquises, sorprendido por la flecha clavada, la miró sonriendo y dijo:

-¿Qué te gusta de mí?

Vaya, qué sincero. Venus nunca hubiese esperado algo así.

-Tu libro, claro.

Respondió ella con decisión.

-¿De verdad te interesan las armaduras medievales?

-¡Claro! En casa tengo una colección de espadas.

Repuso triunfante.

-Iba a la biblioteca a dejar el libro, pero de camino, si quieres, podemos parar a tomar algo.

Venus aceptó sin pensar y pasó una de las tardes más agradables de su vida, hablando de Merlin y tiempos remotos y pasados.

-No hay mucha gente a la que le interesen estas cosas ¿verdad?

Preguntó él.

-No, claro que no. Podría decirse que nosotros somos unos completos frikis.

Y los dos rieron pensando que por fin, había otra persona que les entendiera, con quien soñar despiertos y sobre todo, alguien con quien compartir sus insólitos gustos.

 

Ésa noche, Venus volvió a casa tan feliz que no recordaba la última vez que había sido tan dichosa. Realmente se sentía afortunada por haber conocido a Anquises, aquel niño con el que había jugado de pequeña.

-¡Nalani, estoy tan feliz! ¿Recordará Anquises que jugábamos juntos en el antiguo barrio? De cualquier manera, creo que es un chico muy bueno. No tengo miedo de que pueda llegar a enamorarme de él porque, realmente creo que es muy tierno y bueno. A pesar de lo cual, iré con pies de plomo, no quiero que me duela el corazón otra vez.

Pero aquella semana, a pesar de que Venus no se quería ilusionar, Anquises la envió tantos mensajes y estuvo tan pendiente de ella, que a final de la semana, hubo mariposas rojas.

Con la primera mariposa roja que salió de la boca de Venus, ésta dijo:

-Nooooo, noooo. No puede ser. No puedo haberme enamorado otra vez.

Pero a las demás, las dejó salir sin preocupación y disfrutando de ellas. Comenzó a bailar en vez de caminar y empezó a rodearla un brillantísimo halo dorado.

Donde hubo un charco formado por sus lágrimas, creció un rosal de rosas blancas y los surcos que habían dejado sus regueros de lágrimas, ahora eran pequeños caminillos de hortensias y margaritas.

 

Por aquellos días hubo una ola de calor que trajo consigo, aires, aromas y polvos de oriente, los cuales hacía que la gente se mantuviera casi todo el día en un estado de pesadez, letargo y ensoñación.

Todo se volvió de un sofocante color anaranjado y una calurosa somnolencia, hacía que todo el mundo se moviera lenta y torpemente, por lo que la mayoría del tiempo, la gente lo pasaba durmiendo.

 

Justo cuando hacía una semana que Anquises y Venus se habían conocido, ésta le propuso una cita que él aceptó encantado.

Venus se hallaba radiante de felicidad y cuando abrió la puerta de su casa dispuesta a arreglarse para la ansiada cita, encontró a Nalani muerto en el suelo del salón de su casa.

-¡Nalaniiiiii!-gritó. Lo cogió entre sus manos y entre lágrimas gritaba:- Nalani no. Tu no. Tú no me puedes abandonar. Tu no Nalani. Nalani, por favor. Nalaniiiiii.

Y así, mientras lloraba y gritaba, sintió una punzada en el corazón. Aquella punzaba ya le era familiar y, comprendió que, su corazón había comenzado a volver a romperse.

Fue al claro del bosque y allí, con un inmenso dolor en el pecho, lo enterró. Lloró con sonoros sollozos y donde cayeron sus lágrimas, nacieron campanillas moradas.

Se tumbó un rato junto a la pequeña tumba de Nalani y pensó que no podría ir a la cita con Anquises. Pero después creyó que, si había alguien que pudiese curar las recién abiertas cicatrices du su corazón, era Anquises. Así que, haciendo un esfuerzo estoico, se puso en pie, se secó las lágrimas, se atusó el pelo y fue camino a su cita.

Pero aunque intentaba ir con actitud positiva y feliz, el recién recuerdo de su Nalani muerto, la destrozaba por dentro y volvían a brotarle lágrimas en los ojos.

 

Pero pronto le vio.

Allí estaba. Su Anquises. Con su pelo rubio y liso y sus preciosos y brillantes ojos de un color entre verde claro y miel.

Le sorprendió que ya no tenía la flecha clavada, pero pensó que de todas maneras, llevarla no debía ser nada práctico, así que por ello se la habría quitado.

Para soportar el irritante calor que hacía, bebieron mucha cerveza y, aunque la conversación era fluida, Venus sentía que su tristeza, estaba contagiando el ambiente.

Percibió en los ojos de Anquises sueño y aburrimiento y pensó que, era por su culpa, así que pidió otra ronda de cervezas, esperando que el alcohol animase a los dos.

Pero no los animó y a la una de la mañana, cuando la luna ya estaba muy alta, Venus, algo abatida porque la cita no había transcurrido como ella habría esperado, dijo:

-Es tarde. Mañana es lunes, así que deberíamos irnos.

-Te acompaño a casa.

Vaya, así que era de la antigua escuela. Venus sonrió y pensó que, al llegar a la puerta de su casa y al igual que en las películas, la besaría.

Pero no hubo beso.

No hubo beso y al abrir la puerta de su casa y no tener a Nalani recibiéndola, se echó a llorar.

Y ésa noche, mientras la brisa nocturna mecía suavemente las cortinas blancas de la habitación de Venus, ella se quedó dormida con lágrimas marcadas en sus mejillas, imaginando que Nalani dormía junto a ella y esperando un mensaje de Anquises.

 

A la mañana siguiente, lo primero que hizo, fue mirar su teléfono móvil y, cuando vio que no había mensaje alguno de Anquises, sintió una fuerte punzada en el corazón.

-No, otra vez no.

Se dijo para sí, con una mano en el pecho y haciendo un gran esfuerzo por levantarse, tal era el dolor.

Ésa semana fue dura. Cada vez que Venus volvía a casa, lloraba recordando cuando Nalani la recibía y, cada vez que comprobaba que no había mensaje alguno de Anquises, las punzadas en el corazón, se iban haciendo cada vez más grandes y punzantes.

-Este dolor es por Nalani-solía decirse Venus-es imposible que me haya vuelto a enamorar porque, al fin y al cabo, a penas sí conocía a Anquises y además, había conseguido hacerme un corazón de piedra.

Y lo cierto es que, ambas cosas eran verdad.

El corazón de piedra de Venus, había comenzado a reblandecerse con la llegada de Nalani y, el reencontrarse con un antiguo amigo de juegos de la infancia, había hecho que su corazón, nuevamente tierno, comenzase a latir como sólo laten los corazones adolescentes, que, aunque no siempre están enamorados, son los amores más puros e intensos que se puedan tener. Y eso era precisamente lo que le había ocurrido al corazón de Venus que, una vez había caído la piedra, había renacido como un corazón joven y adolescente, listo para volver a enamorarse, pero como sólo lo hace un corazón pubescente, rápido e intensamente.

 

Los días de aquella semana, se sucedieron tristes y sin un solo mensaje de Anquises. Venus no podía dejar de preguntar qué era lo que había hecho mal en la cita. Y por allá por dónde iba, sobre ella llovía.

Sus compañeras de la oficina, le decían:

-¿Qué te ocurre, Venus? Estás dejando todo perdido.

-No estoy de ánimo y lo siento… intento que deje de llover, pero…

El alma de Venus se estaba volviendo gris y tan triste, que ahora toda Venus era de color gris.

Y no podía dejar de pensar en lo que había podido ir mal en la cita para que Anquises ya no se preocupase por ella.

-Seguro que se debe a que mis ojos estaban horriblemente rojos por haber llorado y eso hacía que me viese espantosamente fea.

Solía decirse Venus para sí.

Muchas noches, se quedó dormida por el llanto y se sorprendía despertándose con el nombre de Anquises entre sus labios.

 

El viernes, Venus fue a cenar con sus amigas y ellas, al verla toda gris, con su nube lluviosa sobre la cabeza, se asustaron mucho:

-Venus, ¿Qué te pasa?

-Es por Nalani.

Dijo ello comenzando a llorar de una manera patética.

-Es por eso ¿O hay algo más? ¿Es por un chico?

Y ya Venus dejó que las lágrimas cayeran sin remedio formando un pequeño riachuelo.

-Debes dejar de llorar o nos inundarás. Además, hoy me puse pestañas postizas y no se me pueden mojar y si lloras tú, lloro yo.

Dijo Momo, una de las amigas.

Venus comenzó a reír a carcajadas por la revelación de las pestañas postizas y ahora, reía y lloraba a la vez.

-Cuéntanos qué te pasa.

Decía en tono insistente, Nur.

Y Venus comenzó a relatar su breve historia con Anquises y mientras hablaba, más lloraba y ya les llegaba el río de lágrimas por las rodillas.

-¡Ay Venus!-gritó de pronto Momo-que yo conozco a Anquises. Hemos ido juntos al colegio y luego hemos trabajado también juntos. Es un chico muy dulce y bueno. No creo que él sea capaz de hacerte daño. Así que debes darle una oportunidad y escribirle tú un mensaje y verás que todo sale bien.

El resto de amigas, estuvieron de acuerdo y al final, Venus acabó sintiéndose más animada y a la mañana siguiente, tal y como le habían aconsejado sus buenas amigas, envió un mensaje a Anquises.

Intercambiaron unos cuantos mensajes y al final, Venus le dijo:

-Me gustaría proponerte un plan para mañana.

-Mañana salgo de viaje, tendremos que posponerlo a mi vuelta.

Pero Venus ya no ha vuelto a saber nada de Anquises y, aunque sólo hace un día y medio que él salió de viaje, ella ya es muy mayor para seguir teniendo la esperanza de que Anquises la escribirá a su vuelta.

Así que hoy, más consciente que nunca de que no volverá a saber nada de Anquises, ha llorado con una pena como nunca antes la había tenido. Y no ha llorado por Anquises… o sí.

Ha llorado por Antilef, por Airam y por Anquises. Ha llorado porque a pesar de que ella quiso a los tres, ninguno de los tres la ha querido a ella. Ha llorado porque le dolía tanto el pecho que no podía moverse. Y ha llorado porque sabe que, es difícil curarse la tercera vez que se rompe un corazón.

Y así, con el dolor más agudo y profundo que jamás ha tenido, se ha llevado las manos al pecho y ha visto que de éste, han comenzado a brotar amapolas, las flores del sueño eterno. Y ha llorado por su propia muerte.

 

Se ha acostado y a pesar de su dolor, ha conseguido atraer a su mente, pensamientos felices de dríadas y hadas de la luz.

 

De repente, el tiempo ha cambiado y se ha desatado una fuerte tormenta. Nubes negras han encapotado el cielo azul y, el hada vieja ha dicho:

-Venus tiene el mal amor, ya duerme en su lecho de amapolas.

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